Me
gusta la madurez despiadada que marchita el corazón y desgaja lentamente aquel
cuerpo despojado. Me gusta, inexorable, el segundero del reloj que siega el
tiempo como la guadaña de la Parca. Me gusta el olor dulzón de naturaleza ya
madura que da paso sin remedio al acre olor de podredumbre. Me gusta sentir ese
olor de podrido emanado por los fluidos en que tú te has convertido. Me gusta
la mistura de tu esencia que de sólida pasa a líquida y luego, pegajosa y
lentamente, exhala tu último hálito a la atmósfera silente. Me gusta ver al
gusano mordiente que poco a poco va mascando tu carne inanimada absorbiendo tu
sustancia que pronto será mosca. Me gusta la alimaña que hunde su hocico
buscando tus entrañas de sangre ya cuajada. Me gusta ver la sombra que dejas en
el suelo, la tierra empapada por tu orgánico velo. Me gusta como el verde, el
rojo y amarillo, poco a poco, pasan a gris, y a pardo y ocre, y la luz
mortecina que no puede escapar de aquel bosque cenagoso que antaño fue
frondoso. Me gusta un cementerio por todos olvidado, de lápidas ya deshechas
con nombres ya borrados, sólo por las malvas recordados. Me gusta la telaraña
antigua y polvorienta, que sin dueña atesora el botín exoesqueleto de algún
insecto desdichado. Me gusta la humedad que anega las secas estructuras
privadas de absorber el líquido elemento y que sólo sirven de alimento a la
lenta maceración que las transformará en ungüento. Me gusta alimentar al humus
con lo que algún día estuvo vivo y ahora como alimento es embebido. Me gusta la
herrumbre que hasta los más bruñidos barrotes, poco a poco, va deshaciendo
liberando las almas atrapadas. Me gusta el olvido que implacable va cubriendo
nuestra vida con su pesado velo. Me gusta la ciénaga que poco a poco va
absorbiendo el reguero otoñal, y en su interior, va cociendo los cuerpos ya sin
vida entre fétidos estertores. Me gusta la cadaverina y la putrescina, que de
aquel solomillo ya olvidado emanan y perfuman el ambiente. Me gusta aquel
anciano sólo por su olor delatado que en un piso quedó olvidado por sus seres
allegados. Me gusta la mosca persistente, con el buche lleno de larvas, que en
un rincón de la ventana alumbra su descendencia y la habitación de moscas
llena. Me gusta aquel escritor que un día alcanzó fama y sus libros son ahora
pasto de las llamas. Me gusta la escalera que sube un viejo encorvado y que
gime a cada paso sobre los mohosos escalones. Me gusta la hojarasca que se
acumula debajo del columpio olvidado y ya totalmente oxidado. Me gusta la caja
carcomida, de colores apagados que en un rincón han olvidado 2 enamorados que
no recuerdan ni su nombre. En su interior, las cartas fervorosas de papel
amarillento desdibujan los sentimientos de quienes ya no se conocen. Me gusta
ver al día fenecer y que al anochecer las sombras se apoderen de todo al
parecer. Me gusta ver como la vida se apaga al llegar la vejez y las tumbas
abiertas esperan con placer. Me gusta oír la lejana algarabía de los niños en
el parque que tragada lentamente por el sumidero del tiempo se apaga. Me gusta
ver un bosque convertido en campo de ramas despojadas de su antigua verdura que
parecen esqueletos bamboleados por el viento que corre entre la espesura. Me
gusta ver los peces boquear en la ciénaga infecta de metales anegada. Me gustan
los negros nubarrones avanzar inexorables sobre el ánimo de los hombres. En
definitiva, ¡Me gusta el otoño!
La vida es una larga lección de humildad. James Matthew Barrie (creador de Peter Pan). OMNI TIBI DABO. NON PLUS ULTRA.
domingo, 29 de septiembre de 2019
Creepy Mundo
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domingo, 22 de septiembre de 2019
Espacio
Hoy
quiero hablar de conceptos abstractos que nunca he entendido bien. Sé que la
capacidad de abstracción ha ido incrementándose a medida que evoluciona el
pensamiento humano, y es curioso comprobar como a medida que pasa el tiempo
vamos recurriendo a conceptos cada vez más abstractos y difíciles de entender
para explicar nuestro entorno.
