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domingo, 5 de abril de 2020

Lo que no me mata me hace más noble



Coincido contigo Lluís y yo creo que en mi entrada vengo a decir que nuestra altura ética está muy por debajo de lo que sería deseable para enfrentar los grandes problemas que asolan o acechan a la raza humana. El hecho, triste y constatado, de estar viviendo una época de crisis, de ausencia de ideales, hace que los seres humanos nos movamos como peonzas borrachas que solo buscan satisfacer sus necesidades más carnales y banales. Luchamos con un heroísmo inefable, intentamos dominar una pandemia mortífera, gastamos miles de millones de euros, sacudimos la vida humana en todo el planeta aparentemente por poder volver a tomarnos una caña con el amigo, ir al chiringuito de la playa en verano, ir al cine, o seguir consumiendo la droga materialista que nos satisface los fines de semana. Y yo me pregunto, ¿vale la pena toda esta lucha titánica sólo por recuperar eso? ¿El hostión no es suficiente para pararnos a pensar un poquito y reflexionar si realmente queremos volver a lo de antes del COVID19? ¿Vamos a dejar pasar esta crisis sin obtener ninguna lección de vida? ¿Sin dar un paso hacía un nivel tan solo un poco más elevado? Cuando todo esto pase, ¿ya no recordaremos la solidaridad que ha surgido en nuestras calles durante estos días de zozobra?, ¿no recordaremos los aplausos a los sanitarios y a todos los profesionales que han continuado trabajando para que el país no colapse?, ¿no recordaremos que cuando vienen mal dadas, el Barça-Madrid es una pura anécdota sin importancia? O sea, ¿me queréis decir que todo este coste en vidas humanas, en familias sin ingresos, en destrucción de la sociedad del bienestar, no va a tener ninguna lectura enriquecedora que nos haga ser un poquito mejores? Pues francamente, ¡qué desilusión! ¿Qué necesitamos para salir de esta etapa desalmada y entrar en el siguiente escalón espiritual humano?, ¿la tercera guerra mundial?
Me niego a creer que situaciones como esta no sirvan mínimamente de acicate para replantearnos si es esto lo que queremos en la vida. No digo que se produzca una transformación radical post coronavirus pero sí que esta sea una piedra más en la construcción de un nuevo orden social.
El atentado de las Torres Gemelas y el yihadismo, la crisis financiera del 2008, la crisis sanitaria del COVID-19, el desarrollo imparable de la tecnología, el innegable impacto del ser humano en el entorno natural del planeta, son los ladrillos para la construcción de una nueva humanidad, que necesariamente ha de ser mejor porque si no lo es, el resultado de la ecuación es sencillo: ¡EXTINCIÓN!
La historia ha demostrado que quizá somos la especie con mayor capacidad de adaptación al medio que existe sobre el planeta Tierra, por tanto, por qué he de pensar que ahora no es así. Y por eso creo que en la segunda mitad del S. XXI, nuestros hijos verán el advenimiento de un nuevo ordenamiento social y abandonaremos ya, por fin, esta etapa individualista, sin ideales colectivos, en la que el ser humano se levanta por las mañanas con el único fin de cubrir sus insignificantes necesidades orgánicas y orgásmicas.

