viernes, 19 de diciembre de 2025

Ápeiron

 


NACIMIENTO

A las 00:35 de un 25 de noviembre de 1998 nació Sofía. Su madre, casi adolescente, no había podido quitarse de encima los sentimientos encontrados que la asediaron durante todo el embarazo. Sofía era el resultado de una violación. Un desalmado, que aprovechó el estado de embriaguez de su madre Atenea, la dejó embarazada en un reservado de aquella discoteca que ya nunca olvidaría.

Después de superar el trauma inicial y de meditarlo mucho, Atenea decidió que quería tener a la niña que llevaba en su seno. A pesar de que todo su entorno familiar y personal mostró una fuerte repulsa hacia el nacimiento de una nueva vida engendrada por medio de la violencia, Atenea se vio incapaz de matar al ser que llevaba en su interior. Sería como matar una parte de ella misma y deshonrar el milagro de la vida que como una maquinaria perfectamente diseñada se había puesto a trabajar siguiendo el patrón que está escrito en las estrellas, la partitura creadora de vida.

Todos decían que no permitiera que se consumara esa injusticia, máxime cuando el padre biológico estaba totalmente desaparecido y ella apenas guardaba un tenue recuerdo de su cara.

Sin embargo, cuando la comadrona por fin le puso a Sofía en su regazo después de dar a luz, el fuerte vínculo maternal con su bebé selló una relación de amor eterno entre aquellos dos seres. —Sofía, no te preocupes que mamá cuidará de ti para hacerte una chica fuerte y valiente capaz de cambiar el mundo.

VIDA

Sofía era un bebé precioso. Tenía una carita llena de inocencia y candidez infantil con unos rasgos que ya desde recién nacida demostraban que iba a ser una chica muy guapa. Sus rasgos faciales estaban perfectamente proporcionados, su nariz moteada, sus ojos almendrados color canela, su boquita delimitada por dos hoyuelos, su tez dorada como la arena del desierto y el pelo castaño muy claro y rizado. Y su mirada cristalina y pura.

Pronto se convirtió en la protagonista de la casa. Los abuelos anhelaban sacarla a pasear por el parque con un sentimiento de orgullo exhibicionista que no podían ocultar. Así, Sofía creció, y su belleza empezó a ser peligrosamente llamativa. Además, ya desde primaria, empezó a mostrar sus dotes de liderazgo y en el patio del recreo le resultaba muy fácil hacerse con el control del relato y organizar a los demás niños para jugar siempre orbitando a su alrededor. Algunos padres y madres empezaron a fijarse en ella con una cierta predisposición envidiosa al ver de qué manera tan desproporcionada había dotado la naturaleza a aquella niña. Su madre Atenea y su abuela percibían que Sofía era el centro de todas las miradas y la situación las incomodaba por lo que sin darse cuenta desarrollaron ciertas precauciones protectoras.

Sofía crecía totalmente ajena a la admiración que despertaban su belleza y su inteligencia y, poco a poco, fue superando etapas con las máximas calificaciones y honores. Así, alcanzó su mayoría de edad con gran madurez y con las ideas muy claras sobre lo que deseaba hacer en la vida. Caminaba con paso firme tomando lo que por derecho consideraba suyo.

Entró en la universidad para estudiar un grado en Relaciones Internacionales, ella sabía que se le daba muy bien convencer y manejar las opiniones de la gente, y pensaba que podría desempeñar un gran papel en el mundo orientando sus esfuerzos en esa dirección. Podría llegar a ser alguien relevante. En el segundo año de los estudios del grado, ya se había forjado una reputación de persona brillante entre los profesores universitarios y los distintos departamentos se la rifaban.

Terminó su grado con la máxima calificación y media docena de chicos y chicas locamente enamorados de ella. Escogió a Iván, un chico cuyos padres eran de origen ruso y que hablaba con fluidez español, inglés, francés y ruso.

Quizá inducida por él, Sofía realizó su master en San Petersburgo, donde perfeccionó su dominio del ruso además de ganar muchísima experiencia trabajando en el consulado español.

Sofía aportaba calidez a aquellas frías y blancas tierras. La nieve parecía derretirse a su paso y desprendía un aura canela que recordaba al trópico, a la exuberante belleza amazónica, a la fecundidad infinita de los cafetales de Brasil.

Era tanta la belleza y la dicha que transmitía, que Iván empezó a sentirse incomodo al notar la responsabilidad de estar a la altura de un ser como Sofía.

