viernes, 19 de diciembre de 2025

Ápeiron

 


NACIMIENTO

A las 00:35 de un 25 de noviembre de 1998 nació Sofía. Su madre, casi adolescente, no había podido quitarse de encima los sentimientos encontrados que la asediaron durante todo el embarazo. Sofía era el resultado de una violación. Un desalmado, que aprovechó el estado de embriaguez de su madre Atenea, la dejó embarazada en un reservado de aquella discoteca que ya nunca olvidaría.

Después de superar el trauma inicial y de meditarlo mucho, Atenea decidió que quería tener a la niña que llevaba en su seno. A pesar de que todo su entorno familiar y personal mostró una fuerte repulsa hacia el nacimiento de una nueva vida engendrada por medio de la violencia, Atenea se vio incapaz de matar al ser que llevaba en su interior. Sería como matar una parte de ella misma y deshonrar el milagro de la vida que como una maquinaria perfectamente diseñada se había puesto a trabajar siguiendo el patrón que está escrito en las estrellas, la partitura creadora de vida.

Todos decían que no permitiera que se consumara esa injusticia, máxime cuando el padre biológico estaba totalmente desaparecido y ella apenas guardaba un tenue recuerdo de su cara.

Sin embargo, cuando la comadrona por fin le puso a Sofía en su regazo después de dar a luz, el fuerte vínculo maternal con su bebé selló una relación de amor eterno entre aquellos dos seres. —Sofía, no te preocupes que mamá cuidará de ti para hacerte una chica fuerte y valiente capaz de cambiar el mundo.

VIDA

Sofía era un bebé precioso. Tenía una carita llena de inocencia y candidez infantil con unos rasgos que ya desde recién nacida demostraban que iba a ser una chica muy guapa. Sus rasgos faciales estaban perfectamente proporcionados, su nariz moteada, sus ojos almendrados color canela, su boquita delimitada por dos hoyuelos, su tez dorada como la arena del desierto y el pelo castaño muy claro y rizado. Y su mirada cristalina y pura.

Pronto se convirtió en la protagonista de la casa. Los abuelos anhelaban sacarla a pasear por el parque con un sentimiento de orgullo exhibicionista que no podían ocultar. Así, Sofía creció, y su belleza empezó a ser peligrosamente llamativa. Además, ya desde primaria, empezó a mostrar sus dotes de liderazgo y en el patio del recreo le resultaba muy fácil hacerse con el control del relato y organizar a los demás niños para jugar siempre orbitando a su alrededor. Algunos padres y madres empezaron a fijarse en ella con una cierta predisposición envidiosa al ver de qué manera tan desproporcionada había dotado la naturaleza a aquella niña. Su madre Atenea y su abuela percibían que Sofía era el centro de todas las miradas y la situación las incomodaba por lo que sin darse cuenta desarrollaron ciertas precauciones protectoras.

Sofía crecía totalmente ajena a la admiración que despertaban su belleza y su inteligencia y, poco a poco, fue superando etapas con las máximas calificaciones y honores. Así, alcanzó su mayoría de edad con gran madurez y con las ideas muy claras sobre lo que deseaba hacer en la vida. Caminaba con paso firme tomando lo que por derecho consideraba suyo.

Entró en la universidad para estudiar un grado en Relaciones Internacionales, ella sabía que se le daba muy bien convencer y manejar las opiniones de la gente, y pensaba que podría desempeñar un gran papel en el mundo orientando sus esfuerzos en esa dirección. Podría llegar a ser alguien relevante. En el segundo año de los estudios del grado, ya se había forjado una reputación de persona brillante entre los profesores universitarios y los distintos departamentos se la rifaban.

Terminó su grado con la máxima calificación y media docena de chicos y chicas locamente enamorados de ella. Escogió a Iván, un chico cuyos padres eran de origen ruso y que hablaba con fluidez español, inglés, francés y ruso.

Quizá inducida por él, Sofía realizó su master en San Petersburgo, donde perfeccionó su dominio del ruso además de ganar muchísima experiencia trabajando en el consulado español.

Sofía aportaba calidez a aquellas frías y blancas tierras. La nieve parecía derretirse a su paso y desprendía un aura canela que recordaba al trópico, a la exuberante belleza amazónica, a la fecundidad infinita de los cafetales de Brasil.

Era tanta la belleza y la dicha que transmitía, que Iván empezó a sentirse incomodo al notar la responsabilidad de estar a la altura de un ser como Sofía.

Sofía volvió a España con trabajo en el Ministerio de Asuntos Exteriores encargada del área de los países del este. Trabajaba en Madrid, en la plaza del Marqués de Salamanca, aunque se podía decir que pasaba la mayor parte del tiempo reunida telemáticamente. Ganaba un sueldo bastante abultado teniendo en cuenta su condición de principiante, pero es que no había acuerdo que se le resistiera. Su presencia era definitivamente magnética. Allá donde había un escollo, un punto que parecía irreconciliable para las partes en conflicto, aparecía Sofía y obraba su magia orgánica, visceral como si brotara de la naturaleza misma, consiguiendo armonizar lo que parecía irreconciliable.

Pronto Iván y Sofía pudieron alquilar un piso en el exclusivo barrio de Salamanca. Iván no podía creer la maravillosa vida que le había tocado en suerte y, quizá por esto, sentía mucho miedo a que sucediera algo, una especie de castigo divino, que truncara abruptamente la vida de ensueño que estaban viviendo por haber abusado demasiado de la bondad del Creador. Ante este temor, él no podía reaccionar de otro modo que no fuera volcando todo su amor en Sofía.

