sábado, 25 de julio de 2026

Energía Nuclear


          

            Henri Becquerel, Marie y Pierre Curie, Ernest Rutheford, James Chadwick, Albert Einstein, Otto Hahn, Fritz Strassmann, Lise Meitner, Enrico Fermi. Todos estos científicos iniciaron hace alrededor de un siglo el camino de la humanidad hacía la energía nuclear impelidos, como todos los hombres y mujeres de ciencia, hacia la comprensión y la dominación de la naturaleza y en particular de las leyes de la materia.

Esta proeza intelectual planteó desde el principio el clásico dilema del uso ambivalente de todos los avances científicos, pero con una dimensión y un calado tan profundo en este caso, que aterroriza en cuanto se tiene la mínima conciencia del mismo. Y ese es el propósito de este texto: traer ante el entendimiento que la energía nuclear no es un juego de niños sino un asunto de importancia planetaria.

Para abordar este tema deshojando sus distintas dimensiones de una manera didáctica y estructurada, he decidido organizarlo en torno a dos ejes: la tecnología de fisión o fusión; y el uso civil o militar.

Empezaré presentando sucintamente el primero de los ejes.

La fisión nuclear consiste en el bombardeo con neutrones de un átomo pesado como el uranio-235 para provocar la división de este núcleo en elementos más ligeros liberando una enorme cantidad de energía.

Por otro lado, la fusión nuclear es el proceso inverso a la fisión, es decir, dos núcleos ligeros se unen para formar uno más pesado. La energía se libera porque el núcleo resultante tiene menos masa que la suma de la masa de los núcleos iniciales por separado y, además, el núcleo resultante es más estable: dos circunstancias que producen la liberación de energía.

Una vez presentados los dos procesos nucleares de nuestro interés por su capacidad de producir energía, veremos unas cuantas características diferenciales.

FISIÓN:

f        Se requieren elementos pesados como el uranio-235 o el plutonio-239.

f        En cuanto al plutonio-239, se produce de manera artificial a partir de uranio-238. Pero las reservas de uranio en la Tierra son finitas. Las estimaciones dicen que existen reservas para unos cien años de explotación.

f        Se trata de una reacción en cadena que se puede descontrolar si no se usan los moduladores adecuados. Por tanto, la propia reacción de fisión nuclear viene acompañada de un comportamiento de riesgo importante.

f        La fisión nuclear genera cientos de diversos isótopos radiactivos que van a seguir desintegrándose radiactivamente durante miles de años. Entre los más conocidos, el yodo-131, cesio-137, estroncio-90, plutonio-239/240. Muchos de estos isótopos radiactivos serán peligrosos en escalas temporales que superan ampliamente la horquilla entre el momento en el que comenzamos a usar herramientas (neolítico) y la actualidad. Esto requiere de la construcción de cementerios nucleares cuya integridad en periodos tan prolongados no somos capaces de garantizar.

FUSIÓN:

f        En este caso, se usan elementos ligeros como los isótopos de hidrógeno deuterio y tritio, así como, litio, que es necesario para producir tritio.

f        Estos elementos son muchísimo más abundantes en la Tierra y, por tanto, no serán nunca un elemento limitante.

f        No se trata de una reacción en cadena y de hecho se requieren temperaturas elevadísimas para iniciarla.

f        Produce menos residuos radiactivos, y además con una vida media más corta. El principal elemento producido durante la fusión es el helio que no es radiactivo.

f        Es capaz de generar incluso más energía que la fisión nuclear.

f        En general, la peligrosidad de la reacción de fusión nuclear es en sí menor.

Desde los inicios del uso de la energía nuclear, tanto en su versión comercial como militar, siempre se ha usado el proceso de fisión ya que la fusión presenta un escollo técnico que todavía no hemos sido capaces de superar y que consiste en la elevadísima temperatura de más de cien millones de grados Celsius necesaria para que se produzca la fusión de núcleos atómicos.

Así que, sobre este eje solo hemos sido capaces de ver una cara, precisamente quizá la más perniciosa, que es la de la fisión nuclear.

Si pasamos ahora a analizar el segundo eje, que sería el dedicado al uso de la energía nuclear, las dos caras de la misma moneda nos presentan escenarios muy distintos.

El uso civil nos permite soñar con tener energía casi ilimitada atendiendo al altísimo rendimiento que puede obtener el proceso desde la materia prima uranio.

Combustible

Electricidad obtenible (aprox.)

