viernes, 19 de diciembre de 2025

Ápeiron

 


NACIMIENTO

A las 00:35 de un 25 de noviembre de 1998 nació Sofía. Su madre, casi adolescente, no había podido quitarse de encima los sentimientos encontrados que la asediaron durante todo el embarazo. Sofía era el resultado de una violación. Un desalmado, que aprovechó el estado de embriaguez de su madre Atenea, la dejó embarazada en un reservado de aquella discoteca que ya nunca olvidaría.

Después de superar el trauma inicial y de meditarlo mucho, Atenea decidió que quería tener a la niña que llevaba en su seno. A pesar de que todo su entorno familiar y personal mostró una fuerte repulsa hacia el nacimiento de una nueva vida engendrada por medio de la violencia, Atenea se vio incapaz de matar al ser que llevaba en su interior. Sería como matar una parte de ella misma y deshonrar el milagro de la vida que como una maquinaria perfectamente diseñada se había puesto a trabajar siguiendo el patrón que está escrito en las estrellas, la partitura creadora de vida.

Todos decían que no permitiera que se consumara esa injusticia, máxime cuando el padre biológico estaba totalmente desaparecido y ella apenas guardaba un tenue recuerdo de su cara.

Sin embargo, cuando la comadrona por fin le puso a Sofía en su regazo después de dar a luz, el fuerte vínculo maternal con su bebé selló una relación de amor eterno entre aquellos dos seres. —Sofía, no te preocupes que mamá cuidará de ti para hacerte una chica fuerte y valiente capaz de cambiar el mundo.

VIDA

Sofía era un bebé precioso. Tenía una carita llena de inocencia y candidez infantil con unos rasgos que ya desde recién nacida demostraban que iba a ser una chica muy guapa. Sus rasgos faciales estaban perfectamente proporcionados, su nariz moteada, sus ojos almendrados color canela, su boquita delimitada por dos hoyuelos, su tez dorada como la arena del desierto y el pelo castaño muy claro y rizado. Y su mirada cristalina y pura.

Pronto se convirtió en la protagonista de la casa. Los abuelos anhelaban sacarla a pasear por el parque con un sentimiento de orgullo exhibicionista que no podían ocultar. Así, Sofía creció, y su belleza empezó a ser peligrosamente llamativa. Además, ya desde primaria, empezó a mostrar sus dotes de liderazgo y en el patio del recreo le resultaba muy fácil hacerse con el control del relato y organizar a los demás niños para jugar siempre orbitando a su alrededor. Algunos padres y madres empezaron a fijarse en ella con una cierta predisposición envidiosa al ver de qué manera tan desproporcionada había dotado la naturaleza a aquella niña. Su madre Atenea y su abuela percibían que Sofía era el centro de todas las miradas y la situación las incomodaba por lo que sin darse cuenta desarrollaron ciertas precauciones protectoras.

Sofía crecía totalmente ajena a la admiración que despertaban su belleza y su inteligencia y, poco a poco, fue superando etapas con las máximas calificaciones y honores. Así, alcanzó su mayoría de edad con gran madurez y con las ideas muy claras sobre lo que deseaba hacer en la vida. Caminaba con paso firme tomando lo que por derecho consideraba suyo.

Entró en la universidad para estudiar un grado en Relaciones Internacionales, ella sabía que se le daba muy bien convencer y manejar las opiniones de la gente, y pensaba que podría desempeñar un gran papel en el mundo orientando sus esfuerzos en esa dirección. Podría llegar a ser alguien relevante. En el segundo año de los estudios del grado, ya se había forjado una reputación de persona brillante entre los profesores universitarios y los distintos departamentos se la rifaban.

Terminó su grado con la máxima calificación y media docena de chicos y chicas locamente enamorados de ella. Escogió a Iván, un chico cuyos padres eran de origen ruso y que hablaba con fluidez español, inglés, francés y ruso.

Quizá inducida por él, Sofía realizó su master en San Petersburgo, donde perfeccionó su dominio del ruso además de ganar muchísima experiencia trabajando en el consulado español.

Sofía aportaba calidez a aquellas frías y blancas tierras. La nieve parecía derretirse a su paso y desprendía un aura canela que recordaba al trópico, a la exuberante belleza amazónica, a la fecundidad infinita de los cafetales de Brasil.

Era tanta la belleza y la dicha que transmitía, que Iván empezó a sentirse incomodo al notar la responsabilidad de estar a la altura de un ser como Sofía.

