Desde
que la especie homo es hombre, siempre ha sentido la necesidad de expresarse
sobre soportes sólidos para transmitir información “en diferido”, es decir,
cuando el receptor no está presente en el momento en el que se produce el
mensaje. Ejemplos que ilustran este sentimiento irrefrenable los encontramos ya
desde el paleolítico, edad en la que ni siquiera éramos sedentarios, como en
nuestras queridas y espectaculares cuevas de Altamira.
Conceptualmente
se produjo un gran avance cuando ese soporte sólido se pudo transportar y llevar
así el mensaje al receptor y no al revés, es decir, las cuevas no se podían
transportar y era el receptor quien tenía que acercarse para recibir el mensaje.
Los primeros soportes físicos de la escritura aparecieron allá por el 3400 a.C
y estuvieron constituidos a lo largo de la historia por arcilla, huesos, maderas,
tablillas de cera, piedras o metales.
El
siguiente salto evolutivo se produjo con el uso de papiro por parte de los
egipcios sobre el siglo IV a.C. En este caso, se trataba de un material mucho
más liviano que permitía ser usado como soporte de la escritura, es decir, del
conocimiento pero que en realidad estaba sólo al alcance de unos pocos
privilegiados, no en vano el origen etimológico de la palabra “papiro” procede
del antiguo término egipcio, que significa 'flor del rey', pues su elaboración
era monopolio real.
Siguiente
salto, que es en realidad un perfeccionamiento del anterior allá por el año 150
a.C., el pergamino. Se trata de un material hecho a partir de la piel de
cordero o de otros animales que se desarrolló en la ciudad de Pérgamo. El
pergamino acabó sustituyendo al papiro por sus ventajas materiales, por ser un
soporte más fácil de conseguir que el papiro, mucho más duradero y de mejor calidad. Ya podíamos
escribir libros, libros que iban a contener la información más sagrada y más
importante de la humanidad. Pero se requería un escriba, una persona,
generalmente monjes, que fuera copiando lentamente los textos sobre el soporte
sólido y esto de nuevo hacía bastante restringido el acceso a la información.
Y por
fin llegó nuestro material rey, la perfección hecha objeto, el soporte sólido
ideal, el papel. La tradición atribuye el descubrimiento del papel a Tsi Lun,
un oficial del emperador chino de la dinastía Han , en el año 105 d.C. Pero
hasta los siglos X y XI no empieza realmente a ser usado en Europa y, con todo,
tardará en desplazar al pergamino.
Y así
vino el siguiente salto evolutivo, la popularización del saber con el
desarrollo de la imprenta por Johannes Gutenberg en el año 1450.
Habíamos
alcanzado la perfección en el sistema de registro del conocimiento humano que
podía así acumularse, almacenarse en bibliotecas para que la siguientes
generaciones siguieran evolucionando intelectualmente a partir de los saberes
escritos sobre el papel. El papel era un elemento noble, sobre él se escribían los
títulos de propiedad y nobiliarios, los testamentos, los libros sagrados de las
distintas religiones y hasta el dinero (que no deja de ser un título de
propiedad).
La
producción de papel se elevó tanto que ha llegado a amenazar la subsistencia de
su fuente de origen, la celulosa que se origina en los bosques del planeta.
Siglo
XXI, aparece otro salto evolutivo en el almacenamiento de información, el formato
electrónico. Sin duda permite una capacidad de almacenamiento infinitamente
superior al papel y una popularización mundial del mensaje y hasta diría
extraterrestre. Por tanto, el soporte digital supone la segunda popularización
de la sabiduría que ahora está al alcance de todo aquel que tenga electricidad.
Y ahí, acabo de señalar su punto débil, este soporte necesita energía, al menos
para ser generado-leído y es un soporte físico menos perdurable dada su
complejidad técnica (¡la piedra Rosetta todavía
va dando tumbos por ahí!).
Entonces,
¿qué hacemos ahora con el papel? ¿ya no sirve? ¿qué podemos hacer con un
elemento tan noble sobre el que hemos depositado hasta las sagradas escrituras?
Respuesta, ¡pues limpiarnos el culo!
Seguimos
adorando las cualidades del papel, su liviandad, su suavidad. Este polímero de
celulosa es realmente delicioso y por eso sería una pena dejarlo sin utilidad,
así que usémoslo para limpiarnos el culo.
Siendo
benévolo, podría decir que ahora la humanidad ya no lo necesita para almacenar
información ya que tenemos ordenadores y discos duros, esa necesidad está
cubierta y por tanto, podemos despojar al papel de su nobleza para usarlo en
otros menesteres más orgánicos y animalescos. Sin embargo, siendo un poco
malpensado, creo que el papel sigue siendo un artículo de primera necesidad,
sigue estando en la cúspide de lo humano. Así ha quedado patente estos días
ante una amenaza sería como la pandemia del COVID19.
Siempre
hemos creído que el intelecto, la capacidad intelectual y el lenguaje, era lo
que diferenciaba a los seres humanos de los animales. Para eso necesitábamos el
papel como fiel guardián protector de nuestra superioridad mental en el reino
animal. Sin embargo, en el siglo XXI y ante situaciones de crisis como el
COVID19 se ha puesto de manifiesto que el rasgo diferenciador del ser humano
con respecto a los animales es tener el culo limpio, los animales no se limpian
el culo, y para eso también usamos el mismo elemento, el papel.
Cuando
el ser humano se ha visto amenazado ante una situación que afecta a su supervivencia,
ha revelado por fin cual es su verdadero anhelo, qué constituye el vértice de
la pirámide de sus necesidades (si Maslow levantara la cabeza). Ante la
pregunta de qué te llevarías a una isla desierta, la respuesta del ser humano
del siglo XXI está clara, ¡PAPEL HIGIÉNICO!
Así
que, ante nuestro poder autodestructivo, auguro un largo provenir al papel pero
ahora con otro uso menos noble y más orgánico. Los que no hayáis podido
conseguir rollos de papel del váter en la estampida COVI19, no os preocupéis,
seguro que en algún rincón olvidado de vuestros hogares todavía atesoráis
sesudas y voluminosas enciclopedias con miles de páginas que pueden ser
destinadas a este nuevo uso higienizante e incluso, dada la crisis de fe que
también caracteriza al ser humano del siglo XXI, creo que el Papa autorizará
sin empacho, el uso de la Biblia para salvar a la humanidad limpiando sus corazones
y sus traseros.
2 comentarios:
Joan,
tu relato sobre el origen y evolución del papel como soporte para la escritura, deliciosamente contado, me ha recordado un libro que tengo en casa: "Historia del Libro" de Hipólito Escolar, editado por Ediciones Pirámide en 1988 bajo los auspicios de la Fundación Germán Sánchez Ruipérez dentro de su colección Biblioteca del Libro (ISBN 84-86168-36-8 en la F.G.S.R., ISBN 84-368-0440-6 en Ediciones Pirámide).
La parte en negrita de tu relato lleva la firma de tu aspecto gamberro-escatológico como autor. ¡Limpiarse el culo con hojas de la Bíblia! En otras épocas de la historia, este párrafo te hubiera llevado a la hoguera, fijo. Tenemos la suerte de que no es así, luego seguiremos disfrutando de tu buen hacer y nos mondaremos de risa con tus salidas de tono irreverentes.
Un abrazo,
Lluís
Joan,
Me encanta esta sal gorda valenciana que muestras en esta entrada (Josep Pla decía que a los catalanes también les encanta la escatología).
Aunque tus reflexiones podrían ser consideradas etnocéntricas: una buena parte de la humanidad se limpia el culo con agua y no con papel ;-)
Carles
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