1 kg de carbón

2-3 kWh

1 kg de petróleo

4-5 kWh

1 kg de gas natural

6 kWh

1 kg de U-235

≈ 7.500.000 kWh

 

Este es el aspecto que nos encandiló, que nos hizo abrazar esta fuente de energía como la solución para todas nuestras necesidades obviando los potenciales peligros que encierra.

Como, por ejemplo, que la fisión de ese kilogramo de uranio va a generar casi un kilogramo de residuos radiactivos de larga duración.

Y qué hacemos con los residuos altamente peligrosos. Pues la solución hasta la actualidad se ha parecido bastante a meterlos debajo de la alfombra, lo cual los transforma en una espada de Damocles que quizá algún día cortará alguna que otra cabeza. O, dicho de otro modo, no tenemos ni idea de qué hacer con esa patata caliente que hemos creado y que representa un maravilloso ejemplo de egoísmo generacional en el sentido de que los humanos actuales nos llevamos la energía y ya vendrán los humanos del futuro a cargar con los residuos.

Hemos resaltado hasta el momento la maravillosa ventaja de la energía nuclear en cuanto a rendimiento en la producción de energía y, por otro lado, la desventaja que hipoteca el futuro de la humanidad a través de unos residuos radiactivos que no sabemos cuánto tiempo seremos capaces de mantener bajo control. Pero existe otra desventaja escondida, casi inadvertida: el accidente nuclear.

Las centrales nucleares, como toda instalación humana, están sometidas a los avatares del destino que incluyen guerras, terremotos, sunamis, negligencias, etc… y todas estas causas tienen, en el caso de la energía nuclear, un efecto devastador, de gran magnitud, de gran alcance. Gracias a Dios no se producen con mucha frecuencia, pero el mecanismo malicioso duerme siempre ahí, muy cerca de nosotros.

Si pasamos al uso militar, casi nos quedamos sin palabras para describir lo que supondría el uso de armas nucleares a gran escala. Tanto es así, que las bombas nucleares, de momento, infunden su castigo por el simple hecho de tenerlas, es decir, ni si quiera es necesario usarlas, su función en la confrontación es simplemente atesorarlas. Y esto es así, porque de momento la humanidad entiende que el apretar el botón nuclear equivale a apretar el botón de autodestrucción del planeta.

Si intentamos alcanzar una mirada más filosófica del asunto, tenemos una civilización, la humana, que todavía no es capaz de garantizar el bienestar de todos sus miembros, que todavía no conoce completamente, gracias a Dios, todos los lugares del planeta, que sabe muy poco de las profundidades de los océanos y que, por supuesto, no es capaz de migrar a otro planeta habitable más allá de la Tierra, pero que tiene en sus manos la capacidad de la aniquilación de toda la vida de nuestro planeta y casi diría el planeta entero. No nos hemos ganado tener ese inmenso poder. Es como si a un niño le diéramos una ametralladora y confiáramos en su buen criterio y en sus ganas de portarse bien como única salvaguarda de una masacre más que posible.

¿Veis ahora la superlativa inconsciencia en el hecho de que el destino haya puesto en nuestras manos el secreto y el acceso a la energía nuclear en todas sus formas? ¿Notáis por fin como la senda por la que camina la humanidad se ha hecho tan estrecha como el hilo del valiente funambulista que trabaja sin red? ¿Os dais cuenta de cómo Damocles blande su espada demasiado cerca de nuestro cuello?

Yo sí y, por esa razón, lo pondré en mayúsculas para que quede más claro, ¡ESTOY TOTALMENTE EN CONTRA DE CUALQUIER USO DE LA ENERGÍA ATÓMICA!

Y en consecuencia con mi criterio, pienso que deberíamos proceder a desmantelar ABSOLUTAMENTE TODO lo que huela remotamente a uranio, plutonio o cualquiera de esos venenos radiactivos. Si algún día alcanzamos la mayoría de edad, cosa que dudo que suceda nunca, y tenemos el grado de madurez necesario para gestionar algo tan peligroso como la energía nuclear, quizá se podría volver a hablar si se le puede sacar algo de provecho al asunto atómico, pero desde luego que en este siglo no va a ser.

Y ahora, quizá algunos de vosotros me diréis: es muy fácil decirlo, pero cómo vamos a cubrir nuestras necesidades energéticas cada vez más exigentes.

La respuesta es que SÍ se puede.