Asimismo, el barrio tradicionalmente aséptico y estirado, por causa del carácter soberbio y orgulloso de sus habitantes, empezó a albergar cierta calidez canela. El aura de Sofía empezó a extenderse por su edificio, donde aquellos inquilinos que se habían cruzado por las escaleras sin mediar palabra durante años, de pronto empezaron a saludarse y a reconocerse por la calle. El calor humano de Sofía fue colonizando calle a calle las vetustas casas señoriales mientras el barrio entero pareció cambiar el frio gris de sus fachadas de granito por la cálida luz de la arena del desierto. Sofía era el pegamento dinamizador que arrastraba la realidad hacia un lado bien definido y marcado por su presencia.

Por otro lado, Sofía solía ir al gimnasio tres veces por semana para mantenerse ágil y desentumecida y no fallaba casi nunca porque tenía una salud de hierro. Ni siquiera recordaba la última vez que estuvo resfriada. Parecía como si la calidez de su carácter la mantuviera siempre calentita y a salvo de infecciones oportunistas.

De esta manera, Sofía fue integrándose en la vida del barrio y, a pesar de su juventud, pasó a ser un miembro querido y respetado dentro de la comunidad.

MUERTE

            Aquel día había almorzado con Iván en un restaurante cerca del ministerio. Quizá la comida había sido demasiado copiosa por lo que Sofía sintió una leve somnolencia que le impedía concentrarse en los papeles que tenía delante. Decidió bajar a la cafetería de Desi, cruzando la calle, para despejarse un poco. Nada más pisar la acera, oyó que alguien la llamaba: —¡Oye tú, guapa!— y, al girarse, Sofía vio a un indigente sucio y descarado que alargaba la mano entre trapos y cartones. En ese momento, Sofía sintió una punzada de repulsa causada por una cara de la vida que no estaba acostumbrada a ver. Reaccionó mal, y agarrándose a su bolso, dio un respingo y se dispuso a cruzar la calle.

            —Perdona guapa, ¡qué no todos tenemos la suerte que tienes tú! Y que sepas que yo estoy aquí por una injusticia porque el banco me ha quitado mi casa.

            Asaeteada por las palabras del indigente, Sofía no vio que el semáforo había cambiado a rojo para los peatones hacía ya unos segundos. Un taxi que venía lamiendo el bordillo a bastante velocidad se la llevó por delante catapultando su cuerpo por encima del techo del vehículo. El golpe que recibió en la cabeza al caer fue mortal de necesidad. Una lámina de sangre pintó de rojo la primera franja blanca del paso de cebra.

            El indigente resentido que lo había visto todo desde su improvisado nido pensó para sus adentros: mira por dónde, esta tarde se ha hecho justicia.

            La noticia de la muerte de Sofía con 27 años conmocionó a todo el barrio.

            Su novio Iván sentía que le habían arrancado la parte más bonita de su existencia, pero al mismo tiempo dejó de sentir esa sensación opresiva de vivir por encima de sus posibilidades, de vivir como de prestado una vida que él no podía corresponder por ser demasiado excelsa.

En el ministerio enmudecieron al saber que Sofía, que había bajado a por un café, ya no volvería jamás. Su abrigo color canela quedó colgado en el perchero sin que nadie se atreviera a tocarlo durante largo tiempo.

Los ecos de la luctuosa noticia se extendieron por algunas semanas, pero poco a poco, la gente dejó de hablar de Sofía, el color gris volvió a las calles y crecieron muros de frio hielo entre los inquilinos de aquel edificio que un día fue el hogar de Sofía.

No sabemos si algún día el tiempo le hará justicia a Sofía.

sábado, 6 de diciembre de 2025

ESNOBISMO RACIAL


La palabra «charnego» ha acompañado a Cataluña a lo largo de gran parte de su historia para señalar de forma despectiva al diferente, al que viene de fuera. Atendiendo a su significado, propiamente dicho, hace referencia al mestizaje entre catalanes/as y paisanos/as venidos del resto de España (uso actual) o de Francia (uso originario) y claramente resalta la degradación de la pureza racial que siempre viene asociada al mestizaje. Ya sabemos que todo nacionalismo es racista por definición. Así que, en el ideario nacionalista, los pobres charnegos se encuentran siempre en un estadio evolutivo inferior al catalán de pura cepa, el de los ocho apellidos.

Por desgracia, el vicio implícito en la palabra ha acabado por materializarse representando a un tipo de persona con unas características personales y sociales bien definidas, y que distan mucho de ser admirables. El mestizaje charneguil, en vez de atesorar la riqueza de las dos culturas que confluyen en él, ha producido personas desarraigadas, que no conservan las costumbres de su tierra natal, ni tampoco interiorizan las costumbres y tradiciones de su tierra de adopción.

Se trata de personas desubicadas, desarraigadas, que no aman, y de hecho maltratan, el suelo que pisan y cuyo mayor impulso vital es el poder y el dinero.

Yo creo que es su forma de vengarse por todo aquello que han tenido que dejar atrás y todo aquello que han tenido que tragar de forma más o menos impuesta.

Y esta situación, que se da con toda la inmigración del resto de España que inundó Cataluña durante la época del desarrollismo franquista, creo que es extrapolable a cualquier suburbio de las grandes ciudades como Paris o Bruselas, grandes receptores de inmigrantes.