Sofía volvió a España con trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada del área de los países del este. Trabajaba en Madrid, en la plaza del Marqués de Salamanca, aunque se podía decir que pasaba la mayor parte del tiempo reunida telemáticamente. Ganaba un sueldo bastante abultado teniendo en cuenta su condición de principiante, pero es que no había acuerdo que se le resistiera. Su presencia era definitivamente magnética. Allá donde había un escollo, un punto que parecía irreconciliable para las partes en conflicto, aparecía Sofía y obraba su magia orgánica, visceral como si brotara de la naturaleza misma, consiguiendo armonizar lo que parecía irreconciliable.

Pronto Iván y Sofía pudieron alquilar un piso en el exclusivo barrio de Salamanca. Iván no podía creer la maravillosa vida que le había tocado en suerte y, quizá por esto, sentía mucho miedo a que sucediera algo, una especie de castigo divino, que truncara abruptamente la vida de ensueño que estaban viviendo por haber abusado demasiado de la bondad del Creador. Ante este temor, él no podía reaccionar de otro modo que no fuera volcando todo su amor en Sofía.

Asimismo, el barrio tradicionalmente aséptico y estirado, por causa del carácter soberbio y orgulloso de sus habitantes, empezó a albergar cierta calidez canela. El aura de Sofía empezó a extenderse por su edificio, donde aquellos inquilinos que se habían cruzado por las escaleras sin mediar palabra durante años, de pronto empezaron a saludarse y a reconocerse por la calle. El calor humano de Sofía fue colonizando calle a calle las vetustas casas señoriales mientras el barrio entero pareció cambiar el frio gris de sus fachadas de granito por la cálida luz de la arena del desierto. Sofía era el pegamento dinamizador que arrastraba la realidad hacia un lado bien definido y marcado por su presencia.

Por otro lado, Sofía solía ir al gimnasio tres veces por semana para mantenerse ágil y desentumecida y no fallaba casi nunca porque tenía una salud de hierro. Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo resfriada. Parecía como si la calidez de su carácter la mantuviera siempre calentita y a salvo de infecciones oportunistas.

De esta manera, Sofía fue integrándose en la vida del barrio y, a pesar de su juventud, pasó a ser un miembro querido y respetado dentro de la comunidad.

MUERTE

            Aquel día había almorzado con Iván en un restaurante cerca del ministerio. Quizá la comida había sido demasiado copiosa por lo que Sofía sintió una leve somnolencia que le impedía concentrarse en los papeles que tenía delante. Decidió bajar a la cafetería de Desi, cruzando la calle, para despejarse un poco. Nada más pisar la acera, oyó que alguien la llamaba: —¡Oye tú, guapa!— y, al girarse, Sofía vio a un indigente sucio y descarado que alargaba la mano entre trapos y cartones. En ese momento, Sofía sintió una punzada de repulsa causada por una cara de la vida que no estaba acostumbrada a ver. Reaccionó mal, y agarrándose a su bolso, dio un respingo y se dispuso a cruzar la calle.

            —Perdona guapa, ¡qué no todos tenemos la suerte que tienes tú! Y que sepas que yo estoy aquí por una injusticia porque el banco me ha quitado mi casa.

            Asaeteada por las palabras del indigente, Sofía no vio que el semáforo había cambiado a rojo para los peatones hacía ya unos segundos. Un taxi que venía lamiendo el bordillo a bastante velocidad se la llevó por delante catapultando su cuerpo por encima del techo del vehículo. El golpe que recibió en la cabeza al caer fue mortal de necesidad. Una lámina de sangre pintó de rojo la primera franja blanca del paso de cebra.

            El indigente resentido que lo había visto todo desde su improvisado nido pensó para sus adentros: mira por dónde, esta tarde se ha hecho justicia.

            La noticia de la muerte de Sofía con 27 años conmocionó a todo el barrio.

            Su novio Iván sentía que le habían arrancado la parte más bonita de su existencia, pero al mismo tiempo dejó de sentir esa sensación opresiva de vivir por encima de sus posibilidades, de vivir como de prestado una vida que él no podía corresponder por ser demasiado excelsa.

En el ministerio enmudecieron al saber que Sofía, que había bajado a por un café, ya no volvería jamás. Su abrigo color canela quedó colgado en el perchero sin que nadie se atreviera a tocarlo durante largo tiempo.

Los ecos de la luctuosa noticia se extendieron por algunas semanas, pero poco a poco, la gente dejó de hablar de Sofía, el color gris volvió a las calles y crecieron muros de frio hielo entre los inquilinos de aquel edificio que un día fue el hogar de Sofía.