En 2025, las centrales nucleares produjeron aproximadamente el 8,9 % de la electricidad mundial. Esta es una cantidad importante, pero sobre todo estable. Como el camino no es cerrar las nucleares para empezar a quemar carbón u otros combustibles fósiles, el cambio, la famosa «transición energética», se tendría que hacer poco a poco y no solo extendiendo las energías renovables sino desarrollando sistemas de almacenamiento de energía. Ahí está el quid ganador de las renovables, conseguir un suministro estable y continuo con sistemas de almacenamiento y gestión de la energía.

Se puede hacer, pero para eso necesitamos:

o   mucha más potencia solar y eólica de la estrictamente equivalente;

o   baterías para equilibrar horas y días;

o   almacenamiento de larga duración para periodos prolongados;

o   centrales hidroeléctricas de bombeo donde sean posibles;

o   redes eléctricas e interconexiones continentales;

o   generación renovable gestionable, como hidroeléctrica, geotérmica o cierta bioenergía;

o   sistemas de respuesta de la demanda;

o   posiblemente hidrógeno u otros combustibles bajos en carbono para situaciones excepcionales.

¿Cómo lo veis? ¿Vale la pena el esfuerzo o la estulticia humana es tan grande que al final la energía nuclear va a ser el último de los problemas por los que nos vamos a ir al garete?

miércoles, 1 de abril de 2026

La muerte de mi padre

 


Hace ya un año que falleció mi padre. Pude ver entonces la muerte muy de cerca. Pude ver como la energía que animaba su cuerpo se evaporaba ante mis ojos sin poder hacer nada para atraparla o retenerla un poco más. Pude ver como una persona dejaba de ser persona para convertirse en una carcasa vacía, en un objeto, tan solo un bulto más que se deposita aquí o allá donde se depositan los bultos.

La imagen fue muy impactante y representó con claridad abrumadora el momento en el que perdemos toda nuestra condición y dignidad humanas para pasar a ser «algo» que se mete en un saco para ser transportado.

Cuando los médicos dijeron que no había nada que hacer para retener la vida que se le escapaba a esa persona, aquel trato cuidadoso, amoroso y empático que nos dispensan los profesionales de la salud se transmutó de repente en otro tipo de relación. El trato procurado por los trabajadores de la funeraria, aunque cuidadoso y respetuoso, ya no era el trato hacia un semejante, de repente pude percibir que mi padre se había transformado en mercancía. Y al verlo salir de casa dentro de una bolsa asida por los extremos y casi rozando el suelo, tan diferente al transporte en camilla acompañado de palabras de apoyo y ánimo al que estamos acostumbrados, sufrí el bofetón de la realidad que me mostraba a las claras que mi padre ya no era un ser humano por haber perdido la condición fundamental que nos define como seres humanos, la vida.

En los días posteriores, mientras me encontraba en pleno duelo por la muerte de mi padre, sentí otros cambios que alteraron mi realidad, mi esquema fundacional: padre – madre – hermano.

A medida que el dolor por la pérdida dejaba paso a otro tipo de relaciones, me di cuenta de que la relación vertical que yo tenía con mi padre, en la que él estaba arriba y yo abajo como hijo, se invertía de manera que yo pasaba a estar arriba y él abajo como consecuencia de la pérdida de valor humano que había afectado a mi padre con su muerte.

Esto me produjo lo que podríamos llamar un sentimiento de autoridad dentro del seno familiar. Yo pasaba a ser como una especie de nuevo papá, como una figura paterna que se relacionaba con mi madre y con mi hermano con una mayor autoridad.

De esta manera, viví la experiencia de la muerte de mi padre. Entendiendo lo efímero de nuestro poder en el mundo y como la muerte hace tabla rasa con todos los seres humanos por muy poderosos que hayan sido en vida.

domingo, 29 de marzo de 2026

Curación artística

 


Decía Erich Fromm que «la principal tarea del hombre en la vida es darse a luz a sí mismo, llegar a ser lo que potencialmente es».

Por mucho que luche y que me pese, sigo sometido al axioma del hombre performativo, es decir, que la esencia de lo que soy, de lo que somos, se define necesariamente a través de la acción.

Es una guerra muy difícil de ganar, pero yo sigo empeñado en definirme en la inacción, en el simple ser que se muestra y se reivindica per se.

Quizá algún día lo consiga, y consiga algo todavía más difícil, que es expresarlo. Pero de momento puedo decir que he encontrado una vía que, aunque sea un sucedáneo, me permite acercarme a mi definición inactiva. Y, además, es un método curativo porque todo lo que nos permite desarrollar nuestra propia esencia es siempre una dosis de plenitud, de vida, en definitiva.