¿Pero qué tiene que ver aquí el esnobismo con toda la problemática de la integración del inmigrante en la sociedad receptora?

De hecho, a mí me costaba entender el significado de la palabra «esnob» y por eso os voy a hablar del día en que, por fin, logré entender su significado. Obviamente, yo sabía que se refería a alguien que se las da de importante cuando en realidad, su vida, sus actos y su influencia es prácticamente irrelevante para la gente en general más allá de su círculo familiar cercano. Sin embargo, no lograba interiorizar el significado de la palabra para poder incorporarla a mi vocabulario habitual.

Hasta que un día conocí a Bernat. Él era un padre de familia que vivía en el cinturón industrial de Barcelona, hijo de inmigrantes andaluces y cuyo nombre en catalán ya denotaba la intención de sus padres de buscar cierto estatus dentro de la sociedad catalana.

Ciertamente, lo que representaba Bernat era más bien una variante del esnobismo, que podríamos llamar «esnobismo racial». La ecuación que funcionaba en su mente a pleno rendimiento era: lo español (andaluz) = malo, lo catalán = bueno.

Solo tenías que hablar con él para darte cuenta de cómo usaba la lengua para elevar la autoridad de sus argumentos cuando notaba que estaba perdiendo el relato. Pasaba del castellano al catalán para introducir un boost de autoridad y demostrar así que su razón era la de los cultos, emprendedores y trabajadores miembros de la más distinguida sociedad catalana.

Así que, vemos como el «esnobismo racial» puede funcionar como otra forma de reaccionar ante el hecho migratorio sentido en propias carnes. Se trataría en este caso del «charnego esnob» también llamado a veces «charnego converso».

Este tipo de personas se radicalizan en el nacionalismo catalán usándolo como instrumento para alcanzar cierto estatus. Llevan a sus hijos a colegios privados y les hablan de manera devocional en catalán apostatando de sus raíces andaluzas, extremeñas o gallegas entre otras. Casi nunca visitan la tierra de los abuelos, y cuando lo hacen, critican a sus gentes por holgazanes y desnortados, buscando desesperadamente la supuesta nobleza catalana como antídoto para olvidar la pobreza de dónde salieron.

Desgraciadamente, por mucho que lo intenten, solo consiguen humillar los apellidos que lucen en sus DNIs.



domingo, 2 de noviembre de 2025

NEKOMATA

 


Al pasar por debajo del arco que daba entrada al cementerio, me lo encontré de frente. La mirada fija en mí y su pose mayestática con las patas delanteras juntas y el pecho bien erguido, escrutando a todos los que venían a depositar flores en las tumbas de sus seres queridos por Todos los Santos.

Enorme, grande, orondo.

Era un gato de los que los japoneses llaman calicó, con manchas de tres colores, blanco, marrón y negro, y la verdad es que imponía mucho a pesar de que no era completamente negro. Quizá fuera la curiosa distribución de los colores sobre el pelaje del animal con el color negro dibujando una especie de antifaz que rodeaba sus ojos, lo que le confería una siniestra actitud de total autoridad como dueño y señor del cementerio.

¡Oh Dios! Qué tenía ese felino en su mirada que me mantenía como hipnotizado, subyugado y sin voluntad propia. Y mientras me debatía por zafarme de sus afiladas garras oculares, sentí un chasquido y experimenté una terrible tristeza de añoranza, de alejamiento de la realidad para adentrarme en un lugar terriblemente desconocido en el que mi ser se diluía perdiendo casi por completo toda la entidad que me definía como persona.

¿Qué era aquel espacio rodeado de seres que vagaban sin rumbo? Parecían de otro tiempo, más antiguo. Parecían no entender nada, parecían ¡muertos vivientes!

La cara del maldito gato se manifestaba allá donde mirara y en ese momento, imaginé algo que me negaba aceptar, pero que explicaba lo que me estaba sucediendo. Efectivamente, allí se encontraban todas las almas de los finados enterrados en ese cementerio, era una especie de inframundo y todas esas pobres almas estaban atrapadas en el interior del orondo gato.

La desesperación invadió todo mi ser cuando comprendí que ese maldito gato me había atrapado en su interior, y que el felino se alimentaba con las almas de aquel cementerio rebosante de cadáveres. El gato engordaba cada día un poco más a medida que los finados iban ocupando nichos y columbarios.

Quise interaccionar con las almas errantes que vagaban de aquí para allá y de repente me dio un vuelco al corazón al reconocer a mi abuelo, al que yo venía a ponerle flores ese aciago día.

¡Yayo! exclamé con una mezcla de pavor y confianza, y él se giró con su rostro marcado por las cicatrices que el duro trabajo en el campo había labrado en su rostro a lo largo de la vida. Pareció sorprendido, como si despertara de un sueño de muchos años ya, pero finalmente pareció reconocerme. Esto me extrañó al pensarlo dos veces, ya que mi abuelo había muerto cuando yo era pequeño y, por tanto, mi aspecto había cambiado mucho desde entonces. Salvé esta incongruencia con el artificio de pensar que la sangre reconoce a su sangre en cualquier lugar o circunstancia.

Inmediatamente quise pedirle ayuda, ¿qué hago aquí?, ¿qué es este lugar?, ¿por qué estás aquí?

Él me sonrió dando así una respuesta velada y tranquilizadora y me dijo que no me preocupara, que él me enseñaría el camino de salida ya que todavía no había llegado el momento de habitar el reino de los muertos.

