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lunes, 24 de mayo de 2021

Me pone cuarto y mitad de… tiempo


 

¿Qué nos dan cuando nacemos? Básicamente tiempo, a unos más que a otros, pero el regalo de bienvenida a este mundo es “tiempo”.

Con ese tiempo podemos hacer cosas, desde malgastarlo dejándolo escapar sin hacer nada gratificante hasta utilizarlo para descubrir el remedio a una enfermedad.

Pero los seres humanos, que valoramos muy poco nuestro tiempo y mucho nuestras pertenencias materiales, hemos creado un sistema para cambiar nuestro tiempo por cosas. Así, resulta que hemos decidido dedicar unas 9 horas de las 24 que tiene un día a enclaustrarnos en un edificio y trabajar, es decir, producir algo que tenga un valor económico.

Por tanto, el tiempo se cotiza. Curiosamente, el precio del tiempo va asociado a la cantidad de trabajo de una manera directamente proporcional: si hay más trabajo, el tiempo vale más y si hay poco trabajo, también el tiempo baja su precio.

Cuando somos jóvenes, nuestro mayor activo es el tiempo. ¡Cuántas veces le decía yo a mi madre que estaba aburrido sin saber que hacer! Si todo va bien, tenemos mucha vida por delante, así que vendemos nuestro tiempo barato. Los afortunados jóvenes que consiguen un trabajo están muy felices de trabajar más horas que un reloj por un sueldo bajo.

Sin embargo, a medida que nos hacemos mayores, ese activo temporal se va agotando poco a poco. Se ciernen amenazas sobre nuestra vida, enfermedades, achaques y la inexorable vejez. Entonces, es cuando empezamos a valorar más nuestro tiempo, a saborear cada instante, a dejar de hacer cosas que ya no nos llenan. En ese momento, el “estoy aburrido infantil” se troca por me faltan horas en el día para hacer todo lo que quiero y necesito para sentir que mi vida está llena.

Empezamos a tener una larga perspectiva vital a nuestras espaldas y ese caminar inseguro hacia la edad adulta que caracterizaba nuestra juventud se convierte en un paso seguro, medido, hacia una meta, un final, un propósito de vida que ya se vislumbra con mayor claridad por su cercanía.

Así que es el momento de vender caro nuestro tiempo, cada vez más caro. Cada segundo es como una gota de un preciado elixir que debemos saborear plenamente conscientes y seguros de que ese es el camino que queremos seguir, ¡porque está anocheciendo!

Y bueno, con estos pensamientos en la mente, me he parado a mirar el mapa y creo que voy a coger una bifurcación porque ya son “y media”.

En estas horas me encomiendo ya al dios Jano porque voy a atravesar otro IOI (palo-cero-palo) y cerrar un gran círculo que se abrió hace ya casi 21 años. Pero la persona que atravesó ese portal no es la misma que ahora se dispone a transitar de nuevo a través de él. Así que todo el crecimiento que se ha producido en mi interior puede ser considerado como una especie de gestación que finalmente rompe aguas y lucha por expresarse en el mundo exterior. La fractura con mi zona de confort supone así, casi un nuevo nacimiento. Por lo que parece, no me conformo con una sola vida, quiero más vidas en una, ¡es ansia viva!

Acabo de descubrir que no es necesario morir para reencarnarse, nuestro ser puede transitar entre distintos roles, estatus, territorios, trabajos, sociedades.

Para no morir antes de tiempo, me refiero antes de la muerte biológica, es necesario nacer muchas veces y así, como un niño con zapatos nuevos, comenzamos un nuevo camino, en un marco que ni éramos capaces de imaginar con nuestra vieja mirada.

La sabiduría popular dice aquello de “renovarse o morir” y realmente es cierto porque el ser humano es el único ser vivo sobre la faz de la Tierra que necesita recordarse la acción de “vivir”. Es nuestra cara y nuestra cruz, está en nuestra naturaleza.

