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Rubí, Barcelona, Spain
Buscador sin reposo que lucha contra las manecillas del reloj.

domingo 11 de marzo de 2012

CIELO-INFIERNO


¿Dónde quieres ir cuando mueras? Pues siento comunicarte que el CIELO y el INFIERNO son las dos caras de la moneda que recibirás al morir.

Analizando ambos conceptos, desde mi punto de vista, me doy cuenta de que las dos cosas son estados terminales, es decir, no admiten evolución o crecimiento. Y este es el hecho que los hace igualmente terribles, el estancamiento, la REPETICIÓN.

Condenados en el INFIERNO a VAGAR ETERNAMENTE sufriendo mortificaciones repetidamente, sin posibilidad de redención y sobre todo sometidos a la peor de las mortificaciones, la MONOTONÍA. Se trata de recibir la misma dosis de sufrimiento desde el minuto cero, ni más ni menos, sólo la que corresponde a tus pasadas acciones en vida y sin posibilidad de elevar tu umbral de sufrimiento, lo cual te permitiría sufrir un poco menos cada vez. Esto sería admitir una evolución, que es precisamente lo negado.

Pero lo peor es que si nuestro destino final fuera el CIELO, la situación no es más halagüeña. Condenados a VAGAR ETERNAMENTE disfrutando placer repetidamente, sin posibilidad de incrementarlo y de nuevo sometidos a la MONOTONÍA. Se nos ofrece un placer idiopático, como si estuviéramos chutados, sin esfuerzo previo, sin trama argumental, sin razón ni motivo. Para mi, el placer que no ha sido tejido previamente con la aguja del esfuerzo y la inteligencia no es placer. Quiero decir que es necesario dotar de contenido al placer, darle una razón de ser que te permitirá obtener una determinada dosis del mismo y que te permitirá APRENDER sobre como obtener más placer, incorporando nuevas porciones de información. Pero es qué claro, ¡la suerte está echada! No hay posibilidad de cambio o evolución.

Realmente, ambos conceptos me traen a la mente reminiscencias de la muerte por ser lo contrario a la vida. No crecemos (nos quedamos como suspendidos en el tiempo), no aprendemos (ya lo sabemos todo), no evolucionamos (ya sabemos la verdad), no pensamos (no enjuiciamos), no sufrimos (en el Cielo), no gozamos (en el Infierno). Es decir, no somos YO, sólo somos la mitad de nuestro YO, disueltos en un piélago de YOs que se mueve en sintonía con las mareas.

Para aquellos que pensamos que el camino es igual o más importante que el fin, y que el fin se va manifestando, se va plasmando en el movimiento inherente al camino, el hecho realmente terrible es que nos digan que ya no hay camino. A lo sumo puedes VAGAR en círculos y sin dirección definida, haciendo como que te mueves en una especie de imitación de lo que fue tu vida pero sin llegar a ninguna parte, porque ya no hay PARTES, sólo hay un TODO. No se puede ir de A a B porque A y B, ahora se han unido y ya has llegado a tu destino antes de comenzar a andar.

Ante esta perspectiva, creo que me voy a echar una siestecita, como la liebre del cuento, para soñar con mi destino y alargar el camino. ¡No hay prisa por llegar a B!

sábado 25 de febrero de 2012

Vampirismo Escatológico


Después de una noche psicológicamente tormentosa, Ude se levantó rarito. Una extraña sensación de desorientación, como de haber perdido el hilo, se apoderaba de su indolente despertar mientras se afeitaba hipnotizado ante el espejo.

El grito de su mujer, recordándole lo tarde que era, le sacó del estado hipnótico en el que se encontraba, como atrapado todavía por el peso de las mantas. Casualmente, en ese preciso instante pasaba la cuchilla de su maquinilla por la prominencia de la nuez y el sobresalto provocó un movimiento brusco y poco calculado que terminó en un profundo corte.

¾¡Qué mala suerte!, con la prisa que tengo y la hemorragia que no se estanca.

Ude ya veía peligrar la blancura del cuello de su camisa y todo eran viajes al rollo de papel del water y torpes manotazos. Finalmente, bajó como pudo y sin tiempo de desayunar cogió su maletín y salió disparado dándole un beso a su mujer en el cogote.


De camino a la oficina, tuvo ocasión de comprobar otra vez la frenética actividad que se desarrollaba últimamente en el tanatorio.

