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miércoles, 13 de noviembre de 2013

Vida Narcótica


Tantas veces se ha hablado sobre esto que poco más se puede añadir. El nivel de estimulación habitual es tan elevado en el hombre del siglo XXI que los umbrales de sensibilidad se han embotado de forma considerable. Esto produce una repercusión inmediata en la capacidad de percibir la vida que nos rodea, de manera que pasamos gran parte del día semi-inconscientes y con la sensación de cabalgar sobre un tren que no se detiene en menudencias.

Parafrasearé a Marx cuando decía aquello de “la religión es el opio del pueblo” para decir que eso sigue siendo vigente en la actualidad con la precaución de intercambiar la palabra “religión” por “deporte televisado”. La gran masa comulga cada fin de semana sintiendo la pulsión de algo que le motiva delante de los televisores que retransmiten partidos, especialmente, partidos de fútbol. El resto de la semana la pasamos corriendo de allá para acá, esclavos de nuestra agenda, de nuestros anhelos y de la sociedad de consumo que nos maneja como polichinelas, dosificando convenientemente las recompensas materiales con objeto de conseguir el mayor rendimiento del individuo. Es como jugar al Monopoli con la pirámide de compensación de Maslow. ¿El resultado? una vida hueca, falta de autenticidad, y llena de recompensas enlatadas que nos permiten seguir viviendo narcotizados.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La miel es más dulce que la sangre.


¿Puede haber un deseo más carnal que la transmutación del aire en dulce miel? No se me ocurre mejor definición del placer que la cosificación de nuestro sustento vital, el aire.

Darle un tacto, un olor, un sabor al sustrato físico que habitamos representa el triunfo absoluto del cuerpo, de la carne, la corrupción por exceso del acto de vivir. Sin embargo, esta atmósfera ralentiza nuestros sentidos, atrapa viscosamente nuestro espíritu, tizna de un suave dorado nuestra percepción de la realidad, perturba nuestra interacción con el medio, trastocando el intercambio de fluidos para acabar confundiendo lo fresco con lo podrido bajo un tenue magma dorado.

Y así quedamos retratados, suspendidos en el tiempo, ahogados en nuestros propios desechos y debilidades. Nos convertimos, como esta hormiga, en el símbolo de la muerte como destino seguro de nuestra sociedad de consumo, que se define como la incauta hormiga por el acto de consumir.

Hacendosa hormiga, ¿cuándo abandonaste tu recto camino, alejado de los fútiles placeres de la cigarra para caer en el más grande de los placeres?

Ya hace tiempo que venimos cegados por los objetos, la posesión, el exceso. La sociedad del “bienestar” impera desde hace más de 40 años y maestros, como Marco Ferreri, ya denunciaron el exceso en 1973, en aquella polémica película en la que sus protagonistas deciden inmolarse en honor a Pantagruel comiendo hasta reventar: La grande bouffe (La gran comilona).

Al menos, este símbolo viajará en el tiempo como un mensaje en una botella de ámbar, para que las generaciones futuras tomen lecciones antes de empezar a caminar.

viernes, 30 de enero de 2009

¡María, María que el chocolatito se lo están comiendo!


Atención todo el mundo que la Buena Nueva os tengo que comunicar; es Navidad y por fin la careta me voy a quitar.
Hace varios años que vengo buscándole el sentido a la Navidad.
Una vez perdido casi todo su significado religioso, he buscado el mensaje navideño en el reencuentro con la familia, en la armonía espiritual que parece envolver el mundo en estas fechas, en los buenos propósitos para el año nuevo, en los regalos que aparecen debajo del árbol, en los copos de nieve que enharinan campos y ciudades, en los belenes y mercados navideños, en el muérdago y el acebo y hasta en los lotes navideños. Y lo único que he encontrado es hipocresía, hipocresía e hipocresía, voluntaria o involuntaria, pero al fin y al cabo, hipocresía.
Quitémonos todos la careta de Papá Noel o del Rey negro Baltasar y reconozcamos cual es nuestro único y verdadero dios, San Pantagruel.
¡Dejadme qué como este año las gambas están caras, creo que podré con un polvorón más, o dos!
Esa es la auténtica Estrella de Oriente que seguimos en Navidad y que nos lleva directamente a consumir. Consumo medio kilo de gambas o una pantalla plana pero sólo el consumo tapa los agujeros de mi maltrecha integridad personal. Sólo el consumo me aleja de la realidad y me transporta en una delicada nubecilla al país de los pastorcillos, los renos, los camellos y los abetos.
Dejad que los judíos machaquen palestinos, que ahora no me puedo levantar de la mesa hasta que las gambas que la pueblan reciban el homenaje que se merecen.
Pero estamos en crisis, así que apagad las luces del árbol; ¡no que entonces también se apagará la esencia de estas fiestas, o sea, el consumo! Bueno pues encendedlas, pero que pedalee alguien en plan ecosocialista para mantener el árbol bien brillante.
Hipocresía, hipocresía, hipocresía…
Y como traca final, la noche de Reyes. Esa noche tan mágica para los niños y tan consumista para los padres.
Gente ofreciendo sus últimos estertores al dios del consumo a las diez de la noche del día 5. Gente comprando por obligación, porque la ocasión lo exige y con la mente tan embotada que sólo caben en ella una bufanda, una colonia o unos calcetines.
No nos damos cuenta de que quizá el mejor regalo sería un buen rato de animada y rica conversación.
Cuando por fin acaban las fiestas del exceso, nuestro cuerpo y nuestra mente celebran la vuelta a la rutina, el orden y la mesura.
Quizá la lectura positiva sería que gracias a la Navidad nos damos cuenta cuan maravilloso es llevar una vida comedida y sostenible, en la que saboreemos el valor de las pequeñas cosas importantes.
Gracias a Dios, tenemos todo el año por delante, así qué, ¡feliz año nuevo!