domingo, 28 de julio de 2019

Vacuna antirrevolucionaria



No se preocupen los grandes poderes fácticos que gobiernan el mundo, y con esto no me refiero a los gobiernos sino a los poderosos empresarios dueños de las grandes corporaciones que pacen a lo largo y ancho del orbe mundial. Mientras siga existiendo la gran masa consumidora, que no productora, la llamada clase media, y la moral siga dictada por las leyes del Mercado, no tienen nada que temer. Nadie se levantará del sofá, nadie empuñará un arma, nadie linchará al establishment puesto que nadie tiene donde agarrarse. No existe ideal alguno que alineé nuestras conciencias, el yo individual ha pasado al primer plano de interés dejando atrás los sacrificios y los logros colectivos de la modernidad. En esto se caracteriza la post-modernidad, que comenzó en el último tercio del siglo pasado y que tiene algo bueno, ya que este desabrigo idealista nos vacuna contra guerras que amenacen nuestro estado de bien estar. ¿No es cierto que en el mundo occidental estamos disfrutando de un largo periodo de paz? Las guerras han quedado para aquellos territorios en los que los fundamentalismos todavía tienen algo que decir y que sobre todo se encuentran bien lejos de nuestras casas.
Hablaré de la post-modernidad, con un cierto reparo, pues es un término sobre el que mi amigo Carles Puig ha estudiado todas sus aristas e implicaciones, y no me gustaría incurrir en alguna incongruencia.
Pero bueno, ¿no es la osadía de dictar mi propia filosofía, mi propio código moral, una de las características diferenciales de la post-modernidad? Pues como soy hijo de mi tiempo, quedo descargado de toda culpa.
Remodelando ligeramente el famoso aforismo marxista, en la actualidad podemos decir que “el consumo es el opio del pueblo”. Así que, mientras podamos seguir consumiendo, seguiremos viviendo el sueño de los aparentemente felices. Y la verdad es que en el terreno de las ideas no queda nada. Algunos se aferran románticamente a ideas ya transnochadas y claramente superadas como el comunismo y otros, como Francis Fukuyama, preconizan el fin de la historia con el triunfo del liberalismo democrático como estadio supremo de la evolución social del ser humano.
La verdad es que es una época bastante depresiva, la que estamos viviendo en la actualidad. Como dice Jodorowsky, vivimos en un mundo enfermo. A algunos, ente los que me cuento yo, nos encantaría haber nacido en otra época más afín a tener unos ideales por los que luchar, supongo que depende del carácter más individualista o más gregario de la persona. Pero no me digan que no es maravilloso sentirse parte de la tribu, sentirse parte de un grupo que además comparte un objetivo común en la vida. Si se da ese caldo de cultivo, el ser humano queda inmediatamente imantado con sus polos apuntando a ese norte ideológico. Todo se hace más llevadero, las penurias e incomodidades de nuestro soporte biológico parecen diluirse y se ponen al servicio de la causa.
En definitiva, dejamos de mirarnos el ombligo, que es otra característica de la post-modernidad, y “gastamos” la vida sin pena, sabiendo que nuestras horas y minutos están bien gastados en pos de conseguir el magno objetivo que nos hemos dado como aspiración de un gran colectivo humano en lucha. Porque dedicarnos al hedonismo personal a través de consumir continuamente, de nuevo rasgo central de la post-modernidad, al final cansa, y sobre todo si por casualidad se te ocurre pararte y mirar atrás, corres el serio peligro de caer en una depresión profunda.
Llegados a este punto de mi reflexión, me pregunto, ¿y qué podemos hacer para que esto no sea el fin de la historia? Está claro que necesitamos un revulsivo, algo que nos haga recuperar la ilusión.
Algunos populismos políticos lo están intentando con cierto éxito pero suelen echar mano de ideas anteriores, del paradigma anterior. Dicen “MAKE SOMETHING GREAT AGAIN” Pero realmente, no proponen nada nuevo, necesitamos algo más fuerte que nos haga salir del sueño indolente en el que estamos viviendo. Para despertar a una nueva etapa de la historia, debería pasar algo como una hecatombe mundial, un peligro de extinción real, eso siempre nos despierta. O siendo menos catastrofistas, “supongo” que otro acicate capaz de sacarnos del pozo sería el encontrar vida extraterrestre INTELIGENTE. O quizá, colonizar otros mundos, como Marte, con todo lo que de desafío representa un hito como ese. Yo me quedo con este último, porque lo veo factible en un tiempo razonable, si no nos cargamos la Tierra antes, y porque lo veo como un objetivo elevado, constructivo, no destructivo como los otros hechos que he mencionado.
Por tanto, sigamos aprendiendo, investigando, busquemos nuevas fronteras que nos hagan aunar esfuerzos, aunar vidas entorno a un objetivo común y loable. Huyamos de los dogmatismos, que consisten en creer sin ver y sigamos aprendiendo, viendo. Es la obligación del ser humano, seguir estudiando, buscar activamente la construcción de su futuro.
¡Venga!, manos a la obra.