viernes, 27 de febrero de 2026

El efecto conductor o la hipocresía de contacto

 


Los seres humanos somos seres sociales y eso significa, entre muchas cosas, que debemos cuidarnos como grupo, como sociedad, donde vamos a tener muchas más oportunidades de medrar que de forma individual.

La consecuencia inmediata de este afecto de afiliación o, dicho de otro modo, el tributo que debemos pagar por ser miembros de este selecto club social es la cesión de parte de nuestros entendimientos, deseos y opiniones individuales en pro de la convivencia social.

Y es justo entonces cuando aparece la hipocresía como la ligereza de la mentira que se erige como uno de nuestros más efectivos mecanismos de supervivencia. «Mejor vamos a llevarnos bien» ¿Qué ganamos con sembrar la discordia dentro del grupo? Nuestro ego cobarde lo tiene claro, no vale la pena llegar a las manos, es decir, amenazar incluso nuestra integridad física solo por satisfacer el sentimiento de dominación sobre el otro. Mejor haremos cediendo un poco, maquillando nuestros verdaderos pensamientos, siendo blanditos e inofensivos para no delatar la bestia que llevamos dentro.

Pero, ¿qué pasaría si tuviéramos un escudo protector que nos resguardara de las iras del interlocutor levantadas ante nuestros efusivos argumentos?

Cuando el acto comunicativo se realiza poniendo un obstáculo físico entre mi interlocutor y yo, ya no tenemos tanto miedo de sufrir las ásperas respuestas que nuestras palabras puedan provocar en el que nos escucha. Gracias a esa protección, somos más libres para expresar nuestros verdaderos pensamientos, incluso para dar rienda suelta al salvaje interior, que ya no cuida las formas, que grita más que nadie y que intenta imponer su criterio mediante la fuerza verbal.

Este último párrafo describe perfectamente lo que he venido a llamar «el efecto conductor». Ahí, dentro de la caja metálica de la carrocería de nuestro coche, nos atrevemos a todo, desatamos la bestia reprimida y enfadada que llevamos dentro y nos aliviamos en un ejercicio de violencia verbal, que incluye insultos, miradas asesinas, imposición de leyes, juicios sumarísimos por no conducir bien, y hasta arremetidas y frenazos de nuestro vehículo como si fuera un toro bravo que bufa y escarba en la tierra antes de envestir.

¡Qué a gusto nos quedamos! Ni dos horas de gimnasio consiguen el estado de relajación alcanzado después de vomitar nuestro yo sin freno ni cortapisas.

Con las redes sociales sucede algo parecido. Existe una separación espacio-temporal entre el emisor y el receptor del mensaje por lo que no debemos preocuparnos de que nos caiga una hostia con la mano abierta.

En el campo virtual no tenemos conductores, tenemos haters que, aunque digamos una cosa o su contraria, siempre nos van a afear nuestra opinión con miles de insultos, desprecios y descalificaciones gratuitas que se hacen precisamente por eso, porque son gratuitas, es decir, no van acompañadas, al menos de forma inmediata, de condiciones físicas dolientes.

No son estos los únicos escenarios en los que existe una comunicación en diferido, entendida como la falta de presencia simultánea de los interlocutores en un lugar y en un momento concretos. Creo que todos estaremos de acuerdo en reconocer una de las situaciones más auténticas del castizo carácter español que es el chismorreo sobre el “no presente” en la peluquería, en el bar o en el trabajo, que evidentemente no puede replicar por razones obvias. En todas ellas se da el mismo efecto.

¡Venga!, voy a empatizar con ese reptil que llevamos dentro con un cerebro del tamaño de la amígdala, y voy a proponer que los gimnasios tengan a bien incluir en sus instalaciones una sección para el ejercicio de desahogo de la sin hueso. Allí, los músculos linguales se fortalecerían a base de series de repeticiones de insultos hasta alcanzar la suficiente sulfuración del estado de ánimo como para dormir como angelitos esa noche.

De esta manera, el «efecto conductor-hater» bien llevado hasta puede ser terapéutico, sería como sacar a pasear un ratito al animal interior que está que se sube por las paredes con tantas normas sociales, wokismos y demás artificios civilizatorios.

martes, 20 de enero de 2026

VIVIR ES MORIR

 


Como nos decía Camilo Sesto hace ya muchos años, «vivir así es morir de amor». ¡Y tenía toda la razón! Porque un segundo después de nacer, empezamos a desaparecer, de manera que la vida es un largo proceso de desaparición, de muerte.

