domingo, 28 de julio de 2019

Vacuna antirrevolucionaria



No se preocupen los grandes poderes fácticos que gobiernan el mundo, y con esto no me refiero a los gobiernos sino a los poderosos empresarios dueños de las grandes corporaciones que pacen a lo largo y ancho del orbe mundial. Mientras siga existiendo la gran masa consumidora, que no productora, la llamada clase media, y la moral siga dictada por las leyes del Mercado, no tienen nada que temer. Nadie se levantará del sofá, nadie empuñará un arma, nadie linchará al establishment puesto que nadie tiene donde agarrarse. No existe ideal alguno que alineé nuestras conciencias, el yo individual ha pasado al primer plano de interés dejando atrás los sacrificios y los logros colectivos de la modernidad. En esto se caracteriza la post-modernidad, que comenzó en el último tercio del siglo pasado y que tiene algo bueno, ya que este desabrigo idealista nos vacuna contra guerras que amenacen nuestro estado de bien estar. ¿No es cierto que en el mundo occidental estamos disfrutando de un largo periodo de paz? Las guerras han quedado para aquellos territorios en los que los fundamentalismos todavía tienen algo que decir y que sobre todo se encuentran bien lejos de nuestras casas.
Hablaré de la post-modernidad, con un cierto reparo, pues es un término sobre el que mi amigo Carles Puig ha estudiado todas sus aristas e implicaciones, y no me gustaría incurrir en alguna incongruencia.
Pero bueno, ¿no es la osadía de dictar mi propia filosofía, mi propio código moral, una de las características diferenciales de la post-modernidad? Pues como soy hijo de mi tiempo, quedo descargado de toda culpa.
Remodelando ligeramente el famoso aforismo marxista, en la actualidad podemos decir que “el consumo es el opio del pueblo”. Así que, mientras podamos seguir consumiendo, seguiremos viviendo el sueño de los aparentemente felices. Y la verdad es que en el terreno de las ideas no queda nada. Algunos se aferran románticamente a ideas ya transnochadas y claramente superadas como el comunismo y otros, como Francis Fukuyama, preconizan el fin de la historia con el triunfo del liberalismo democrático como estadio supremo de la evolución social del ser humano.
La verdad es que es una época bastante depresiva, la que estamos viviendo en la actualidad. Como dice Jodorowsky, vivimos en un mundo enfermo. A algunos, ente los que me cuento yo, nos encantaría haber nacido en otra época más afín a tener unos ideales por los que luchar, supongo que depende del carácter más individualista o más gregario de la persona. Pero no me digan que no es maravilloso sentirse parte de la tribu, sentirse parte de un grupo que además comparte un objetivo común en la vida. Si se da ese caldo de cultivo, el ser humano queda inmediatamente imantado con sus polos apuntando a ese norte ideológico. Todo se hace más llevadero, las penurias e incomodidades de nuestro soporte biológico parecen diluirse y se ponen al servicio de la causa.
En definitiva, dejamos de mirarnos el ombligo, que es otra característica de la post-modernidad, y “gastamos” la vida sin pena, sabiendo que nuestras horas y minutos están bien gastados en pos de conseguir el magno objetivo que nos hemos dado como aspiración de un gran colectivo humano en lucha. Porque dedicarnos al hedonismo personal a través de consumir continuamente, de nuevo rasgo central de la post-modernidad, al final cansa, y sobre todo si por casualidad se te ocurre pararte y mirar atrás, corres el serio peligro de caer en una depresión profunda.
Llegados a este punto de mi reflexión, me pregunto, ¿y qué podemos hacer para que esto no sea el fin de la historia? Está claro que necesitamos un revulsivo, algo que nos haga recuperar la ilusión.
Algunos populismos políticos lo están intentando con cierto éxito pero suelen echar mano de ideas anteriores, del paradigma anterior. Dicen “MAKE SOMETHING GREAT AGAIN” Pero realmente, no proponen nada nuevo, necesitamos algo más fuerte que nos haga salir del sueño indolente en el que estamos viviendo. Para despertar a una nueva etapa de la historia, debería pasar algo como una hecatombe mundial, un peligro de extinción real, eso siempre nos despierta. O siendo menos catastrofistas, “supongo” que otro acicate capaz de sacarnos del pozo sería el encontrar vida extraterrestre INTELIGENTE. O quizá, colonizar otros mundos, como Marte, con todo lo que de desafío representa un hito como ese. Yo me quedo con este último, porque lo veo factible en un tiempo razonable, si no nos cargamos la Tierra antes, y porque lo veo como un objetivo elevado, constructivo, no destructivo como los otros hechos que he mencionado.
Por tanto, sigamos aprendiendo, investigando, busquemos nuevas fronteras que nos hagan aunar esfuerzos, aunar vidas entorno a un objetivo común y loable. Huyamos de los dogmatismos, que consisten en creer sin ver y sigamos aprendiendo, viendo. Es la obligación del ser humano, seguir estudiando, buscar activamente la construcción de su futuro.
¡Venga!, manos a la obra.

