NACIMIENTO
A
las 00:35 de un 25 de noviembre de 1998 nació Sofía. Su madre, casi
adolescente, no había podido quitarse de encima los sentimientos encontrados
que la asediaron durante todo el embarazo. Sofía era el resultado de una
violación. Un desalmado, que aprovechó el estado de embriaguez de su madre
Atenea, la dejó embarazada en un reservado de aquella discoteca que ya nunca
olvidaría.
Después
de superar el trauma inicial y de meditarlo mucho, Atenea decidió que quería
tener a la niña que llevaba en su seno. A pesar de que todo su entorno familiar
y personal mostró una fuerte repulsa hacia el nacimiento de una nueva vida
engendrada por medio de la violencia, Atenea se vio incapaz de matar al ser que
llevaba en su interior. Sería como matar una parte de ella misma y deshonrar el
milagro de la vida que como una maquinaria perfectamente diseñada se había
puesto a trabajar siguiendo el patrón que está escrito en las estrellas, la
partitura creadora de vida.
Todos
decían que no permitiera que se consumara esa injusticia, máxime cuando el
padre biológico estaba totalmente desaparecido y ella apenas guardaba un tenue
recuerdo de su cara.
Sin
embargo, cuando la comadrona por fin le puso a Sofía en su regazo después de
dar a luz, el fuerte vínculo maternal con su bebé selló una relación de amor
eterno entre aquellos dos seres. —Sofía, no te preocupes que mamá cuidará de ti
para hacerte una chica fuerte y valiente capaz de cambiar el mundo.
VIDA
Sofía
era un bebé precioso. Tenía una carita llena de inocencia y candidez infantil
con unos rasgos que ya desde recién nacida demostraban que iba a ser una chica
muy guapa. Sus rasgos faciales estaban perfectamente proporcionados, su nariz
moteada, sus ojos almendrados color canela, su boquita delimitada por dos hoyuelos,
su tez dorada como la arena del desierto y el pelo castaño muy claro y rizado.
Y su mirada cristalina y pura.
Pronto
se convirtió en la protagonista de la casa. Los abuelos anhelaban sacarla a
pasear por el parque con un sentimiento de orgullo exhibicionista que no podían
ocultar. Así, Sofía creció, y su belleza empezó a ser peligrosamente llamativa.
Además, ya desde primaria, empezó a mostrar sus dotes de liderazgo y en el
patio del recreo le resultaba muy fácil hacerse con el control del relato y
organizar a los demás niños para jugar siempre orbitando a su alrededor.
Algunos padres y madres empezaron a fijarse en ella con una cierta
predisposición envidiosa al ver de qué manera tan desproporcionada había dotado
la naturaleza a aquella niña. Su madre Atenea y su abuela percibían que Sofía
era el centro de todas las miradas y la situación las incomodaba por lo que sin
darse cuenta desarrollaron ciertas precauciones protectoras.
Sofía
crecía totalmente ajena a la admiración que despertaban su belleza y su
inteligencia y, poco a poco, fue superando etapas con las máximas
calificaciones y honores. Así, alcanzó su mayoría de edad con gran madurez y
con las ideas muy claras sobre lo que deseaba hacer en la vida. Caminaba con
paso firme tomando lo que por derecho consideraba suyo.
Entró
en la universidad para estudiar un grado en Relaciones Internacionales, ella
sabía que se le daba muy bien convencer y manejar las opiniones de la gente, y
pensaba que podría desempeñar un gran papel en el mundo orientando sus
esfuerzos en esa dirección. Podría llegar a ser alguien relevante. En el
segundo año de los estudios del grado, ya se había forjado una reputación de
persona brillante entre los profesores universitarios y los distintos
departamentos se la rifaban.
Terminó
su grado con la máxima calificación y media docena de chicos y chicas locamente
enamorados de ella. Escogió a Iván, un chico cuyos padres eran de origen ruso y
que hablaba con fluidez español, inglés, francés y ruso.
Quizá
inducida por él, Sofía realizó su master en San Petersburgo, donde perfeccionó
su dominio del ruso además de ganar muchísima experiencia trabajando en el
consulado español.
Sofía
aportaba calidez a aquellas frías y blancas tierras. La nieve parecía
derretirse a su paso y desprendía un aura canela que recordaba al trópico, a la
exuberante belleza amazónica, a la fecundidad infinita de los cafetales de
Brasil.
Era
tanta la belleza y la dicha que transmitía, que Iván empezó a sentirse incomodo
al notar la responsabilidad de estar a la altura de un ser como Sofía.