Se trata de la creación artística firmemente enmarcada en la parte INÚTIL de la vida. Esta acción creadora de cosas inútiles es la que nos conecta con Dios, con lo divino, allí donde vive el espíritu y, por eso, nos libera y nos permite ser sin servir, con todo el descaro de mostrarnos sin justificación alguna.

Esta acción creadora, precisamente por carecer de todo componente utilitarista, es la que mejor manifiesta mi esencia y la que satisface mejor mi deseo de perdurar dejando una impronta en la mente de las personas.

El proceso creativo bebe de la sociedad y devuelve a la sociedad un contenido parido en los entresijos cerebrales de cada individuo, cerrando un círculo generativo que se retroalimenta.

Así que, cuando los rigores materiales me someten alejándome de mi esencia, me tomo un chupito de creación, sea pintando, escribiendo, esculpiendo o fotografiando, e inmediatamente reconstituyo mi espíritu haciendo aquello que me proporciona la mayor realización.

viernes, 27 de marzo de 2026

La izquierda y el arte contemporáneo

 


Podemos encontrar en el cajón de las vergüenzas de la izquierda española, socialistas, comunistas y anarquistas, una curiosa afición al arte contemporáneo. El hecho es que los carceleros con esta deriva mental se dedicaron a convertir su instrumento represivo, las celdas de las checas, en verdaderas obras de arte que han quedado para la posteridad.

Estos amantes del arte reconocían las profundas capacidades para transformar la mente que son propias de las buenas obras de arte e incluso de aquellos estilos más arriesgados y vanguardistas. Por eso, no dudaron ni un segundo en poner el buen arte al servicio de su causa creando laberínticas celdas que arrastraban a los allí presos hacia la iluminación místico-leninista.

Solo a través del martirio artístico, podían ser reconducidos curas y otros desviados hacia la derecha, despojándolos de sus pervertidos afectos.

Y, más aún, aquellas celdas de las checas alcanzaban su máximo esplendor con el reo dentro, mostrando como el ser humano puede llegar a interiorizar el arte de tal manera que termina fundiéndose con la propia creación artística.

Ciertamente, tengo que reconocer un alto grado de ilustración en aquellos carceleros que, encontrándose al caso de las vanguardias artísticas, quisieron ponerlas en valor ante tanto fresco e imaginería religiosa.

Reconocido ya su grado de cultura artística, lo único que me hace dudar un poco sobre sus excelsas intenciones es el uso torturador que al parecer pretendían. Si, como me temo, aquellas gentes de izquierda que en los años 30 del siglo pasado usaban sus conocimientos artísticos para procurar la redención de los más conservadores torturándoles un poquito, ahora yo me pregunto: ¿cómo diseñaríamos actualmente las celdas para los que han de reconsiderar sus ideas (entiéndase delincuenciales)?

Ante un reto artístico de tamaña envergadura, veo que dependerá de la sensibilidad del artista carcelero el elegir para su obra uno u otro de los muchos estilos artísticos que ha desarrollado la humanidad en nuestros días, teniendo en cuenta también al que será el reo habitante de su obra.

Pondré algunos ejemplos por si algún artista represor falto de inspiración quiere llevarlos a cabo.

Me imagino una celda que, mediante una sutil descarga eléctrica, haga levantarse al reo a las horas en punto para bailar la canción de la Macarena mientras se proyectan imágenes de Donald Trump con su típico bailecito de codos. Pero claro, como he dicho, quizá esta celda careciera de la más mínima capacidad de reinserción para prisioneros provenientes de la América profunda.

Otro ejemplo. Me imagino una celda en la que solo se pudiera reptar, por ser de techo muy bajo, al son del ritmo sincopado del reggaetón durante todo el día. En este tipo de celdas, habría que tener cuidado con las dosis de letras latinas administradas al reo para no provocar su muerte por astenia. Pero de nuevo, esta construcción penitenciaria sería inefectiva para, por ejemplo, los presos pertenecientes a las maras de El Salvador.

Con estos dos ejemplos, creo llegar a una conclusión. El uso del arte como método de tortura depende mucho de las sensibilidades artísticas del reo. Así que, los artistas carceleros quizá deban recurrir a los métodos clásicos como la gota malaya que, aunque menos elegantes, son al fin y al cabo más efectivos.

viernes, 27 de febrero de 2026

El efecto conductor o la hipocresía de contacto

 


Los seres humanos somos seres sociales y eso significa, entre muchas cosas, que debemos cuidarnos como grupo, como sociedad, donde vamos a tener muchas más oportunidades de medrar que de forma individual.