Meterse
ahora en el campo de la física consiste en enfrentarse a un modelo que parece
cosa de meigas, que el entendimiento intuitivo humano hace ya mucho tiempo que
dejó de entender, casi podríamos decir desde que Einstein enunció su Teoría de
la Relatividad.
Se
trata de un modelo que es como una entelequia apuntalada por cientos de
ecuaciones y vericuetos matemáticos que se escapan a nuestra capacidad de
abstracción. Por concretar, ¿qué es un hipercubo? ¿4 dimensiones espaciales? Yo
lo entiendo como una especie de cubo de cubos pero si soy sincero conmigo
mismo, he de reconocer que no lo entiendo en profundidad.
Pongamos
otro ejemplo que demuestra el largo camino que hemos de recorrer para entender
las instancias más transcendentales que nos atañen directamente. Recuerdo que
una vez me sucedió una anécdota personal con un grupo de niños pequeños. El
caso fue que en el cole tenían una tortuga viva como mascota de la clase y la
pobre murió. Todos los niños hicieron un corro alrededor del cadáver del animal
y los adultos les intentamos explicar que la tortuga se había muerto, a lo que
algunos niños respondieron, ¿pero cómo que se ha muerto si está ahí? Decíamos
los mayores, sí pero está muerta y los niños volvían a decir ¡pero si está ahí!
Es decir, el concepto de la muerte no formaba parte de lo que a su corta edad
podían entender, sólo entendían “está o no está” pero nada más allá.
Esto
me lleva a pensar en otros dos conceptos abstractos en los que siempre he
tenido que creer a modo de dogma religioso por no alcanzarme el entendimiento.
Se trata de la nada y el infinito. Bueno, ni yo, ni los romanos lo hemos
entendido nunca y así se reflejaba en su numeración que no atribuye signos al
cero ni al infinito.
Porque
si te paras a pensar cómo puedes definir la nada si no es con la negación del
algo. ¿Qué es la nada? La no existencia, es la antítesis de la existencia pero
¿de qué sustancia está hecha la nada? ¿de vacío? ¿de espacio vacío? Pero el
espacio es algo. Por tanto, ¿qué es la nada?
Algo
similar, pero al revés, me ocurre con el concepto de infinito. Si algo es
infinito, ¿donde están los límites que lo diferencian de las demás cosas? ¿cómo
puedo definirlo si ni puedo circunscribirlo, delimitarlo, acotarlo en las
dimensiones físicas?
Vamos,
en cuanto me acerco a los límites de la existencia, tanto por abajo como por
arriba, me quedo en cueros intelectuales. No sé dónde empieza y dónde acaba el
SER.
Con
esta debilidad mental que me caracteriza, me pongo ahora a intentar entender el
tablero de juego, el marco espacial en el que se desarrolla el Universo físico.
Comentan los astrónomos que el Universo está en expansión desde el Big Bang, es
decir que el espacio físico va extendiéndose a partir de una singularidad, de
un punto que estalló hace millones de años. ¿De verdad alguien entiende algo de
este modelo? Porque yo, desde luego no.
Si el
espacio tridimensional va extendiéndose continuamente, ¿qué ocupa? ¿el vacío,
la nada? ¿Cómo puedo entender que el espacio se extiende para “ocupar” regiones
que no son espacio?, ¿qué no se “ocupa” sino que se “crea” el espacio? ¿Dónde
se encontraba el punto inicial del Big Bang?, ¿qué hay más allá de los confines
del Universo?, ¿la nada? Ya estamos, ¡no entiendo nada!, nunca mejor dicho.
La
única manera en la que vislumbro lejanamente una cierta comprensión del tema es
recurriendo a mi metafísica de cabecera. Y me intentaré explicar. Yo creo que todas las cosas físicas están imbuidas
de la esencia del SER, precisamente porque son. Es decir, la esencia está por
encima del entorno físico, y esta esencia es la que sustancia la realidad
física de las cosas. Asumiendo este principio, que reconozco que no deja de ser
mitológico, puedo explicar la expansión del Universo como el proceso de
sustanciación de la materia, de conversión constante de esencia en materia.