Sofía volvió a España con trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada del área de los países del este. Trabajaba en Madrid, en la plaza del Marqués de Salamanca, aunque se podía decir que pasaba la mayor parte del tiempo reunida telemáticamente. Ganaba un sueldo bastante abultado teniendo en cuenta su condición de principiante, pero es que no había acuerdo que se le resistiera. Su presencia era definitivamente magnética. Allá donde había un escollo, un punto que parecía irreconciliable para las partes en conflicto, aparecía Sofía y obraba su magia orgánica, visceral como si brotara de la naturaleza misma, consiguiendo armonizar lo que parecía irreconciliable.

Pronto Iván y Sofía pudieron alquilar un piso en el exclusivo barrio de Salamanca. Iván no podía creer la maravillosa vida que le había tocado en suerte y, quizá por esto, sentía mucho miedo a que sucediera algo, una especie de castigo divino, que truncara abruptamente la vida de ensueño que estaban viviendo por haber abusado demasiado de la bondad del Creador. Ante este temor, él no podía reaccionar de otro modo que no fuera volcando todo su amor en Sofía.

Asimismo, el barrio tradicionalmente aséptico y estirado, por causa del carácter soberbio y orgulloso de sus habitantes, empezó a albergar cierta calidez canela. El aura de Sofía empezó a extenderse por su edificio, donde aquellos inquilinos que se habían cruzado por las escaleras sin mediar palabra durante años, de pronto empezaron a saludarse y a reconocerse por la calle. El calor humano de Sofía fue colonizando calle a calle las vetustas casas señoriales mientras el barrio entero pareció cambiar el frio gris de sus fachadas de granito por la cálida luz de la arena del desierto. Sofía era el pegamento dinamizador que arrastraba la realidad hacia un lado bien definido y marcado por su presencia.

Por otro lado, Sofía solía ir al gimnasio tres veces por semana para mantenerse ágil y desentumecida y no fallaba casi nunca porque tenía una salud de hierro. Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo resfriada. Parecía como si la calidez de su carácter la mantuviera siempre calentita y a salvo de infecciones oportunistas.

De esta manera, Sofía fue integrándose en la vida del barrio y, a pesar de su juventud, pasó a ser un miembro querido y respetado dentro de la comunidad.

MUERTE

            Aquel día había almorzado con Iván en un restaurante cerca del ministerio. Quizá la comida había sido demasiado copiosa por lo que Sofía sintió una leve somnolencia que le impedía concentrarse en los papeles que tenía delante. Decidió bajar a la cafetería de Desi, cruzando la calle, para despejarse un poco. Nada más pisar la acera, oyó que alguien la llamaba: —¡Oye tú, guapa!— y, al girarse, Sofía vio a un indigente sucio y descarado que alargaba la mano entre trapos y cartones. En ese momento, Sofía sintió una punzada de repulsa causada por una cara de la vida que no estaba acostumbrada a ver. Reaccionó mal, y agarrándose a su bolso, dio un respingo y se dispuso a cruzar la calle.

            —Perdona guapa, ¡qué no todos tenemos la suerte que tienes tú! Y que sepas que yo estoy aquí por una injusticia porque el banco me ha quitado mi casa.

            Asaeteada por las palabras del indigente, Sofía no vio que el semáforo había cambiado a rojo para los peatones hacía ya unos segundos. Un taxi que venía lamiendo el bordillo a bastante velocidad se la llevó por delante catapultando su cuerpo por encima del techo del vehículo. El golpe que recibió en la cabeza al caer fue mortal de necesidad. Una lámina de sangre pintó de rojo la primera franja blanca del paso de cebra.

            El indigente resentido que lo había visto todo desde su improvisado nido pensó para sus adentros: mira por dónde, esta tarde se ha hecho justicia.

            La noticia de la muerte de Sofía con 27 años conmocionó a todo el barrio.

            Su novio Iván sentía que le habían arrancado la parte más bonita de su existencia, pero al mismo tiempo dejó de sentir esa sensación opresiva de vivir por encima de sus posibilidades, de vivir como de prestado una vida que él no podía corresponder por ser demasiado excelsa.

En el ministerio enmudecieron al saber que Sofía, que había bajado a por un café, ya no volvería jamás. Su abrigo color canela quedó colgado en el perchero sin que nadie se atreviera a tocarlo durante largo tiempo.

Los ecos de la luctuosa noticia se extendieron por algunas semanas, pero poco a poco, la gente dejó de hablar de Sofía, el color gris volvió a las calles y crecieron muros de frio hielo entre los inquilinos de aquel edificio que un día fue el hogar de Sofía.

No sabemos si algún día el tiempo le hará justicia a Sofía.

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