miércoles, 1 de abril de 2026

La muerte de mi padre

 


Hace ya un año que falleció mi padre. Pude ver entonces la muerte muy de cerca. Pude ver como la energía que animaba su cuerpo se evaporaba ante mis ojos sin poder hacer nada para atraparla o retenerla un poco más. Pude ver como una persona dejaba de ser persona para convertirse en una carcasa vacía, en un objeto, tan solo un bulto más que se deposita aquí o allá donde se depositan los bultos.

La imagen fue muy impactante y representó con claridad abrumadora el momento en el que perdemos toda nuestra condición y dignidad humanas para pasar a ser «algo» que se mete en un saco para ser transportado.

Cuando los médicos dijeron que no había nada que hacer para retener la vida que se le escapaba a esa persona, aquel trato cuidadoso, amoroso y empático que nos dispensan los profesionales de la salud se transmutó de repente en otro tipo de relación. El trato procurado por los trabajadores de la funeraria, aunque cuidadoso y respetuoso, ya no era el trato hacia un semejante, de repente pude percibir que mi padre se había transformado en mercancía. Y al verlo salir de casa dentro de una bolsa asida por los extremos y casi rozando el suelo, tan diferente al transporte en camilla acompañado de palabras de apoyo y ánimo al que estamos acostumbrados, sufrí el bofetón de la realidad que me mostraba a las claras que mi padre ya no era un ser humano por haber perdido la condición fundamental que nos define como seres humanos, la vida.

En los días posteriores, mientras me encontraba en pleno duelo por la muerte de mi padre, sentí otros cambios que alteraron mi realidad, mi esquema fundacional: padre – madre – hermano.

A medida que el dolor por la pérdida dejaba paso a otro tipo de relaciones, me di cuenta de que la relación vertical que yo tenía con mi padre, en la que él estaba arriba y yo abajo como hijo, se invertía de manera que yo pasaba a estar arriba y él abajo como consecuencia de la pérdida de valor humano que había afectado a mi padre con su muerte.

Esto me produjo lo que podríamos llamar un sentimiento de autoridad dentro del seno familiar. Yo pasaba a ser como una especie de nuevo papá, como una figura paterna que se relacionaba con mi madre y con mi hermano con una mayor autoridad.

De esta manera, viví la experiencia de la muerte de mi padre. Entendiendo lo efímero de nuestro poder en el mundo y como la muerte hace tabla rasa con todos los seres humanos por muy poderosos que hayan sido en vida.

domingo, 29 de marzo de 2026

Curación artística

 


Decía Erich Fromm que «la principal tarea del hombre en la vida es darse a luz a sí mismo, llegar a ser lo que potencialmente es».

Por mucho que luche y que me pese, sigo sometido al axioma del hombre performativo, es decir, que la esencia de lo que soy, de lo que somos, se define necesariamente a través de la acción.

Es una guerra muy difícil de ganar, pero yo sigo empeñado en definirme en la inacción, en el simple ser que se muestra y se reivindica per se.

Quizá algún día lo consiga, y consiga algo todavía más difícil, que es expresarlo. Pero de momento puedo decir que he encontrado una vía que, aunque sea un sucedáneo, me permite acercarme a mi definición inactiva. Y, además, es un método curativo porque todo lo que nos permite desarrollar nuestra propia esencia es siempre una dosis de plenitud, de vida, en definitiva.

Se trata de la creación artística firmemente enmarcada en la parte INÚTIL de la vida. Esta acción creadora de cosas inútiles es la que nos conecta con Dios, con lo divino, allí donde vive el espíritu y, por eso, nos libera y nos permite ser sin servir, con todo el descaro de mostrarnos sin justificación alguna.

Esta acción creadora, precisamente por carecer de todo componente utilitarista, es la que mejor manifiesta mi esencia y la que satisface mejor mi deseo de perdurar dejando una impronta en la mente de las personas.

El proceso creativo bebe de la sociedad y devuelve a la sociedad un contenido parido en los entresijos cerebrales de cada individuo, cerrando un círculo generativo que se retroalimenta.