Así, a la pregunta de qué hay más allá de los confines del Universo, puedo
contestar que sólo hay esencia inmaterial, potencialidad de ser, una especie de
espiritualidad que puede convertirse en realidad física, y que de hecho lo
hace, a medida que se expande el Universo.
Siento
si he producido algún daño mental al lector, pero este es el único madero
carcomido al que me he podido aferrar para siquiera vislumbrar
una somera explicación de la realidad física que me rodea.
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sábado, 14 de septiembre de 2019
No quiero llanear
Hace
ya 10 años que escribí una entrada en este mismo blog titulada “Punto deInflexión” en la que intuía que estaba llegando poco a poco a un punto de mi
vida en el que la trayectoria ascendente habitual se torcería para empezar a
vivir de renta, de los ahorros vitales invertidos, quiero decir que mis ansias
aspiracionales quedarían mermadas y mantenidas bajo mínimos para ir tirando,
para disfrutar de la madurez sin mayores sobresaltos.
Tal
como pronosticaba en esa entrada, unos cuantos años más tarde mi trayectoria
vital empezó a empantanarse, a remansarse entre interminables meandros mientras
cruzaba las llanuras del altiplano de mi madurez. No estuve exento de retos, la
enfermedad me hizo cabalgar sobre potros indomados y la primera infancia de mis
hijas fue el acicate para seguir en la brecha, en la lucha por mantener lo ya
conseguido.
Ahora,
a punto de cumplir la cincuentena, doy un puñetazo en la mesa y rompo con el
plan establecido. ¡No quiero llanear! Me he dado cuenta de que no sé llanear,
me produce incomodidad y hastío y además no quiero hacerlo, aunque para salir
de ese remanso tenga que arriesgar los logros vitales conseguidos hasta ahora.
Quiero
seguir aprendiendo porque dejar de aprender es dejar de adaptarse al medio y
por tanto, entrar en decadencia. La vida, para ser vivida en plenitud, requiere
un proceso continuo de adaptación a través del aprendizaje, no podemos
permanecer estáticos en lo alto de una atalaya protegiendo el fuerte durante el
resto de nuestra vida, ¡hay que pasar a la acción, al ataque! Con esto quiero
decir que debemos seguir abonando nuestra trayectoria vital con nuevos
conocimientos, con nuevos retos, con nuevas motivaciones y nuevas metas.
Yo
quiero morir de camino a la meta porque siempre hay otra meta un poco más allá.
Yo quiero morir joven, quiero decir con actitud joven, con ganas de aprender, sin
estar de vuelta de todo. Qué la Parca me pille estudiando. Dejar de hacerlo
sería aceptar la muerte en vida, transformarme en un muerto viviente. Como dice
Dragó, cuando un varón deja de mirar a las chicas guapas por la calle, mal
asunto, la Parca le ronda.
Así
que, mi plan es invertir los ahorros vitales conseguidos hasta ahora en un
nuevo negocio. Puede ser que salga escaldado, que la cosa no funcione pero vale
la pena porque eso es vivir. No hacerlo sería entrar en hibernación, pasar por
la vida con los ojos vendados y los oídos tapados. Hay que arriesgarse si se
quieren alcanzar otras posiciones, en eso consiste la vida, en el camino hacia
la posada, más que en la posada en sí misma. Si hago un puzle, me lo paso bien
encajando las piezas y cuando está terminado se acabó la diversión. ¿Y entonces
qué? ¿me quedo protegiendo el puzle para que no se desmonte o hago otro puzle? La
respuesta está clara si queremos divertirnos.
Entonces,
volviendo a mi entrada de hace 10 años, huyamos de los puntos de inflexión y
subamos a caballo de una asíntota vertical que nos lleve hasta el infinito y
más allá.
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sábado, 31 de agosto de 2019
La hora zen
La
hora zen viene determinada por la luz, la luz marca su principio y su fin. Yo
la llamo la hora IOI (palo-cero-palo), apropiándome de uno de los símbolos
icónicos introducidos en la cultura popular por J.J.Benitez.
