jueves, 24 de diciembre de 2020

La Kelly Transcendente

 


Dicen los grandes maestros que el camino hacia la iluminación está en las cosas mundanas de nuestro día a día.

Y ciertamente, cuando uno se dedica a limpiar y ordenar exteriormente, también lo hace interiormente, y me explico.

A veces, cuando nos embarcamos en lo que nos parece el gran viaje de nuestra vida en busca de la paz interior y la conexión con el cosmos, nos revestimos equivocadamente de un halo de solemnidad a la altura de la elevada meta que perseguimos. Sin embargo, ese no es el camino y el problema es que nunca lo sabremos hasta alcanzar el tan ansiado grado de sabiduría e iluminación. Precisamente, porque estamos a oscuras, necesitamos un maestro que nos guie y nos haga saber que los senderos hacia una vida plena no están adornados de oropeles y amenizados con música celestial. Los caminos de vida son aquellos humildes senderos que recorremos todos los días, casi sin darnos cuenta en piloto automático, y que por su cotidianidad parecen desprovistos del mínimo atisbo de poder transformador.

Es precisamente, cuando te dedicas a mantener la homeostasis de la vida, humildemente, sin mayores pretensiones, cuando entiendes el secreto de la plenitud. Es cuando te das cuenta de que la plenitud se construye con ladrillos tan minúsculos que resulta muy difícil extrapolar el resultado de ir colocando pacientemente aquellas minúsculas piezas.

Este comportamiento es bien conocido en los monasterios de mojes meditadores. Aquellos afortunados monjes que han sido asignados a la cocina son habitualmente los primeros en llegar a la cima del “satori”.

A base de limpiar cada fin de semana, prestando cada vez más atención a los pequeños detalles, a los pequeños rincones, y escuchando música de Julio Iglesias, yo he descubierto el camino que ensalza el valor de la vida. Son todas esas pequeñas hojitas con las que luego podremos montar el árbol, y cuantas más hojas, más frondoso. Y lo más gracioso es que esas ramitas y hojitas siempre van a estar al alcance de nuestra mano. Siempre las vamos a poder coger a pesar de la enfermedad o la desgracia. La vida siempre nos tiende la mano para seguir respirando y si ponemos el foco en eso que parece insignificante, respirar, hacer la comida, limpiar, contemplar, finalmente descubrimos que de eso se trata y lo demás son utópicas fantasías.

¡Y mira que es fácil! Y lo claro que lo tienen todos los seres vivos de la creación, pero sin embargo, el ser humano tiene la perniciosa tendencia a construirse una realidad llena de fantasías mentirosas porque el presente no le satisface. Tanta atención plena y mindfulness, y resulta que estamos todo el tiempo pidiendo explicaciones, justificaciones y argumentos para vivir. Si tuviéramos la humildad de una hormiga, alcanzaríamos la iluminación instantáneamente, sentiríamos de forma inmediata, sencilla y sin necesidad de explicaciones, la conexión con el Universo.

Nuestra capacidad de raciocinio nos da aparente ventaja a la hora de adaptarnos al medio y sobrevivir pero también presenta un reverso tenebroso y desadaptativo, es decir, sólo queremos vivir la vida que nos imaginamos como digna de ser vivida. Y ahí es cuando nos desviamos y empiezan las depresiones y la pérdida de plenitud.

Observa un perro, un gato, un árbol, y haz lo que hacen ellos. ¡Ya tienes maestro!

miércoles, 23 de diciembre de 2020

GRIS

 


Aquel día de otoño me recibió con un ambiente brumoso que sintonizaba perfectamente con mi propio estado de ánimo interior.

Al asomarme a la ventana recién levantado pude ver como la calle se desdibujaba en la pugna entre la luz del día que quería despuntar y las tinieblas de la noche que se resistían a abandonar las horas que les son vedadas.