En ese acto dramático de apropiación individual de esencia que es el nacimiento, se produce una actualización de lo que tan solo era potencia de ser para sustanciarnos, para darnos la carne y el hueso que nos permitirá encarnarnos en un cuerpo físico.

Y desde ese mismo instante, contraemos una deuda, la deuda de lo que ha sido prestado y que vamos a ir devolviendo en cómodos plazos (a veces no tan cómodos), poco a poco, a lo largo de nuestra vida. O sea, la carga va a acompañarnos toda nuestra vida, tendremos que pagar las letras de la hipoteca mes a mes. Al principio, solo devolvemos los intereses y la verdad es que es mucho más llevadero. Nuestras enfermedades son bastante ligeras y comunes en la mayoría de los casos, un poco de fiebre por aquí, una torcedura por allá, pero nada realmente importante. Sin embargo, conforme vamos entrando en años, empezamos a devolver capital. Es decir, a devolver parte de la esencia y la vitalidad que nos fue prestada al nacer. Y la verdad es que entonces las cuotas de la hipoteca se hacen más cuesta arriba. Estás cuotas son ahora, rodillas machacadas, artrosis, enfermedades crónicas de toda índole, insomnio, molestias digestivas, presbicia, intolerancias alimentarias que antes no teníamos, y un largo etcétera de todo el catálogo de los horrores con el que el banco del cosmos quiere recuperar lo que un día nos dio.

Y, francamente, se nota ya sin ningún lugar a duda que nos están quitando la vitalidad, la esencia, la VIDA.

Cuando uno pide un préstamo es porque tiene un proyecto en mente para el cual no tiene suficientes recursos. Necesita una ayuda inicial en forma de confianza, alguien que crea en su proyecto y esté dispuesto a donarle el capital necesario en la confianza de que le será devuelto cuando el proyecto esté a pleno rendimiento.

Los prestatarios son nuestros queridos padres, que antes de concebirnos ya tienen en mente las ganas de crear un nuevo proyecto de vida. Ellos son los que van al banco del cosmos y solicitan con el mayor de los fundamentos, que no es otro que el amor, que les sea concedida la dicha, la gran fortuna de poder crear, sustanciar, una nueva vida.

Al nacer y durante la infancia se va produciendo una paulatina subrogación al préstamo que pidieron nuestros padres y somos los hijos los que tomamos el control de nuestras vidas, de nuestro proyecto de vida y, por supuesto, nos hacemos cargo de pagar la hipoteca vitalicia.

En el momento de la entrada en la edad adulta, toda la responsabilidad recae sobre nosotros. La carga hipotecaria no va a desaparecer, pero lo que sí está en nuestras manos es lo que hagamos con el inmenso capital que se nos ha dado, la VIDA.

Podemos crear, podemos construir cosas que se distingan por su bondad, es decir, que sean buenas para nosotros y para todos, podemos aliviar las cargas de los demás, podemos traer amor y positividad al mundo, o simplemente, saborear cada estimulo del glorioso mundo natural en el que estamos inscritos, sin ejecutar ambiciosos proyectos de vida más allá del existir en este planeta que ya de por si es bastante ambicioso. Pero, también podemos despreciar el tesoro que nos fue dado, considerar que no tiene demasiado valor y, por tanto, empezar a despilfarrarlo, a malgastarlo. Lo que en términos de vida sería destrozarnos deliberadamente la vida, no cuidar de nosotros ni de nuestro entorno, multiplicar por mucho las cuotas hipotecarias que hemos de devolver y que el asustado prestamista cosmológico empieza a reclamarnos cuando ve que debe recuperar pronto el valor que se nos fue dado al nacer.

En este triste segundo caso, la velocidad de desaparición se incrementa por momentos. Estamos diciendo que ya no queremos vivir y por eso devolvemos, en abultadas porciones, la vida que se nos entregó al nacer. Algunos se dan cuenta a tiempo, y cambian, y todavía retienen un porcentaje sustancial de vida para seguir alimentando un proyecto. Para otros ya es demasiado tarde, y pronto pagan la última letra de la hipoteca para desaparecer rápida y definitivamente.