Pero al mismo tiempo, cuidado, ¡tranquilos! Qué el ansia no nuble nuestra capacidad de sentir, de pensar, de vivir. Tenemos que aprender de los perros, de los gatos, de los árboles y de las plantas, por poner ejemplos cercanos de maestros zen, y ser felices al ver fluir la vida delante de nosotros y nosotros con ella.

Buscando vida y vaciando parte de la pesada mochila que con los años se va llenando demasiado podemos caminar más ligeros, volver a sorprendernos, sentir la curiosidad de cuando éramos niños y dar respuestas ante las situaciones de la vida que nunca hubiéramos imaginado sin un cambio de nuestro marco referencial. Y si pudieras volver a nacer, pero con la experiencia que tienes ahora, ¿te gustaría o rechazarías la oferta? ¿te gustaría volver a ir al colegio, pero sabiendo más que el profesor? ¿jugar con los amigos, pero con una fuerte integridad personal?

Bien, pues yo lo acepto. Quiero volver a mi colegio y rememorar aquellos pensamientos cándidos que veían el mundo como un gran desafío. Quiero volver a pisar la tierra que pisaba cuando era un niño, pero ahora enamorado de ella. Quiero sentir la satisfacción que se siente después de una larga excursión y se vuelve al refugio para descansar lleno de las imágenes, vivencias y aventuras que nos ha brindado el largo camino. Es volver a casa sabiendo o intuyendo lo que hay ahí fuera y preparado para tomar la revancha.

Los corderitos dóciles siempre hemos transitado por el carril de la vida, algo que parecía una vía de sentido único, pero ha llegado el momento de descarriarse o descarrilarse. Dejar de ir por el previsible sendero de lo correcto y empezar a construir nuestro propio camino al andar, como diría el poeta.

Así que, mapa a la basura, un buen licor de ratafía para cargar pilas y a echarnos al monte de nuevo antes de que caiga la noche.