sábado, 27 de julio de 2019

Ciudad basura



Intrigado por descubrir cómo se integra una minoría cristiana en un país musulmán, como si fuera un espejo de la realidad de occidente, donde sucede justo al revés, he ido a parar a la comunidad copta de El Cairo.
Allí, he encontrado Zabbaleen, una comunidad asentada sobre un microcosmos apocalíptico, infección en estado puro, que boquea como un pez fuera del agua, tratando de sobreponerse al destino que Dios les ha dado.
¿Os imagináis cómo sería vivir en un vertedero? Nacer, ir al colegio, trabajar, comer, dormir, casarse, enfermar y morir en un vertedero de basura.

Acuciado por el imperativo de dar a conocer una realidad humana como la de Zabbaleen, me encomiendo ahora a la ardua tarea de describir lo que allí sucede. No es fácil, las palabras palidecen a la hora de intentar describir una realidad como la de Zabbaleen que se antoja inefable. Todo y con eso, lo intentaré.
Zabbaleen es el sumidero de El Cairo. Una gigantesca trituradora capaz de procesar diariamente miles de toneladas de basura de todo tipo. Es como el gran vientre de la ciudad que digiere pesadamente y con mucho esfuerzo la materia excretada por la metrópoli. Allí, se mezclan en una sopa inmunda todo tipo de desechos, de inmundicia, de materiales artificiales, todo bien adobado con la sangre, el sudor y las lágrimas de sus habitantes que habitan y configuran la obra cumbre de la escatología humana. El olor acre nunca abandona las calles que se desdibujan entre montones de basura. Las casas de diluyen dentro de un gran caldero cuyo caldo de cultivo se cuece lentamente bajo el implacable sol del desierto creando una especie de flora callejero-intestinal que lo recubre todo con una pátina corrosiva, que nunca para de alimentarse, de crecer y colonizar cada milímetro de aquel lugar.

Un gato transita sigilosamente entre los estrechos senderos del vertedero, intentando no llamar la atención de las enormes ratas, que en este lugar están en lo alto de la cadena trófica. Cucarachas, moscas y carroñeros de toda índole, entre los que podemos incluir a los perros callejeros, se dan el gran festín en un lugar no apto para vertebrados superiores. Solo las piaras de cerdos domésticos correteando por las calles llevan a cabo una cierta labor sanitaria, comiéndose todos los restos orgánicos en descomposición.
La falta de alcantarillado, de luz o agua corriente es casi imperceptible. Todo se mezcla con la basura que se mueve y circula por la ciudad en una especie de movimiento peristáltico que curiosamente termina en una obra de reciclaje, de gestión mínimamente organizada de la gran mierda humana, que es la peor y más dañina de todas las mierdas. Ni la policía se atreve a entrar y la presión del entorno es tan enorme, que el instinto de supervivencia mitiga todas las gilipolleces permitiendo que musulmanes y cristianos convivan en paz y armonía.

Pero igual que nadie quiere entrar, nadie puede salir. Aquellas personas viven atrapadas en la única forma de vida que conocen, capaz de permitirles llegar al día siguiente. Los niños ya recogen basura antes de los 10 años y su futuro se reducirá a sobrevivir aunque algunos sueñen con ser médico.