Me di cuenta entonces de la extraordinaria oportunidad que me había brindado el destino dándome a conocer de primera mano el gran misterio que atormenta a la humanidad desde que el ser humano fue consciente de su efímera vida en la Tierra. ¿Existe vida después de la muerte?

Aparentemente sí, aquellas almas seguían habitando algún lugar, que a mí se me antojaba ser el interior del gato centinela, pero había algo que no cuadraba. No parecían felices, no parecían estar realmente vivas ni tener voluntad propia. ¿Podía ser aquel gato una especie de limbo, la antesala donde las almas se purifican antes de poder acceder al océano anónimo del eterno descanso?

Mi abuelo Eduardo me acompañó hacia una especie de portal a través del cual se veía el exterior del cementerio, por el que transitaban los inadvertidos visitantes portadores de flores. Podía ver esa realidad exterior a través de dos aberturas en forma de huso que coincidían exactamente con los ojos del Nekomata. Podía verme a mí mismo, plantado a la puerta del cementerio, inanimado, la mirada perdida como si fuera una carcasa completamente vacía. Los transeúntes rodeaban mi cuerpo a derecha e izquierda para poder acceder al cementerio, pero ninguno de ellos reparó en mí, en si me sucedía algo o porque narices me había quedado allí plantado como un pasmarote.

—Mira, ahí está tu cuerpo, debes volver en ti —dijo mi abuelo Eduardo—. Todavía no perteneces a este mundo; tu cuerpo te está esperando y tienes la salida ante de ti. Venga, no lo pienses más.

Entonces, sentí un profundo agradecimiento hacía mi abuelo que me había orientado en ese espacio vetado a los vivos y deseé con todas mis fuerzas salir de nuevo al mundo y recuperar mi cuerpo orgánico para vivir el resto de mi vida acompañado por el sentimiento gozoso de saber que hay más allá de la vida.

Giré mi rostro hacía atrás para dirigir una última mirada de despedida hacia mi abuelo, cuando súbitamente una de aquellas almas errantes, morador desde hacía años del interior del maldito gato, y que en su día había sido un avispado anciano, saltó a través de las felinas aberturas oculares y ocupó de lleno mi cuerpo recipiente.

Una mirada de preocupación ensombreció el rostro de mi abuelo que a continuación agachó la cabeza como evitando mirarme a la cara. Yo percibí inmediatamente que algo no iba bien. ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha sido eso?

Mi abuelo dio media vuelta y se marchó cabizbajo mientras yo contemplaba horrorizado como mi cuerpo comenzaba a moverse y me miraba con actitud burlona a través de los ojos del gato.

¿Qué significa esto? ¿Cómo es esto posible? ─me preguntaba yo completamente aterrorizado al tiempo que mi cuerpo desapareció del campo de visión del gato.

Y entonces, comprendí que había quedado atrapado para siempre en el interior del gato, en un limbo donde las almas son purificadas antes de incorporarse al gran Ser cósmico.

Para el mundo de los humanos, aquel 1 de noviembre fue el día de mi muerte.

martes, 28 de octubre de 2025

REDEMPTION

 


*REE: Red Eléctrica de España

miércoles, 15 de octubre de 2025

TEXTO NEGRO

 


Negra es la noche, ese espacio de tiempo donde todo el mundo duerme excepto yo. Negro es mi sueño de libertad en el que nadie me juzga, nadie opina, no hay reputación y soy libre de ser quien quiera ser, sin restricciones, ni imposiciones, ni límites. La noche me permite soñar sin cortapisas, me permite imaginar proyectos e ilusiones, futuros impensables. Es como si el tiempo se detuviera creando un paréntesis temporal con licencia para hacer realidad todo aquello que el día prohíbe. Es el tiempo sin tiempo, no hay reloj, todo está en calma, nada es urgente y la soledad me permite recobrar el ánimo y la fuerza que se descargarán al alba. La noche es el momento del cambio, de la metamorfosis, que se produce escondida de las miradas críticas. Mañana seré otra persona y nadie conocerá el misterio. El negro representa lo complejo, lo enmarañado, lo denso, lo que cuenta una historia llena de matices, llena de capas que se superponen con hechos sorprendentes, y tremendamente rica en detalles. El negro nos permite dibujar claroscuros, juega con la luz, crea sombras que cuentan otra historia diferente de la que está a la vista de todos. El negro se esconde en los pliegues donde guarda sus tesoros, las perlas negras que solo están al alcance de aquellos valientes que no temen a la oscuridad. El negro es misterioso, vela el presente, lo oculta, y en él, todo es aceptado, incluso lo feo o lo dramático. El negro es madurez pura, es aprendizaje y aceptación sin fin de camino hacia la sabiduría. El negro es hermético, no desvela mi ser, no necesito energía para vivir en el negro, es frio, es introvertido, no importa lo que piensen los demás si son valientes que caminan por la oscuridad. El negro es fácil, lo contiene todo, es todo potencial, es el principio y el fin, mientras la luz toma partido, decide el presente, lo expresa y muestra los diferentes colores sometidos al juicio de todos. La luz te delata, la luz hace amigos, pero también enemigos, la luz requiere energía y esfuerzo para vivir, la luz es alegría, pero también tristeza. El negro es más tranquilo, porque reconoce nuestra insignificancia en la inmensidad del Universo y por eso nos hace humildes, pero auténticos porque no brillamos más que las estrellas del firmamento nocturno. El negro nos hace pequeños y nos invita a escondernos para protegernos del frío con su manto protector que nos da cobijo mientras crecemos sin miedo en la oscuridad.

miércoles, 27 de agosto de 2025

 



Dile, dale, dame,

digo y doy

que, si no me dices y das,

me voy.