La calle parecía contar la historia de un mundo perdido, lleno de olvido, de sonidos lejanos, de lejanía en sí mismo. La realidad clara y llana de los días soleados había dado paso a otra realidad llena de recovecos, sombras y dobleces. Una realidad ignota, que escondía muchas cosas, cosas que no querían ser vistas, quizá por su fealdad, quizá por sus oscuras intenciones. La calle se había vestido de gris, un color que no está en el arcoíris porque no pertenece a la luz pero tampoco es oscuridad.  Es el color que deja entrever, el color de las sombras, que delata las presencias sin hacerlas manifiestas.

El color gris representa la eterna pugna entre la luz y las tinieblas, es ese limbo o purgatorio que no se decanta ni a favor del bien, ni a favor del mal. Es un lugar de tránsito en el que pululan los seres decidiendo su camino hacia lo luminoso o hacia lo oscuro. Todo se permite en el color gris, es un color que no toma partido, no juzga. Quizá es el color de las ánimas antes de ser redimidas.

Aquel día de otoño todo era gris, ¿no es el otoño una estación de tránsito? La estación de las sombras que resbalan fugaces sobre las cortezas de los troncos desnudos, sobre las tapias mohosas, sobre las oscuras pátinas de los charcos de la calle.

Aquella mañana de otoño la realidad se mostraba velada, y conformaba una especie de laberinto de claroscuros que conectaba directamente con mi laberinto mental en el que me encontraba atrapado buscando desesperadamente una brizna de alegría.

Pero el otoño no está para alegrías. El otoño sólo nos puede brindar su decadencia protectora que no exige más, que se conforma y que acepta infinitamente el transcurrir del tiempo hacia el inexorable final. ¡Me reconforta!

De hecho, es mi estación favorita, tan humilde, tan dócil, sin mayores pretensiones que la de apagarse, extinguirse, oscurecerse definitivamente.

En definitiva, el gris es un color de dos caras, empiezas viendo una para terminar viendo la otra, estás obligado a caminar, a removerte, a pasar por la puerta del gris.

Así que, el color gris es una puerta. ¿Qué hay tras ella? Eso ya depende de ti.

sábado, 7 de noviembre de 2020

El valor de las cosas y la economía de mercado

 


Yo estaba equivocado y pensaba que las cosas, todos los objetos, tienen un valor objetivo intrínseco. Y, de hecho, yo pensaba que el mercado habitualmente pervertía el valor “real” de las cosas, adulterándolo e inflándolo de forma artificial en una especie de farsa teatral que por desgracia tenía unos efectos nada teatrales, sino muy reales, sobre las personas.

Pero es que resulta que, al igual que el bien y el mal son conceptos totalmente subjetivos, el valor de las cosas materiales también es totalmente subjetivo, es decir, no depende del objeto en sí, sino del sujeto que posee, compra o vende ese bien material. Lo explicaré con un ejemplo gráfico que despejará todas las dudas. Vamos a intentar ponerle precio a un “vaso de agua”. Si nos encontramos en el desierto y vamos muy escasos de agua durante un mes, ¿qué vale un vaso de agua? Pues quizá pagaríamos un millón de euros por ese vaso. Y, sin embargo, si estamos cómodamente instalados en nuestro hogar y estamos bien alimentados e hidratados, ¿qué vale un vaso de agua? Pues posiblemente nada. Por tanto, queda claro que el vaso de agua no tiene un valor intrínseco sino que es la necesidad la que le pone el precio.

Ahora que tenemos claro que las cosas tienen un valor subjetivo, podemos avanzar hacia el siguiente peldaño de razonamiento. ¿Qué determina entonces el valor, el precio, de las cosas? Pues la respuesta que ya asomaba en el párrafo anterior y que ahora hago explícita es la “ley de la oferta y la demanda”. Es decir, es el mercado con su dinámica natural el encargado de adjudicar un determinado valor a las cosas. Y por supuesto, el mercado se da cuenta de que para conseguir un buen precio tiene que trabajar sobre las mentes de los sujetos, ya que el valor de las cosas es subjetivo, como hemos dicho. Y ahí, es cuando entra de pleno, el marketing, la propaganda, la publicidad que es un elemento central en el funcionamiento de la dinámica del mercado.