¾¡Cabrones, no habéis parado de echar leña al fuego en toda la noche, eh!,¾ pensó arrogante mientras se acercaba con su coche al tanatorio municipal. En verdad, enseguida le empezó a extrañar el fulgor de algo que reflejaba el sol de la mañana. Conforme fue acercándose, comprobó que realmente era como si hubiera un espejo debajo del contenedor de basura de la puerta trasera del tanatorio. Cuando estaba tan solo a unos metros, redujo la velocidad y pudo constatar con claridad que se trataba de un fluido espeso y muy oscuro el que hacía las veces de improvisado espejo.

Con creciente desazón, superó su ángulo de visión sobre los cubos de basura comprobando que en la parte trasera había una pequeña jauría de gatos disputándose lo que parecía una mano. Detuvo el coche para fijarse con atención pero cuando uno de los gatos enfrascados en el festín giró la cabeza y clavó su mirada en él, no pudo más que continuar con mayor inquietud, si cabe, al no haber podido comprobar cual era el objeto de tal devoción felina. Ude entró en el autopista queriendo echar tierra de por medio, haciendo como si no hubiera visto nada y deseando que al volver por la noche no hubiera más visiones de ese tipo esperándole en el camino.

El día en la oficina fue anodino, tiznado todo él de aquella pátina de desencanto, de indolencia vital. Al llegar la tarde, fue comprobando como la gente iba marchándose feliz a sus casas, lo cual encajaba perfectamente en el plan de vida que el sistema nos tiene preparado a todos. La gente suele esbozar una cansada sonrisa a la salida del trabajo pero, sin embargo, a Ude todavía le quedaban bastantes cosas por hacer y quizá, la posible visión de una merienda gatuna no le seducía demasiado a la hora de salir.

Al cabo de diez minutos de introspección, en los que no había oído ni un ruido, se dio cuenta de que probablemente estaba solo en la oficina. Ude tenía un buen despacho con un gran ventanal a su espalda por el que la luz iba extinguiéndose a eso de las seis de la tarde. Casi sin darse cuenta, cayó víctima del cansancio acumulado y sentado como estaba, sus párpados se cerraron por un momento.

Algo a su espalda empezó a llamarle poderosamente la atención pero él se resistía a girarse. De repente, empezó a oír el agudo chirriar de un objeto punzante que rascaba el vidrio y que, en base a la entonación que acompañaba al sonido, se le antojaba que iba describiendo círculos. Ude intuía que lo que le esperaba a su espalda no iba a ser nada agradable, presentía la malignidad de la situación. Sin embargo, no pudo resistir la curiosidad y se dio la vuelta sobre si mismo con la vaga esperanza de que aquel sonido fuera sólo producto del viento. Cuando todavía no había concluido el giro, el rabillo de su retina empezó a vislumbrar una extraña forma que nada tenía que ver con el viento. Sin embargo, continuó girando hasta estar frente a frente con aquello. La muy aparente reacción de espanto que sufrió fue de tal calibre que hasta le hizo sentir vergüenza delante de aquella criatura inmunda y babeante que le miraba fijamente con ojos reptilianos. Se le erizó hasta el último pelo de su cuerpo y sus cinco litros de sangre parecieron aglutinarse formando un bolo que rebotó entre las cuatro paredes de su cuerpo.

Lo que tenía delante de sus narices nada tenía que ver con las visiones vaporosas de vampiros visitantes que tan metidas tenemos en el subconsciente. Más bien parecía el paria de los vampiros, sucio, descarnado, enseñando las encías abiertas de las cuales brotaba un líquido amarillento como el pus; la apariencia tremenda de lo que la tierra misericordiosa debería mantener eternamente oculto. Las uñas sucias y afiladas seguían rascando el vidrio mientras su cabeza realizaba movimientos espasmódicos que no parecían posibles para un cuello humano. Pero su mirada era lo peor, era una mezcla de la afilada y resabiada mirada vampírica, y la mirada vegetal perdida propia de los cuerpos sin alma. Torcía la boca en una mueca socarrona mientras su mejilla abierta dejaba entrever algunos molares ennegrecidos por la putrefacción que estaban acostumbrados a masticar. Los andrajos que portaba acogían nidos de gusanos que retozaban entre sus vísceras rezumantes y en algunas partes de su cuerpo la piel se transparentaba dejando ver todo un manual de anatomía, con sus vasos sanguíneos, sus huesos fracturados y sus órganos, que parecían pedir comida mediante lentos movimientos espasmódicos. Todo el conjunto estaba sujeto a una suerte de peristaltismo que parecía absorber toda la vida a su alrededor. De los miembros inferiores, nada se sabía, pues la criatura se sostenía colgada en el vacío de un décimo piso mostrando unos pellejos colgantes poco más abajo de las ingles.