Sofía
volvió a España con trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada
del área de los países del este. Trabajaba en Madrid, en la plaza del Marqués
de Salamanca, aunque se podía decir que pasaba la mayor parte del tiempo
reunida telemáticamente. Ganaba un sueldo bastante abultado teniendo en cuenta
su condición de principiante, pero es que no había acuerdo que se le
resistiera. Su presencia era definitivamente magnética. Allá donde había un
escollo, un punto que parecía irreconciliable para las partes en conflicto,
aparecía Sofía y obraba su magia orgánica, visceral como si brotara de la
naturaleza misma, consiguiendo armonizar lo que parecía irreconciliable.
Pronto
Iván y Sofía pudieron alquilar un piso en el exclusivo barrio de Salamanca.
Iván no podía creer la maravillosa vida que le había tocado en suerte y, quizá
por esto, sentía mucho miedo a que sucediera algo, una especie de castigo
divino, que truncara abruptamente la vida de ensueño que estaban viviendo por
haber abusado demasiado de la bondad del Creador. Ante este temor, él no podía
reaccionar de otro modo que no fuera volcando todo su amor en Sofía.
Asimismo,
el barrio tradicionalmente aséptico y estirado, por causa del carácter soberbio
y orgulloso de sus habitantes, empezó a albergar cierta calidez canela. El aura
de Sofía empezó a extenderse por su edificio, donde aquellos inquilinos que se
habían cruzado por las escaleras sin mediar palabra durante años, de pronto
empezaron a saludarse y a reconocerse por la calle. El calor humano de Sofía
fue colonizando calle a calle las vetustas casas señoriales mientras el barrio
entero pareció cambiar el frio gris de sus fachadas de granito por la cálida
luz de la arena del desierto. Sofía era el pegamento dinamizador que arrastraba
la realidad hacia un lado bien definido y marcado por su presencia.
Por
otro lado, Sofía solía ir al gimnasio tres veces por semana para mantenerse
ágil y desentumecida y no fallaba casi nunca porque tenía una salud de hierro.
Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo resfriada. Parecía como si la
calidez de su carácter la mantuviera siempre calentita y a salvo de infecciones
oportunistas.
De
esta manera, Sofía fue integrándose en la vida del barrio y, a pesar de su
juventud, pasó a ser un miembro querido y respetado dentro de la comunidad.
MUERTE
Aquel día había almorzado con Iván en un restaurante
cerca del ministerio. Quizá la comida había sido demasiado copiosa por lo que
Sofía sintió una leve somnolencia que le impedía concentrarse en los papeles
que tenía delante. Decidió bajar a la cafetería de Desi, cruzando la calle,
para despejarse un poco. Nada más pisar la acera, oyó que alguien la llamaba:
—¡Oye tú, guapa!— y, al girarse, Sofía vio a un indigente sucio y descarado que
alargaba la mano entre trapos y cartones. En ese momento, Sofía sintió una
punzada de repulsa causada por una cara de la vida que no estaba acostumbrada a
ver. Reaccionó mal, y agarrándose a su bolso, dio un respingo y se dispuso a
cruzar la calle.
—Perdona guapa, ¡qué no todos tenemos la suerte que
tienes tú! Y que sepas que yo estoy aquí por una injusticia porque el banco me
ha quitado mi casa.
Asaeteada por las palabras del indigente, Sofía no vio
que el semáforo había cambiado a rojo para los peatones hacía ya unos segundos.
Un taxi que venía lamiendo el bordillo a bastante velocidad se la llevó por
delante catapultando su cuerpo por encima del techo del vehículo. El golpe que
recibió en la cabeza al caer fue mortal de necesidad. Una lámina de sangre
pintó de rojo la primera franja blanca del paso de cebra.
El indigente resentido que lo había visto todo desde su
improvisado nido pensó para sus adentros: mira por dónde, esta tarde se ha
hecho justicia.
La noticia de la muerte de Sofía con 27 años conmocionó a
todo el barrio.
Su novio Iván sentía que le habían arrancado la parte más
bonita de su existencia, pero al mismo tiempo dejó de sentir esa sensación
opresiva de vivir por encima de sus posibilidades, de vivir como de prestado
una vida que él no podía corresponder por ser demasiado excelsa.
En
el ministerio enmudecieron al saber que Sofía, que había bajado a por un café,
ya no volvería jamás. Su abrigo color canela quedó colgado en el perchero sin
que nadie se atreviera a tocarlo durante largo tiempo.
Los
ecos de la luctuosa noticia se extendieron por algunas semanas, pero poco a
poco, la gente dejó de hablar de Sofía, el color gris volvió a las calles y
crecieron muros de frio hielo entre los inquilinos de aquel edificio que un día
fue el hogar de Sofía.
No
sabemos si algún día el tiempo le hará justicia a Sofía.

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