Digo, dices, dice

pero toma y tome

si me das, le da, me da,

da, de, di do, du me.

Tomo, toma y tome,

moto, mato y meto,

tonto, totón, to.

Me di, le da, me da

las gracias por este mi poema

me mima.

sábado, 24 de agosto de 2024

SUMISIÓN

20 de Junio

Por fin he terminado mis exámenes de tercer curso del grado de Ingeniería Química, ¡qué ganas! Ha valido la pena el esfuerzo porque gracias a ese esfuerzo he podido sacarme el curso y ahora tengo todo el verano para tumbarme a la bartola, ir a la playa y salir con chicas.

Todavía tengo el cuerpo acostumbrado a madrugar y a las 8 de la mañana ya ando como un zombi por casa sin saber qué hacer.

El calor empieza a enseñar sus abrasadoras garras y voy todo el día sin camiseta empapado en sudor. Con la edad, odio cada vez más el verano por la incomodidad corporal que supone estar todo el día sudando y sin poder descansar bien en las tórridas noches.

Me dirigía a la cocina, a por otro vaso de agua, cuando una leve brisa fresca cruzó el pasillo proveniente de una ventana que hay en la fachada trasera del edificio. Esta ventana da a un gran patio central conformado por otros 3 edificios que forman un cuadrado interior donde la gente tiende la ropa y espía furtivamente al vecino de enfrente.

Yo vivía en un sexto piso y hacía ya algún tiempo que había reparado en que la habitación de María, la hija de Pedro y Rosario, daba a este patio central a la altura de un tercer piso.

Mi cuerpo se encaminó instintivamente hacia esa fuente de frescor matutino y, al llegar al alfeizar de la ventana, me balanceé apoyado en mi cintura, sacando el cuerpo hacia el exterior para respirar una bocanada de aire fresco con ese olor tan característico lleno de oxígeno en comparación con el ambiente cargado del interior. El cielo azul intenso estaba tapizado con algunos cúmulos muy blancos que le daban una especial luminosidad al día.

Y fue entonces, cuando al bajar la mirada hacia el patio delimitado por las fachadas traseras de los 4 edificios, la vi. La ventana de su habitación estaba abierta de par en par y ella estaba de espaldas abrochándose el sujetador por detrás. Recibí inmediatamente un latigazo hormonal que me erizó hasta los pelos del cogote y mi vista quedó imantada, fija en aquella joven silueta. Se despertó en mí el instinto animal y la lascivia tomó el control de mis actos poniéndome en estado de alerta para ver sin ser visto, para poder robar la mayor porción de intimidad que me fuera posible. Después de desaparecer unos instantes, María se acercó de nuevo a la ventana abierta mientras luchaba con una camiseta de manga corta con el fin de introducir la cabeza y los brazos por las aberturas de la misma. Y a continuación cerró las 2 hojas de la ventana con resolución.

El reflejo del sol en los cristales de las ventanas del edificio de enfrente cegó por completo mi visión y dejó mi libido alteradísima, sedienta como un toxicómano en busca de su siguiente dosis.

23 de Junio

Desde que la vi detrás de aquella ventana, no he podido dejar de pensar en ella y mis noches se han convertido en una pujanza juvenil que es como una catarata retenida por una gran presa al máximo de su capacidad.

Cada mañana me asomo furtivamente a la ventana con el propósito de inmiscuirme en su vida cotidiana privada. Por el momento, lo único que he conseguido es verla pasar rápidamente en ropa interior por delante de su ventana abierta de par en par. Demasiado poco para mi hambrienta libido juvenil. En algún momento hasta he fantaseado con hacer las cosas bien y buscar un encuentro casual con ella para probar suerte y ver si quisiera salir conmigo.

A mediodía, he salido a comprar pan y como si el destino quisiera martillear mi libido, me he encontrado con María en la panadería vestida con una camiseta y unos shorts que resaltaban graciosamente la silueta de su cuerpo juvenil. Me ha dirigido una sonrisa y un comentario intranscendente sobre el calor que estaba haciendo ya… y yo me he bloqueado, me he quedado como un pasmarote balbuceando una respuesta ininteligible.

He entrado en casa como un león rabioso subiéndome por las paredes y maldiciendo mi poco arrojo con las mujeres. El anhelo de verla, de tocarla, de hablar con ella iba creciendo en mí de forma casi patológica.

Esta noche es la noche de San Juan. Entre el calor, los petardos y mis viajes cada vez más frecuentes a la ventana del fondo del pasillo va a ser imposible dormir. Este anhelo sexual irresoluto se está convirtiendo en una obsesión. Es increíble darme cuenta como he caído en las garras de María, sin que ella tuviera siquiera que pronunciar palabra. Está claro que los chicos de mi edad somos presa fácil de la juventud y lozanía de las chicas adolescentes.

En la noche de San Juan, casi nadie puede dormir hasta que no cesan los petardos. Si cierras las ventanas para amortiguar el estruendo, te asas de calor y si abres, el petardeo incesante te va crispando los nervios haciendo imposible conciliar mínimamente el sueño.