Así que, cuando los rigores materiales me someten alejándome de mi esencia, me tomo un chupito de creación, sea pintando, escribiendo, esculpiendo o fotografiando, e inmediatamente reconstituyo mi espíritu haciendo aquello que me proporciona la mayor realización.

viernes, 27 de marzo de 2026

La izquierda y el arte contemporáneo

 


Podemos encontrar en el cajón de las vergüenzas de la izquierda española, socialistas, comunistas y anarquistas, una curiosa afición al arte contemporáneo. El hecho es que los carceleros con esta deriva mental se dedicaron a convertir su instrumento represivo, las celdas de las checas, en verdaderas obras de arte que han quedado para la posteridad.

Estos amantes del arte reconocían las profundas capacidades para transformar la mente que son propias de las buenas obras de arte e incluso de aquellos estilos más arriesgados y vanguardistas. Por eso, no dudaron ni un segundo en poner el buen arte al servicio de su causa creando laberínticas celdas que arrastraban a los allí presos hacia la iluminación místico-leninista.

Solo a través del martirio artístico, podían ser reconducidos curas y otros desviados hacia la derecha, despojándolos de sus pervertidos afectos.

Y, más aún, aquellas celdas de las checas alcanzaban su máximo esplendor con el reo dentro, mostrando como el ser humano puede llegar a interiorizar el arte de tal manera que termina fundiéndose con la propia creación artística.

Ciertamente, tengo que reconocer un alto grado de ilustración en aquellos carceleros que, encontrándose al caso de las vanguardias artísticas, quisieron ponerlas en valor ante tanto fresco e imaginería religiosa.

Reconocido ya su grado de cultura artística, lo único que me hace dudar un poco sobre sus excelsas intenciones es el uso torturador que al parecer pretendían. Si, como me temo, aquellas gentes de izquierda que en los años 30 del siglo pasado usaban sus conocimientos artísticos para procurar la redención de los más conservadores torturándoles un poquito, ahora yo me pregunto: ¿cómo diseñaríamos actualmente las celdas para los que han de reconsiderar sus ideas (entiéndase delincuenciales)?

Ante un reto artístico de tamaña envergadura, veo que dependerá de la sensibilidad del artista carcelero el elegir para su obra uno u otro de los muchos estilos artísticos que ha desarrollado la humanidad en nuestros días, teniendo en cuenta también al que será el reo habitante de su obra.

Pondré algunos ejemplos por si algún artista represor falto de inspiración quiere llevarlos a cabo.

Me imagino una celda que, mediante una sutil descarga eléctrica, haga levantarse al reo a las horas en punto para bailar la canción de la Macarena mientras se proyectan imágenes de Donald Trump con su típico bailecito de codos. Pero claro, como he dicho, quizá esta celda careciera de la más mínima capacidad de reinserción para prisioneros provenientes de la América profunda.

Otro ejemplo. Me imagino una celda en la que solo se pudiera reptar, por ser de techo muy bajo, al son del ritmo sincopado del reggaetón durante todo el día. En este tipo de celdas, habría que tener cuidado con las dosis de letras latinas administradas al reo para no provocar su muerte por astenia. Pero de nuevo, esta construcción penitenciaria sería inefectiva para, por ejemplo, los presos pertenecientes a las maras de El Salvador.

Con estos dos ejemplos, creo llegar a una conclusión. El uso del arte como método de tortura depende mucho de las sensibilidades artísticas del reo. Así que, los artistas carceleros quizá deban recurrir a los métodos clásicos como la gota malaya que, aunque menos elegantes, son al fin y al cabo más efectivos.

viernes, 27 de febrero de 2026

El efecto conductor o la hipocresía de contacto

 


Los seres humanos somos seres sociales y eso significa, entre muchas cosas, que debemos cuidarnos como grupo, como sociedad, donde vamos a tener muchas más oportunidades de medrar que de forma individual.

La consecuencia inmediata de este afecto de afiliación o, dicho de otro modo, el tributo que debemos pagar por ser miembros de este selecto club social es la cesión de parte de nuestros entendimientos, deseos y opiniones individuales en pro de la convivencia social.