Ya que inevitablemente hemos de pagar nuestro canon de vitalidad diario, ¿no piensas que vale la pena invertirlo a conciencia? Decide hacer lo que te dé la gana, pero ¡decide vivir!

viernes, 19 de diciembre de 2025

Ápeiron

 


NACIMIENTO

A las 00:35 de un 25 de noviembre de 1998 nació Sofía. Su madre, casi adolescente, no había podido quitarse de encima los sentimientos encontrados que la asediaron durante todo el embarazo. Sofía era el resultado de una violación. Un desalmado, que aprovechó el estado de embriaguez de su madre Atenea, la dejó embarazada en un reservado de aquella discoteca que ya nunca olvidaría.

Después de superar el trauma inicial y de meditarlo mucho, Atenea decidió que quería tener a la niña que llevaba en su seno. A pesar de que todo su entorno familiar y personal mostró una fuerte repulsa hacia el nacimiento de una nueva vida engendrada por medio de la violencia, Atenea se vio incapaz de matar al ser que llevaba en su interior. Sería como matar una parte de ella misma y deshonrar el milagro de la vida que como una maquinaria perfectamente diseñada se había puesto a trabajar siguiendo el patrón que está escrito en las estrellas, la partitura creadora de vida.

Todos decían que no permitiera que se consumara esa injusticia, máxime cuando el padre biológico estaba totalmente desaparecido y ella apenas guardaba un tenue recuerdo de su cara.

Sin embargo, cuando la comadrona por fin le puso a Sofía en su regazo después de dar a luz, el fuerte vínculo maternal con su bebé selló una relación de amor eterno entre aquellos dos seres. —Sofía, no te preocupes que mamá cuidará de ti para hacerte una chica fuerte y valiente capaz de cambiar el mundo.

VIDA

Sofía era un bebé precioso. Tenía una carita llena de inocencia y candidez infantil con unos rasgos que ya desde recién nacida demostraban que iba a ser una chica muy guapa. Sus rasgos faciales estaban perfectamente proporcionados, su nariz moteada, sus ojos almendrados color canela, su boquita delimitada por dos hoyuelos, su tez dorada como la arena del desierto y el pelo castaño muy claro y rizado. Y su mirada cristalina y pura.

Pronto se convirtió en la protagonista de la casa. Los abuelos anhelaban sacarla a pasear por el parque con un sentimiento de orgullo exhibicionista que no podían ocultar. Así, Sofía creció, y su belleza empezó a ser peligrosamente llamativa. Además, ya desde primaria, empezó a mostrar sus dotes de liderazgo y en el patio del recreo le resultaba muy fácil hacerse con el control del relato y organizar a los demás niños para jugar siempre orbitando a su alrededor. Algunos padres y madres empezaron a fijarse en ella con una cierta predisposición envidiosa al ver de qué manera tan desproporcionada había dotado la naturaleza a aquella niña. Su madre Atenea y su abuela percibían que Sofía era el centro de todas las miradas y la situación las incomodaba por lo que sin darse cuenta desarrollaron ciertas precauciones protectoras.

Sofía crecía totalmente ajena a la admiración que despertaban su belleza y su inteligencia y, poco a poco, fue superando etapas con las máximas calificaciones y honores. Así, alcanzó su mayoría de edad con gran madurez y con las ideas muy claras sobre lo que deseaba hacer en la vida. Caminaba con paso firme tomando lo que por derecho consideraba suyo.

Entró en la universidad para estudiar un grado en Relaciones Internacionales, ella sabía que se le daba muy bien convencer y manejar las opiniones de la gente, y pensaba que podría desempeñar un gran papel en el mundo orientando sus esfuerzos en esa dirección. Podría llegar a ser alguien relevante. En el segundo año de los estudios del grado, ya se había forjado una reputación de persona brillante entre los profesores universitarios y los distintos departamentos se la rifaban.

Terminó su grado con la máxima calificación y media docena de chicos y chicas locamente enamorados de ella. Escogió a Iván, un chico cuyos padres eran de origen ruso y que hablaba con fluidez español, inglés, francés y ruso.