En un momento determinado de la noche, al ir al lavabo para regarme el pecho con agua fría, sentí la necesidad perentoria de acercarme una vez más a la ventana del fondo para espiar a María. Lo hice sin mucha convicción pero al asomarme me resultó extraño ver las hojas de su ventana abiertas de par en par y la luz de su habitación apagada. Yo deseaba que San Juan hiciera realidad mis deseos y aquella chica apareciera en su ventana en todo su esplendor, y de repente, pude distinguir su silueta velada por la oscuridad de su habitación e iluminada fugazmente por los fogonazos de los fuegos artificiales. Mis manos se aferraron ferozmente al marco de mi ventana, casi conteniendo el impulso de saltar hacia mi vecina musa. Agudicé la vista para poder distinguirla mejor y de repente el fogonazo de un cohete iluminó toda la facha interior del edificio y vi el contorno de sus pechos recortándose sobre la oscuridad de su habitación. Un torrente abrumador de deseo sexual anegó todo mi cuerpo. Deseé tocarla, olerla, tenerla cerca de mí para sentir la calidez de su joven cuerpo. Un, dos, tres y otro petardo iluminó el cielo pero sin alcanzar la suficiente altura como para iluminar el tercer piso de la fachada interior. ¡Mi deseo era insufrible! Por favor, lanzad más cohetes, todo un castillo de fuegos artificiales si queréis, pero por favor iluminad a esa niña que contempla distraída los fuegos de la noche de San Juan.

Y de repente ¡boom!, una gran palmera tiñó de luz anaranjada todo el edificio que tenía ante mi vista justo cuando daban las 12 de la noche. Mi ávido deseo sexual confirmó fuera de sí que María únicamente portaba unas braguitas en aquella tórrida noche de San Juan y quise morir de deseo, de instinto animal irrefrenable, de comunión con ese cuerpo joven.

Enloquecido como estaba, levanté la vista hacia el cuadrado de cielo recortado por el patio central de aquellos 4 edificios buscando un poco de respiro a mi fijación enfermiza en el cuerpo de María y entonces la vi. Una mujer mayor, con los cabellos grises y revueltos me observaba fijamente desde el séptimo piso, la mirada penetrante, sin pestañear y con la clara intención de reprobar mi comportamiento.

Yo en un primer momento intenté escabullirme, bajar la persiana y salir corriendo como un ladrón sorprendido en mitad de la noche. Titubeé, volví a mirar hacia el séptimo para cerciorarme de que no era una especie de alucinación e incluso saludar a la anciana mujer pero en cuanto crucé la mirada con la de la vieja sentí una punzada en mi interior y la sensación de quedar encadenado, de haber perdido mi libre albedrío, mi voluntad justo cuando el reloj marcaba las 00:01.

24 de Junio

Después de una noche toledana en la que no había podido pegar ojo y con un terrible dolor de cabeza digno de una de mis épicas resacas, me levanté tambaleándome hacía el cuarto de baño. En un primer momento, no recordaba nada del episodio intimidante de la noche anterior pero justo al echarme agua en la cara y dirigir la mirada hacia en espejo de encima del lavabo, me invadió una sensación de desasosiego, como de estar en peligro, que me hizo regresar súbitamente a mi desdichada realidad.

Rápidamente me puse a darme decenas de argumentos con la intención de rebatir el sinsentido de la situación pero sin demasiado éxito. De hecho, nunca más volvería a sentir paz interior.

Mientras desayunaba, me propuse pasar a la acción y dejar de darle tantas vueltas a la cabeza. Me di una ducha que me pareció una especie de nuevo bautismo y con el ánimo ligeramente serenado me dirigí a la calle a por una barra de pan.

El recelo no me abandonaba pero la cara de la vieja que me había aguijoneado el alma, la del séptimo piso, se iba desdibujando poco a poco diluida por la cotidianidad del entorno.

Ya en la panadería, la panadera me recibió con su habitual buen humor.

 ─¿Qué pasa Juan?¿cómo se nota que esta noche no hemos dormido?

─Sí, la verdad es que con los petardos, ha sido como siempre un coñazo poder dormir ─me excusé yo de mala gana.

─Bueno, pues ya sabes que eso se arregla con una buena siesta. Toma, tu barrita de pan. Venga descansa.

Mientras hablaba con la panadera, había escuchado la puerta y sabía que había algún cliente detrás de mí. Al girarme en dirección a la salida, me la topé frontalmente a un metro escaso de mí. Era la vieja del séptimo, sus ojos negros y tremendamente penetrantes, la cara enjuta con los pómulos y la barbilla bastante pronunciados, toda de negro con una ropa que parecía más bien de otra época.

Todo mi cuerpo quedó sin fuerza, como un títere tambaleante, y el corazón se me desbocó como un caballo salvaje dentro del pecho. Todos los poros de mi cuerpo rezumaron un sudor frio enervados por el escalofrío que me recorrió de arriba abajo. Y no pude más que bajar la mirada y salir casi a tientas con el sentimiento de que algo se había quebrado dentro de mí mientras oía a mis espaldas la voz áspera de la vieja que me decía algo como “te vas a enterar”.

30 de junio

Yo no podía entender que me estaba sucediendo. Siempre había sido un chaval echado para adelante, incluso un poco brabucón, que no tenía problema para relacionarme con las chichas manteniendo siempre ese talante de macho.

Y ahora, me sentía poca cosa, débil de espíritu, sin ganas de salir de casa y con un tremendo sentimiento de amenaza y dominación.

A pesar de ello, mi lívido juvenil seguía fabricando hormonas, y después de cenar tuve de nuevo la tentación de asomarme a la ventana del patío interior en busca de nuevas y tórridas imágenes de mi joven vecina María.

