domingo, 5 de abril de 2020

Lo que no me mata me hace más noble



Coincido contigo Lluís y yo creo que en mi entrada vengo a decir que nuestra altura ética está muy por debajo de lo que sería deseable para enfrentar los grandes problemas que asolan o acechan a la raza humana. El hecho, triste y constatado, de estar viviendo una época de crisis, de ausencia de ideales, hace que los seres humanos nos movamos como peonzas borrachas que solo buscan satisfacer sus necesidades más carnales y banales. Luchamos con un heroísmo inefable, intentamos dominar una pandemia mortífera, gastamos miles de millones de euros, sacudimos la vida humana en todo el planeta aparentemente por poder volver a tomarnos una caña con el amigo, ir al chiringuito de la playa en verano, ir al cine, o seguir consumiendo la droga materialista que nos satisface los fines de semana. Y yo me pregunto, ¿vale la pena toda esta lucha titánica sólo por recuperar eso? ¿El hostión no es suficiente para pararnos a pensar un poquito y reflexionar si realmente queremos volver a lo de antes del COVID19? ¿Vamos a dejar pasar esta crisis sin obtener ninguna lección de vida? ¿Sin dar un paso hacía un nivel tan solo un poco más elevado? Cuando todo esto pase, ¿ya no recordaremos la solidaridad que ha surgido en nuestras calles durante estos días de zozobra?, ¿no recordaremos los aplausos a los sanitarios y a todos los profesionales que han continuado trabajando para que el país no colapse?, ¿no recordaremos que cuando vienen mal dadas, el Barça-Madrid es una pura anécdota sin importancia? O sea, ¿me queréis decir que todo este coste en vidas humanas, en familias sin ingresos, en destrucción de la sociedad del bienestar, no va a tener ninguna lectura enriquecedora que nos haga ser un poquito mejores? Pues francamente, ¡qué desilusión! ¿Qué necesitamos para salir de esta etapa desalmada y entrar en el siguiente escalón espiritual humano?, ¿la tercera guerra mundial?
Me niego a creer que situaciones como esta no sirvan mínimamente de acicate para replantearnos si es esto lo que queremos en la vida. No digo que se produzca una transformación radical post coronavirus pero sí que esta sea una piedra más en la construcción de un nuevo orden social.
El atentado de las Torres Gemelas y el yihadismo, la crisis financiera del 2008, la crisis sanitaria del COVID-19, el desarrollo imparable de la tecnología, el innegable impacto del ser humano en el entorno natural del planeta, son los ladrillos para la construcción de una nueva humanidad, que necesariamente ha de ser mejor porque si no lo es, el resultado de la ecuación es sencillo: ¡EXTINCIÓN!
La historia ha demostrado que quizá somos la especie con mayor capacidad de adaptación al medio que existe sobre el planeta Tierra, por tanto, por qué he de pensar que ahora no es así. Y por eso creo que en la segunda mitad del S. XXI, nuestros hijos verán el advenimiento de un nuevo ordenamiento social y abandonaremos ya, por fin, esta etapa individualista, sin ideales colectivos, en la que el ser humano se levanta por las mañanas con el único fin de cubrir sus insignificantes necesidades orgánicas y orgásmicas.