Y lo que riza el rizo es que esta gente denostada y marginada es capaz de reciclar un 80% de la basura de El Cairo, hacen más por la salud del planeta que muchos de los gobiernos occidentales. ¡Tendrían que darles el Premio Nobel de la Ecología!
¡Qué grande puede llegar a ser la fe del ser humano! Solo así, se puede entender el funcionamiento y la misma existencia de un lugar como Zabbaleen en el planeta Tierra. En este caso, la fe cristiana que como dicen los Zabbaleen es capaz de mover montañas. Montañas como la que alberga el templo copto de San Simón, pilar central sobre el que se apoya toda la comunidad, que funciona como auténtica piedra de clave que sustenta la bóveda de la ciudad, atravesada tímidamente por los rayos del sol del país de los faraones.

Tened el enlace de youtube a mano, las fotos y todo el material gráfico que es el que mejor describe un lugar como este. Veréis que os funciona como un remedio infalible contra la tontuna aburguesada. La simple contemplación de unos minutos de video nos vuelve a colocar el fiel de la balanza perfectamente alineado con lo que es importante en la vida. Si no sabes que móvil comprar, o tienes dificultades para elegir tu destino vacacional, echa un vistazo a Zabbaleen y tus dudas se esfumaran como disueltas en fosfatina.
Me he quedado sin palabras, lo mejor es dejar paso a la imagen. Y por favor, no olvidemos la lección aprendida, puede ser que hagamos un poco mejor nuestro “privilegiado” y frívolo mundo.


domingo, 21 de julio de 2019

El Demonio no existe



Para intentar explicar la rotunda negación contenida en el título de esta entrada, he decidido ubicarme en el terreno de la ontología. Y entonces me pregunto, así a bote pronto, ¿qué es el Ser?
Para mí, el Ser es la realidad de las cosas, la realidad de la Naturaleza en la que estamos inmersos y que se caracteriza por un infinito nivel de detalle, de características que la perfilan. La realidad es infinita en el espacio y en el tiempo, a diferencia de una fantasía, de un relato o una utopía que antes o después acaban por delatar la finitud de su descripción, el número limitado de detalles que los perfilan. Por tanto, si sigo tirando de este cabo, puedo decir que el Ser es la Verdad de las cosas, que no necesita del observador, que no necesita ser vista, ni descrita por nosotros.
A pesar de ello, el ser humano está predestinado al estudio científico de la Naturaleza para intentar comprender, al menos en parte, la realidad, la Verdad de las cosas. Y en nuestra narrativa, vamos añadiendo detalles que describen la realidad a medida que avanza la ciencia, a pesar de que sea imposible abarcar la Verdad del Ser, que por definición es infinita.
Yéndome al punto de vista que me proporciona la metafísica aristotélica, para mí, la esencia del Ser imbuye y penetra la realidad física tanto a nivel material como a nivel inmaterial, léase las ideas o las emociones. Por tanto, el Ser es aquello que sigue siendo igual en todos los entes después de eliminar todas las características individuales de los entes particulares.
Pero a estas alturas del texto, ¿qué tiene que ver con esto el pobre Demonio? Pues resulta que el Demonio solo es un adjetivo que forma parte del binomio indisoluble de los adjetivos. Es la antítesis, malo, de la tesis, bueno, que en el contexto judeocristiano, al menos, es atribuido a Dios. Así que, como ya os habréis dado cuenta, si niego la existencia del Demonio, también niego la existencia de Dios, o al menos del Dios judeocristiano.
Los adjetivos y los adverbios se alejan de la ontología, la calificación de la realidad no es más que chismorreo. La ontología está conformada por sustantivos y verbos. Lo que “es” no puede “no ser” al mismo tiempo. Si existo yo, que soy Juan, no puede existir un No Juan al mismo tiempo, es decir, los nombres no participan del juego tesis-antítesis.
Así que, Dios y el Demonio forman parte de esa clasificación, digamos folclórica y por supuesto muy subjetiva, de la realidad. Esta pareja sí necesita del sujeto observador y “juzgador” para existir y por ello, no puede ser Verdad, la verdad incalificable, inefable por culpa de su infinitud.
Creo que no sería necesario un ejemplo para entender la relatividad de los adjetivos pero en todo caso daré uno. Así, si atendemos al hecho objetivo de que una avispa se posa en mi brazo y yo la mato de un manotazo, podemos tener dos interpretaciones o calificaciones dependiendo del sujeto observador. Para mí, el hecho de matar a la avispa ha sido algo bueno porque he evitado que me pique, sin embargo, para la pobre avispa ha sido algo, a todas luces, malo.
En cambio, la realidad tiene infinitos puntos de vista y su Verdad, que es el Ser en sí mismo, no cambia, no depende del sujeto observador.
Señores, llegados a este punto, solo me resta aconsejarles que dejen de lado adverbios y adjetivos si quieren aproximarse un poquito más a la Verdad en la exposición de sus ideas.

