Los
seres humanos somos seres sociales y eso significa, entre muchas cosas, que
debemos cuidarnos como grupo, como sociedad, donde vamos a tener muchas más
oportunidades de medrar que de forma individual.
La
consecuencia inmediata de este afecto de afiliación o, dicho de otro modo, el
tributo que debemos pagar por ser miembros de este selecto club social es la
cesión de parte de nuestros entendimientos, deseos y opiniones individuales en
pro de la convivencia social.
Y es
justo entonces cuando aparece la hipocresía como la ligereza de la mentira que
se erige como uno de nuestros más efectivos mecanismos de supervivencia. «Mejor
vamos a llevarnos bien» ¿Qué ganamos con sembrar la discordia dentro del grupo?
Nuestro ego cobarde lo tiene claro, no vale la pena llegar a las manos, es
decir, amenazar incluso nuestra integridad física solo por satisfacer el
sentimiento de dominación sobre el otro. Mejor haremos cediendo un poco,
maquillando nuestros verdaderos pensamientos, siendo blanditos e inofensivos
para no delatar la bestia que llevamos dentro.
Pero,
¿qué pasaría si tuviéramos un escudo protector que nos resguardara de las iras
del interlocutor levantadas ante nuestros efusivos argumentos?
Cuando
el acto comunicativo se realiza poniendo un obstáculo físico entre mi
interlocutor y yo, ya no tenemos tanto miedo de sufrir las ásperas respuestas
que nuestras palabras puedan provocar en el que nos escucha. Gracias a esa
protección, somos más libres para expresar nuestros verdaderos pensamientos,
incluso para dar rienda suelta al salvaje interior, que ya no cuida las formas,
que grita más que nadie y que intenta imponer su criterio mediante la fuerza
verbal.
Este
último párrafo describe perfectamente lo que he venido a llamar «el efecto
conductor». Ahí, dentro de la caja metálica de la carrocería de nuestro coche,
nos atrevemos a todo, desatamos la bestia reprimida y enfadada que llevamos
dentro y nos aliviamos en un ejercicio de violencia verbal, que incluye
insultos, miradas asesinas, imposición de leyes, juicios sumarísimos por no
conducir bien, y hasta arremetidas y frenazos de nuestro vehículo como si fuera
un toro bravo que bufa y escarba en la tierra antes de envestir.
¡Qué a
gusto nos quedamos! Ni dos horas de gimnasio consiguen el estado de relajación
alcanzado después de vomitar nuestro yo sin freno ni cortapisas.
Con las
redes sociales sucede algo parecido. Existe una separación espacio-temporal
entre el emisor y el receptor del mensaje por lo que no debemos preocuparnos de
que nos caiga una hostia con la mano abierta.
En el
campo virtual no tenemos conductores, tenemos haters que, aunque digamos una cosa o su contraria, siempre nos van
a afear nuestra opinión con miles de insultos, desprecios y descalificaciones
gratuitas que se hacen precisamente por eso, porque son gratuitas, es decir, no
van acompañadas, al menos de forma inmediata, de condiciones físicas dolientes.
No son
estos los únicos escenarios en los que existe una comunicación en diferido,
entendida como la falta de presencia simultánea de los interlocutores en un
lugar y en un momento concretos. Creo que todos estaremos de acuerdo en
reconocer una de las situaciones más auténticas del castizo carácter español
que es el chismorreo sobre el “no presente” en la peluquería, en el bar o en el
trabajo, que evidentemente no puede replicar por razones obvias. En todas ellas
se da el mismo efecto.
¡Venga!,
voy a empatizar con ese reptil que llevamos dentro con un cerebro del tamaño de
la amígdala, y voy a proponer que los gimnasios tengan a bien incluir en sus
instalaciones una sección para el ejercicio de desahogo de la sin hueso. Allí,
los músculos linguales se fortalecerían a base de series de repeticiones de
insultos hasta alcanzar la suficiente sulfuración del estado de ánimo como para
dormir como angelitos esa noche.
De esta
manera, el «efecto conductor-hater» bien llevado hasta puede ser terapéutico,
sería como sacar a pasear un ratito al animal interior que está que se sube por
las paredes con tantas normas sociales, wokismos
y demás artificios civilizatorios.

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