sábado, 4 de abril de 2020

Virus, moral, reflexiones y miedos



Supongo que muchos ya os habréis dado cuenta de que no estamos en una época de cambios sino en un cambio de época. ¿Y por qué hablo de un antes y un después de esta pandemia que nos asola? Pues porque el COVID19 nos está obligando a tomar muchas decisiones éticas y muchas más que nos están esperando en el futuro inmediato.
El coronavirus nos enfrenta a la tesitura de decidir cuánto vale la vida de una persona. Tu vida se deprecia con la edad. Eso ya lo sabíamos pero ahora ya es oficial, “¡España está aplicando la eutanasia pasiva!” Si tienes más de 70 años, los médicos no te entuban, así que no ha hecho falta aprobar ninguna ley de eutanasia en el Parlamento, ya la estamos aplicando y me hará mucha gracia si cuando por fin se debata esta ley en las cortes, se levantan las voces puritanas  diciendo que el ser humano no tiene la potestad de decidir entre la vida y la muerte cuando el COVID19 nos ha enseñado que sí, que sí podemos decidir quién vive y quién muere.
A una parte de los humanos, el mundo anglosajón nos parece a veces descarnado, tanto tienes, tanto vales, y de nuevo el impacto de esta plaga nos hace ver que los tiros van por ahí, vamos, que tienen razón. Desde la órbita del gobierno británico no tienen empacho en confesar sin ningún pudor que su gobierno actúa sólo cuando el coste para salvar una vida es inferior a unos 10.000 euros. Si miramos la otra cara de la moneda del mundo anglosajón, la que está al otro lado del Atlántico, sabemos que USA tiene una tradición individualista que se encuentra muy lejos del contrato social europeo. Ante el COVID19 es posible que allí se tomen las primeras decisiones de profundo calado ético y que dividirán fuertemente a la humanidad.
El problema es que nuestra capacidad ética no es proporcional a los retos que tenemos que resolver. El 99% de las acciones humanas nacen del miedo y la indiferencia es una respuesta camuflada del miedo. Cuando todo el mundo intenta salvar su culo, léase el gitaneo con los respiradores, es un síntoma claro de hundimiento. Otro ejemplo, el uso de la propaganda del que está siendo pasto la tasa de mortalidad por el COVID19. Alemania, al más puro estilo Goebbels, quiere que el virus vuelva a llamarse “gripe española” para luego decir que no está de acuerdo en establecer un plan de choque económico comunitario porque la crisis sanitaria es cosa de los países del sur. Comportamiento que para mí no dice mucho sobre la supervivencia futura de la Unión Europea.
Para vislumbrar la magnitud del cambio, sólo pensad que el confinamiento actual alivia el ritmo de contagios pero cuando se levante, no impedirá que te tengas que enfrentar al virus, tú como persona en un duelo a vida o muerte alejado de las estadísticas. Convivir con la incertidumbre es la esencia de la vida pero muchos no lo saben. COVID19 nos lo recuerda y eso seguirá martilleando nuestros cerebros y nuestra economía durante largo tiempo, ¿veis el poder transformador de esta crisis?
Y si hay un cambio es porque algo no funciona y un nuevo modelo va a emerger. Después de la II Guerra Mundial, el capitalismo-liberal podemos decir que se ha impuesto en todo el mundo, ¡si hasta las dictaduras comunistas como China lo han adoptado! Pero este sistema tiene sombras que han ido minando su sostenibilidad en el tiempo. El capitalismo legitima la exacerbación del deseo sin freno y nuestra depredación del planeta. Y desde que el mercado se hizo global, planetario, esta globalización es la manera de barrer la ética de nuestra casa y meterla debajo de la alfombra de otros países más necesitados. Ahí están los envíos masivos de plásticos residuales a India, o incluso China, ahí está la explotación infantil, ahí están la guerras “inhumanas” por el control de los cada vez más escasos recursos naturales…
El siglo XXI no va a ser un siglo de guerras entre izquierda y derecha, entérese señor Pablo Iglesias de que su discurso ya hace mucho que caducó, va a ser un siglo de confrontación entre generaciones de jóvenes y viejos y de la definición de la relación humano-máquina. Esta crisis lo hace evidente, estamos usando las máquinas para superarla pero también las máquinas nos están usando a nosotros para configurar las características de una nueva realidad. Si no sabes cómo funciona el Skype, el Zoom, el trabajar en remoto, etc… estás muerto, lo siento.
Así que, ¡es hora de reflexionar! ¡Por fin hemos podido parar! Bajarnos del tren en una estación y ver a dónde nos dirigíamos. Quien no aproveche esta oportunidad para reflexionar si el camino que llevaba en la vida era el deseado, es gilipollas porque no se volverá presentar una ocasión igual.
Yo miro a mis hijas y veo que todavía no tienen la capacidad de entender que está pasando, y sin embargo, ellas y su generación tendrán la responsabilidad de poner las bases éticas de la vida humana en la segunda mitad del S. XXI.
¡El mundo es de las Gretas, las Saras y las Helenas…!