martes, 6 de noviembre de 2018

Paseando en otoño



Son las 4 de la tarde de un domingo 4 de Noviembre. Todavía me encuentro envuelto por el aroma del día de los muertos, del vino de licor y de los dulces panellets que acompañan estas fechas. Salgo a pasear aprovechando las escasas horas de luz que nos regalan las tardes en estos días. Vivo cerca del bosque que me llama, me seduce, me atrae. Respondo a la llamada y me adentro caminando en la Serra de Galliners. Sierra de litoral, de pino carrasco, de romero, tomillo y espliego. El sol incide lateralmente, anaranjado, como buscando cobijo. La tierra bajo mis pies se encuentra húmeda como consecuencia de las lluvias de hace un par de días. Me adentro en el bosque sombrío por un estrecho sendero que discurre entre la vegetación enmarañada que apenas deja pasar los mortecinos rayos de sol. El olor a tierra mojada, a humedad, se manifiesta patente como una constante, como un lienzo sobre el que se dibujan infinidad de matices. Olor a romero, a hierba húmeda, a ramas rotas que exhalan su savia, a color verde que casi se puede oler. Los pájaros cantan sus oraciones de antes de irse a dormir y dejan entreoír pequeños paréntesis de silencio, rotos de nuevo por los trinos lejanos de las aves que se resisten a ser doblegadas por la negrura de la noche. Las enredaderas se encaraman a los álamos, la espesura se hace más densa y algún pino caído por el fuerte vendaval franquea el camino junto a los mollerics que se apiñan por las veredas. Siento un ligero escalofrío conforme me acerco al corazón de la sierra pero al mismo tiempo, una fuerza de atracción tira de mí sin que yo pueda evitarlo. Y de repente, al pasar por un claro que me deja ver un trozo de cielo, ya plomizo, ya anaranjado, siento un indescriptible sentimiento de felicidad, de integración con la Naturaleza. Es como si todos los estímulos que me rodean en el bosque transfundieran mi espíritu a través de los poros de mi cuerpo y yo me desintegrara en pequeños átomos que vuelven y se funden con el entorno natural. Sigo paseando con una sonrisa en la boca, la felicidad no se puede esconder. Los sonidos se hacen cada vez más lejanos como si pasaran a otro plano de existencia a medida que avanza la tarde, y yo miro el reloj, precavido, no se me haga de noche en el bosque. Comienzo el camino de vuelta, buscando una ruta circular para no pasar por los mismos sitios, ¡hay tanto que descubrir! Conforme se acercan las 6, la tarde se escapa definitivamente y la eclosión de sensaciones vividas en el bosque moribundo se va apagando con los últimos estertores de la luz solar. La noche extiende su negro manto y la textura sensorial que me perfundía en los instantes anteriores es ahora un lienzo negro que nada nuestra. Es hora de irse a casa, terminó la función en esta tarde maravillosa de otoño.

domingo, 21 de octubre de 2018

¡Qué bueno estoy!