No sabemos si algún día el tiempo le hará justicia a Sofía.

sábado, 6 de diciembre de 2025

ESNOBISMO RACIAL


La palabra «charnego» ha acompañado a Cataluña a lo largo de gran parte de su historia para señalar de forma despectiva al diferente, al que viene de fuera. Atendiendo a su significado, propiamente dicho, hace referencia al mestizaje entre catalanes/as y paisanos/as venidos del resto de España (uso actual) o de Francia (uso originario) y claramente resalta la degradación de la pureza racial que siempre viene asociada al mestizaje. Ya sabemos que todo nacionalismo es racista por definición. Así que, en el ideario nacionalista, los pobres charnegos se encuentran siempre en un estadio evolutivo inferior al catalán de pura cepa, el de los ocho apellidos.

Por desgracia, el vicio implícito en la palabra ha acabado por materializarse representando a un tipo de persona con unas características personales y sociales bien definidas, y que distan mucho de ser admirables. El mestizaje charneguil, en vez de atesorar la riqueza de las dos culturas que confluyen en él, ha producido personas desarraigadas, que no conservan las costumbres de su tierra natal, ni tampoco interiorizan las costumbres y tradiciones de su tierra de adopción.

Se trata de personas desubicadas, desarraigadas, que no aman, y de hecho maltratan, el suelo que pisan y cuyo mayor impulso vital es el poder y el dinero.

Yo creo que es su forma de vengarse por todo aquello que han tenido que dejar atrás y todo aquello que han tenido que tragar de forma más o menos impuesta.

Y esta situación, que se da con toda la inmigración del resto de España que inundó Cataluña durante la época del desarrollismo franquista, creo que es extrapolable a cualquier suburbio de las grandes ciudades como Paris o Bruselas, grandes receptores de inmigrantes.

¿Pero qué tiene que ver aquí el esnobismo con toda la problemática de la integración del inmigrante en la sociedad receptora?

De hecho, a mí me costaba entender el significado de la palabra «esnob» y por eso os voy a hablar del día en que, por fin, logré entender su significado. Obviamente, yo sabía que se refería a alguien que se las da de importante cuando en realidad, su vida, sus actos y su influencia es prácticamente irrelevante para la gente en general más allá de su círculo familiar cercano. Sin embargo, no lograba interiorizar el significado de la palabra para poder incorporarla a mi vocabulario habitual.

Hasta que un día conocí a Bernat. Él era un padre de familia que vivía en el cinturón industrial de Barcelona, hijo de inmigrantes andaluces y cuyo nombre en catalán ya denotaba la intención de sus padres de buscar cierto estatus dentro de la sociedad catalana.

Ciertamente, lo que representaba Bernat era más bien una variante del esnobismo, que podríamos llamar «esnobismo racial». La ecuación que funcionaba en su mente a pleno rendimiento era: lo español (andaluz) = malo, lo catalán = bueno.

Solo tenías que hablar con él para darte cuenta de cómo usaba la lengua para elevar la autoridad de sus argumentos cuando notaba que estaba perdiendo el relato. Pasaba del castellano al catalán para introducir un boost de autoridad y demostrar así que su razón era la de los cultos, emprendedores y trabajadores miembros de la más distinguida sociedad catalana.

Así que, vemos como el «esnobismo racial» puede funcionar como otra forma de reaccionar ante el hecho migratorio sentido en propias carnes. Se trataría en este caso del «charnego esnob» también llamado a veces «charnego converso».

Este tipo de personas se radicalizan en el nacionalismo catalán usándolo como instrumento para alcanzar cierto estatus. Llevan a sus hijos a colegios privados y les hablan de manera devocional en catalán apostatando de sus raíces andaluzas, extremeñas o gallegas entre otras. Casi nunca visitan la tierra de los abuelos, y cuando lo hacen, critican a sus gentes por holgazanes y desnortados, buscando desesperadamente la supuesta nobleza catalana como antídoto para olvidar la pobreza de dónde salieron.

Desgraciadamente, por mucho que lo intenten, solo consiguen humillar los apellidos que lucen en sus DNIs.



sábado, 15 de noviembre de 2025

QUÉ NO ME SORPRENDA LA MUERTE

 


Qué no me sorprenda la muerte

estando en mi cama inerte,

qué no me sorprenda la muerte.

Qué no me sorprenda la muerte

a cobijo o buscando albergue,

qué no me sorprenda la muerte.