sábado, 18 de julio de 2020

Perdiendo la inocencia



Mi hija Helena de 11 años, nos confesó que hacía 2 que ya sabía que los Reyes eran los padres. Todos nos quedamos muy entristecidos al constatar que ella había salido de ese mundo fantástico en el que todo es posible, como por ejemplo que te toque la lotería todos los años por Navidad.
Por supuesto el castillo de naipes se derrumbó por completo y de un plumazo desaparecieron el ratoncito Pérez, Papá Noel, el Tió y todas las demás fantasías folclóricas con las que decoramos la infancia de los niños.
No tengo ninguna formación psicológica, pero si tengo ojos, y he observado que en esta edad los niños suelen presentar una especie de pre-adolescencia, de rebeldía contra las leyes del mundo.
Y no es porque se enteren de que los Reyes son los papás sino porque se enteran, ya un poquito en serio, de que es eso de la muerte. Por vez primera perciben a esta edad la verdadera amenaza que van a tener que sobrellevar el resto de su vida, la espada de Damocles que pende sobre sus cabezas, la posibilidad de morir, de dejar de existir. Es decir, que la existencia se entera de que no es infinita, de que sólo ha sido prestada por un tiempo no desvelado.
De eso va la vida, esas son las reglas del juego, o lo tomas o lo dejas. Los niños pierden en ese momento la inocencia, pero al mismo tiempo, la vida les exige una inocencia incluso superior rayando la inconsciencia: si quieres vivir en plenitud, debes olvidar la amenaza que te ha sido revelada, es decir, debes vivir como si la muerte no existiera. Porque al igual que no tenemos ni voz ni voto cuando nacemos, tampoco tenemos ni voz ni voto ante la muerte. Es algo que no nos incumbe y que no debería alterar nuestra forma de ver la vida.
Lo vemos en los animales, que fácil parece en ellos. Simplemente viven, sin más razón que esa, explotar el don que la Naturaleza les ha concedido, sin objetivos, sin metas, sin planes de futuro, sin remordimientos pasados. Todos los seres vivos del planeta Tierra excepto los humanos aceptan la vida tal como viene, y por tanto, la viven en plenitud.
Sin embargo, en el ser humano aparece la angustia existencial, el ser humano necesita encontrar un motivo, una razón de su existencia y a partir de ese momento es cuando todo se va al garete. Esa es la gran cara y la gran cruz del ser humano, el preguntarnos para qué sirve vivir y hacerlo con la mente pequeña, la misma que se pregunta para que sirve un lápiz o una silla.
En ese momento, nos transformamos en seres temerosos que no sólo temen las amenazas reales del entorno. Lo que más tememos es el sinsentido, la inutilidad, la insignificancia de nuestras vidas. No lo podemos soportar e inventamos mil y un vericuetos para apaciguar nuestra angustia existencial: que si vamos al cielo, que si existe la vida después de la muerte, que si el destino se rige por un plan maestro pergeñado por una mente superior, que si lo destinos del Señor son inescrutables. Todo menos aceptar la NADA. El olvido, la sinrazón, el sinsentido son insoportables. Cuando te metes en ese laberinto es difícil salir.
Hay otros que prefieren no pensar demasiado como vacuna contra la melancolía, pero suelen caer en el hedonismo, “mientras sienta placer, lo más inmediato posible, ya me vale la pena vivir” Esta solución puede funcionar durante un tiempo, pero irremediablemente la Parca irá extendiendo su mano y apretando sin clemencia nuestro cuello al tiempo que el placer simplemente se esfuma.
Así que, ya tenemos planteado el problema: alcanzar la plenitud, explotar todas las experiencias que nos ofrece la vida en cada instante, sentir que estamos completamente vivos, dejarnos llevar, desgastarnos viviendo, celebrar íntimamente el gozo de sentir y hacerlo sin tomar precauciones “mentales”, obviando un fin incierto que nos acecha detrás de cada esquina.
Si supiéramos la fecha de nuestra muerte, quizá muchos viviríamos de otra manera, quizá no nos esforzaríamos demasiado si sabemos que vamos a vivir poco, quizá buscaríamos actividades más edificantes e intensas ante la perspectiva de una vida corta. Pero si vives intensamente, con ganas, ¿no os parece que la vida es siempre demasiado corta, aunque vivas 100 años?
El ser humano no quiere morirse, si tiene una calidad de vida razonable. Yo he visto a mis familiares envejecer y notar cómo buscaban consuelo, cómo pensaban más en el fin, algunos se hacían más creyentes, otros con 80 años mostraban gran preocupación por un dolor aquí o allá, pero todos incluían la variable muerte en la ecuación de sus vidas. El miedo a la muerte estaba cada vez más presente en su devenir diario.
Y, sin embargo, en mi caso, a medida que voy sumando años parece que me descargo de ese miedo a morir. Cómo si al aproximarme poco a poco a ese evento natural, fuera eso, más natural, menos traumático. ¡Pero que nadie se asuste! Que todavía tengo muchísimas cosas por hacer y espero que el destino me dé la oportunidad de completarlas.
Para mí, lo importante es conseguir vivir en plenitud, saborear cada instante y dejarse de grandes líneas maestras y grandes metas imaginarias. Si consigues situar el placer en el vivir cada instante y no dejas entrar en tu mente al maldito Pepito Grillo psicopompo, has llegado a la aceptación natural de la vida y la gozosa integración con ella. Para mí, ¡ese es el objetivo!
Perdonad porque esto ha sido un borbotón, el reflejo de un estado de ánimo que ha sido plasmado sin mucha reflexión. Simplemente, necesitaba escribirlo.

martes, 10 de mayo de 2016

¡Quién me manda a mí!