Quizá inducida por él, Sofía realizó su master en San Petersburgo, donde perfeccionó su dominio del ruso además de ganar muchísima experiencia trabajando en el consulado español.

Sofía aportaba calidez a aquellas frías y blancas tierras. La nieve parecía derretirse a su paso y desprendía un aura canela que recordaba al trópico, a la exuberante belleza amazónica, a la fecundidad infinita de los cafetales de Brasil.

Era tanta la belleza y la dicha que transmitía, que Iván empezó a sentirse incomodo al notar la responsabilidad de estar a la altura de un ser como Sofía.

Sofía volvió a España con trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada del área de los países del este. Trabajaba en Madrid, en la plaza del Marqués de Salamanca, aunque se podía decir que pasaba la mayor parte del tiempo reunida telemáticamente. Ganaba un sueldo bastante abultado teniendo en cuenta su condición de principiante, pero es que no había acuerdo que se le resistiera. Su presencia era definitivamente magnética. Allá donde había un escollo, un punto que parecía irreconciliable para las partes en conflicto, aparecía Sofía y obraba su magia orgánica, visceral como si brotara de la naturaleza misma, consiguiendo armonizar lo que parecía irreconciliable.

Pronto Iván y Sofía pudieron alquilar un piso en el exclusivo barrio de Salamanca. Iván no podía creer la maravillosa vida que le había tocado en suerte y, quizá por esto, sentía mucho miedo a que sucediera algo, una especie de castigo divino, que truncara abruptamente la vida de ensueño que estaban viviendo por haber abusado demasiado de la bondad del Creador. Ante este temor, él no podía reaccionar de otro modo que no fuera volcando todo su amor en Sofía.

Asimismo, el barrio tradicionalmente aséptico y estirado, por causa del carácter soberbio y orgulloso de sus habitantes, empezó a albergar cierta calidez canela. El aura de Sofía empezó a extenderse por su edificio, donde aquellos inquilinos que se habían cruzado por las escaleras sin mediar palabra durante años, de pronto empezaron a saludarse y a reconocerse por la calle. El calor humano de Sofía fue colonizando calle a calle las vetustas casas señoriales mientras el barrio entero pareció cambiar el frio gris de sus fachadas de granito por la cálida luz de la arena del desierto. Sofía era el pegamento dinamizador que arrastraba la realidad hacia un lado bien definido y marcado por su presencia.

Por otro lado, Sofía solía ir al gimnasio tres veces por semana para mantenerse ágil y desentumecida y no fallaba casi nunca porque tenía una salud de hierro. Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo resfriada. Parecía como si la calidez de su carácter la mantuviera siempre calentita y a salvo de infecciones oportunistas.

De esta manera, Sofía fue integrándose en la vida del barrio y, a pesar de su juventud, pasó a ser un miembro querido y respetado dentro de la comunidad.

MUERTE

            Aquel día había almorzado con Iván en un restaurante cerca del ministerio. Quizá la comida había sido demasiado copiosa por lo que Sofía sintió una leve somnolencia que le impedía concentrarse en los papeles que tenía delante. Decidió bajar a la cafetería de Desi, cruzando la calle, para despejarse un poco. Nada más pisar la acera, oyó que alguien la llamaba: —¡Oye tú, guapa!— y, al girarse, Sofía vio a un indigente sucio y descarado que alargaba la mano entre trapos y cartones. En ese momento, Sofía sintió una punzada de repulsa causada por una cara de la vida que no estaba acostumbrada a ver. Reaccionó mal, y agarrándose a su bolso, dio un respingo y se dispuso a cruzar la calle.

            —Perdona guapa, ¡qué no todos tenemos la suerte que tienes tú! Y que sepas que yo estoy aquí por una injusticia porque el banco me ha quitado mi casa.

            Asaeteada por las palabras del indigente, Sofía no vio que el semáforo había cambiado a rojo para los peatones hacía ya unos segundos. Un taxi que venía lamiendo el bordillo a bastante velocidad se la llevó por delante catapultando su cuerpo por encima del techo del vehículo. El golpe que recibió en la cabeza al caer fue mortal de necesidad. Una lámina de sangre pintó de rojo la primera franja blanca del paso de cebra.