domingo, 15 de marzo de 2020

Virus



Seguro que estos días muchos os habéis preguntado por qué existen los virus en la naturaleza. Yo lo he hecho y en una primera impresión he pensado ¿por qué la naturaleza permite la existencia de organismos dañinos?
Desde un punto de vista humano, todos tenemos en mente la benevolencia de la madre naturaleza, que es siempre buena con todas las criaturas que viven y cohabitan en el planeta Tierra. Pero vamos a desprendernos de ese punto de vista humano, a ver qué pasa.
Para empezar los virus no son seres vivos ya que no pueden reproducirse por sí solos, son una especie de maquinario biológico, de experimento de la naturaleza que quedó por terminar o quizá más bien el resultado de la evolución de algún tipo de célula u orgánulo. Entonces cuando nos despojamos de este punto de vista humano, vemos que la naturaleza y la evolución no van necesariamente a favor de obra, entendiendo la obra como la causa humana.
El driver evolutivo engloba el ecosistema terrestre al completo, es decir, la vida busca perpetuarse en el planeta manteniendo siempre el equilibrio entre las distintas especies y autoregulándose en función de los recursos existentes y siempre a través de la interrelación entre todas las piezas biológicas.
Ahora que ya nos hemos despojado de nuestra visión narcisista tan humana, nos damos cuenta de cómo estos días en los que la especie humana está siendo azotada por el COVID19, el planeta está respirando, la atmósfera se está recuperando y Gaia está buscando el equilibrio. Cuando los científicos liberen y analicen la enorme cantidad de datos que seguro se están recopilando acerca de la atmósfera, la temperatura en superficie, etc… comprenderemos como COVID19 no es más que un mecanismo de regulación. Y aunque parece un mecanismo de regulación indiscriminado, podría llegar casi a mostrar signos de inteligencia con la eliminación de determinados humanos concretos (con nombres y apellidos) que acumulan mucho poder y le hacen mucho daño a la vida en el planeta.
Reflexionad un momento, ¿a quién afectan los virus? ¿al lince ibérico? ¿a los koalas? o ¿afectan más bien a las especies que se han desmadrado y están empezando a romper el equilibrio del ecosistema global? Ahí tenéis la respuesta, la naturaleza usa estas cadenas de ADN, los virus, como herramientas de control, para asegurar que la vida en el planeta tiene las máximas posibilidades de perpetuarse.
Esto me lleva a la siguiente reflexión obvia. La raza humana se mueve en la actualidad en unos parámetros que no favorecen la vida en el planeta, está expoliando insolidariamente todos los recursos y está llevando al ecosistema global hacia el colapso. Ahora estamos poniendo toda nuestra inteligencia y todas nuestras capacidades para protegernos como especie y seguramente venceremos al COVID19 pero eso será para la Tierra una mala noticia, le habrá fallado su mecanismo de control y la especie sobredimensionada seguirá depredando el planeta hasta llevarlo a su colapso. Aún así, Gaia lo intentará más veces, intentará libarse de nosotros o al menos tenernos controlados por todos los medios. Incluso puede que pida ayuda al Universo y el cataclismo humano se produzca por causas externas a la Tierra.
Yo soy humano y por tanto quiero vivir. Así que mi deseo es superar esta crisis sanitaria, y todas las que vengan en el futuro e incluso ser capaz de dar el salto a otro planeta para seguir creando ecosistemas de los que formemos parte. También sé que cuanto más enfademos a Gaia, más intentará librarse de nosotros y favorecer que otras especies más cooperativas y benévolas para el ecosistema proliferen en la Tierra.
¡Perdónanos Gaia una vez más y líbranos del COVID19! Quizá las generaciones milenarias sean más consideradas con el hábitat que nos ofreces.