La consecuencia inmediata de este afecto de afiliación o, dicho de otro modo, el tributo que debemos pagar por ser miembros de este selecto club social es la cesión de parte de nuestros entendimientos, deseos y opiniones individuales en pro de la convivencia social.

Y es justo entonces cuando aparece la hipocresía como la ligereza de la mentira que se erige como uno de nuestros más efectivos mecanismos de supervivencia. «Mejor vamos a llevarnos bien» ¿Qué ganamos con sembrar la discordia dentro del grupo? Nuestro ego cobarde lo tiene claro, no vale la pena llegar a las manos, es decir, amenazar incluso nuestra integridad física solo por satisfacer el sentimiento de dominación sobre el otro. Mejor haremos cediendo un poco, maquillando nuestros verdaderos pensamientos, siendo blanditos e inofensivos para no delatar la bestia que llevamos dentro.

Pero, ¿qué pasaría si tuviéramos un escudo protector que nos resguardara de las iras del interlocutor levantadas ante nuestros efusivos argumentos?

Cuando el acto comunicativo se realiza poniendo un obstáculo físico entre mi interlocutor y yo, ya no tenemos tanto miedo de sufrir las ásperas respuestas que nuestras palabras puedan provocar en el que nos escucha. Gracias a esa protección, somos más libres para expresar nuestros verdaderos pensamientos, incluso para dar rienda suelta al salvaje interior, que ya no cuida las formas, que grita más que nadie y que intenta imponer su criterio mediante la fuerza verbal.

Este último párrafo describe perfectamente lo que he venido a llamar «el efecto conductor». Ahí, dentro de la caja metálica de la carrocería de nuestro coche, nos atrevemos a todo, desatamos la bestia reprimida y enfadada que llevamos dentro y nos aliviamos en un ejercicio de violencia verbal, que incluye insultos, miradas asesinas, imposición de leyes, juicios sumarísimos por no conducir bien, y hasta arremetidas y frenazos de nuestro vehículo como si fuera un toro bravo que bufa y escarba en la tierra antes de envestir.

¡Qué a gusto nos quedamos! Ni dos horas de gimnasio consiguen el estado de relajación alcanzado después de vomitar nuestro yo sin freno ni cortapisas.

Con las redes sociales sucede algo parecido. Existe una separación espacio-temporal entre el emisor y el receptor del mensaje por lo que no debemos preocuparnos de que nos caiga una hostia con la mano abierta.

En el campo virtual no tenemos conductores, tenemos haters que, aunque digamos una cosa o su contraria, siempre nos van a afear nuestra opinión con miles de insultos, desprecios y descalificaciones gratuitas que se hacen precisamente por eso, porque son gratuitas, es decir, no van acompañadas, al menos de forma inmediata, de condiciones físicas dolientes.

No son estos los únicos escenarios en los que existe una comunicación en diferido, entendida como la falta de presencia simultánea de los interlocutores en un lugar y en un momento concretos. Creo que todos estaremos de acuerdo en reconocer una de las situaciones más auténticas del castizo carácter español que es el chismorreo sobre el “no presente” en la peluquería, en el bar o en el trabajo, que evidentemente no puede replicar por razones obvias. En todas ellas se da el mismo efecto.

¡Venga!, voy a empatizar con ese reptil que llevamos dentro con un cerebro del tamaño de la amígdala, y voy a proponer que los gimnasios tengan a bien incluir en sus instalaciones una sección para el ejercicio de desahogo de la sin hueso. Allí, los músculos linguales se fortalecerían a base de series de repeticiones de insultos hasta alcanzar la suficiente sulfuración del estado de ánimo como para dormir como angelitos esa noche.

De esta manera, el «efecto conductor-hater» bien llevado hasta puede ser terapéutico, sería como sacar a pasear un ratito al animal interior que está que se sube por las paredes con tantas normas sociales, wokismos y demás artificios civilizatorios.

martes, 20 de enero de 2026

VIVIR ES MORIR

 


Como nos decía Camilo Sesto hace ya muchos años, «vivir así es morir de amor». ¡Y tenía toda la razón! Porque un segundo después de nacer, empezamos a desaparecer, de manera que la vida es un largo proceso de desaparición, de muerte.