El chasquido que anunciaba la aparición de una grieta en el cristal le sacó de su ensueño, devolviéndole a una realidad que, en principio, le pareció cómica. Se había dormido en el trabajo, sólo unos minutos que le parecieron una eternidad. Miró a su alrededor, se vio solo y de nuevo la oleada de pavor le invadió. Ya había tenido bastante por aquel día, así que recogió apresuradamente los documentos que empapelaban la mesa y se levantó como un resorte, siempre sin mirar atrás.

Cuando se encaminaba hacia la puerta de su despacho, Ude consiguió sobreponerse, riéndose de si mismo y de lo tonto que era, pero justo al girar el pomo de la puerta para salir, comenzó a escuchar tras de sí el mismo chirrido metálico circular que le había enervado unos minutos antes. Decidido a no mirar hacia atrás, cerró la puerta tras de si. Al entrar apresuradamente en el ascensor para bajar al parking, tropezó con Avlas, un empleado de mantenimiento que precisamente se dirigía al despacho de Ude para reparar el termostato del aire acondicionado. La caja de herramientas cayó al suelo mientras Avlas pronunciaba maldiciones.

¾Me voy de regreso a casa…pasando por el tanatorio,¾ pensó Ude.

D Q W

sábado 18 de febrero de 2012

Supervitaminarse

No manejo datos objetivos al respecto pero intuyo que la humanidad siempre ha tenido a su alcance sustancias químicas exógenas que le han permitido tratar diversos males y afecciones. Este hecho sanatorio ha generado una relación muy especial entre los humanos y determinados productos químicos, que han sido considerados en muchas ocasiones algo propio de los dioses. De ahí, que en la antigüedad eran los chamanes quienes atesoraban el saber farmacológico y las sustancias químicas se encontraban en el Olimpo de los remedios milagrosos.

Una vez superada esta fase mítica, la química también ha sido usada para quitar la vida y hubo toda una tradición de envenenadores, que sabían poner las obedientes moléculas a su servicio, y que alcanzaron su máxima expresión durante el Imperio Romano y la posterior Edad Media.

Con el advenimiento de la farmacología moderna, que en España yo situaría después de la segunda guerra mundial, las sustancias químicas entraron con todos los honores dentro del campo de los avances benefactores de la humanidad.

Me da la impresión de que a medida que se consolidaba una clase media en España, crecía simultáneamente la sensación de que las medicinas pueden curar prácticamente todas las enfermedades y alargar la esperanza de vida hasta límites insospechados. De esta forma, con el paso del tiempo, la ciencia proveerá el remedio farmacológico para todo, es decir, que en la mente del ciudadano común anida la idea de que una vez reducido el cuerpo humano a un mecanismo biológico desvelado, el curso de las enfermedades, que entonces se llamarán procesos biológicos anómalos, podrá ser intervenido con esas entidades químicas xenobióticas que llamamos fármacos.

Yo mismo he sido producto de aquella generación de madres confiadas que acumulaban en casa botiquines con una solución para casi todo: diarreas, quemados, golpes, constipados y hasta gripes eran curados en casa, casi sin la necesidad de ir al médico, me refiero cuando todavía había barra libre de antibióticos.



De mi niñez recuerdo unos cuantos medicamentos que siempre circulaban por casa como el Lacteol o el Agua del Carmen, un lingotazo de 55 grados de alcohol que siempre sacaba mi abuela para combatir los sobresaltos que te da la vida, o el ungüento de Cañizares, con aquella literatura del prodigio que decía: “Los granos, panadizos, pañales, tumores, golondrinos, fístulas, llagas, úlceras, caries de los huesos, abcesos escrofulosos, etc, etc… Son curados en brevísimo tiempo con este remedio privilegiado”.

La literatura farmacológica de aquella época denotaba esa confianza ciega en los remedios de la ciencia y su lectura, hoy en día, arranca irremediablemente una sonrisa. Qué sirvan como ejemplo unos cuantos prospectos que muestro a continuación.