Allí estaba Eloy aquel caluroso día de julio charlando animadamente con sus amigos. Hasta entonces, la visita a Port Aventura le estaba resultando bastante divertida y llevado por la euforia del momento se embarcó en una atracción de la que no era realmente consciente. A pesar de tener que esperar más de una hora de cola zigzagueante soportando un calor asfixiante no se paró en hacer un cálculo de riesgos adecuado y Eloy había preferido tomar la disposición de no pensar demasiado en lo que había al final de la cola. Sus amigos habían bromeado un poco a la entrada de la atracción haciéndose los valientes y preguntándose unos a otros quien iba a ser el caguica que no se atrevería a subir en el Dragon Khan. En aquel momento, Eloy había tenido serias dudas pero la inercia que llevaba el grupo le arrastró hacia la abultada cola sin saber muy bien porque. Bueno, como la cola era muy larga y todavía faltaba mucho para subirse en la atracción, Eloy disfrutó del crédito que le había dado aquella decisión para sentirse integrado en el grupo y no paró de charlar animadamente con sus amigos durante todo el tiempo de espera. De hecho, habló demasiado, seguramente como un mecanismo de defensa ante la amenaza que sentía en ciernes. Poco a poco, la cola fue avanzando acortando la distancia con el acceso a las vagonetas de la atracción estelar. Eloy comenzó a sentir alguna que otra oleada de adrenalina que disipó rápidamente buscando la complicidad de sus amigos y riendo con ellos.
Por fin llegó el momento de la verdad. El cordón que los separaba de las vagonetas fue retirado por un operario y los chicos pudieron acceder a los coches con gran alboroto y una creciente inquietud que se manifestaba en sus gestos. Eloy reunió toda la entereza de la que fue capaz y tomó una actitud transcendental, como si estuviera viviendo uno de los grandes momentos de su vida. Frases del estilo “la suerte está echada” aguijoneaban de forma idiota su ánimo ante la inminente sacudida de la atracción.
Pasaron a ocupar sus asientos y Eloy fue empujado involuntariamente a sentarse en la primera fila. Su corazón cabalgaba ya desbocado en aquel momento y las manos le sudaban abundantemente. Todos sus sentidos se sintonizaron con el raíl de la montaña rusa que se extendía delante de sus ojos, de manera que Eloy ya no era capaz de discernir o interpretar las bromas que gastaban sus amigos. Una vez que todos los asientos fueron ocupados, los soportes de sujeción bajaron aprisionando los cuerpos de los alegres viajeros en una especie de abrazo mortal.
“¾¡Maldita sea, quien me manda a mí meterme en esto! ¾pensó Eloy¾ ¡qué mal rato estoy pasando!”
Un tirón dio paso a la acción. La rueda dentada enganchó la vagoneta que comenzó su ascenso hacia el cielo. Rápidamente, los cuerpos de los pasajeros se encontraron acostados en un ángulo de casi 70º con respecto a la vertical mirando las nubes como único posible horizonte.
¾¡Ah!, me quiero bajar. Y si me da un infarto. Con el vértigo que tengo yo, me va a dar un infarto, cómo he podido ser tan imprudente. Esto no para de subir, por Dios, mira como se ven las personas en el suelo, son diminutas.
Tac-tac-tac-tac... las vagonetas continuaban su ascenso imparable hacia la cima.
¾¡Por Dios que acabe ya! ¾Eloy sintió un arrebato de llanto sofocado rápidamente por la extrema tensión a la que estaba sometido mientras los vagones continuaban su ascenso imparable hasta el punto más alto.
A medida que el griterío de la gente iba in crescendo, aquellos instantes parecían no tener fin.
¾No voy a poder soportar la caída, voy a sufrir un colapso, lo sé. ¡Quiero desmayarme ya, por favor! ¡En algún momento ha de acabarrrr!
Tac-tac-tac-tac... ¾Ya llegamos, ya va, la caída es inminente, no por favor, no puedo más…

Un fundido en negro acabó con el sufrimiento de Eloy mientras realizaba un picado casi vertical hacia el mismísimo infierno.