Llevaba ya unas cuantas semanas sorprendido por un inusitado deseo de comer carnes rojas. Comerme un buen chuletón o un solomillo de ternera hecho al punto estaba siendo un auténtico deleite que jamás antes había sentido  ante un alimento. Poco a poco el toque de plancha fue disminuyendo en la cocción de los filetes de manera que el sabor a sangre se hizo más presente aumentando curiosamente el deleite durante su degustación.
El acto de comer se fue convirtiendo poco a poco en algo muy visceral, con el que todo mi cuerpo se estremecía produciéndome una sensación parecida a un orgasmo.
El carnicero estaba encantado de mi variado paladar que paulatinamente iba virando hacia lo que vulgarmente se llama casquería. Órganos y entrañas formaban parte ya de mi dieta habitual.
Aquella tarde decidí darme un largo y relajante baño entre sales de baño perfumadas que quedaron embebidas en mi piel. Cuando me secaba con la toalla, noté que todo mi cuerpo desprendía un olor muy agradable, balsámico, olor a piel limpia y cálida. Mi olfato fue subyugado poco a poco y empecé a olerme los brazos, las manos, las piernas en un acto casi hipnótico que, sin yo saberlo, me arrastraría hacia un abismo interior jamás imaginado. Envuelto por aquella agradable sensación, fui dejándome arrastrar por mis sentidos y el deseo carnal comenzó a despertar muy dentro de mí. Apreté fuertemente mi nariz contra la cara interior de mi codo y un latigazo de placer recorrió mi espina dorsal, comencé a salivar al mismo tiempo que un sentimiento de terror desbocaba mi corazón. No lo pensé, no medí las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, simplemente de me dejé llevar y así fue como di la primera dentellada cerca de mi bíceps. Sentí un dolor agudo mezclado con un ligero sabor a sangre que por otro lado no hizo más que exacerbar mis ganas de comer. El dolor pasó y el placer volvió a dictar la orden, ¡muerde! El mordisco fue ahora mayor dejando toda mi dentadura marcada cerca de mi bíceps. Con este segundo mordisco, la sangre se hizo claramente presente y mi lengua empezó a relamerse obviando el terrible dolor que me sacudía el brazo. En ese momento, mi cuerpo pareció abandonarme, dejar de formar parte de mí y bajo esa campana de irrealidad, me lacé a por un bocado definitivo que me arrancó un pellejo de carne elásticamente amarrado por mi piel. En ningún momento fui consciente de lo que estaba haciendo, en ningún momento el apelativo de ser racional fue válido para describirme y fui más bien un animal hambriento y sediento conectado visceralmente con su sustento. La carne se desmenuzó entre mis molares dejando ir un efluvio celestial, delicioso que me llevó directamente al orgasmo.
El latigazo pélvico ocasionado por el orgasmo me hizo volver a la realidad, la toalla estaba empapada de sangre, que goteaba por el codo dibujando una constelación roja sobre los blancos azulejos. ¡Qué he hecho! ¡Me he mordido! Y no tengo ni idea de cómo ha podido suceder, ¿qué ha pasado por mi mente para cometer un acto así?
Sin encontrar respuesta a todas estas preguntas busqué vendas para atajar la hemorragia y me vendé el brazo presionando fuertemente mientras aún tenía trocitos de carne entre mis dientes. Me puse el albornoz y bajé avergonzado al salón para caer en un mar de culpabilidad desparramado sobre el sofá.
Al día siguiente, fui a trabajar esperando que la rutina diaria tapara el atroz acto que había cometido el día anterior y en ciertos momentos conseguí recuperar una cierta normalidad. La camisa y la chaqueta taparon los signos externos de mi autofagia y me prometí refrenar mis instintos con mucho más cuidado.
Pasaron unas semanas y la herida estaba prácticamente cicatrizada. Mi gusto por las carnes rojas no había decrecido en absoluto pero me autoimpuse una cierta conmensuración que extrañó a mi carnicero. Por desgracia, tuvo el efecto contrario al deseado y no hizo sino aumentar mi hambre de carne. La verdura me daba angustia y no sentía el más mínimo interés por los otros alimentos no cárnicos. Así, hasta que llegó de nuevo el día, el día de comer carne y aceptar mi verdadera naturaleza. Esta vez me encontraba en la cocina cuando me fijé en el afilado cuchillo jamonero que había sobre el banco. Se me hizo la boca agua en un pensamiento abstracto con el uso de ese cuchillo. Pronto, mi pensamiento se concretó en algo tangible, que se podía percibir por mis sentidos y agarré el cuchillo con intención de cortar carne, ¡mi carne! Pensé en la pantorrilla, solo sería un pequeño filetito, como un carpacho extraído de la parte más gruesa de la pantorrilla. Con pulso tembloroso procedí a cortar pero mis dudas fueron disipadas de un plumazo por un hambre muy profunda que ascendía por mi esófago con un ímpetu descomunal. Aquel filetito de carne me supo a gloria pero también supuso un punto de no retorno en mi desviada conducta. Tuve necesariamente que asumir que me gustaba comerme mi propia carne, a expensas de mi propio cuerpo, en un acto de auto destrucción no imaginable por ningún ser humano.
Así que poco a poco me cebé en mis piernas, en mis muslos donde el terrible dolor que sentía al seccionar mi propia carne era compensado con creces por el inmenso placer carnal, hasta sexual, que sentía al degustar mi propia carne cruda. También experimenté con la plancha pero el abanico de sabores que me ofrecía la carne cruda era mucho mejor que el sabor de la carne asada.
Las heridas se hicieron tan evidentes que pronto, no pude salir de casa, para no llamar la atención. Eso sí, tenía especial cuidado en curarme la heridas para evitar infecciones.
Las semanas pasaban y podríamos decir que ya había arrancado a mi cuerpo toda la carne superficial y parte de los músculos. Sin embargo, mi apetito no se aplacaba y me alimentaba casi exclusivamente de mí mismo pues todo lo demás me repugnaba. Así que tome la decisión de cortarme una pierna para tener suficiente comida durante un tiempo. Había de tener mucho cuidado al seccionar las arterias y las venas para no desangrarme pero si lo conseguía podría comer durante algún tiempo.