Llegados a este punto, creo que es el momento de reconciliarnos con esta parte del mercado que siempre ha tenido muy mala presa. El marketing, la publicidad siempre han sido considerados como un engaño, como las artimañas que usa el embaucador para colocarnos un determinado producto que quizá ni necesitemos en realidad. Sin embargo, el marketing no es más que el instrumento que tiene el mercado para ajustar el balance oferta-demanda y, por tanto, poner un precio a una determinada cosa. A veces, la propia realidad ya hace la mayor parte del trabajo en la determinación del equilibrio oferta-demanda. Por ejemplo, si construyo una fuente en el desierto está claro que habrá mucha más demanda que oferta y, por tanto, el agua que mane de esa fuente será necesariamente cara. Pero en otras ocasiones, es necesario “vender” el producto, es decir, explicar porque un posible comprador debería comprarlo en base a sus maravillosas características que quizá no son visibles a simple vista.

Una vez comprendido esto, podemos empezar a dejar de odiar el comercio y cosas como la bolsa o los empresarios que se hacen ricos vendiendo algo que la gente realmente necesita.

Hasta el momento, básicamente he explicado el funcionamiento del mercado desde un punto de vista liberal, es decir, sin coartar la libertad de las personas que acuden al mercado, sin intervenir el mercado. Sin embargo, llegados a este punto me sale la pizca socialdemócrata que tengo y pienso que hay determinados objetos que sí deberían tener un precio regulado por ser necesidades esenciales. Es decir, que para mí, un gobierno estaría autorizado a sacar del juego del mercado determinadas cosas que sus paisanos necesitan para vivir. Y aquí, empieza el problema serio, el determinar que es esencial para vivir. Algunos podrían decir que cosas esenciales para vivir son el pan como alimento básico representativo, la educación, la sanidad, la vivienda. Sin embargo, otros dirán ¿la vivienda, qué vivienda? ¿Es correcto que un gobierno fije el precio de la vivienda en venta o en alquiler? Me parece un exceso, sólo sería aceptable, en mi opinión, regular una parte del mercado con un tipo de viviendas muy concretas destinadas a un tipo de personas muy concretas. En definitiva, cuando empezamos a tocar el mercado estamos jugando con fuego y la delicada línea que protege el buen funcionamiento del mercado y, por tanto, de la economía.

¿Y si analizamos el precio de la sanidad? Vamos a entrar someramente en la siempre escabrosa intersección entre el mercado y la salud. Las empresas farmacéuticas producen cosas llamadas fármacos que de nuevo tienen un valor subjetivo. ¿Qué vale un fármaco eficaz contra la psoriasis para una persona que padezca esta enfermedad en grado severo? Sin lugar a dudas, tiene mucho valor. Pero para una persona que no padezca psoriasis y nunca la vaya a padecer, ese mismo fármaco no vale nada. O sea, que los fármacos también tienen un valor subjetivo sujeto, por tanto, a la acción del marketing. Ahora la pregunta que podemos hacernos es ¿cuánta cantidad de marketing necesita una determinada compañía farmacéutica para existir? En este sentido, yo distingo dos tipos de empresas, dos modos de obtener beneficios económicos basados en la salud. Están las empresas que creen en la investigación científica y buscan fármacos que mejoren la vida de las personas sin olvidar que su motivación siempre será lucrativa. Y están las empresas con un perfil de I+D bajo, es decir, no muy convencidas de la creación científica de valor. En este caso, el departamento de I+D es más bien un adjunto al departamento de Marketing, es decir, aquellos científicos son necesarios no para producir fármacos que curen enfermedades sino para propiciar una buena reputación que indudablemente aumentará el valor de la empresa. Bueno, como hemos visto, todo encaja en la dinámica mercantil siempre que esos científicos tengan claro que su trabajo es mera propaganda.