Nada mejor que un buen chute de Thorazina para calmar la mala leche de los abuelos, así dan menos guerra que el ficus benjamina del comedor.

Quién no ha oído hablar de tomar decisiones a golpe de testosterona, allá donde haga falta un macho... Androxil. Por cierto, la publicidad comenta que está incluido en el nuevo Petitorio (no confundir con pepitoria), que era algo así como el catálogo de la botica. ¡Pues me lo pido!

Todos sabemos que la Coca-Cola fue diseñada como bebida medicinal pero esto también le ocurre al 7UP.

En cuanto a los antibióticos, parece que los fabricantes se empeñaban en matar los bichos a cañonazos o con soplete o lanzallamas.




Ahora bien, lo de que los virus se van con un buen carajillo, eso lo hemos tenido claro desde siempre. En este caso con un buen grog.


¡Qué sería Bayer sin su Aspirina! Pero que sería con su Aspirina-Heroína que llegó a comercializar a principios del siglo pasado. Al lado de esto, la Cafiaspirina se queda a la altura del betún.


Eso que los niños vayan probando lo que es bueno... para la tos.

Y para el dolor de muelas, todo el mundo sabe que lo que va mejor es la cocaina, sobre todo para aliviar el dolor de los dientes de leche.

¿Y si el niño no nos deja dormir por la noche? Eso los antiguos lo tenían clarísimo, se le daban 5 gotitas de brebaje de 46 grados con opio y a dormir toda la noche como angelítos.

Luego estaba esa publicidad que hoy en día molesta a la vista. Pastillas sobre perniciosas mantequillas, un tio dándose crema para los golpes con el cigarrito en la boca, o subida de bilirubina con un limón por montera.




Y lo que seguro que nadie se metería ahora, son estos supositorios radioactivos para aumentar el vigor sexual. A más de uno se le debió iluminar el miembro como una bombilla.

Ahora, bien entrados en el siglo XXI, aquel niño que ante el más mínimo malestar físico acudía a su madre, convertida en chamán doméstico, en busca del remedio más oportuno, ya no cree en la fantasía alopática. Si bien es verdad que las medicinas alivian una considerable cantidad de sufrimiento, hay que considerarlas como algo propio de los hombres, no de los dioses.

Me despidiré como decía Super Ratón al acabar sus capítulos “hasta el próximo programa amiguitos y no olviden supervitaminarse y mineralizarse”.

lunes 30 de enero de 2012

Palomita de la Paz

30 de Enero. Día Escolar de la Paz y la No Violencia

Concepto expresado por Picasso

~

Concepto expresado por mi hija



domingo 29 de enero de 2012

Annie ya no es una niña

Intrigado y embelesado por la voz española de Rapunzel, la última princesa alzada por Disney al Olimpo de la realeza infantil, me he topado con Annie.

Annie, esa popular huerfanita producto de la imaginación del dibujante Harold Gray que tan acertadamente se encarnó en el musical homónimo de Broadway estrenado en 1977 y la posterior película de John Huston del año 1982. En España, el musical Annie se estrenó en 1981, pero qué tiene que ver Annie con Rapunzel. Pues bien, comparten la misma voz, la voz prestada por Carmen Pascual, actriz de doblaje y cantante desde su más tierna infancia.

Después de la versión de Carmen Pascual en 1981, el musical se repuso en España por dos veces más, una en el año 2000 y otra en el 2010. Y ha sido al cruzar el puente temporal que une la versión de Carmen Pascual con la del cambio de milenio, casi 20 años después, que me he dado cuenta de que Annie ya no es una niña y de que la sociedad española tampoco lo es.

Esto me ha quedado manifiesto escuchando el tema central del musical, “Mañana”, y como este futuro inmediato ha adquirido tintes peyorativos en la impaciente sociedad actual.

Annie canta al mañana como símbolo de la esperanza y repositorio de la ilusión, como la necesaria perspectiva temporal que hace pequeños nuestros problemas del hoy, y así dice “si tú tienes fe, mañana hallarás a todos tus problemas solución”. Hoy tenemos un gran problema pero “qué te apuestas tú a que mañana sale el sol”.

Sin embargo, “mañana” ya no es solución para la sociedad actual, lo queremos todo para ayer y nos imaginamos que “mañana” posiblemente todo irá a peor.