            El indigente resentido que lo había visto todo desde su improvisado nido pensó para sus adentros: mira por dónde, esta tarde se ha hecho justicia.

            La noticia de la muerte de Sofía con 27 años conmocionó a todo el barrio.

            Su novio Iván sentía que le habían arrancado la parte más bonita de su existencia, pero al mismo tiempo dejó de sentir esa sensación opresiva de vivir por encima de sus posibilidades, de vivir como de prestado una vida que él no podía corresponder por ser demasiado excelsa.

En el ministerio enmudecieron al saber que Sofía, que había bajado a por un café, ya no volvería jamás. Su abrigo color canela quedó colgado en el perchero sin que nadie se atreviera a tocarlo durante largo tiempo.

Los ecos de la luctuosa noticia se extendieron por algunas semanas, pero poco a poco, la gente dejó de hablar de Sofía, el color gris volvió a las calles y crecieron muros de frio hielo entre los inquilinos de aquel edificio que un día fue el hogar de Sofía.

No sabemos si algún día el tiempo le hará justicia a Sofía.

sábado, 6 de diciembre de 2025

ESNOBISMO RACIAL


La palabra «charnego» ha acompañado a Cataluña a lo largo de gran parte de su historia para señalar de forma despectiva al diferente, al que viene de fuera. Atendiendo a su significado, propiamente dicho, hace referencia al mestizaje entre catalanes/as y paisanos/as venidos del resto de España (uso actual) o de Francia (uso originario) y claramente resalta la degradación de la pureza racial que siempre viene asociada al mestizaje. Ya sabemos que todo nacionalismo es racista por definición. Así que, en el ideario nacionalista, los pobres charnegos se encuentran siempre en un estadio evolutivo inferior al catalán de pura cepa, el de los ocho apellidos.

Por desgracia, el vicio implícito en la palabra ha acabado por materializarse representando a un tipo de persona con unas características personales y sociales bien definidas, y que distan mucho de ser admirables. El mestizaje charneguil, en vez de atesorar la riqueza de las dos culturas que confluyen en él, ha producido personas desarraigadas, que no conservan las costumbres de su tierra natal, ni tampoco interiorizan las costumbres y tradiciones de su tierra de adopción.

Se trata de personas desubicadas, desarraigadas, que no aman, y de hecho maltratan, el suelo que pisan y cuyo mayor impulso vital es el poder y el dinero.

Yo creo que es su forma de vengarse por todo aquello que han tenido que dejar atrás y todo aquello que han tenido que tragar de forma más o menos impuesta.

Y esta situación, que se da con toda la inmigración del resto de España que inundó Cataluña durante la época del desarrollismo franquista, creo que es extrapolable a cualquier suburbio de las grandes ciudades como Paris o Bruselas, grandes receptores de inmigrantes.

¿Pero qué tiene que ver aquí el esnobismo con toda la problemática de la integración del inmigrante en la sociedad receptora?

De hecho, a mí me costaba entender el significado de la palabra «esnob» y por eso os voy a hablar del día en que, por fin, logré entender su significado. Obviamente, yo sabía que se refería a alguien que se las da de importante cuando en realidad, su vida, sus actos y su influencia es prácticamente irrelevante para la gente en general más allá de su círculo familiar cercano. Sin embargo, no lograba interiorizar el significado de la palabra para poder incorporarla a mi vocabulario habitual.

Hasta que un día conocí a Bernat. Él era un padre de familia que vivía en el cinturón industrial de Barcelona, hijo de inmigrantes andaluces y cuyo nombre en catalán ya denotaba la intención de sus padres de buscar cierto estatus dentro de la sociedad catalana.

Ciertamente, lo que representaba Bernat era más bien una variante del esnobismo, que podríamos llamar «esnobismo racial». La ecuación que funcionaba en su mente a pleno rendimiento era: lo español (andaluz) = malo, lo catalán = bueno.

Solo tenías que hablar con él para darte cuenta de cómo usaba la lengua para elevar la autoridad de sus argumentos cuando notaba que estaba perdiendo el relato. Pasaba del castellano al catalán para introducir un boost de autoridad y demostrar así que su razón era la de los cultos, emprendedores y trabajadores miembros de la más distinguida sociedad catalana.

