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jueves, 6 de enero de 2011

Escapando de la Nochevieja.


Como ya viene siendo costumbre en mi, el sarpullido navideño acaba en forma de paroxismo febril que alcanza su máximo apogeo durante la Nochevieja, en la que me da por imaginar el mundo como un tiovivo, que da vueltas y vueltas en esta especie de feria astronómica, hasta que se nos acaben las fichas, claro.

Unas horas antes de la medianoche del 31, es cuando empiezo a delirar y a elucubrar con distancias, rotaciones, traslaciones y velocidades. Este año me dio por intentar escapar a cualquier precio de la salva de uvas. Empecé a pensar en medios de locomoción, helicópteros, aviones supersónicos y cohetes espaciales, que viajaran hacia el vagón de cola, en sentido antirotatorio, aferrado al 2010.

Pongamos como regla de juego primordial que no olvido que todos esos medios de transporte se encuentran dentro del sistema referencial terrestre y que tengo claro que no corren más cuando se desplazan en contra de la rotación de la tierra o van más lentos en el otro sentido. Sin embargo, tengo la teoría de que nos podemos resistir bastante al cambio de año. Ahí va la hipótesis: salimos de Oslo a las 23:59 h, es decir, NO HAY UVAS TODAVÍA, con un Airbus comercial que mantenga una velocidad de crucero de aproximadamente 840 km/h. Esta velocidad nos permitirá alcanzar el siguiente meridiano alrededor de las 23:59 h ya que a la latitud de 60ºN, en la que se encuentra Oslo, la separación entre meridianos es de 838 km. Así, mientras tengamos combustible, podremos escapar de la mala uva durante unas 12 horas aproximadamente. Será cuando crucemos el meridiano 180º, que básicamente es el meridiano de Greenwich visto por detrás, cuando la Línea Internacional de Cambio de Fecha actuará como juez implacable sentenciándonos a la entrada forzosa en el 2011, previo pago de una multa consistente en 12 uvas.

viernes, 30 de enero de 2009

¡María, María que el chocolatito se lo están comiendo!


Atención todo el mundo que la Buena Nueva os tengo que comunicar; es Navidad y por fin la careta me voy a quitar.
Hace varios años que vengo buscándole el sentido a la Navidad.
Una vez perdido casi todo su significado religioso, he buscado el mensaje navideño en el reencuentro con la familia, en la armonía espiritual que parece envolver el mundo en estas fechas, en los buenos propósitos para el año nuevo, en los regalos que aparecen debajo del árbol, en los copos de nieve que enharinan campos y ciudades, en los belenes y mercados navideños, en el muérdago y el acebo y hasta en los lotes navideños. Y lo único que he encontrado es hipocresía, hipocresía e hipocresía, voluntaria o involuntaria, pero al fin y al cabo, hipocresía.
Quitémonos todos la careta de Papá Noel o del Rey negro Baltasar y reconozcamos cual es nuestro único y verdadero dios, San Pantagruel.
¡Dejadme qué como este año las gambas están caras, creo que podré con un polvorón más, o dos!
Esa es la auténtica Estrella de Oriente que seguimos en Navidad y que nos lleva directamente a consumir. Consumo medio kilo de gambas o una pantalla plana pero sólo el consumo tapa los agujeros de mi maltrecha integridad personal. Sólo el consumo me aleja de la realidad y me transporta en una delicada nubecilla al país de los pastorcillos, los renos, los camellos y los abetos.
Dejad que los judíos machaquen palestinos, que ahora no me puedo levantar de la mesa hasta que las gambas que la pueblan reciban el homenaje que se merecen.
Pero estamos en crisis, así que apagad las luces del árbol; ¡no que entonces también se apagará la esencia de estas fiestas, o sea, el consumo! Bueno pues encendedlas, pero que pedalee alguien en plan ecosocialista para mantener el árbol bien brillante.
Hipocresía, hipocresía, hipocresía…
Y como traca final, la noche de Reyes. Esa noche tan mágica para los niños y tan consumista para los padres.
Gente ofreciendo sus últimos estertores al dios del consumo a las diez de la noche del día 5. Gente comprando por obligación, porque la ocasión lo exige y con la mente tan embotada que sólo caben en ella una bufanda, una colonia o unos calcetines.
No nos damos cuenta de que quizá el mejor regalo sería un buen rato de animada y rica conversación.
Cuando por fin acaban las fiestas del exceso, nuestro cuerpo y nuestra mente celebran la vuelta a la rutina, el orden y la mesura.
Quizá la lectura positiva sería que gracias a la Navidad nos damos cuenta cuan maravilloso es llevar una vida comedida y sostenible, en la que saboreemos el valor de las pequeñas cosas importantes.
Gracias a Dios, tenemos todo el año por delante, así qué, ¡feliz año nuevo!