“Mañana” convertido en símbolo de la inoperancia de los países que no hace tanto tiempo sabían vivir el hoy. Hijos naturales de la procrastinación, nos han aleccionado desde pequeñitos hacia una visión deficitaria e impaciente del mundo: “no dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

En pleno siglo XXI, luchamos con fuerza contra el cliché “en España todo es para mañana”, así que Annie, no puedes esperar hasta mañana.

En otro orden de cosas, ha habido otro tema de la recién nacida Annie de 1981 que me ha chocado. No he podido evitar dibujar una sonrisa al escuchar a las huérfanas cantando con voz angelical eso de “¡Esta vida es criminal! Sin comer, hay que barrer. Sin dormir, hay que fregar. ¡Esto es criminal!... Las palizas ni siquiera te hacen daño…”

¡Qué cantidad de palabras políticamente incorrectas por centímetro lineal! Annie, debes cuidar tu vocabulario. He respirado con alivio al comprobar que la Annie universitaria, 20 años más tarde, ya había sido aleccionada y había moderado su vocabulario cambiando el título de la misma canción por el de “Esta vida no es vivir” y nada de palizas, que en la versión del año 2000 se han esfumado, porque ahora no se le puede levantar la mano a un niño.

En fin, Annie ahora ha formado su propia familia y pronto tendrá hijos que nacerán con aquella candidez infantil gracias a la cual, Annie podrá hablarles de nuevo del “mañana” con ilusión y esperanza.

Carmen Pascual (Rapunzel) en 2011

martes 24 de enero de 2012

Un caso de combustión humana espontánea


Habían pasado ya algunos años desde que Eduardo pisara por primera vez la Universidad Nacional de Rosario para comenzar lo que iba a ser una ordinaria licenciatura en Psicología. Desde siempre, a Eduardo le habían interesado los intricados vericuetos de la mente humana y pensó que la psicología podía ser un buen camino para sublimar aquella pasión hacia un futuro profesional. Lo que no entraba en los planes de


Eduardo fue la deriva que tomarían sus anhelos intelectuales a medida que iba descubriendo que la ciencia ortodoxa no lo explica todo, o más bien, que explica bien poco.

Es así, como poco a poco se fue interesando cada vez más por otro tipo de incógnitas, más retadoras y transcendentales, y se fue desviando hacia el objeto de estudio del Departamento de Parapsicología alojado dentro de la propia Facultad de Psicología.

Meses atrás, había comenzado su tesis en el Departamento y, ciertamente, desde que el profesor Matías Muller le encargara aquel trabajo de investigación sobre la combustión humana espontánea, no conocía el descanso. Se encontraba totalmente embrujado por un tema que le iba absorbiendo cada día un poco más a medida que profundizaba en la confusa información existente sobre los cerca de 200 casos reportados desde el s. XVII.

No podía entender como un cuerpo humano podía llegar a un estado de calcinación tal cuando ni siquiera los hornos crematorios, que trabajan a temperaturas de alrededor de 900ºC, consiguen consumir completamente los huesos que han de ser molidos posteriormente.

Aquella calurosa tarde de diciembre, Eduardo había decidido cambiar un sugerente paseo con su novia a lo largo del margen del río Panamá por una sesión de rancia investigación. Completamente embelesado por el hallazgo de unos cuantos casos de combustión humana espontánea, que se encontraban aparentemente muy bien descritos, no reparó en la tremenda temperatura que marcaban los termómetros aquella tarde, ni en el hecho de que la biblioteca del departamento carecía de aire acondicionado. Aquella vetusta biblioteca del Departamento de Parapsicología, situada en un semisótano y rodeada por un cinturón de ventanucos, hacía honor a los incunables libros de misterio que alojaba en su interior. Con sus paredes forradas en madera de caoba, su moqueta verde y su larga y robusta mesa central del mismo tipo de madera oscura, aquella estancia transmitía una atmósfera vinculada con lo ancestral, lo ignoto, lo secreto. La luz de la lámpara de mesa con la clásica pantalla de vidrio verde se hacía insoportable y Eduardo se levantaba, de tanto en tanto, para refrigerar un poco su cuerpo circunvalando la gran mesa con algún libro entre las manos.

Era tal el calor de aquella canícula que su cuerpo no paraba de sudar, y las moléculas de agua exhaladas por sus poros parecían huir de la estancia como del mismísimo infierno.