sábado, 14 de marzo de 2020

Papel Higiénico



Desde que la especie homo es hombre, siempre ha sentido la necesidad de expresarse sobre soportes sólidos para transmitir información “en diferido”, es decir, cuando el receptor no está presente en el momento en el que se produce el mensaje. Ejemplos que ilustran este sentimiento irrefrenable los encontramos ya desde el paleolítico, edad en la que ni siquiera éramos sedentarios, como en nuestras queridas y espectaculares cuevas de Altamira.
Conceptualmente se produjo un gran avance cuando ese soporte sólido se pudo transportar y llevar así el mensaje al receptor y no al revés, es decir, las cuevas no se podían transportar y era el receptor quien tenía que acercarse para recibir el mensaje. Los primeros soportes físicos de la escritura aparecieron allá por el 3400 a.C y estuvieron constituidos a lo largo de la historia por arcilla, huesos, maderas, tablillas de cera, piedras o metales.
El siguiente salto evolutivo se produjo con el uso de papiro por parte de los egipcios sobre el siglo IV a.C. En este caso, se trataba de un material mucho más liviano que permitía ser usado como soporte de la escritura, es decir, del conocimiento pero que en realidad estaba sólo al alcance de unos pocos privilegiados, no en vano el origen etimológico de la palabra “papiro” procede del antiguo término egipcio, que significa 'flor del rey', pues su elaboración era monopolio real.
Siguiente salto, que es en realidad un perfeccionamiento del anterior allá por el año 150 a.C., el pergamino. Se trata de un material hecho a partir de la piel de cordero o de otros animales que se desarrolló en la ciudad de Pérgamo. El pergamino acabó sustituyendo al papiro por sus ventajas materiales, por ser un soporte más fácil de conseguir que el papiro, mucho más duradero​ y de mejor calidad. Ya podíamos escribir libros, libros que iban a contener la información más sagrada y más importante de la humanidad. Pero se requería un escriba, una persona, generalmente monjes, que fuera copiando lentamente los textos sobre el soporte sólido y esto de nuevo hacía bastante restringido el acceso a la información.
Y por fin llegó nuestro material rey, la perfección hecha objeto, el soporte sólido ideal, el papel. La tradición atribuye el descubrimiento del papel a Tsi Lun, un oficial del emperador chino de la dinastía Han , en el año 105 d.C. Pero hasta los siglos X y XI no empieza realmente a ser usado en Europa y, con todo, tardará en desplazar al pergamino.
Y así vino el siguiente salto evolutivo, la popularización del saber con el desarrollo de la imprenta por Johannes Gutenberg en el año 1450.
Habíamos alcanzado la perfección en el sistema de registro del conocimiento humano que podía así acumularse, almacenarse en bibliotecas para que la siguientes generaciones siguieran evolucionando intelectualmente a partir de los saberes escritos sobre el papel. El papel era un elemento noble, sobre él se escribían los títulos de propiedad y nobiliarios, los testamentos, los libros sagrados de las distintas religiones y hasta el dinero (que no deja de ser un título de propiedad).