Al mismo tiempo me atravesaban destellos de lucidez y enloquecía al ver en que me estaba convirtiendo, en simple comida. Un sentimiento de angustia existencial me invadía y me hacía aborrecer el monstruo en el que me había convertido. Sin embargo, pronto el deseo carnal ascendía de nuevo por mi esófago y me castañeteaban los dientes con un hambre feroz como si nunca hubiera comido.
Aquella pierna izquierda me sabía a gloria. Pude repelar las falanges del pie y abrirme paso a dentelladas sabrosas y turbadoras entre los músculos hasta llegar a los tendones y al hueso. Volví a experimentar con la carne asada pero de nuevo me defraudó, perdía una gran cantidad del amplio espectro de matices que tiene la carne cruda. Por casa me desplazaba con la ayuda de una silla de ruedas que en su momento fue de mi abuela y había quedado abandonada en el desván.
Por aquel entonces vivía casi todo el tiempo debajo de una campana de irrealidad que me sostenía como si fuera un sueño del que acabaría despertando.
Pasaron las semanas y la pierna se acabó. Tenía hambre. Ya casi había olvidado lo que era el dolor cuando mis ojos se fijaron en la pierna restante. Dudé. Temía haber atravesado el punto de no retorno o estar a punto de hacerlo pero tenía mucha hambre.
Con la experiencia adquirida de la primera vez, seccioné mi pierna derecha un poco más abajo de la ingle teniendo especial cuidado con taponar y coser la arteria y la vena femorales. Controlé el dolor con una inyección de anestesia local lo cual me permitió mantener la serenidad durante la delicada operación. Sin embargo, nada era comparable a la sensación experimentada cuando me automordía y me arrancaba tozos de carne con mis propios dientes.
La segunda pierna dio para unas cuantas semanas, bien dosificada y conservada en frio. En esta segunda oportunidad incluso aprendí mascar los huesos más pequeños y disfrutar del sabor del tuétano.
A pesar de estar obviamente imposibilitado, sentía una gran fuerza interior cada vez que ingería aquella carne que antes tenía nombre y apellidos.
Pero ni lo bueno, ni lo malo duran eternamente, así que aquella pierna también se terminó y tuve que volver a buscar en la despensa. Pensé en mi brazo izquierdo ya que yo era diestro y podría ingeniármelas para cortar el brazo contrapuesto con relativa facilidad. También usé anestesia local y seccioné el brazo 10 centímetros por encima del codo. Sin embargo, no me podía arriesgar a morir desangrado por lo que preparé una plancha bien caliente y cautericé toda la herida una vez escindido el brazo.
Curiosamente, la carne del brazo me supo diferente a la de las piernas, no sabría explicar en qué. Las palmas de las manos así como las plantas de los pies me resultaban bastante correosas y las usaba, a la sazón, como un chicle, mascándolas durante largo rato mientras extraía la sustancia. Los pelos ciertamente eran un engorro para mi refinado paladar, así que opté por quemarlos a la llama dejando la piel perfectamente lisa. Si tuviera que escoger, diría que la cara interna del antebrazo fue mi parte favorita, bien regada por infinidad de vasos sanguíneos.
Mi cuerpo mermaba y poco a poco me iba acercando a una parte soñada desde hacía semanas. Yo estaba convencido de que las partes blandas debían tener un delicado sabor difícil de olvidar. Así que llegó la hora de los genitales. En este caso, el habitual placer que conllevaba la degustación de mi propia carne se incrementaba sobremanera con una pulsión sexual que arrancaba desde mis partes íntimas. Fue curioso constatar la tremenda erección que sufrí justo antes de cortar y que apenas sentí dolor al cortar pene y testículos con mi afilado cuchillo de caza. Pero este manjar tenía pensado no comerlo crudo sino sofisticar un poco su preparación con un buen acompañamiento. La preparación del plato al jerez se me antojaba perfecta acompañada de unas hojitas de romero y estragón. Me puse manos a la obra y el cocinado me llevó gran parte del día, horas que disfruté con gran deleite. Y efectivamente, el plato no me defraudó, por la noche estaba listo para comer y no pude esperar más. Lo ingerí regado con un buen ribera del Duero y los ecos de su sabor me acompañaron durante muchas horas. Acababa de perder mi condición masculina convirtiéndome en un ser asexual. Cada vez quedaba menos de mí pero no me importaba ya que hacía semanas que había rebasado el punto de no retorno, la línea roja de la autodestrucción que todo ser vivo contempla desde su nacimiento.
Pasé unos días sin comer, nada era comparable a la última experiencia gastrosexual y la sensación de placer absoluto ocupaba ampliamente todos los rincones de mi mente.
Finalmente, el hambre me pudo y tuve que empezar a pensar como podía seguir degustándome. La cosa ahora era mucho más complicada ya que había terminado con todas mis extremidades. Ahora tocaba entrar en mi cuerpo y eso eran palabras mayores. Tendría que ir con mucho más cuidado si quería seguir en este mundo aunque, por otra parte, también existía dentro de mí el deseo oculto de acabar, de terminar con esta barbarie en la que me encontraba imbuido desde hacía semanas.
Yo sabía de la gran capacidad de regeneración que tiene el hígado, así que pensé en cobrarme una pequeña parte del mismo. Sin embargo, mis conocimientos de anatomía no alcanzaban el nivel para una intervención exitosa. Aun así, me atreví a meterme mano. Bisturí en ristre, me hice una incisión en el costado derecho y la sangre empezó a brotar. Rápidamente me di cuenta de mi error, alguna vena se cruzó en mi camino. A pesar de intentar taponar la hemorragia con todas mis fuerzas, un fundido en negro oscureció mi desviada conciencia para siempre.