En ese acto dramático de apropiación individual de esencia que es el nacimiento, se produce una actualización de lo que tan solo era potencia de ser para sustanciarnos, para darnos la carne y el hueso que nos permitirá encarnarnos en un cuerpo físico.

Y desde ese mismo instante, contraemos una deuda, la deuda de lo que ha sido prestado y que vamos a ir devolviendo en cómodos plazos (a veces no tan cómodos), poco a poco, a lo largo de nuestra vida. O sea, la carga va a acompañarnos toda nuestra vida, tendremos que pagar las letras de la hipoteca mes a mes. Al principio, solo devolvemos los intereses y la verdad es que es mucho más llevadero. Nuestras enfermedades son bastante ligeras y comunes en la mayoría de los casos, un poco de fiebre por aquí, una torcedura por allá, pero nada realmente importante. Sin embargo, conforme vamos entrando en años, empezamos a devolver capital. Es decir, a devolver parte de la esencia y la vitalidad que nos fue prestada al nacer. Y la verdad es que entonces las cuotas de la hipoteca se hacen más cuesta arriba. Estás cuotas son ahora, rodillas machacadas, artrosis, enfermedades crónicas de toda índole, insomnio, molestias digestivas, presbicia, intolerancias alimentarias que antes no teníamos, y un largo etcétera de todo el catálogo de los horrores con el que el banco del cosmos quiere recuperar lo que un día nos dio.

Y, francamente, se nota ya sin ningún lugar a duda que nos están quitando la vitalidad, la esencia, la VIDA.

Cuando uno pide un préstamo es porque tiene un proyecto en mente para el cual no tiene suficientes recursos. Necesita una ayuda inicial en forma de confianza, alguien que crea en su proyecto y esté dispuesto a donarle el capital necesario en la confianza de que le será devuelto cuando el proyecto esté a pleno rendimiento.

Los prestatarios son nuestros queridos padres, que antes de concebirnos ya tienen en mente las ganas de crear un nuevo proyecto de vida. Ellos son los que van al banco del cosmos y solicitan con el mayor de los fundamentos, que no es otro que el amor, que les sea concedida la dicha, la gran fortuna de poder crear, sustanciar, una nueva vida.

Al nacer y durante la infancia se va produciendo una paulatina subrogación al préstamo que pidieron nuestros padres y somos los hijos los que tomamos el control de nuestras vidas, de nuestro proyecto de vida y, por supuesto, nos hacemos cargo de pagar la hipoteca vitalicia.

En el momento de la entrada en la edad adulta, toda la responsabilidad recae sobre nosotros. La carga hipotecaria no va a desaparecer, pero lo que sí está en nuestras manos es lo que hagamos con el inmenso capital que se nos ha dado, la VIDA.

Podemos crear, podemos construir cosas que se distingan por su bondad, es decir, que sean buenas para nosotros y para todos, podemos aliviar las cargas de los demás, podemos traer amor y positividad al mundo, o simplemente, saborear cada estimulo del glorioso mundo natural en el que estamos inscritos, sin ejecutar ambiciosos proyectos de vida más allá del existir en este planeta que ya de por si es bastante ambicioso. Pero, también podemos despreciar el tesoro que nos fue dado, considerar que no tiene demasiado valor y, por tanto, empezar a despilfarrarlo, a malgastarlo. Lo que en términos de vida sería destrozarnos deliberadamente la vida, no cuidar de nosotros ni de nuestro entorno, multiplicar por mucho las cuotas hipotecarias que hemos de devolver y que el asustado prestamista cosmológico empieza a reclamarnos cuando ve que debe recuperar pronto el valor que se nos fue dado al nacer.

En este triste segundo caso, la velocidad de desaparición se incrementa por momentos. Estamos diciendo que ya no queremos vivir y por eso devolvemos, en abultadas porciones, la vida que se nos entregó al nacer. Algunos se dan cuenta a tiempo, y cambian, y todavía retienen un porcentaje sustancial de vida para seguir alimentando un proyecto. Para otros ya es demasiado tarde, y pronto pagan la última letra de la hipoteca para desaparecer rápida y definitivamente.

Ya que inevitablemente hemos de pagar nuestro canon de vitalidad diario, ¿no piensas que vale la pena invertirlo a conciencia? Decide hacer lo que te dé la gana, pero ¡decide vivir!

viernes, 19 de diciembre de 2025

Ápeiron

 


NACIMIENTO

A las 00:35 de un 25 de noviembre de 1998 nació Sofía. Su madre, casi adolescente, no había podido quitarse de encima los sentimientos encontrados que la asediaron durante todo el embarazo. Sofía era el resultado de una violación. Un desalmado, que aprovechó el estado de embriaguez de su madre Atenea, la dejó embarazada en un reservado de aquella discoteca que ya nunca olvidaría.