La producción de papel se elevó tanto que ha llegado a amenazar la subsistencia de su fuente de origen, la celulosa que se origina en los bosques del planeta.
Siglo XXI, aparece otro salto evolutivo en el almacenamiento de información, el formato electrónico. Sin duda permite una capacidad de almacenamiento infinitamente superior al papel y una popularización mundial del mensaje y hasta diría extraterrestre. Por tanto, el soporte digital supone la segunda popularización de la sabiduría que ahora está al alcance de todo aquel que tenga electricidad. Y ahí, acabo de señalar su punto débil, este soporte necesita energía, al menos para ser generado-leído y es un soporte físico menos perdurable dada su complejidad técnica (¡la piedra Rosetta todavía  va dando tumbos por ahí!).
Entonces, ¿qué hacemos ahora con el papel? ¿ya no sirve? ¿qué podemos hacer con un elemento tan noble sobre el que hemos depositado hasta las sagradas escrituras? Respuesta, ¡pues limpiarnos el culo!
Seguimos adorando las cualidades del papel, su liviandad, su suavidad. Este polímero de celulosa es realmente delicioso y por eso sería una pena dejarlo sin utilidad, así que usémoslo para limpiarnos el culo.
Siendo benévolo, podría decir que ahora la humanidad ya no lo necesita para almacenar información ya que tenemos ordenadores y discos duros, esa necesidad está cubierta y por tanto, podemos despojar al papel de su nobleza para usarlo en otros menesteres más orgánicos y animalescos. Sin embargo, siendo un poco malpensado, creo que el papel sigue siendo un artículo de primera necesidad, sigue estando en la cúspide de lo humano. Así ha quedado patente estos días ante una amenaza sería como la pandemia del COVID19.
Siempre hemos creído que el intelecto, la capacidad intelectual y el lenguaje, era lo que diferenciaba a los seres humanos de los animales. Para eso necesitábamos el papel como fiel guardián protector de nuestra superioridad mental en el reino animal. Sin embargo, en el siglo XXI y ante situaciones de crisis como el COVID19 se ha puesto de manifiesto que el rasgo diferenciador del ser humano con respecto a los animales es tener el culo limpio, los animales no se limpian el culo, y para eso también usamos el mismo elemento, el papel.
Cuando el ser humano se ha visto amenazado ante una situación que afecta a su supervivencia, ha revelado por fin cual es su verdadero anhelo, qué constituye el vértice de la pirámide de sus necesidades (si Maslow levantara la cabeza). Ante la pregunta de qué te llevarías a una isla desierta, la respuesta del ser humano del siglo XXI está clara, ¡PAPEL HIGIÉNICO!
Así que, ante nuestro poder autodestructivo, auguro un largo provenir al papel pero ahora con otro uso menos noble y más orgánico. Los que no hayáis podido conseguir rollos de papel del váter en la estampida COVI19, no os preocupéis, seguro que en algún rincón olvidado de vuestros hogares todavía atesoráis sesudas y voluminosas enciclopedias con miles de páginas que pueden ser destinadas a este nuevo uso higienizante e incluso, dada la crisis de fe que también caracteriza al ser humano del siglo XXI, creo que el Papa autorizará sin empacho, el uso de la Biblia para salvar a la humanidad limpiando sus corazones y sus traseros.