El
IOI puede representar varias cosas pero para mí representa el tránsito, el
cambio de tercio, los asuntos del dios Jano. Un palo-cero-palo no es más que un
dios Jano, una puerta de tránsito entre dos estados. Y precisamente de eso va
esta entrada, del tránsito entre el día y la noche que es el que más me encanta
a mí. Digamos que mis despertares no son demasiado agradables.
Volviendo
al asunto de la hora zen, como se leía en los antiguos relojes de sol, “Omnia
vulnerant; ultima necat”, o lo que es lo mismo “todas las horas hieren; la
última mata”. Como digo, en esta mágica hora la luz frisa la superficie del
jardín, y se filtra entre las miríadas de las enhiestas hojitas verdes de la
grama, que actúan como un tamiz de claroscuros devolviendo a la vista aquellas
longitudes de onda que más amansan y menos hieren.
Observo,
en un ángulo de 90º con respecto al sol, una hilera de hormigas que transita
por el perfil del tronco de uno de esos árboles tropicales que han invadido
nuestros jardines. Las hormigas parecen proyectar también largas sombras sobre
el tronco. Todo actúa de tamiz cuando el sol está tan bajo, hasta mi cuerpo y el
de los miembros de mi familia que pasan por el jardín actuan de tamiz
proyectando sombras grotescas.
Pero
no sólo la luz define la hora palo-cero-palo. Yo diría que el olfato es el
siguiente protagonista. Todo el ambiente exhala el aroma extraído por una
jornada de ardiente sol, todo huele a madurez, a la humedad que vuelve con el rocío.
Si
tenemos la suerte de albergar plantas aromáticas o con flores en nuestro
jardín, ellas nos regalarán su perfume cada atardecer como las chicas que se
acicalan para salir de verbena. Es fácil caer enamorado en sus redes.
Y así
llegamos al tercer canto de sirena, el sonido. La Naturaleza empieza a callar,
dejando que los sonidos más atrevidos rompan el aire.
Ora
un piar, ora una cigarra que se resiste a dejar para mañana su rasgar, ora una
hoja que se desprende de un árbol.
Los
sonidos se vuelven discretos, lejanos, suaves y van tocando, una a una, las
cuerdas del arpa de nuestra alma.
Finalmente,
añadiría el tacto. Si estás cerca del mar, la brisa suave y melífera te
acaricia durante todo el atardecer. Y si dejas que esta brisa lama la piel
desnuda de tu cuerpo, sentirás como tu olor y el calor de tu cuerpo también se
incorporan a la sinfonía sensorial de un atardecer en el jardín al lado del
mar.
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lunes, 26 de agosto de 2019
Viernes
Yo
nací un viernes de vacaciones. No era pronto, en vacaciones nada se hace
pronto, y la verdad es que no le di mucha guerra a mi madre para venir a este
mundo, el panorama que me esperaba era halagador, por qué resistirse.
El
hecho de mi nacimiento se celebró con gran algarabía, todos bebieron cerveza
bien fresquita y algún que otro mojito, era un viernes de vacaciones.
Mi
madre siempre iba en bikini, así que me daba de mamar con mucha frecuencia y
mucha facilidad y más aún cuando me llevaban a la playa y mi madre disfrutaba
de la libertad del topless.
Prácticamente
no usé pañales y crecí con un bañador como única prenda, siempre iba descalzo y
mi piel lucía un moreno permanente causado por las largas tardes de los viernes
veraniegos. Asimismo, el salitre del mar me colmaba de salud, así que nunca
tuve que ir al médico, uno no va al médico los viernes de vacaciones.
El
ambiente libertino y relajado que se vivía en mi casa tuvo un fuerte impacto en
mi carácter, es lo que tiene nacer un viernes de verano. Lo que más me gustaba
era hacer castillos de arena en la playa, íbamos casi todas las tardes y nos
encontrábamos con las mismas familias, que estaban veraneando y que eran ya
casi de nuestra familia.