RESEÑA DEL DIARIO LOCAL. Alertada por los vecinos, la policía irrumpió en un piso ocupado por un tronco humano que se encontraba en medio de un gran charco de sangre. Diversas partes del cuerpo fueron encontradas en el frigorífico. Parece tratarse de un caso de canibalismo sexual similar al del caníbal de Rotemburgo pero no hay indicios sobre el posible caníbal. La investigación sigue abierta y bajo secreto de sumario.

viernes, 10 de agosto de 2018

¡Religión, mi religión!



Sí, yo tengo la valentía y el arrojo de pensar por mí mismo. Tengo la desfachatez de cuestionar absolutamente toda brizna de dogmatismo que me venga impuesta, ¡no lo acepto!
Es cierto, fui bautizado, qué remedio, pero en cuanto he tenido uso de razón, y eso no ha sido al cumplir la mayoría de edad, me he cuestionado el dogma central y hasta el rito que mis congéneres beatos siguen como borregos.
Creo que toda persona ha de hacerse preguntas y contestárselas en un sentido o en otro, hablarle cara a cara a Dios en un dialogo de tú a tú sin agachar las orejas por el peso de los siglos. Y que de esta conversación valiente, caminando por el borde del precipicio de la absoluta nada y la angustia de Sartre, ha de salir una postura, una posición personal aunque sea la más osada, la que no cree en nada y para la que todo es un sinsentido. Todos sentiremos durante un tiempo el vértigo de que nuestra existencia carezca del más mínimo sentido o propósito pero al final del camino encontraremos una meta, un objetivo al que aferrarnos y construir así nuestra propia religión. Todo hombre y mujer ha de construirse su propia religión en algún momento de su vida.
Ante estas palabras, estoy seguro que en otros tiempos ya me habría ganado un billete directo a la hoguera pero en esta etapa de crisis y desencanto que vivimos en la actualidad no queda más remedio que construirte tu propio paradigma, tu propio código de valores porque no lo vas a encontrar en el exterior.
Esto puede acabar mal en el sentido de que cada ser humano podría tener un código diferente de conducta, lo cual haría harto complicado el entendimiento, pero creo que siempre ha de prevalecer el haz y deja hacer, siempre que no machaques al prójimo, ahí podríamos situar la línea roja.
A mí personalmente me ha pasado lo que acabo de relatar, pasando por distintas etapas de mi vida en las que he sido católico practicante, para pasar a desencantado, luego a agnóstico sin llegar al ateísmo convencido y finalmente, a mis 48 años, pienso en la existencia de un Ser esencial, el Ser único que anima todas las cosas. Esta existencia cristaliza en todos nosotros, se hace carne, o piedra, o madera y todo vuelve al océano de su esencia cuando muere o desaparece. No existe ni el bien, ni el mal porque ambos están incluidos en el mismo ser, así que no comulgo en absoluto con la existencia de un Dios bueno y su antagonista el demonio.
Si busco el sentido a mi vida, me doy cuenta de que todas las razones y sus contrarios están incluidos en el mismo recipiente, en el mismo ser, o sea, que por ahí no vamos bien. Así que, en mi debilidad ocasionada por la consciencia humana, sólo le pido a ese Ser esencial que tenga a bien permanecer cristalizado en forma de Juan Francisco durante unos cuantos años, cuantos más mejor, para seguir disfrutando de toda la belleza que Él es capaz de crear a mi alrededor.