viernes, 6 de diciembre de 2019

El Campello en color sépia



Hui, he trobat una fotografia antiga de El Campello, el poble de ma mare i també el meu. Li he ensenyat la imatge i hem començat a parlar. Els records de la seua infantesa li han tornat amb la mateixa vivesa amb la que crema l’herba seca quant li arrimes una xicoteta flameta, que en este cas ha estat la foto vella del poble.
Ràpidament, un gran torrent de vivències ha tornat al seu cap, i s’han fet molt presents en el nostre diàleg entre dos generacions.
Abans es vivia amb contacte amb la natura, al carrer, sentint el pas de les estacions que marcava en cada moment la forma de viure de la gent. A més a més, viure al carrer La Mar era molt especial amb les onades trencant davant de casa i sempre jugant entre les barques xapant arena banyada. Olor a sal, a peix sec i a pa i mel.
Al Campello es veu el sol nàixer tots els dies des del fons de la mar, unes voltes com una bola encarnà i altres amb tonalitats roses i de color safrà. Com olia de bé la mar!
Al matí, els xiquets calçats amb espardenyes feen rodar la roeta camí de la Senda del tio Paco el filaor, que era la fàbrica de fil per fer les xàrcies. Se sentia la olor de pa acabat de fer, els cops de martell dels ferrers i el roïo dels carretons que anaven amunt i avall. Que bé ol el matí, encara carregat d’estrels! Flaire a primavera, a geranis, a brisa marinera.
Afluixa! Tensa! Tots ajudaven en la varada d’una nova barca feta per les mans expertes dels Vaellos. I aixina passaven el dia, l’horitzó sempre presidit pel Cabeçó% que ha estat testimoni silenciós de El Campello.
Per sopar conill fregit amb tomata i al final del dia, ja descansant a casa, mentre ens adormíem se’ns omplia l’ànima d’una intima felicitat rememorant els esdeveniments viscuts durant eixe dia.
A l’estiu, el vaixells anaven a Laraig.* Perfum de salat impregna l’aire. El polp sec i la sardina fresca rostits a l’hora d’esmorzar, feen la delícia dels nostres paladars.
També recorde al xambilero amb el seu carret. Duc xàmbils,# rotllets i aigua civà!
Les orandelles sobre els fils de la llum semblem una partitura de música esperant que una batuta invisible les faja alçar el vol. Tot era meravellós: barques, veles, bromera, algues, sol, petxines, pedres.
La brisa de l’estiu venia acompanyada de l’olor a ametlla recent pelada. L’escorfa aspra, de color gris i el soroll continu de la pedra picant sobre el banc de pedra. Records dels sacs d’ametlla amuntegats als cobertisos, i la olor dolça de les garrofes.
Les vespes revolotegen amb les seues ales cristal·lines sobre el botijó que hi ha damunt del mostrador. Fruita i verdura fresques banyades pel reixiu.
Jo per la meva part, recorde que quan era xicotet m’agradava molt caminar per dins de les sèquies, ja de ciment, amb el meu camionet de plàstic carregat de terra amunt i avall. I a la vesprada, ma mare em cridava que ja es hora de berenar pa i boix$ amb les restes de la picada de la nyora per fer la paella. O quan fea tortilla de carabasseta per sopar i jo en sentir l’olor que s’estenia pel bancal anava de seguida en busca del aliment. La veritat es que passava tot l’estiu amb un banyadoret i unes sandalies de goma d’aquelles color carn. Feliçitat en estat pur!
Jo també recorde quan després de dinar obríem un meló d’aigua, sucós, que s’esgarrava en ser ferit pel ganivet de cuina, oferint-nos esplèndid, el seu magatzem aigualós de sucre vermell.
Tomates, pebreres, albergínies, safanòries i sacs de creïlles.
El teuladins saltaven de rama en rama del pi, ara amagant-se entre unes pinyes, ara volant un poc per tornar de seguida amb els seus jocs.
Al estiu, el sol es posa lentament i l’ombra allargada de les cases es projecta cap a les barques que dormen sobre l’arena. Mentre el sol va baixant, s’encenen les fogueres per fer el sopar. Ja fetes les brases, l’olor a pebreres rostides, tomates i cebes ho inunda tot.
I al anar apagant-se la remor del dia, els veïns treuen les cadires a la porta de casa que inviten a la tertúlia.
I aixina, anava passant l’any. Després, al assomar-se la tardor, començava a fer-se de nit mes enjorn. A l’octubre sempre hem celebrat la festa major de santa Teresa al Campello. Els cavallets pegant voltes, les paradetes de torró i l’home que anava pels carrers oferint “arrop i tallaetes”. Aquella fuita deliciosa passada pel solatge que deixa el most concentrat, sense fermentar i ric en sucre, amb el qual es confita la fuita. Carabassa bullida, moniato, escorfa de taronja, troços de bresquilla...&
Pels vols de l’octubre, sempre començaven les primeres pluges. Un gat miola en el pati i les primeres gotes comencen a caure, lentament. Quan plou al Campello, tot es fa silenci i la Natura calla per rebre la desitjada aigua sobre la terra abrasida. La terra ol a pluja, aquella olor tan especial al Campello.
Quan la retirada del sol permetia vore els punts de llum que esguiten el firmament, passar el Barranquet^ era un repte a la por. Però a voltes, havíem d’anar a casa d’una tia o un familiar que vivia a la part de dalt del poble i travessàvem corren per arribar a les cases quan més ràpid millor.
I aixina, casi sense donar-nos compte, arribava el Nadal i dinàvem tarongetes de carn fetes amb sang i pinyonets, i de postres un trosset de torró d’Alacant.
L’esmolaor! El so de la seua harmònica es mesclava amb la remor de la pedra d’esmolar, ganivets del pa, navaixetes i astisores.
Al hivern es fa fos enjorn i s’ha d’estar a casa. El rosari es desgrana en les mans de les dones. El trenet de les huit i mitja se sent en la llunyania mentre un gos lladra nerviós. Les fulles dels arbres de la plaça de l’església ballen en bufar el vent gelat del vespre mentre algunes gotetes menudes d’aigua comencen a caure. La mar esguita amb agressivitat de blanca bromera la Torreta de la Illeta,@ les cases i l’aire...