Qué no me sorprenda la muerte

sin haber venido a verte,

qué no me sorprenda la muerte.

Qué ya la esperaré yo

en cerros y despoblados,

bordeando riscos y acantilados,

o mirando el tapiz oscuro

del cielo estrellado.

Si la muerte me busca,

qué no me busque en mi casa

con la voluntad postrada,

porque no me encontrará,

ni le entregaré el alma rendida

sin lucha, ni pelea,

a vida o muerte.

Si has de encontrarme muerte,

búscame en el desierto agreste

o en lo profundo del bosque,

búscame en el rio

o en una gota de rocío,

búscame defendiendo causas

y revoluciones,

que allí estaré,

fiel a mis convicciones.

Con cada amanecer,

estoy más lejos de ti,

corro hacia la vida,

miro hacia el sol,

y en su calor encuentro

la fuerza del Ser.

Pero si, pese a todo,

 llegó mi hora,

qué no me sorprenda la muerte.

domingo, 2 de noviembre de 2025

NEKOMATA

 


Al pasar por debajo del arco que daba entrada al cementerio, me lo encontré de frente. La mirada fija en mí y su pose mayestática con las patas delanteras juntas y el pecho bien erguido, escrutando a todos los que venían a depositar flores en las tumbas de sus seres queridos por Todos los Santos.

Enorme, grande, orondo.

Era un gato de los que los japoneses llaman calicó, con manchas de tres colores, blanco, marrón y negro, y la verdad es que imponía mucho a pesar de que no era completamente negro. Quizá fuera la curiosa distribución de los colores sobre el pelaje del animal con el color negro dibujando una especie de antifaz que rodeaba sus ojos, lo que le confería una siniestra actitud de total autoridad como dueño y señor del cementerio.

¡Oh Dios! Qué tenía ese felino en su mirada que me mantenía como hipnotizado, subyugado y sin voluntad propia. Y mientras me debatía por zafarme de sus afiladas garras oculares, sentí un chasquido y experimenté una terrible tristeza de añoranza, de alejamiento de la realidad para adentrarme en un lugar terriblemente desconocido en el que mi ser se diluía perdiendo casi por completo toda la entidad que me definía como persona.

¿Qué era aquel espacio rodeado de seres que vagaban sin rumbo? Parecían de otro tiempo, más antiguo. Parecían no entender nada, parecían ¡muertos vivientes!

La cara del maldito gato se manifestaba allá donde mirara y en ese momento, imaginé algo que me negaba aceptar, pero que explicaba lo que me estaba sucediendo. Efectivamente, allí se encontraban todas las almas de los finados enterrados en ese cementerio, era una especie de inframundo y todas esas pobres almas estaban atrapadas en el interior del orondo gato.

La desesperación invadió todo mi ser cuando comprendí que ese maldito gato me había atrapado en su interior, y que el felino se alimentaba con las almas de aquel cementerio rebosante de cadáveres. El gato engordaba cada día un poco más a medida que los finados iban ocupando nichos y columbarios.

Quise interaccionar con las almas errantes que vagaban de aquí para allá y de repente me dio un vuelco al corazón al reconocer a mi abuelo, al que yo venía a ponerle flores ese aciago día.

¡Yayo! exclamé con una mezcla de pavor y confianza, y él se giró con su rostro marcado por las cicatrices que el duro trabajo en el campo había labrado en su rostro a lo largo de la vida. Pareció sorprendido, como si despertara de un sueño de muchos años ya, pero finalmente pareció reconocerme. Esto me extrañó al pensarlo dos veces, ya que mi abuelo había muerto cuando yo era pequeño y, por tanto, mi aspecto había cambiado mucho desde entonces. Salvé esta incongruencia con el artificio de pensar que la sangre reconoce a su sangre en cualquier lugar o circunstancia.

Inmediatamente quise pedirle ayuda, ¿qué hago aquí?, ¿qué es este lugar?, ¿por qué estás aquí?

Él me sonrió dando así una respuesta velada y tranquilizadora y me dijo que no me preocupara, que él me enseñaría el camino de salida ya que todavía no había llegado el momento de habitar el reino de los muertos.

Me di cuenta entonces de la extraordinaria oportunidad que me había brindado el destino dándome a conocer de primera mano el gran misterio que atormenta a la humanidad desde que el ser humano fue consciente de su efímera vida en la Tierra. ¿Existe vida después de la muerte?