Nunca
fui al colegio, porque el calendario se encontraba detenido en un viernes de
vacaciones. La verdad es que nunca me hizo falta aprender demasiadas cosas,
siempre nos levantábamos tarde, desayunábamos y bajábamos a la playa o bien por
la mañana o bien por la tarde. De política sí que aprendí porque en la playa se
formaban grandes tertulias que intentaban arreglar el país. También de fútbol,
se hablaba y se elucubraba bastante con el cambio de entrenadores y con el
fichaje de nuevos cracks. Yo de hecho alcancé un gran nivel de fútbol playa y
también de voleibol, eran mis deportes favoritos.
La
arena formaba parte de mi vida, la tenía incrustada en mi cuerpo, entre los
dedos de los pies, y mi cuero cabelludo nunca quedó totalmente libre de granos.
Yo
fui un hijo de mi tiempo, de mi presente, no sabía cómo había ido a parar a
aquel viernes de vacaciones, ni tampoco cuál era mi porvenir más allá del
estado de la mar señalizado puntualmente por una bandera. Eso generó un estado
de felicidad inmenso durante los primeros años de mi vida cuando no sabía lo
que era la perspectiva vital y mis anhelos estaban reducidos a jugar, con otros
niños, con el mar, con la arena y a probar nuevos sabores de helado cuando
merendábamos por la tarde.
También
aprendí a montar en bicicleta, me enseñó mi padre que estaba de vacaciones
hasta el domingo. Un domingo que nunca llegó porque siempre era viernes de
vacaciones.
Si mi
padre me enseñó a subir en bicicleta, mi madre me enseñó a leer y a escribir.
Tenía rellenos cientos de cuadernos Rubio de vacaciones y la verdad es que yo
tenía una caligrafía muy bonita. Mi madre también se preocupó porque yo tuviera
siempre buenas lecturas estivales, buenas novelas, y fuera conociendo, a medida
que mi edad lo permitiera, a los grandes clásicos. Esto me causaba cada vez más
desazón, no entendía como todas aquellas gentes tenían siempre tantos problemas
existenciales, debían luchar tanto por la vida y parecía que nunca estaban
contentos con lo que tenían. Yo, por el contrario, no tenía demasiadas
aspiraciones y una especie de sentimiento de felicidad existencial me había
acompañado durante toda mi vida. Estaba en paz conmigo mismo.
Los
años fueron pasando, siendo siempre viernes de vacaciones, y llegó mi
adolescencia. Yo estaba acostumbrado a llevar poca ropa y a ver gente con poca
ropa. Mi sexualidad se despertó y cada viernes de verano, quero decir cada día,
me fui acercando más a una chica que veraneaba en aquel pedacito de mar que me
había tocado en suerte a mí. Entre juegos, nos enamoramos, un amor adolescente,
y desde entonces, ya no me interesarían los castillos de arena, ni los
chapuzones en el mar a la carrera, sólo me interesaba ella. Curiosamente, ella
parecía no disfrutar de esa conciencia intemporal y despreocupada que me
embargaba a mí. Ella tenía anhelos, miedos y retos futuros para cuando
terminaran las vacaciones. A ella le
costaba centrarse en el lugar y en el momento presente, como si se le escapara
entre los dedos de las manos. Yo, por el contrario no sufría, confiado en que
ese momento y ese lugar estarían allí para mí durante toda la eternidad. Era
como estar en una isla espacio-temporal a la cual arribaban de vez en cuando
nuevas cosas traídas por el mar, amores, amigos, objetos, lecturas…
Yo
tenía una serenidad providencial pero todo aquello que llegaba a mi parecía
destinado a sacarme de mi urna de calma, a desestabilizarme con la tentación
del cambio, decían que me estaba perdiendo la vida, que sólo veía una parte de
ella, ciertamente agradable pero que perdía intensidad a fuerza de desgaste. Yo
no lo entendía, ¿dónde y cómo se puede estar mejor que en un viernes de
vacaciones?
Fui
creciendo, mi novia se marchó porque tenía que reanudar su vida rutinaria, no
vacacional, fue un golpe muy duro, ¿cómo podía abandonar aquel paraíso y a mí,
que tanto la quería? Fue entonces cuando empecé a pensar que si quería algo,
tenía que salir de mi jaula de oro, que no podía esperar a que las cosas
arribaran a mis costas libremente. Si quería algo, tenía que salir a
conseguirlo. Y yo ciertamente, quería muchas cosas, quería aprender, ir a la
universidad, tener un coche y mi propia casa, conocer a una chica y hasta tener
hijos.