Después de superar el trauma inicial y de meditarlo mucho, Atenea decidió que quería tener a la niña que llevaba en su seno. A pesar de que todo su entorno familiar y personal mostró una fuerte repulsa hacia el nacimiento de una nueva vida engendrada por medio de la violencia, Atenea se vio incapaz de matar al ser que llevaba en su interior. Sería como matar una parte de ella misma y deshonrar el milagro de la vida que como una maquinaria perfectamente diseñada se había puesto a trabajar siguiendo el patrón que está escrito en las estrellas, la partitura creadora de vida.

Todos decían que no permitiera que se consumara esa injusticia, máxime cuando el padre biológico estaba totalmente desaparecido y ella apenas guardaba un tenue recuerdo de su cara.

Sin embargo, cuando la comadrona por fin le puso a Sofía en su regazo después de dar a luz, el fuerte vínculo maternal con su bebé selló una relación de amor eterno entre aquellos dos seres. —Sofía, no te preocupes que mamá cuidará de ti para hacerte una chica fuerte y valiente capaz de cambiar el mundo.

VIDA

Sofía era un bebé precioso. Tenía una carita llena de inocencia y candidez infantil con unos rasgos que ya desde recién nacida demostraban que iba a ser una chica muy guapa. Sus rasgos faciales estaban perfectamente proporcionados, su nariz moteada, sus ojos almendrados color canela, su boquita delimitada por dos hoyuelos, su tez dorada como la arena del desierto y el pelo castaño muy claro y rizado. Y su mirada cristalina y pura.

Pronto se convirtió en la protagonista de la casa. Los abuelos anhelaban sacarla a pasear por el parque con un sentimiento de orgullo exhibicionista que no podían ocultar. Así, Sofía creció, y su belleza empezó a ser peligrosamente llamativa. Además, ya desde primaria, empezó a mostrar sus dotes de liderazgo y en el patio del recreo le resultaba muy fácil hacerse con el control del relato y organizar a los demás niños para jugar siempre orbitando a su alrededor. Algunos padres y madres empezaron a fijarse en ella con una cierta predisposición envidiosa al ver de qué manera tan desproporcionada había dotado la naturaleza a aquella niña. Su madre Atenea y su abuela percibían que Sofía era el centro de todas las miradas y la situación las incomodaba por lo que sin darse cuenta desarrollaron ciertas precauciones protectoras.

Sofía crecía totalmente ajena a la admiración que despertaban su belleza y su inteligencia y, poco a poco, fue superando etapas con las máximas calificaciones y honores. Así, alcanzó su mayoría de edad con gran madurez y con las ideas muy claras sobre lo que deseaba hacer en la vida. Caminaba con paso firme tomando lo que por derecho consideraba suyo.

Entró en la universidad para estudiar un grado en Relaciones Internacionales, ella sabía que se le daba muy bien convencer y manejar las opiniones de la gente, y pensaba que podría desempeñar un gran papel en el mundo orientando sus esfuerzos en esa dirección. Podría llegar a ser alguien relevante. En el segundo año de los estudios del grado, ya se había forjado una reputación de persona brillante entre los profesores universitarios y los distintos departamentos se la rifaban.

Terminó su grado con la máxima calificación y media docena de chicos y chicas locamente enamorados de ella. Escogió a Iván, un chico cuyos padres eran de origen ruso y que hablaba con fluidez español, inglés, francés y ruso.

Quizá inducida por él, Sofía realizó su master en San Petersburgo, donde perfeccionó su dominio del ruso además de ganar muchísima experiencia trabajando en el consulado español.

Sofía aportaba calidez a aquellas frías y blancas tierras. La nieve parecía derretirse a su paso y desprendía un aura canela que recordaba al trópico, a la exuberante belleza amazónica, a la fecundidad infinita de los cafetales de Brasil.

Era tanta la belleza y la dicha que transmitía, que Iván empezó a sentirse incomodo al notar la responsabilidad de estar a la altura de un ser como Sofía.