Y es justo entonces cuando aparece la hipocresía como la ligereza de la mentira que se erige como uno de nuestros más efectivos mecanismos de supervivencia. «Mejor vamos a llevarnos bien» ¿Qué ganamos con sembrar la discordia dentro del grupo? Nuestro ego cobarde lo tiene claro, no vale la pena llegar a las manos, es decir, amenazar incluso nuestra integridad física solo por satisfacer el sentimiento de dominación sobre el otro. Mejor haremos cediendo un poco, maquillando nuestros verdaderos pensamientos, siendo blanditos e inofensivos para no delatar la bestia que llevamos dentro.

Pero, ¿qué pasaría si tuviéramos un escudo protector que nos resguardara de las iras del interlocutor levantadas ante nuestros efusivos argumentos?

Cuando el acto comunicativo se realiza poniendo un obstáculo físico entre mi interlocutor y yo, ya no tenemos tanto miedo de sufrir las ásperas respuestas que nuestras palabras puedan provocar en el que nos escucha. Gracias a esa protección, somos más libres para expresar nuestros verdaderos pensamientos, incluso para dar rienda suelta al salvaje interior, que ya no cuida las formas, que grita más que nadie y que intenta imponer su criterio mediante la fuerza verbal.

Este último párrafo describe perfectamente lo que he venido a llamar «el efecto conductor». Ahí, dentro de la caja metálica de la carrocería de nuestro coche, nos atrevemos a todo, desatamos la bestia reprimida y enfadada que llevamos dentro y nos aliviamos en un ejercicio de violencia verbal, que incluye insultos, miradas asesinas, imposición de leyes, juicios sumarísimos por no conducir bien, y hasta arremetidas y frenazos de nuestro vehículo como si fuera un toro bravo que bufa y escarba en la tierra antes de envestir.

¡Qué a gusto nos quedamos! Ni dos horas de gimnasio consiguen el estado de relajación alcanzado después de vomitar nuestro yo sin freno ni cortapisas.

Con las redes sociales sucede algo parecido. Existe una separación espacio-temporal entre el emisor y el receptor del mensaje por lo que no debemos preocuparnos de que nos caiga una hostia con la mano abierta.

En el campo virtual no tenemos conductores, tenemos haters que, aunque digamos una cosa o su contraria, siempre nos van a afear nuestra opinión con miles de insultos, desprecios y descalificaciones gratuitas que se hacen precisamente por eso, porque son gratuitas, es decir, no van acompañadas, al menos de forma inmediata, de condiciones físicas dolientes.

No son estos los únicos escenarios en los que existe una comunicación en diferido, entendida como la falta de presencia simultánea de los interlocutores en un lugar y en un momento concretos. Creo que todos estaremos de acuerdo en reconocer una de las situaciones más auténticas del castizo carácter español que es el chismorreo sobre el “no presente” en la peluquería, en el bar o en el trabajo, que evidentemente no puede replicar por razones obvias. En todas ellas se da el mismo efecto.

¡Venga!, voy a empatizar con ese reptil que llevamos dentro con un cerebro del tamaño de la amígdala, y voy a proponer que los gimnasios tengan a bien incluir en sus instalaciones una sección para el ejercicio de desahogo de la sin hueso. Allí, los músculos linguales se fortalecerían a base de series de repeticiones de insultos hasta alcanzar la suficiente sulfuración del estado de ánimo como para dormir como angelitos esa noche.

De esta manera, el «efecto conductor-hater» bien llevado hasta puede ser terapéutico, sería como sacar a pasear un ratito al animal interior que está que se sube por las paredes con tantas normas sociales, wokismos y demás artificios civilizatorios.

martes, 20 de enero de 2026

VIVIR ES MORIR

 


Como nos decía Camilo Sesto hace ya muchos años, «vivir así es morir de amor». ¡Y tenía toda la razón! Porque un segundo después de nacer, empezamos a desaparecer, de manera que la vida es un largo proceso de desaparición, de muerte.

En ese acto dramático de apropiación individual de esencia que es el nacimiento, se produce una actualización de lo que tan solo era potencia de ser para sustanciarnos, para darnos la carne y el hueso que nos permitirá encarnarnos en un cuerpo físico.