¿Pero
cómo podía escapar de aquel viernes de vacaciones si tenía un miedo atroz? No
me atrevía a dejar la seguridad de mi playa, de los largos atardeceres de verano,
del olor de la brisa marina, de las siestas a la sombra de las palmeras. Dejar
todo aquello por un futuro incierto era algo superior a mí.
Estaba
ya resignado, nunca saldría de allí. La alegría se había tornado hastío y el
mar ahora parecía haber perdido su color azul tornándose en un gris que
anunciaba tormenta.
Pero
al amor me salvó. Mi antigua novia volvió de vacaciones para verme y me dijo
que no se volvería a ir si no la acompañaba. Me quería. Yo titubeé un poco pero
el amor que sentía por ella me hizo decir ¡vamos! Es evidente que tuve miedo,
pero la fuerza imparable del amor tiraba de mí. Ella me sacó de allí, ella me
enseñó un nuevo mundo, con sus claroscuros, con sus alegrías y sus tristezas,
con todo un abanico de sensaciones que ni siquiera sabía que se podían
experimentar.
Me di
cuenta de que la vida es rica en sensaciones y en emociones, y que la felicidad
está mucho más allá que un viernes de vacaciones. Hay que
aceptar el reto, el desafío, si se quiere vivir una vida en plenitud.
Los
días pasaron, llegaron los lunes, los martes y todos los demás días de la
semana, y todos los disfruté en mayor o menor medida. Valió la pena y sabéis
qué, años más tarde, con mi mujer y mis hijos, volví a aquella playa que me
había visto nacer un viernes de vacaciones y a todos nos encantó.
Zambulléndome en la felicidad
Tengo
yo, en lo más íntimo de mi infancia, una pequeña balsa que construyó mi padre
como depósito para el riego pero con una segunda intención no disimulada
encaminada hacia el ocio acuático de mi hermano y mío.
Recuerdo
cuando una gran excavadora hizo el agujero en el suelo y yo, un chiquillo de
siete u ocho años, me metía en aquel socavón polvoriento con mis camiones de
juguete trasegando tierra de un lugar a otro de aquel microcósmos creado por el
agujero. Luego rellenamos el agujero con grandes cantos rodados, colos les decimos
en valenciano, para que la balsa-piscina tuviera una buena solera y no se
hundiera por el peso del agua, antes las cosas se hacían a conciencia. Luego
vino el hormigón y las paredes de ladrillo, que al ser una balsa de riego, se levantaban
metro y medio del nivel de suelo.
No se
instaló depuradora y las pareces se dejaron de áspero cemento, nada de finuras
de gresite o por lo menos azulejos. En verano, limpiábamos la balsa y se convertía
en una piscina de agua clara y en invierno, los batracios proliferaban, las
paredes se enverdecían y el suelo se encenagaba pasando a desempeñar funciones
de depósito para el riego.
Así
que, con el solsticio de verano, mi hermano y yo asistíamos al ritual de
limpiar la balsa con mi padre y reconvertirla en un espacio lúdico estival. La
balsa no es muy grande, unos 15 m3 de agua, pero en nuestra pequeña
mente infantil se nos antojaba un océano, donde navegar, sufrir tormentas con
fuertes marejadas, jugar al waterpolo y sobre todo zambullirnos de un salto. Cada
salto era como un bautismo, era como caer del cielo para emerger en este mundo,
como saltar al vacío de la vida, con todas sus incertidumbres y sus desafíos
futuros, sin flotador, como los polluelos que saltan del nido para aprender a
volar más o menos por las mismas fechas.
El
ritual de reconversión de la balsa en piscina ha continuado a lo largo de los
años y todavía hoy, mi padre con casi 80 años ha limpiado la balsa y hemos
podido disfrutarla como piscina. Yo, con casi 50, he vuelto a saltar para
zambullirme, no sin cierta precaución, y mis hijas de 14 y 10 años han
celebrado con gran algarabía la piscina que les había preparado el yayo.