Primero miré de soslayo, como de reojo, por si acaso era descubierto de nuevo en mis lascivas intenciones. La ventana de su habitación, en el tercer piso, estaba abierta de par en par y la luz encendida. Mis ojos se posaron inmediatamente en ese cuadrado iluminado en la fachada de enfrente, como si yo fuera una polilla, a la espera de que su cuerpo desnudo rellenase aquel cuadro de luz que conformaba la ventana. Podía pasar de un momento a otro, ¡mi excitación iba en aumento! Venga, venga, venga, ¡por favor! repetía en mi cabeza al mismo tiempo que vigilaba los alrededores como un ladrón en plena faena. De hecho, yo era un ladrón, un ladrón de posados.

Y de repente, ¡eh voilà!, María apareció semidesnuda mirando hacia el exterior mientras, con los brazos levantados, se hacía un moño. No lo podía creer, ¡me había tocado la lotería! con esa imagen iba a tener energía sexual para unos cuantos días.

Dejé a un lado todas mis prevenciones y miedos y me lancé como un halcón a atrapar con la mirada esa preciosa silueta juvenil que brillaba en la oscuridad del patio de vecinos. Casi podía comérmela con la mirada pero cuando más concentrado estaba recorriendo las curvas de su cuerpo en un viaje sensual arrollador, parpadeé un momento, y lo que vi al volver a posar mis ojos en ese imán de placer visual me dejó petrificado. De nuev0, la mirada penetrante y amenazadora de aquella vieja bruja me estaba juzgando y condenando por obseso sexual.

Miré hacia el séptimo piso y allí no había nadie, la vieja me estaba abriendo en canal desde la habitación de María. Parecía que el precioso y delicado cuerpo de María se había trasmutado en el de la vieja canosa y mal encarada que me atormentaba ya desde hacía algunos días. Caí desplomado, quedando con la espalda apoyada contra la pared de debajo de la ventana, sudoroso, tembloroso, desorbitado. Aunque me cueste reconocerlo, salí reptando por el pasillo hacia mi habitación incapaz de ponerme de pie y al alcance del ángulo de visión de aquel ser malévolo y dominante.

4 de julio

Me encontraba en cama, con fiebre, casi sin comer y bañado en sudor desde el desdichado episodio de finales de junio.

No entendía que sucedía, por qué me encontraba tan inapetente, sin voluntad de hacer nada, como castigado por una voluntad superior. Quizá me lo merecía por mi conducta deshonesta que intentó violar la intimidad de la habitación de una adolescente.

Los amigos me tocaban el timbre hasta casi echar la puerta abajo y me gritaban desde la calle que bajara para ir a la playa o para salir de fiesta. Yo no tenía fuerzas ni para contestar y me sentía sometido por una voluntad mucho más fuerte que la mía que me mantenía encerrado en mi habitación a pesar de mis ansias de disfrutar las esperadas vacaciones de verano.

10 de julio

Poco a poco fui recuperándome lo suficiente como para vestirme y salir a la calle. No había comido prácticamente nada en una semana y se me notaba. Me atreví a hacer una mini compra en el super con la indisimulada esperanza de no cruzarme con nadie conocido.

Notaba que la gente me miraba por la calle o quizá eran imaginaciones mías. Compré 4 cosas y volví tanteando las fachadas de los edificios hacia casa. Me encontraba en el zaguán de la escalera vaciando el buzón repleto de correspondencia atrasada cuando se abrió la puerta de la entrada. ¡Era María!

El corazón me dio un vuelco tal que pensaba que iba a salírseme por la boca e inmediatamente bajé la mirada sumiso y avergonzado. Ella iba cargada con varias bolsas del super y llamó mi atención.

─¿Qué pasa Juan?¿es qué no vas a ayudar a una chica cargada a subir la compra a casa? Es que no puedo más con este calor, vengo muertecita. ─María llevaba un pantalón tejano de esos tan cortos que la entrepierna parece que va a ceder de un momento a otro y la parte superior de un bikini. Lucía un bronceado uniforme que mostraba claramente las largas horas que su cuerpo había pasado sobre la arena de la playa.

─Sí claro, ─dije titubeante, y le ayudé a meter todas las bolsas de la compra en el ascensor.

¡Qué largo se me hizo el trayecto hasta llegar al 3º! Por fin tenía delante el objeto, o mejor dicho, el sujeto de mis más profundos deseos y ni siquiera era capaz de mirarle a la cara.

─¿Qué, cómo te va el veranito? ─preguntó ella risueña y chispeante.

Yo con la mirada pegada al suelo y mirándola de reojo y deleitándome una vez más con ese cuerpo tan bien formado, tan perfecto, tan joven.

─Bueno pues va regular. No sé qué he pillado que me ha tenido más de una semana en cama. Ahora parece que estoy mejor pero me noto raro.

¡Cómo puede ser! María está aquí hablándome y yo parezco un soberano idiota.

─Pues mira, tú lo que necesitas es salir. En dos semanas es mi cumpleaños, cumplo 18, ya ves, ¡qué ya soy mayor de edad! Venga que te invito a mi fiesta, vamos a hacer una pequeña celebración aquí en el patio central con los amigos y amigas de la comunidad, y tú estás en esa categoría, ja, ja.

Un sentimiento de gozo y alegría me iluminó el rostro y por fin fui capaz de levantar la mirada para mirarla a la cara, a su preciosa cara de chica de 18. A fin de cuentas, yo tenía 22 así que por qué no podía saltar la chispa del amor entre nosotros.