%Cabeçó d’Or: Muntanya de 1209 m d’alçada que delimita el perfil interior de l’horitzó al Campello.
*Laraig o Larraix: es una ciutat de la costa del Marroc que es troba a 86 km de Tànger.
#xàmbil: gelat al corte com un sandwich entre dos barquillos rectangulars.
$pa i boix: pa amb oli refregat amb el mànec del morter de picar la nyora fregida que afegim a la paella.
&bresquilla: préssec.
^Barranquet: depressió del terreny que hi havia entre la part alta del poble i el carrer La Mar. Actualment, ja tot urbanitzat.
@Torreta de la Illeta: torre de vigia del segle XVI  per defensar-se dels atacs dels pirates berberiscs.

Dedicat a Encarnació Giner i Parodi, veïna de El Campello i inspiradora d'estes vivències que he plasmat aquí.

domingo, 3 de noviembre de 2019

Epistemología al límite



Podría empezar diciendo que el saber humano se nos escapa de las manos. Conforme avanza la ciencia, se acrecienta mi sensación de no entender nada, es decir, que los vericuetos metales por los que hay que transitar para describir el mundo que nos rodea parecen vedados al común de los mortales y sólo aptos para mentes visionarias.
En la búsqueda desesperada de una Teoría del Todo que una lo muy grande (Relatividad) con lo muy pequeño (Mecánica cuántica), nos estamos metiendo en unos berenjenales mentales que ni los físicos de vanguardia entienden, como reconoció el físico cuántico Richard Feynman diciendo que “puedo afirmar sin temor a equivocarme que nadie entiende la mecánica cuántica”
¿Y si nuestra propia biología humana presentara un cierre cognitivo?, es decir, un punto de conocimiento a partir del cual la investigación humana se estrellara y quedáramos condenados a mirar desde ese punto hacia un vacio de incomprensión, lleno de problemas irresolubles para la inteligencia humana. Parece arrogante pensar que el cerebro humano pueda poseer facultades cognitivas infinitas a diferencia de los demás animales. Si un perro nunca entenderá los números primos, puede ser que haya conocimientos vetados a la conciencia humana, que nunca podamos llegar a entender. Es decir, no es descabellado pensar que hay cosas que jamás entenderemos, como por ejemplo la manera en que se genera la conciencia a partir de la actividad fisiológica del cerebro, por lo que algún día, la ciencia humana llegará a un límite infranqueable, si es que no lo ha alcanzado ya.
Pues bien, esto es lo que piensa un grupo de filósofos y científicos que podríamos llamar “misteriarnos”, como el filósofo Colin McGinn, porque creen que hay determinadas cosas de nuestra realidad que siempre serán un misterio para nosotros, jamás podrán ser entendidas e incluso ni siquiera planteadas, es decir, que no buscaremos la respuesta porque ni siquiera seremos capaces de formular la pregunta.
A primera vista, parece que no les falta razón si pensamos que el cerebro humano ha evolucionado guiado por el vector de la supervivencia y, por tanto, está diseñado para perpetuarse en el planeta resolviendo problemas prácticos pero no para desentrañar los secretos del Universo.
Sin embargo, yo no creo que exista ese cierre mental propugnado por los misterianos y que aunque tienen razón en que la biología nos muestra innumerables ejemplos de limites cognitivos en el mundo animal al que pertenecemos, creo que su pronóstico falla precisamente porque no entienden (o no entendemos) la conexión cerebro-mente. Intuyo que justo ahí está la clave.
Desde la aparición del homo sapiens hace unos 350.000 años, básicamente un homínido que se había erguido y empezaba a usar alguna herramienta, nuestro cerebro es fisiológicamente el mismo, con un volumen aproximado de 1400 cm3 y conteniendo un número de células que se estima en cien mil millones de neuronas. Pero entonces, ¿qué ha cambiado entre aquel quasimono y el hombre actual que es capaz de salir de su planeta o modificar la vida a su antojo? Básicamente, la respuesta radica en el número de conexiones neuronales. Y no sólo me estoy refiriendo a las conexiones entre neuronas de nuestro propio cerebro sino que estoy pensando en una visión más amplia de la mente como la definida por el filósofo británico Andy Clark, según la cual nuestra mente se extiende literalmente más allá de nuestro cráneo y de los límites de nuestro cuerpo, en forma de cuadernos, pantallas de ordenador, internet, mapas y archivadores. Es decir, el homo sapiens es una especie que fabrica herramientas, entre las que se encuentran diversas herramientas cognitivas que permiten literalmente una extensión de la mente.
Además otra característica diferencial de nuestra especie es la capacidad de transmisión del conocimiento dando lugar a un conocimiento acumulativo (cultura) que no son más que miles de conexiones neuronales previamente preformadas y transmitidas a través del aprendizaje a los cerebros recién nacidos.
Asimismo, las conexiones neuronales del individuo pueden convertirse es nodos de una red de pensamiento mayor, una red de cerebros que se retroalimenta. Es decir, los seres humanos pueden plantearse preguntas unos a otros facilitando la creación cooperativa de nuevas conexiones neuronales.
Por tanto, yo estoy convencido de que la mente es el producto de la interconexión neuronal y por tanto, no veo a la biología como un obstáculo en la expansión infinita del conocimiento puesto que infinitas son las posibles interconexiones neuronales. Es cierto que un perro nunca entenderá que son los números primos y por eso creo que se requiere una cantidad umbral de neuronas para llegar a ser consciente de uno mismo, lo que conlleva inmediatamente el anhelo de desvelar los secretos de la realidad en la que nos sentimos inmersos.
Sólo me resta decir que por desgracia algunos seres humanos sacan menos partido a sus neuronas que un perro a las suyas, lo cual indica que la estulticia humana también puede ser igualmente infinita.