Así que, vemos como el «esnobismo racial» puede funcionar como otra forma de reaccionar ante el hecho migratorio sentido en propias carnes. Se trataría en este caso del «charnego esnob» también llamado a veces «charnego converso».

Este tipo de personas se radicalizan en el nacionalismo catalán usándolo como instrumento para alcanzar cierto estatus. Llevan a sus hijos a colegios privados y les hablan de manera devocional en catalán apostatando de sus raíces andaluzas, extremeñas o gallegas entre otras. Casi nunca visitan la tierra de los abuelos, y cuando lo hacen, critican a sus gentes por holgazanes y desnortados, buscando desesperadamente la supuesta nobleza catalana como antídoto para olvidar la pobreza de dónde salieron.

Desgraciadamente, por mucho que lo intenten, solo consiguen humillar los apellidos que lucen en sus DNIs.



sábado, 15 de noviembre de 2025

QUÉ NO ME SORPRENDA LA MUERTE

 


Qué no me sorprenda la muerte

estando en mi cama inerte,

qué no me sorprenda la muerte.

Qué no me sorprenda la muerte

a cobijo o buscando albergue,

qué no me sorprenda la muerte.

Qué no me sorprenda la muerte

sin haber venido a verte,

qué no me sorprenda la muerte.

Qué ya la esperaré yo

en cerros y despoblados,

bordeando riscos y acantilados,

o mirando el tapiz oscuro

del cielo estrellado.

Si la muerte me busca,

qué no me busque en mi casa

con la voluntad postrada,

porque no me encontrará,

ni le entregaré el alma rendida

sin lucha, ni pelea,

a vida o muerte.

Si has de encontrarme muerte,

búscame en el desierto agreste

o en lo profundo del bosque,

búscame en el rio

o en una gota de rocío,

búscame defendiendo causas

y revoluciones,

que allí estaré,

fiel a mis convicciones.

Con cada amanecer,

estoy más lejos de ti,

corro hacia la vida,

miro hacia el sol,

y en su calor encuentro

la fuerza del Ser.

Pero si, pese a todo,

 llegó mi hora,

qué no me sorprenda la muerte.

domingo, 2 de noviembre de 2025

NEKOMATA

 


Al pasar por debajo del arco que daba entrada al cementerio, me lo encontré de frente. La mirada fija en mí y su pose mayestática con las patas delanteras juntas y el pecho bien erguido, escrutando a todos los que venían a depositar flores en las tumbas de sus seres queridos por Todos los Santos.

Enorme, grande, orondo.

Era un gato de los que los japoneses llaman calicó, con manchas de tres colores, blanco, marrón y negro, y la verdad es que imponía mucho a pesar de que no era completamente negro. Quizá fuera la curiosa distribución de los colores sobre el pelaje del animal con el color negro dibujando una especie de antifaz que rodeaba sus ojos, lo que le confería una siniestra actitud de total autoridad como dueño y señor del cementerio.

¡Oh Dios! Qué tenía ese felino en su mirada que me mantenía como hipnotizado, subyugado y sin voluntad propia. Y mientras me debatía por zafarme de sus afiladas garras oculares, sentí un chasquido y experimenté una terrible tristeza de añoranza, de alejamiento de la realidad para adentrarme en un lugar terriblemente desconocido en el que mi ser se diluía perdiendo casi por completo toda la entidad que me definía como persona.

¿Qué era aquel espacio rodeado de seres que vagaban sin rumbo? Parecían de otro tiempo, más antiguo. Parecían no entender nada, parecían ¡muertos vivientes!

La cara del maldito gato se manifestaba allá donde mirara y en ese momento, imaginé algo que me negaba aceptar, pero que explicaba lo que me estaba sucediendo. Efectivamente, allí se encontraban todas las almas de los finados enterrados en ese cementerio, era una especie de inframundo y todas esas pobres almas estaban atrapadas en el interior del orondo gato.

La desesperación invadió todo mi ser cuando comprendí que ese maldito gato me había atrapado en su interior, y que el felino se alimentaba con las almas de aquel cementerio rebosante de cadáveres. El gato engordaba cada día un poco más a medida que los finados iban ocupando nichos y columbarios.

