Decía
Erich Fromm que «la principal tarea del hombre en la vida es darse a luz a sí
mismo, llegar a ser lo que potencialmente es».
Por
mucho que luche y que me pese, sigo sometido al axioma del hombre performativo,
es decir, que la esencia de lo que soy, de lo que somos, se define
necesariamente a través de la acción.
Es
una guerra muy difícil de ganar, pero yo sigo empeñado en definirme en la
inacción, en el simple ser que se muestra y se reivindica per se.
Quizá
algún día lo consiga, y consiga algo todavía más difícil, que es expresarlo.
Pero de momento puedo decir que he encontrado una vía que, aunque sea un
sucedáneo, me permite acercarme a mi definición inactiva. Y, además, es un
método curativo porque todo lo que nos permite desarrollar nuestra propia
esencia es siempre una dosis de plenitud, de vida, en definitiva.
Se
trata de la creación artística firmemente enmarcada en la parte INÚTIL de la
vida. Esta acción creadora de cosas inútiles es la que nos conecta con Dios,
con lo divino, allí donde vive el espíritu y, por eso, nos libera y nos permite
ser sin servir, con todo el descaro de mostrarnos sin justificación alguna.
Esta
acción creadora, precisamente por
carecer de todo componente utilitarista, es la que mejor manifiesta mi esencia
y la que satisface mejor mi deseo de perdurar dejando una impronta en la mente
de las personas.
El
proceso creativo bebe de la sociedad y devuelve a la sociedad un contenido
parido en los entresijos cerebrales de cada individuo, cerrando un círculo
generativo que se retroalimenta.
Así
que, cuando los rigores materiales me someten alejándome de mi esencia, me tomo
un chupito de creación, sea pintando, escribiendo, esculpiendo o fotografiando,
e inmediatamente reconstituyo mi espíritu haciendo aquello que me proporciona
la mayor realización.

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