Después de estas dos incursiones en terreno minado, vivienda y salud, creo que voy a retirarme prudentemente al rincón de pensar durante un ratito como penitencia.

domingo, 20 de septiembre de 2020

2020: CAMBIO DE CICLO HISTÓRICO

 


Todos aceptamos que el siglo XXI comenzó con la caída de las Torres Gemelas de Nueva York, ese hecho iba a marcar una forma de vivir y relacionarnos que a fin de cuentas sería el emblema de un nuevo siglo.

Quizá a estas alturas, todavía hay personas que, haciendo un alarde superlativo de falta de perspectiva y mirada de corto alcance, piensan que vamos a superar esta pandemia y todo volverá a ser como antes. Parece que la venda de la cotidianidad les nubla la mirada y no son capaces de ver más allá del siguiente partido de liga, de la siguiente quedada con amigos, el curro, o el próximo destino vacacional. Y por supuesto que superaremos la pandemia y el coronavirus quedará atrás pero el impacto y el salto evolutivo que ha producido y está produciendo el bichito perdurará. Ha aparecido para quedarse y para volver a imprimir el marchamo de un nuevo ciclo histórico. Quien no lo quiera ver es porque no levanta la mirada del suelo.

Sin pretender ejercer de iluminado, si me gustaría plasmar aquí algunas reflexiones que me saltan a la vista en este 2020. Nada más ponerme a escribir, me doy cuenta de que reflejar las implicaciones de la COVID19 en una entrada de mi blog es claramente un objetivo tan ambicioso como inabarcable. Aun así, daré unas pinceladas que me permitan esbozar las preocupaciones y desvelos que bullen dentro de mí.

Con la intención de empezar a construir un armazón estructural que soporte las ideas que aquí quiero plasmar, voy a dividir las implicaciones en 2 tipos: las individuales y las sociales.

Implicaciones individuales.

 - La primera ha sido impuesta por la amenaza sanitaria de la pandemia, así como un bofetón con la mano abierta y sin anestesia. Se trata del distanciamiento físico, que no social. El contacto físico, la presencia de tus congéneres rodeándote, el cara a cara, el roce, la palmada, el chorro de voz espetado en la cara, las palabras gruesas, el lenguaje no verbal, la sonrisa, todo esto se ha convertido en un lujo que las personas del siglo XXI no pueden permitirse. Ya nos podemos ir olvidando de la atención presencial al público, es decir, de la compra en el pequeño comercio, de ese gestor del banco que “vela” por tus ahorros y acabas sintiéndolo casi como un amigo que te da buenos consejos, de la voz humana al otro lado del teléfono cuando reportamos una avería o del médico de familia, toda una institución, que acompaña a las familias en sus problemas de salud. Esto quizá para los japoneses sea más llevadero, pero a los habitantes del Mediterráneo o más ampliamente a los habitantes del Sur nos revienta directamente la línea de flotación. Nosotros somos personas que amasamos nuestro discurso junto con las emociones que sentimos de manera que nuestra comunicación necesita de algo más que palabras para poder transmitir lo que sentimos. Si os habéis fijado cuando entablamos conversación en la calle con las mascarillas puestas y el distanciamiento parece que hablemos por Skype, parece que lo que tengamos delante sea una imagen de la persona y no la persona misma. Pues señores, esto es lo que hay, se acabaron las intersecciones de las esferas personales y los cuerpos vibrando al unísono.

Teletrabajo. Esto es algo que las empresas jóvenes y dinámicas como las startups veían como un alivio al no tener que soportar el peso de unas infraestructuras capaces de alojar a todos los trabajadores pero que, por otro lado, las empresas grandes, consolidadas y sobre todo en manos en empresarios de la vieja escuela veían con mucho recelo. Para estos empresarios carcas, que son los que por cierto mueven toda la pasta del país, se aplica en toda su rotundidad la conocida expresión “el ojo del amo engorda el caballo” y ven eso del teletrabajo como una manera estupenda para que el trabajador se escaquee. Sin embargo, esta pandemia ha acelerado el cambio que posiblemente se hubiera producido al cesar en sus cargos esa generación de empresarios viejos y les ha obligado a ir acostumbrándose por narices a dejar lo del relojito de fichar y a trabajar por objetivos, ¡qué los trabajadores de oficina no están en una cadena de producción de tornillos, por favor!