Aparentemente sí, aquellas almas seguían habitando algún lugar, que a mí se me antojaba ser el interior del gato centinela, pero había algo que no cuadraba. No parecían felices, no parecían estar realmente vivas ni tener voluntad propia. ¿Podía ser aquel gato una especie de limbo, la antesala donde las almas se purifican antes de poder acceder al océano anónimo del eterno descanso?

Mi abuelo Eduardo me acompañó hacia una especie de portal a través del cual se veía el exterior del cementerio, por el que transitaban los inadvertidos visitantes portadores de flores. Podía ver esa realidad exterior a través de dos aberturas en forma de huso que coincidían exactamente con los ojos del Nekomata. Podía verme a mí mismo, plantado a la puerta del cementerio, inanimado, la mirada perdida como si fuera una carcasa completamente vacía. Los transeúntes rodeaban mi cuerpo a derecha e izquierda para poder acceder al cementerio, pero ninguno de ellos reparó en mí, en si me sucedía algo o porque narices me había quedado allí plantado como un pasmarote.

—Mira, ahí está tu cuerpo, debes volver en ti —dijo mi abuelo Eduardo—. Todavía no perteneces a este mundo; tu cuerpo te está esperando y tienes la salida ante de ti. Venga, no lo pienses más.

Entonces, sentí un profundo agradecimiento hacía mi abuelo que me había orientado en ese espacio vetado a los vivos y deseé con todas mis fuerzas salir de nuevo al mundo y recuperar mi cuerpo orgánico para vivir el resto de mi vida acompañado por el sentimiento gozoso de saber que hay más allá de la vida.

Giré mi rostro hacía atrás para dirigir una última mirada de despedida hacia mi abuelo, cuando súbitamente una de aquellas almas errantes, morador desde hacía años del interior del maldito gato, y que en su día había sido un avispado anciano, saltó a través de las felinas aberturas oculares y ocupó de lleno mi cuerpo recipiente.

Una mirada de preocupación ensombreció el rostro de mi abuelo que a continuación agachó la cabeza como evitando mirarme a la cara. Yo percibí inmediatamente que algo no iba bien. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso?

Mi abuelo dio media vuelta y se marchó cabizbajo mientras yo contemplaba horrorizado como mi cuerpo comenzaba a moverse y me miraba con actitud burlona a través de los ojos del gato.

¿Qué significa esto? ¿Cómo es esto posible? ─me preguntaba yo completamente aterrorizado al tiempo que mi cuerpo desapareció del campo de visión del gato.

Y entonces, comprendí que había quedado atrapado para siempre en el interior del gato, en un limbo donde las almas son purificadas antes de incorporarse al gran Ser cósmico.

Para el mundo de los humanos, aquel 1 de noviembre fue el día de mi muerte.

martes, 28 de octubre de 2025

REDEMPTION

 


*REE: Red Eléctrica de España

miércoles, 15 de octubre de 2025

TEXTO NEGRO

 


Negra es la noche, ese espacio de tiempo donde todo el mundo duerme excepto yo. Negro es mi sueño de libertad en el que nadie me juzga, nadie opina, no hay reputación y soy libre de ser quien quiera ser, sin restricciones, ni imposiciones, ni límites. La noche me permite soñar sin cortapisas, me permite imaginar proyectos e ilusiones, futuros impensables. Es como si el tiempo se detuviera creando un paréntesis temporal con licencia para hacer realidad todo aquello que el día prohíbe. Es el tiempo sin tiempo, no hay reloj, todo está en calma, nada es urgente y la soledad me permite recobrar el ánimo y la fuerza que se descargarán al alba. La noche es el momento del cambio, de la metamorfosis, que se produce escondida de las miradas críticas. Mañana seré otra persona y nadie conocerá el misterio. El negro representa lo complejo, lo enmarañado, lo denso, lo que cuenta una historia llena de matices, llena de capas que se superponen con hechos sorprendentes, y tremendamente rica en detalles. El negro nos permite dibujar claroscuros, juega con la luz, crea sombras que cuentan otra historia diferente de la que está a la vista de todos. El negro se esconde en los pliegues donde guarda sus tesoros, las perlas negras que solo están al alcance de aquellos valientes que no temen a la oscuridad. El negro es misterioso, vela el presente, lo oculta, y en él, todo es aceptado, incluso lo feo o lo dramático. El negro es madurez pura, es aprendizaje y aceptación sin fin de camino hacia la sabiduría. El negro es hermético, no desvela mi ser, no necesito energía para vivir en el negro, es frio, es introvertido, no importa lo que piensen los demás si son valientes que caminan por la oscuridad. El negro es fácil, lo contiene todo, es todo potencial, es el principio y el fin, mientras la luz toma partido, decide el presente, lo expresa y muestra los diferentes colores sometidos al juicio de todos. La luz te delata, la luz hace amigos, pero también enemigos, la luz requiere energía y esfuerzo para vivir, la luz es alegría, pero también tristeza. El negro es más tranquilo, porque reconoce nuestra insignificancia en la inmensidad del Universo y por eso nos hace humildes, pero auténticos porque no brillamos más que las estrellas del firmamento nocturno. El negro nos hace pequeños y nos invita a escondernos para protegernos del frío con su manto protector que nos da cobijo mientras crecemos sin miedo en la oscuridad.