Tan sólo fui capaz de dirigirle una leve sonrisa porque inmediatamente sentí como si una mano enorme me cogiera del cogote y me hiciera bajar la cabeza hacia el suelo, muy abajo, muy abajo hasta casi ponerme a ras del suelo.

─Lo siento María, ya veremos cómo me encuentro. Si estoy mejor, intentaré ir a tu fiesta. ¡Felicidades por anticipado! ─¡qué idiota soy! ¡cómo puedo despreciar una oportunidad así!

8 de julio

 Hoy me he levantado con la sensación de haber estado toda la noche andando por ahí. Ha sido como una terrible pesadilla en la que me arrastraba caminando de rodillas y con los brazos en cruz por el centro de la calzada. Y ciertamente, tengo los brazos doloridos. ¡Ha sido una pesadilla tan vívida!

Al ir al baño, me doy cuenta de que tengo las rodillas llenas de heridas y moratones, ¡pero será posible! ¿qué me ha pasado esta noche?

En días posteriores, he seguido teniendo terribles pesadillas que parecían hacerse realidad al levantarme por las mañanas.

Un día me levanté completamente desnudo y con la lengua negra, llena de suciedad. Otro, tenía quemaduras de cigarrillo por todo el cuerpo. Y otro día, tenía las nalgas enrojecidas como si me hubieran dado una buena tanda de azotes.

Todo sucedía por las noches, entre malos sueños en los que siempre aparecía la vieja del séptimo.

16 de julio

Me he decidido a tapar con cartón la ventana que da al patio interior de la finca. Presiento que es por ahí por donde vienen todos mis problemas desde que aquel maldito día vi a María desnuda en su ventana.

Me siento desanimado y sin fuerzas. Es como si me hubieran extraído toda mi voluntad y ahora fuera un simple pelele que va por ahí como pájaro sin cabeza.

Eso es, siento que me han arrebatado mi libertad y vivo en un estado febril a expensas de una voluntad superior, la bruja del séptimo.

20 de julio

Hoy estoy decidido a averiguar que me sucede por las noches. Me he encerrado en mi habitación con un pestillo y un candado que he instalado en la puerta para tal efecto. Antes de ir a dormir, he cerrado la puerta con llave y he guardado la llave en el cajón de la mesilla.

Ni siquiera me he desvestido, y recostado en la cama me ha ido venciendo el sueño. Una terrible pesadilla esperaba sigilosa el momento de asaltar mi mente y mi espíritu. En ella, yo era conducido a casa de la vecina vieja del séptimo piso por una especie de fuerza invisible que me sujetaba por los brazos. Allí, la perversa mujer de rostro justiciero me esperaba con un hierro incandescente en la mano. Fui obligado a arrodillarme y agachar la cabeza ante la tirana majestad que ejercía la déspota mujer, y en esa humillante posición fui marcado como ganado en la zona lumbar. Sentí una terrible punzada de dolor que recorrió todo mi cuerpo y me devolvió abruptamente a la vigilia.

Me desperté sudoroso y con un terrible dolor de riñones. Casi sin darme cuenta, cogí la llave del candado que estaba en la mesilla y liberé la puerta para poder ir al baño. El dolor aguijoneaba mi espalda como un rejón de muerte. Me apoyé en el lavabo y alcé lentamente la camiseta en busca de la causa de tanto dolor.

Lo que vi me dejó hundido en la más absoluta desesperación. Me habían marcado a fuego y en mi espalda el nombre de mi propietaria, “María”.

24 de julio

Desde la terrible noche del 20 de julio no me había atrevido a levantarme de la cama. Me encontraba en un estado sudoroso y febril que empapaba mis sábanas.

Sin comer y a penas sin beber, empezaba a tener alucinaciones en las que ya no distinguía el sueño de la vigilia. La cara de la vieja dominadora danzaba alrededor de mi cabeza todo el día con una carcajada infinita que me iba reduciendo poco a poco a la nada.

De pronto escuché una algarabía y música que venían del patio interior de la comunidad. Al principio no caí en la cuenta pero de repente recordé que hoy era el cumpleaños de María al cual estaba invitado. Una sonrisa desesperada recorrió mi semblante. Si ella viera el estado en el que me encuentro, ¡por favor, ayuda!

Fue un grito silencioso que nadie oyó porque las fuerzas ya me habían abandonado hacía tiempo.

Pero yo estaba invitado a su cumpleaños y ahora sí tenía derecho a mirarla y admirar todas las curvas de su precioso cuerpo.

Me volteé sobre la cama y caí al suelo. Estaba totalmente incapacitado para ponerme de pie, así que fui reptando por el pasillo hasta llegar a la ventana que daba al patio central. Cogiéndome al alfeizar y consumiendo las pocas fuerzas que me quedaban, fui capaz de alzarme lentamente y arrancar los cartones que cegaban la ventana.

Allí estaba María, mi diosa, rodeada por todos los vecinos tan preciosa como siempre y moviendo el cuerpo al son de la música. Me quedé un momento embelesado viéndola mientras apoyaba mi vientre sobre el alfeizar de la ventana.

Por un momento, María miró hacia mi ventana insuflándome un soplo de energía vital y esperanza.

Me apresuré a levantar el brazo para saludarla, ¡María, María! Y en ese preciso instante, el peso de mi maltrecho cuerpo se venció hacia adelante y caí desde un sexto piso con una sonrisa en la boca porque al final sí que podría asistir al cumpleaños de mi preciosa María.