La vuelta al entorno rural. Y por otro lado, una de las maravillosas consecuencias de la posibilidad de teletrabajar es el retorno a la España vaciada, al contacto con la naturaleza abandonando el apiñamiento insano y contaminante de las grandes ciudades. Señores qué en España tenemos miles de Km2 llenos de Naturaleza y de vida para poder respirar un aire de calidad y comer sano con productos de km 0. Esto es una delicia, puedes elegir mar o montaña y criar a tus hijos en un entorno seguro y saludable sin transformarte en un Robinson Crusoe, es decir, en contacto con el pulso del mundo.

Sentimiento de solidaridad. Otro de los efectos que debería haber producido esta pandemia es el crecimiento de la empatía y la solidaridad. Sólo las mentes cafres, mejor no doy ejemplos, no se dan cuenta de que ante los problemas importantes todos somos iguales. Por ejemplo, esta pandemia no entiende de fronteras, ni de estatus sociales, ni de comunidades autónomas, ni de países y paisitos, ni de soluciones locales. Esta pandemia, como todos los problemas globales que nos afectan, requieren de una verdadera globalización del entendimiento. Basta ya del espectáculo lamentable de la OMS, de la UE, de USA, Rusia, China, etc… Necesitamos soluciones supranacionales, que serán tomadas por organizaciones legales o poderes ocultos supranacionales, se acabó lo de las fronteritas y yo en mi casita hago lo que quiero. Esta visión es únicamente propia de cobardes proteccionistas, individualistas y sobre todo muy egoístas.

Valoración de la salud por encima del estatus económico. Siempre hemos dicho que la salud es más importante que el dinero, pero creo que esta pandemia nos ha recordado que eso es justamente así. Por tanto, se ha producido un recalibrado de la escala de valores. Ya no se trata de trabajar sin parar para tener el mayor dinero posible y comprar muchas cosas para regocijarnos en el hedonismo como única recompensa vital. Ahora, valoramos más el estar sanos, el estar vivos y el tener la oportunidad de hacer lo que se hace cuando uno está bien de salud y vive en plenitud.

Implicaciones sociales.

Desplazamiento del foco de poder hacía organizaciones supranacionales, privadas o públicas, visibles u ocultas. Aquellos que todavía a estas horas se preguntan qué nación saldrá victoriosa de esta crisis es que no entienden nada, desde mi punto de vista. Señores, se acabaron los paisitos y los paisotes. Los que mueven los hilos actualmente ya no son los países, sino organizaciones con más poder que los países que, por tanto, gozan de bastante impunidad ya que su ámbito de actuación supera las fronteras y las jurisdicciones delimitadas por esas fronteras y que se lo están llevando crudo: Soros, Bill Gates, Bildelberg y otros muchos lobos disfrazados de corderitos. Son magos de la propaganda que usan el maravilloso instrumento de las redes sociales para generar estados de opinión y espejismos democráticos para ir conduciendo al rebaño mundial hacia los corrales de su gusto. Y en el epígrafe de las redes sociales meto también a los medios de comunicación, totalmente apesebrados y con la rodilla hincada, incapaces de denunciar nada, no sea que les cierren el chiringuito. El periodismo tiene que ser disidente porque si no ya no es periodismo, son sólo relaciones públicas, y la frase no es mía sino de Orwell, autor de la novela distópica 1984.