Eduardo buceaba en un mar de casos; nombres, fechas, circunstancias. Todos los casos le fascinaban por diferentes razones, desde los primeros como el de Nicole Millet o el de la condesa de Cesena, Cornelia Zangrari di Brandi, en los que los datos eran confusos y escasos hasta los más recientes en el s. XX, como los de Mary Reeser o John Irving Bentley.

Últimamente, andaba todo el día a vueltas con el libro De Incendiis Corporis Humani Spontaneis, escrito por el francés Jonas Dupont allá por el año 1763. Dupont se había convertido en el notario de aquellos primeros casos dejando constancia de este extraño y amenazador fenómeno. La lectura compulsiva de la edición facsímile propiedad del Departamento estaba resultando tan intensa que casi le parecía percibir el olor a pergamino rancio que de buen seguro exhalaba la obra original custodiada en la Biblioteca de Paris. El libro, que no escatimaba en detalles, le había permitido hacerse una composición de lugar bastante aproximada del sufrimiento que devastó el cuerpo de Nicole. La víctima, o mejor dicho los restos que escaparon de aquel ardor inmisericorde, es decir, la cabeza, parte de la columna vertebral y las extremidades inferiores, fueron encontrados en una silla de la cocina que permaneció indemne. El marido de la víctima era el principal sospechoso pero un joven y hábil cirujano llamado Nicholas le Cat fue capaz de convencer al jurado de que estaban ante de un caso de combustión humana espontánea, y por ende, introducir de lleno el fenómeno en la jurisprudencia.

Y cómo había sido posible, que aquella dama de la alta sociedad italiana, la condesa de Cesena, entregara sin remisión todo su abolengo para quedar reducida a una pila de cenizas que dejaban en la mano una humedad grasienta y maloliente, siempre según el libro de Dupont.

De acuerdo, parecía haber un denominador común en todos los casos: casi siempre se trataba de mujeres entradas en carnes, de movilidad reducida, y solía haber una fuente de ignición externa produciéndose lo que se había dado en llamar “efecto mecha”. Sí, no lo podía negar pero en lo más profundo de su ser, Eduardo sabía que había un pequeño porcentaje de los casos que se podían catalogar como una auténtica combustión humana espontánea, sin causa aparente. Estos son los que más le interesaban y su determinación para dar con la auténtica causa se había convertido en algo inquebrantable.

Mientras tanto, la temperatura de la estancia subía inexorable, quizá espoleada por la frenética actividad cerebral de Eduardo, y los cientos de casos que se arremolinaban en su mente buscando respuestas. El investigador buscaba la respuesta en algún tipo de mecanismo interno del cuerpo humano que se hubiera mantenido todavía ignoto para los hombres. Aquella partícula subatómica, el pyroton, producto de la imaginación de Larry Arnold, le parecía ridícula como explicación al fenómeno. No había ni la más mínima evidencia física de la existencia de dicha partícula. ¿Cómo iba a ser el pyroton el responsable último de los auténticos casos de combustión humana espontánea?

La exploración detallada de los casos fue llevando a Eduardo hasta casi nuestros días, en un estado emocional que perdía enteros por momentos hasta rozar el trance.

Así, recaló en otro famoso caso acaecido en el siglo pasado, el de Mary Reeser que era una viuda de 67 años con problemas de sobrepeso y residente en Florida. La última vez que se la vio con vida fue el 1 de julio de 1951, cuando su hijo y su casera, Pansy Carpenter, estuvieron con ella por la tarde. Esa misma noche, a las 5 de la madrugada, la señora Carpenter se despertó espoleada por un fuerte olor a quemado y cuando, por la mañana, fue a casa de Mary, notó que el picaporte estaba caliente, por lo que, alarmada, accedió al domicilio. Todo el apartamento mostraba daños debidos al calor por encima de los 1,2 m de altura. Las paredes estaban cubiertas con un hollín grasiento, un espejo se había roto y varios objetos de plástico se habían fundido. Por debajo de esa altura, la única evidencia de fuego era una pequeña zona circular quemada donde había estado Mary Reeser.

Eduardo empezó a sentir ciertas molestias digestivas, lo dramático de su investigación le estaba afectando personalmente y se hacía evidente que no era capaz de gestionar esa invisible barrera que todo investigador debe interponer entre él y el objeto de su investigación, especialmente si se tratan hechos luctuosos.

Pero, ¿cual era el motivo último de la combustión?, ¿qué causa podía explicar la muerte del doctor John Irving Bentley, convertido en una nube de hollín azulado que flotaba en el ambiente de su propia casa? John Irving Bentley, cirujano retirado de 92 años, había muerto calcinado en su propio cuarto de baño junto a su andador con los mangos de plástico todavía intactos.