Con
el salto al vacío, que todavía me guarda incertidumbres el futuro, he sentido
la liquida caricia del agua calentada por el sol. El efecto calmante bajo el
abrasador sol de Alicante y cómo cientos de gotitas de agua se convertían en
pequeños lentes que filtraban la luz y la descomponían esparciéndose sobre el lienzo
añil del cielo alicantino a mediodía.
El
niño que fui, y que todavía se esconde agazapado en alguna parte dentro de mí,
ha vuelto a sentir la felicidad en estado puro, el gozo de una piscina en
verano, y la despreocupación de las vacaciones. Hemos hecho olas con mis hijas,
que se sentían zozobrar en medio de la fuerte marejada y hemos dejado que el
candor infantil lo envolviese todo en la piscina-balsa que ya ha prestado
servicio a tres generaciones.
La rueda ya no gira
Acudo
al consuelo que da el poner las cosas negro sobre blanco para referir el hecho
luctuoso que hemos sufrido en los últimos días. La hembra de la pareja de hámsteres
que teníamos ha muerto. Y no ha muerto tempranamente por enfermedad, ni por
ninguna otra causa inesperada que asaltase su tranquila existencia, sino porque
la vejez la había puesto en el trance de traspasar.
La
contemplación de su breve agonía y muerte me ha hecho reflexionar sobre lo que
debería ser cotidiano pensar, la gracia de la vida, la maravilla que nos ha
sido concedida a todos los seres vivientes.
Por
muy pequeño que sea el ser vivo, como un hámster en este caso, te das cuenta de
que la vida es como un milagro, en el sentido de que no tenemos una verdadera
explicación de cómo surge, al ver como todas las células de un organismo vivo,
miles de millones, son capaces de tocar una especie de sintonía en perfecta
armonía coral siguiendo una partitura interconectadas unas con otras. Un ser
vivo es como una especie de colonia simbiótica en la que distintos tipos
celulares, con sus ciclos vitales diferenciados, son capaces de coordinarse y
funcionar al unísono colaborando en el sostenimiento de una entidad superior
capaz de generar el reflejo de una inteligencia. Aunque esta inteligencia sea
meramente instintiva, no racional, es una inteligencia con capacidad de
adaptación al entorno, es decir, con capacidad de reaccionar a los estímulos
externos y dar una respuesta coordinada de toda la organización celular que
compone ese cuerpo.
Todas
las células están vivas, un ser vivo no puede tener partes muertas, aunque
estas sean supletorias, o está vivo o está muerto. Se requiere el consenso
celular para que toda la colonia eche a andar y el ser vivo viva.
A ser
testigo de la muerte sobrevenida a Bolita, me he dado cuenta de que es como si
el latigazo de la Parca sacudiera todo el cuerpo de un extremo a otro cortando
la comunicación entre las células, o más bien, rompiendo el compás, la sintonía
al que todas estaban adheridas, más que matar las células propiamente, proceso
que es posterior.
Lo
que sí me ha quedado claro es que el funcionamiento de la muerte es el mismo,
tanto en un hámster como en un ser humano. Lo que me interesa es la muerte
natural, por vejez, por agotamiento natural de ese hálito que correlaciona la
colonia de células que componen un ser vivo. Las fuerzas abandonan
progresivamente el cuerpo pero no sé qué diantres pasa para que en un momento
determinado la biología diga basta y se desplome como un castillo de naipes. Por eso no entendemos bien que es la muerte y no somos
capaces de resucitar a los muertos aunque solo unos minutos antes estuvieran
vivos. Esa onda que servía para que todas las células trabajaran por un fin
conjunto y organizado, se esfuma y no somos capaces de capturarla de nuevo. Es
el misterio de la vida, que de momento se mantiene velado a nuestros ojos. Sin
embargo, estoy convencido de que en el futuro, la humanidad llegará a entender
ese mecanismo y será capaz de insuflar vida a un organismo pluricelular
mediante un chispazo vital. Mientras tanto, a mis hijas y a mí sólo nos queda
una alternativa, que es comprarnos otro hámster.
BOLITA Y WAFFLES IN MEMORIAM
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