Siglo XXI, el siglo de la ética. El siglo XXI está lleno de grandes retos, avances tecnológicos y desafíos morales que van a necesitar una respuesta ética universal y humanista. Estoy hablando, por tanto, de un salto evolutivo en la conciencia de la humanidad. Desde mi punto de vista, hay que dar carpetazo ya a esta crisis de paradigma, de ideas, de ideología que ha caracterizado a la postmodenidad y entrar en una nueva etapa de la conciencia humana que ponga los pilares sobre los que se desarrollará la civilización de mañana próximo. Hay que levantar la vista de la televisión, del partido de fútbol de turno, de las pantallitas de los móviles y videoconsolas de juegos y pensar un poco como queremos que sea nuestro futuro. Está claro que para hacer este cambio se requieren grandes líderes de pensamiento y que sus ideas puedan ser traducidas en términos políticos y sociales que nos lleven a otros modelos de sociedad. El comunismo ya colapsó en el siglo XX pero ahora estamos viendo como el capitalismo también colapsa. Qué mierda de sociedad capitalista tenemos que los jóvenes no pueden ni comprarse un piso, ni alquilarlo por muy preparados que estén, es decir, no tienen futuro. Qué mierda de sociedad tenemos si nos dicen que el ejemplo a seguir son los chinos que son muy competitivos porque no paran de trabajar nunca bajo un régimen dictatorial. Qué mierda de sociedad tenemos cuando la sociedad se ha fracturado en 2 grupos separados por un abismo, los muy pobres y los muy ricos. Me parece que el capitalismo empieza a dar grandes resbalones.

Y si como he dicho los estados-nación van perdiendo fuelle en esta nueva etapa, yo creo que el peso del desarrollo vital debe caer en manos del individuo. Todos de manera individual deberíamos ser responsables de nuestra educación, de nuestro autoconocimiento, de nuestro respeto por el entorno, de nuestra salud. Sí, estoy hablando de libertad individual, de no dejar que otros piensen por nosotros, de tener cuidado con las palabras aduladoras que tanto nos gustan para calmar nuestro sesgo de confirmación. En definitiva, de transformarnos en libre-pensadores.

Bueno, llegados a este punto, me doy cuenta del inmenso pantano en el que me he metido y que supera con muy mucho las humildes aspiraciones de este blog. Esto da para escribir no un libro sino muchos libros que doy por seguro, serán escritos cuando se analice la pandemia de la COVID19 y como cambió el siglo XXI desde entonces.

¡Tenemos trabajo como sociedad, señores!

viernes, 28 de agosto de 2020

Aceptando el fin

 


Ahora, que alcanzo el fin de las vacaciones de verano y vuelvo a sentir esa sensación agridulce de transición hacia un nuevo estado vital y mental, me doy cuenta que la vida está llena de principios y fines.

Los principios son en sí mismo, por definición, esperanzadores. Comenzamos a caminar por un nuevo camino con la esperanza de alcanzar un futuro mejor, un estado mejor. Por tanto, los principios son siempre motivadores y llenos de ilusión. ¡Vamos!, a no ser que sea el principio de una estancia en la cárcel o una misión de guerra.

Sin embargo, todo principio lleva ineludiblemente asociado un final y a los humanos no nos gustan los finales. No nos gusta que se terminen las cosas, en el sentido de que algo que atesorábamos se ha acabado. Puede ser desde el bote de Cola-Cao, el gel de baño, el dinero de nuestra cuenta bancaria o nuestro tiempo. Quizá los “fines” materiales son más llevaderos, sobre todo en esta sociedad de consumo basada en el “usar y tirar”. Siempre podemos reemplazar el objeto terminado por otro, siempre podemos cambiar el frigorífico cuando llega al final de su vida útil o el coche, es decir, la ilusión por estrenar algo nuevo tapa rápidamente el disgusto que nos produce que algo se termine. Por supuesto, esta apreciación está muy ligada al poder adquisitivo y aquellas personas que viven en la pobreza no superan tan fácilmente las pérdidas materiales.

Pero, a todo esto, hay una pérdida que no se puede reparar y que, por tanto, es la más dolorosa. Es una pérdida que no se arregla con dinero, que nos afecta a todos por igual y que aterroriza tremendamente a todos los seres humanos. Se trata del consumo del tiempo. Cada vez que termina un periodo, una época, un ciclo, nos damos cuenta de la finitud de nuestro bien más preciado, la vida. Cuando se acaba la fiesta, las vacaciones o el curso que estábamos haciendo, nos ponemos muy nerviosos y rápidamente repasamos si el tiempo consumido ha sido bien aprovechado. Nos es imposible evitar echar la mirada atrás para ver si nuestro bien más preciado, el tiempo, ha sido bien aprovechado, bien disfrutado, bien exprimido. Y este comportamiento es totalmente normal ya que refleja nuestra certeza de que nuestro tiempo en la vida es limitado, puede ser más o menos largo, pero siempre insuficiente.