Quise interaccionar con las almas errantes que vagaban de aquí para allá y de repente me dio un vuelco al corazón al reconocer a mi abuelo, al que yo venía a ponerle flores ese aciago día.

¡Yayo! exclamé con una mezcla de pavor y confianza, y él se giró con su rostro marcado por las cicatrices que el duro trabajo en el campo había labrado en su rostro a lo largo de la vida. Pareció sorprendido, como si despertara de un sueño de muchos años ya, pero finalmente pareció reconocerme. Esto me extrañó al pensarlo dos veces, ya que mi abuelo había muerto cuando yo era pequeño y, por tanto, mi aspecto había cambiado mucho desde entonces. Salvé esta incongruencia con el artificio de pensar que la sangre reconoce a su sangre en cualquier lugar o circunstancia.

Inmediatamente quise pedirle ayuda, ¿qué hago aquí?, ¿qué es este lugar?, ¿por qué estás aquí?

Él me sonrió dando así una respuesta velada y tranquilizadora y me dijo que no me preocupara, que él me enseñaría el camino de salida ya que todavía no había llegado el momento de habitar el reino de los muertos.

Me di cuenta entonces de la extraordinaria oportunidad que me había brindado el destino dándome a conocer de primera mano el gran misterio que atormenta a la humanidad desde que el ser humano fue consciente de su efímera vida en la Tierra. ¿Existe vida después de la muerte?

Aparentemente sí, aquellas almas seguían habitando algún lugar, que a mí se me antojaba ser el interior del gato centinela, pero había algo que no cuadraba. No parecían felices, no parecían estar realmente vivas ni tener voluntad propia. ¿Podía ser aquel gato una especie de limbo, la antesala donde las almas se purifican antes de poder acceder al océano anónimo del eterno descanso?

Mi abuelo Eduardo me acompañó hacia una especie de portal a través del cual se veía el exterior del cementerio, por el que transitaban los inadvertidos visitantes portadores de flores. Podía ver esa realidad exterior a través de dos aberturas en forma de huso que coincidían exactamente con los ojos del Nekomata. Podía verme a mí mismo, plantado a la puerta del cementerio, inanimado, la mirada perdida como si fuera una carcasa completamente vacía. Los transeúntes rodeaban mi cuerpo a derecha e izquierda para poder acceder al cementerio, pero ninguno de ellos reparó en mí, en si me sucedía algo o porque narices me había quedado allí plantado como un pasmarote.

—Mira, ahí está tu cuerpo, debes volver en ti —dijo mi abuelo Eduardo—. Todavía no perteneces a este mundo; tu cuerpo te está esperando y tienes la salida ante de ti. Venga, no lo pienses más.

Entonces, sentí un profundo agradecimiento hacía mi abuelo que me había orientado en ese espacio vetado a los vivos y deseé con todas mis fuerzas salir de nuevo al mundo y recuperar mi cuerpo orgánico para vivir el resto de mi vida acompañado por el sentimiento gozoso de saber que hay más allá de la vida.

Giré mi rostro hacía atrás para dirigir una última mirada de despedida hacia mi abuelo, cuando súbitamente una de aquellas almas errantes, morador desde hacía años del interior del maldito gato, y que en su día había sido un avispado anciano, saltó a través de las felinas aberturas oculares y ocupó de lleno mi cuerpo recipiente.

Una mirada de preocupación ensombreció el rostro de mi abuelo que a continuación agachó la cabeza como evitando mirarme a la cara. Yo percibí inmediatamente que algo no iba bien. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso?

Mi abuelo dio media vuelta y se marchó cabizbajo mientras yo contemplaba horrorizado como mi cuerpo comenzaba a moverse y me miraba con actitud burlona a través de los ojos del gato.

¿Qué significa esto? ¿Cómo es esto posible? ─me preguntaba yo completamente aterrorizado al tiempo que mi cuerpo desapareció del campo de visión del gato.

Y entonces, comprendí que había quedado atrapado para siempre en el interior del gato, en un limbo donde las almas son purificadas antes de incorporarse al gran Ser cósmico.

Para el mundo de los humanos, aquel 1 de noviembre fue el día de mi muerte.

martes, 28 de octubre de 2025

REDEMPTION

 


*REE: Red Eléctrica de España