Eduardo estaba casi convencido de que el quid de la cuestión había que buscarlo dentro del propio cuerpo. Bajo este punto de vista, él concebía el cuerpo como una máquina que se alimentaba a base de energía oxidativa y estaba claro que debía de haber algo, que en un momento dado, quebraría el balance energético y permitiría el descontrol de la reacción oxidativa responsable del sostenimiento de la vida de ese cuerpo.

En las calorías estaba la solución; y fue en el preciso instante que empezaba a vislumbrar ese atisbo de solución cuando comenzó a experimentar un aumento súbito de su temperatura corporal. Necesitaba un respiro. Sin darse cuenta, el fervor con el que había abrazado su proyecto de tesis se estaba convirtiendo literalmente en un hervor. Los ardores digestivos se incrementaron al tiempo que empezaba a notar un foco de calor en su pecho, más concretamente, en el pulmón izquierdo, cerca del corazón.

Asustado se llevó la mano al pecho pensando que estaba siendo víctima de un infarto pero en realidad su corazón latía como un caballo desbocado y el inopinado aumento local de temperatura se distribuía con avidez al resto del cuerpo. Notó como un latigazo que le sacudió la médula espinal y transmitió de forma casi instantánea la irresistible sensación de quemazón hasta la punta de los dedos de todas sus extremidades que parecieron escupir las uñas.

El ardor digestivo se transmutó en otro tipo de escozor, el estómago pareció girársele del revés al tiempo que su intestino se descomponía y se hinchaba insoportablemente como si fuera a estallar.

Había perdido completamente el control aunque todavía se mantenía consciente y su respiración entrecortada parecía alimentar aquello que le devoraba por dentro con cada nueva inhalación. Consternado, empezó a ver como el aire que le rodeaba se iba enrareciendo poco a poco, olía como a humo de barbacoa mezclado con el hedor agrio de sus propios jugos gástricos en ebullición.

En aquel momento, pidió clemencia al Todopoderoso para que apagara cuanto antes el hilo de entendimiento que todavía le quedaba. El calor del pecho era ya tan infernal que había saturado el umbral de dolor de los nervios que lo enervaban y sus exhalaciones eran cada vez más densas, blanquecinas, untuosas,… Por fin, la plaga ardiente entró por la base del cráneo, arrasando el bulbo raquídeo y el cerebelo. La oleada se extendió de atrás a delante apagando primero la visión y provocando un súbito aumento de la presión intracraneal que encontró en las fosas nasales su principal vía de escape. Podemos decir que la última sensación que experimentó aquella criatura cognoscente fue como si su cerebro se encogiera como una esponja y terminara rebotando dentro de las paredes óseas del cráneo.

Y fue uno de estos rebotes el que logró sacar a Eduardo del estado de ensoñación indigesta en el que había caído desde hacía ya una hora, entre otras cosas, porque fue acompañado de un fuerte cabezazo contra la mesa de caoba.

Cuando se despertó bañado íntegramente en sudor, apenas entraba ya luz por los ventanucos de la biblioteca. El cielo se encontraba anaranjado y su reencuentro sensorial con el mundo pareció bendecido por el lejano y melancólico graznido de una bandada de aves que iban ya de retirada.

La pose contorsionada en la que había quedado su cuerpo dio paso a una serie de estiramientos, bostezos y risas que convencieron a Eduardo para tomarse las cosas con más calma y no acabar, literalmente, quemado.

El calor de la velada seguía siendo infernal aunque a Eduardo, la tarde noche le resultaba ahora extrañamente fresca.


Dedicado afectuosamente a mi hermano Eduardo, del que he tomado su nombre sin su permiso para dar un paseo por el Infierno.



sábado 21 de enero de 2012

¡Si Mao levantara la cabeza!


Entre estas dos fotos median aproximadamente 50 años. Si a Mao Tse-Tung le hubieran dicho que su modelo comunista iba a desembocar en una iconografía como la de la segunda foto, quizá se hubiera pegado un tiro. Realmente no lo sé.
Lo que sí intuyo con bastante claridad es que no todos los chinos pueden comprarse un iPhone; algunos siguen viviendo en 1959.

Cola de gente para conseguir comida en 1959

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Cola de gente para comprar el iPhone4 en 2012