Yo creo que la mayoría de nosotros queremos dejar nuestra huella en la Tierra, queremos que el Universo se entere de que hemos estado aquí, aunque sean pequeñas cosas, como ayudar a un anciano a cruzar la calle o grandes cosas, como descubrir una vacuna que salve muchas vidas. Y cuando uno de nuestros ciclos vitales se termina, siempre tenemos la duda, como una mosca tras la oreja, de haber aprovechado bien el tiempo consumido, y sentimos la desagradable sensación de que nuestra capacidad de impacto en el mundo se va reduciendo poco a poco.  Entonces, hacemos de tripas corazón, y aceptamos un nuevo principio como único consuelo para la irreparable pérdida que acabamos de sufrir, ese tiempo que se acaba de escapar con más o menos fortuna.

Como si fuera el castigo de Sísifo, estamos condenados a aceptar el fin una y otra vez, en una especie de ensayo constante, repetitivo, que nos prepara para aceptar el gran fin, “la muerte”. Ese es el ciclo vital más grande que puedo imaginar para un ser humano, nacimiento-muerte. Curiosamente, nuestro más amplio ciclo vital funciona como todos los otros pequeños ciclos que hemos vivido a lo largo de la vida. Cuando nos acercamos a la senectud, también echamos la vista atrás y repasamos si hemos aprovechado la vida que se nos dio, y con más o menos satisfacción, vamos poco a poco aceptando que se aproxima algo más terminal que el fin de las vacaciones.