miércoles, 27 de agosto de 2025

 



Dile, dale, dame,

digo y doy

que, si no me dices y das,

me voy.

Digo, dices, dice

pero toma y tome

si me das, le da, me da,

da, de, di do, du me.

Tomo, toma y tome,

moto, mato y meto,

tonto, totón, to.

Me di, le da, me da

las gracias por este mi poema

me mima.

miércoles, 1 de enero de 2025

¿Y tú, eres de principios o de finales?

 

En una fecha como esta es ineludible que afloren sentimientos relacionados con el tránsito de año que acabamos de realizar. Algo termina, algo empieza, y necesariamente sentimos la pena, la alegría, la ilusión o el hartazgo por el año que dejamos atrás y por el que está recién estrenado.

Es esta disyuntiva la que me interesa, la que divide a las personas en nostálgicos del año que acabamos de dejar o en fervientes apasionados por el año que está por venir.

Así que tú, ¿de qué eres, de principios o de finales?

En mi caso lo tengo claro, ¡me encantan los finales! E inmediatamente os diré por qué.

Cuando se acerca el final de algo, estamos próximos a la meta, al objetivo o simplemente al agotamiento del tiempo que estaba destinado para ese algo. De cualquier forma, la cosa se acaba, no perdurará más allá de un punto en el tiempo del futuro inmediato. Y en esa coyuntura está todo permitido. Ya no nos guardamos nada en la mochila por si hiciera falta para más adelante, ya no respetamos unas normas de funcionamiento, ya tiramos por el camino más recto y fácil descargados de todas las trabas y remilgos autoimpuestos.

El dicho popular lo recoge perfectamente “para lo que me queda en el convento, me cago dentro”.

En contraposición, qué duros son los principios. Un mar inmenso de posibilidades o de caminos se abre ante nosotros provocando una más que comprensible angustia, ya que, nos estamos jugando nuestro futuro. En función de las decisiones que tomemos al principio, así será nuestro día, nuestro año, nuestra vida o la unidad de tiempo que estemos considerando.

Por eso, la angustia existencial de los principios es insufrible y me aplasta con la losa de la responsabilidad del que ha sido nominado para dirigir el proyecto de una vida.

También lo podemos ver desde una óptica energética desde donde también se entiende muy bien.

¿Recordáis a los búhos y a las alondras? Las alondras son aquellas personas que se levantan de la cama con una energía increíble después del descanso nocturno dando lugar a mañanas muy productivas que van apagándose a medida que se acerca la tarde y los niveles de energía decaen. Claramente les encantan los principios, madrugan y son muy puntuales para saborear con deleite el principio de aquellos eventos que deben comenzar. Los búhos, por el contrario, se levantan hechos polvo, y van activándose a lo largo del día alcanzando su pico máximo de actividad al atardecer o por la noche. Siempre llegan tarde porque lo que realmente les interesa es el final de las cosas, el desenlace y para ellos sobran las presentaciones, los preliminares, la declaración de las normas del juego, es decir, lo que podríamos llamar, “principios fundacionales”.

Sin embargo, para ambos estereotipos hay un elemento clave que puede ayudar mucho a transitar por sus principios o por sus finales. Se trata de la ilusión.

La ilusión es la esperanza de alcanzar o conseguir algo bueno, positivo y atractivo. Y ese es el motor que puede mover a las alondras a darlo todo al final, cuando el objetivo se ve al alcance de la mano y también puede hacer saltar a los búhos de la cama con ansias de disfrutar del día que se abre ante ellos. ¡La ilusión mueve montañas!

Así que, mi consejo para empezar este nuevo año 2025 es que lo llenemos de proyectos ilusionantes que nos hagan saltar, brincar y correr a todas las horas del día y del año huyendo de la monotonía que espera con su guadaña para decirnos que en sus manos estamos muertos.