Sofía volvió a España con trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada del área de los países del este. Trabajaba en Madrid, en la plaza del Marqués de Salamanca, aunque se podía decir que pasaba la mayor parte del tiempo reunida telemáticamente. Ganaba un sueldo bastante abultado teniendo en cuenta su condición de principiante, pero es que no había acuerdo que se le resistiera. Su presencia era definitivamente magnética. Allá donde había un escollo, un punto que parecía irreconciliable para las partes en conflicto, aparecía Sofía y obraba su magia orgánica, visceral como si brotara de la naturaleza misma, consiguiendo armonizar lo que parecía irreconciliable.

Pronto Iván y Sofía pudieron alquilar un piso en el exclusivo barrio de Salamanca. Iván no podía creer la maravillosa vida que le había tocado en suerte y, quizá por esto, sentía mucho miedo a que sucediera algo, una especie de castigo divino, que truncara abruptamente la vida de ensueño que estaban viviendo por haber abusado demasiado de la bondad del Creador. Ante este temor, él no podía reaccionar de otro modo que no fuera volcando todo su amor en Sofía.

Asimismo, el barrio tradicionalmente aséptico y estirado, por causa del carácter soberbio y orgulloso de sus habitantes, empezó a albergar cierta calidez canela. El aura de Sofía empezó a extenderse por su edificio, donde aquellos inquilinos que se habían cruzado por las escaleras sin mediar palabra durante años, de pronto empezaron a saludarse y a reconocerse por la calle. El calor humano de Sofía fue colonizando calle a calle las vetustas casas señoriales mientras el barrio entero pareció cambiar el frio gris de sus fachadas de granito por la cálida luz de la arena del desierto. Sofía era el pegamento dinamizador que arrastraba la realidad hacia un lado bien definido y marcado por su presencia.

Por otro lado, Sofía solía ir al gimnasio tres veces por semana para mantenerse ágil y desentumecida y no fallaba casi nunca porque tenía una salud de hierro. Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo resfriada. Parecía como si la calidez de su carácter la mantuviera siempre calentita y a salvo de infecciones oportunistas.

De esta manera, Sofía fue integrándose en la vida del barrio y, a pesar de su juventud, pasó a ser un miembro querido y respetado dentro de la comunidad.

MUERTE

            Aquel día había almorzado con Iván en un restaurante cerca del ministerio. Quizá la comida había sido demasiado copiosa por lo que Sofía sintió una leve somnolencia que le impedía concentrarse en los papeles que tenía delante. Decidió bajar a la cafetería de Desi, cruzando la calle, para despejarse un poco. Nada más pisar la acera, oyó que alguien la llamaba: —¡Oye tú, guapa!— y, al girarse, Sofía vio a un indigente sucio y descarado que alargaba la mano entre trapos y cartones. En ese momento, Sofía sintió una punzada de repulsa causada por una cara de la vida que no estaba acostumbrada a ver. Reaccionó mal, y agarrándose a su bolso, dio un respingo y se dispuso a cruzar la calle.

            —Perdona guapa, ¡qué no todos tenemos la suerte que tienes tú! Y que sepas que yo estoy aquí por una injusticia porque el banco me ha quitado mi casa.

            Asaeteada por las palabras del indigente, Sofía no vio que el semáforo había cambiado a rojo para los peatones hacía ya unos segundos. Un taxi que venía lamiendo el bordillo a bastante velocidad se la llevó por delante catapultando su cuerpo por encima del techo del vehículo. El golpe que recibió en la cabeza al caer fue mortal de necesidad. Una lámina de sangre pintó de rojo la primera franja blanca del paso de cebra.

            El indigente resentido que lo había visto todo desde su improvisado nido pensó para sus adentros: mira por dónde, esta tarde se ha hecho justicia.

            La noticia de la muerte de Sofía con 27 años conmocionó a todo el barrio.

            Su novio Iván sentía que le habían arrancado la parte más bonita de su existencia, pero al mismo tiempo dejó de sentir esa sensación opresiva de vivir por encima de sus posibilidades, de vivir como de prestado una vida que él no podía corresponder por ser demasiado excelsa.

En el ministerio enmudecieron al saber que Sofía, que había bajado a por un café, ya no volvería jamás. Su abrigo color canela quedó colgado en el perchero sin que nadie se atreviera a tocarlo durante largo tiempo.

Los ecos de la luctuosa noticia se extendieron por algunas semanas, pero poco a poco, la gente dejó de hablar de Sofía, el color gris volvió a las calles y crecieron muros de frio hielo entre los inquilinos de aquel edificio que un día fue el hogar de Sofía.

No sabemos si algún día el tiempo le hará justicia a Sofía.