sábado, 18 de julio de 2020

Perdiendo la inocencia



Mi hija Helena de 11 años, nos confesó que hacía 2 que ya sabía que los Reyes eran los padres. Todos nos quedamos muy entristecidos al constatar que ella había salido de ese mundo fantástico en el que todo es posible, como por ejemplo que te toque la lotería todos los años por Navidad.
Por supuesto el castillo de naipes se derrumbó por completo y de un plumazo desaparecieron el ratoncito Pérez, Papá Noel, el Tió y todas las demás fantasías folclóricas con las que decoramos la infancia de los niños.
No tengo ninguna formación psicológica, pero si tengo ojos, y he observado que en esta edad los niños suelen presentar una especie de pre-adolescencia, de rebeldía contra las leyes del mundo.
Y no es porque se enteren de que los Reyes son los papás sino porque se enteran, ya un poquito en serio, de que es eso de la muerte. Por vez primera perciben a esta edad la verdadera amenaza que van a tener que sobrellevar el resto de su vida, la espada de Damocles que pende sobre sus cabezas, la posibilidad de morir, de dejar de existir. Es decir, que la existencia se entera de que no es infinita, de que sólo ha sido prestada por un tiempo no desvelado.
De eso va la vida, esas son las reglas del juego, o lo tomas o lo dejas. Los niños pierden en ese momento la inocencia, pero al mismo tiempo, la vida les exige una inocencia incluso superior rayando la inconsciencia: si quieres vivir en plenitud, debes olvidar la amenaza que te ha sido revelada, es decir, debes vivir como si la muerte no existiera. Porque al igual que no tenemos ni voz ni voto cuando nacemos, tampoco tenemos ni voz ni voto ante la muerte. Es algo que no nos incumbe y que no debería alterar nuestra forma de ver la vida.
Lo vemos en los animales, que fácil parece en ellos. Simplemente viven, sin más razón que esa, explotar el don que la Naturaleza les ha concedido, sin objetivos, sin metas, sin planes de futuro, sin remordimientos pasados. Todos los seres vivos del planeta Tierra excepto los humanos aceptan la vida tal como viene, y por tanto, la viven en plenitud.
Sin embargo, en el ser humano aparece la angustia existencial, el ser humano necesita encontrar un motivo, una razón de su existencia y a partir de ese momento es cuando todo se va al garete. Esa es la gran cara y la gran cruz del ser humano, el preguntarnos para qué sirve vivir y hacerlo con la mente pequeña, la misma que se pregunta para que sirve un lápiz o una silla.
En ese momento, nos transformamos en seres temerosos que no sólo temen las amenazas reales del entorno. Lo que más tememos es el sinsentido, la inutilidad, la insignificancia de nuestras vidas. No lo podemos soportar e inventamos mil y un vericuetos para apaciguar nuestra angustia existencial: que si vamos al cielo, que si existe la vida después de la muerte, que si el destino se rige por un plan maestro pergeñado por una mente superior, que si lo destinos del Señor son inescrutables. Todo menos aceptar la NADA. El olvido, la sinrazón, el sinsentido son insoportables. Cuando te metes en ese laberinto es difícil salir.
Hay otros que prefieren no pensar demasiado como vacuna contra la melancolía, pero suelen caer en el hedonismo, “mientras sienta placer, lo más inmediato posible, ya me vale la pena vivir” Esta solución puede funcionar durante un tiempo, pero irremediablemente la Parca irá extendiendo su mano y apretando sin clemencia nuestro cuello al tiempo que el placer simplemente se esfuma.
Así que, ya tenemos planteado el problema: alcanzar la plenitud, explotar todas las experiencias que nos ofrece la vida en cada instante, sentir que estamos completamente vivos, dejarnos llevar, desgastarnos viviendo, celebrar íntimamente el gozo de sentir y hacerlo sin tomar precauciones “mentales”, obviando un fin incierto que nos acecha detrás de cada esquina.
Si supiéramos la fecha de nuestra muerte, quizá muchos viviríamos de otra manera, quizá no nos esforzaríamos demasiado si sabemos que vamos a vivir poco, quizá buscaríamos actividades más edificantes e intensas ante la perspectiva de una vida corta. Pero si vives intensamente, con ganas, ¿no os parece que la vida es siempre demasiado corta, aunque vivas 100 años?
El ser humano no quiere morirse, si tiene una calidad de vida razonable. Yo he visto a mis familiares envejecer y notar cómo buscaban consuelo, cómo pensaban más en el fin, algunos se hacían más creyentes, otros con 80 años mostraban gran preocupación por un dolor aquí o allá, pero todos incluían la variable muerte en la ecuación de sus vidas. El miedo a la muerte estaba cada vez más presente en su devenir diario.
Y, sin embargo, en mi caso, a medida que voy sumando años parece que me descargo de ese miedo a morir. Cómo si al aproximarme poco a poco a ese evento natural, fuera eso, más natural, menos traumático. ¡Pero que nadie se asuste! Que todavía tengo muchísimas cosas por hacer y espero que el destino me dé la oportunidad de completarlas.
Para mí, lo importante es conseguir vivir en plenitud, saborear cada instante y dejarse de grandes líneas maestras y grandes metas imaginarias. Si consigues situar el placer en el vivir cada instante y no dejas entrar en tu mente al maldito Pepito Grillo psicopompo, has llegado a la aceptación natural de la vida y la gozosa integración con ella. Para mí, ¡ese es el objetivo!
Perdonad porque esto ha sido un borbotón, el reflejo de un estado de ánimo que ha sido plasmado sin mucha reflexión. Simplemente, necesitaba escribirlo.

domingo, 5 de julio de 2020

NOCHE DE JULIO


Fresca estaba la noche
gracias a las lluvias de la mañana.
Fresca estaba la noche
como un oasis en el calendario.
Fresca estaba la noche
y de mi piel, la brisa robó las perlas.
Fresca estaba la noche
y Morfeo borracho de alegría.
Fresca estaba la noche
y el colchón recibió caricias, no codazos.
Fresca estaba la noche
y bajé al sótano de mi mente.
Fresca estaba la noche
y no quise despertar...
Pero aunque fresca estaba la noche,
huyó con el sol de la mañana.