martes, 22 de octubre de 2019

Casi perfecto



Dice el dicho popular que la perfección no existe pero parece más un mantra hipócrita para justificar nuestros errores que una creencia verdadera.
Sin embargo, me he propuesto en esta entrada demostrar ontológicamente que la afirmación de que la perfección no existe es rotundamente cierta.
Dice la RAE respecto de la perfección que es aquello que tiene el mayor grado posible de bondad o excelencia en todas sus cualidades. Es decir, lo perfecto es aquello cuyas características o cualidades alcanzan el grado superlativo, infinito de bondad o excelencia. Y aquí está el trampantojo que analizado con detenimiento vemos que escapa al mundo físico. Volvemos a encontrarnos con el concepto infinito, ya comentado en anteriores entradas, en este caso funcionando como el adjetivo que acompaña a una determinada cualidad o característica del objeto.
Así, lo perfecto escapa al mundo tangible y pasa a ser un concepto abstracto, una entelequia que sólo puede ser imaginada, soñada pero nunca medida o contrastada mediante los sentidos. El objeto concreto siempre estará de camino hacia su perfección que se encuentra infinitamente lejos y por tanto, es inalcanzable por definición. Todas sus cualidades deben situarse en su grado infinitamente superlativo, es decir, que el objeto nunca sería perfecto ni tan siquiera si fuera posible alcanzar una cualidad perfecta en detrimento de las otras.
Dicho esto, creo que ha quedado claro que, aunque sea de carambola, el dicho popular está en lo cierto y cuando hablamos de perfección nos estamos refiriendo a la ensoñación de lo que encontraríamos al final de un camino infinito de superación y mejora.
Y es ahora cuando sale a relucir el problema. El problema consiste en el absoluto deleite que siente nuestro celebro con la perfección, con la simetría, con el orden de las cosas. Tenemos una inclinación casi patológica a buscar la perfección en todo aquello que hacemos. Cuando percibimos que algo está bien hecho, “perfecto”, nos inunda una ola de placer basada en la adaptación, el modelaje del medio, del entorno a nosotros y no al revés. Somos felices cuando conseguimos retorcer la realidad que nos rodea para encajarla en nuestros esquemas de perfección y entonces, estamos tranquilos, satisfechos con el trabajo bien hecho.
Pero como he dicho, la perfección no existe en el mundo tangible, así que cuando intentamos cargar la suerte y someter a un examen más profundo nuestra obra, pedirle un mayor nivel de detalle, vemos como la soñada perfección se nos escapa entre las manos y nos resulta esquiva por mucho que nos esforcemos. Quién no ha colgado un cuadro y luego a pasado largo tiempo mirando si estaba torcido o recto, corroborando además que los sentidos nos engañan y que lo que parecía recto ayer, parece torcido hoy mirándolo desde otro punto de vista. Al final, acabamos aceptando que lo realizado ya está “suficientemente” bien y esto nos provoca una tremenda frustración.
Es decir, vivimos la vida persiguiendo un sueño inalcanzable en todo aquello que realizamos y observamos y esto nos hace tremendamente infelices. Lo que sucede es que estamos errando en nuestro mecanismo de adaptación al medio, fijamos nuestra percepción subjetiva de las cosas e intentamos modular, adaptar esas cosas a nuestra concepción de lo que deberían ser. En contraposición, lo que deberíamos hacer para adaptarnos al medio seria modificar nuestra perfección subjetiva para adaptarla a cómo son las cosas o cómo las percibimos nosotros y dejar de perseguir fantasmas supuestamente perfectos pero totalmente irreales. Si así lo hiciéramos, seriamos mucho más felices dejando que las sensaciones, emociones, sentimientos y pensamientos que nos causa la realidad que nos rodea, pasasen sin resistencia a través de nosotros, fluyeran con total aceptación por nuestro ser interior.
Y de hecho lo vemos. Vemos como las personas “sin manías” son más felices, se adaptan a lo que les viene dado, todo lo consideran normal y natural y por tanto aceptable. Y sin embargo, las personas con una componente más obsesiva, no pueden deshacerse de la desazón que les causa ver que las cosas no son o no están como a ellos les gusta, no están perfectas, vamos. ¡Qué cantidad de tiempo perdemos todos, en mayor o menor medida, luchando contra la realidad en lugar de aceptarla tal y conforme viene!
Por otro lado, la actitud de dejarse llevar es fácil de decir pero difícil de conseguir. Las culturas orientales llevan milenios practicando mientras que aquí, en el occidente, siempre hemos intentado transformar la realidad en base a nuestro egocentrismo. Así nos va, cuanto más compleja es la realidad, más llenas están la consultas de los psicólogos de frustraciones y sueños inalcanzados que parecían perfectos.