Y desde ese mismo instante, contraemos una deuda, la deuda de lo que ha sido prestado y que vamos a ir devolviendo en cómodos plazos (a veces no tan cómodos), poco a poco, a lo largo de nuestra vida. O sea, la carga va a acompañarnos toda nuestra vida, tendremos que pagar las letras de la hipoteca mes a mes. Al principio, solo devolvemos los intereses y la verdad es que es mucho más llevadero. Nuestras enfermedades son bastante ligeras y comunes en la mayoría de los casos, un poco de fiebre por aquí, una torcedura por allá, pero nada realmente importante. Sin embargo, conforme vamos entrando en años, empezamos a devolver capital. Es decir, a devolver parte de la esencia y la vitalidad que nos fue prestada al nacer. Y la verdad es que entonces las cuotas de la hipoteca se hacen más cuesta arriba. Estás cuotas son ahora, rodillas machacadas, artrosis, enfermedades crónicas de toda índole, insomnio, molestias digestivas, presbicia, intolerancias alimentarias que antes no teníamos, y un largo etcétera de todo el catálogo de los horrores con el que el banco del cosmos quiere recuperar lo que un día nos dio.

Y, francamente, se nota ya sin ningún lugar a duda que nos están quitando la vitalidad, la esencia, la VIDA.

Cuando uno pide un préstamo es porque tiene un proyecto en mente para el cual no tiene suficientes recursos. Necesita una ayuda inicial en forma de confianza, alguien que crea en su proyecto y esté dispuesto a donarle el capital necesario en la confianza de que le será devuelto cuando el proyecto esté a pleno rendimiento.

Los prestatarios son nuestros queridos padres, que antes de concebirnos ya tienen en mente las ganas de crear un nuevo proyecto de vida. Ellos son los que van al banco del cosmos y solicitan con el mayor de los fundamentos, que no es otro que el amor, que les sea concedida la dicha, la gran fortuna de poder crear, sustanciar, una nueva vida.

Al nacer y durante la infancia se va produciendo una paulatina subrogación al préstamo que pidieron nuestros padres y somos los hijos los que tomamos el control de nuestras vidas, de nuestro proyecto de vida y, por supuesto, nos hacemos cargo de pagar la hipoteca vitalicia.

En el momento de la entrada en la edad adulta, toda la responsabilidad recae sobre nosotros. La carga hipotecaria no va a desaparecer, pero lo que sí está en nuestras manos es lo que hagamos con el inmenso capital que se nos ha dado, la VIDA.

Podemos crear, podemos construir cosas que se distingan por su bondad, es decir, que sean buenas para nosotros y para todos, podemos aliviar las cargas de los demás, podemos traer amor y positividad al mundo, o simplemente, saborear cada estimulo del glorioso mundo natural en el que estamos inscritos, sin ejecutar ambiciosos proyectos de vida más allá del existir en este planeta que ya de por si es bastante ambicioso. Pero, también podemos despreciar el tesoro que nos fue dado, considerar que no tiene demasiado valor y, por tanto, empezar a despilfarrarlo, a malgastarlo. Lo que en términos de vida sería destrozarnos deliberadamente la vida, no cuidar de nosotros ni de nuestro entorno, multiplicar por mucho las cuotas hipotecarias que hemos de devolver y que el asustado prestamista cosmológico empieza a reclamarnos cuando ve que debe recuperar pronto el valor que se nos fue dado al nacer.

En este triste segundo caso, la velocidad de desaparición se incrementa por momentos. Estamos diciendo que ya no queremos vivir y por eso devolvemos, en abultadas porciones, la vida que se nos entregó al nacer. Algunos se dan cuenta a tiempo, y cambian, y todavía retienen un porcentaje sustancial de vida para seguir alimentando un proyecto. Para otros ya es demasiado tarde, y pronto pagan la última letra de la hipoteca para desaparecer rápida y definitivamente.

Ya que inevitablemente hemos de pagar nuestro canon de vitalidad diario, ¿no piensas que vale la pena invertirlo a conciencia? Decide hacer lo que te dé la gana, pero ¡decide vivir!