viernes, 3 de agosto de 2018

Mis días más felices



Hace unas semanas leí en La Vanguardia que el día 20 de Junio era el día más feliz del año. Y por supuesto para darle empaque, han bautizado el día con un nombre en inglés, el “yellow day”.  Ya tenemos otro mito en la constelación de días clasificados como el “black Friday”, el “ciber Monday” o el “blue Monday” del que hablaré más tarde.
Si bien es cierto, y así lo reconozco, que el mes de Junio es un mes especial, de despertar, de emociones saltarinas, de meta volante. Termina el curso escolar, los exámenes finales acechan al albor de los primeros calores y la felicidad vacacional o el fracaso de ir para Septiembre están a tocar de la punta de los dedos. Pero no sólo son los exámenes sino que realmente parece terminar un ciclo vital con el fin de la primavera y el inicio del verano escenificado en la fiesta de San Juan. En la mágica noche quemamos todo lo antiguo y vaciamos la pesada mochila que arrastramos desde el inicio del año para comenzar de nuevo. Así, es un comienzo en la luz, un comienzo agitado, zumbante, vigoroso, muy diferente al inicio del año después de la Navidad.
Nos zambullimos en una estación que casi satura nuestros sentidos, el calor haciendo palpitar la naturaleza y nuestros cuerpos vibrando al ritmo de las cigarras que atronan los secos eriales de los entornos rurales. Hasta las noches parecen convertirse en día dándonos una mínima tregua para recuperarnos del cansancio diario.
Es cierto, estoy de acuerdo, Junio es un mes feliz si bien Julio y Agosto pueden llegar a ser un poco agobiantes bajo los efectos perniciosos del excesivo calor, nuestros cuerpos sometidos a una especie de estrés oxidativo, sudando sin parar y con nuestras funciones biológicas al borde del colapso.
Así que a pesar de que Junio, mes en el que nací, me gusta mucho, cada vez aborrezco más el infernal calor y me hago de la liga de los que prefieren la quietud, la oscuridad y el frio del invierno.
Y esto me lleva al “blue Monday”, fecha que coincide con el tercer lunes de enero y que según los mismos entendidos representa el día más triste del año. Sería una especie de depresión post-coital después de la vorágine navideña, de las alegrías consumistas y de la lista de buenos deseos para el año nuevo en la que nos pegamos un tortazo con la dura realidad de nuestras vidas. No aparecen jolgorios en el horizonte lejano y todo parece gris como el cielo del invierno.
Reconozco que el coctel no parece muy halagüeño y los sesudos dinamizadores de tendencias reconocen que en esta época es mejor no esperar demasiado. Sin embargo, miro el calendario y compruebo que el próximo “blue Monday” será el 21 de enero que es justo el día en que nació mi hija Sara y que fue y siempre será uno de los días más felices de mi vida. Así que me reafirmo con lo de hacerme de la liga del invierno y celebrar con toda la alegría interior los cortos días de esta estación, aportando yo el calor necesario para que la vida humana fluya con suavidad sin los extremos del caluroso verano.
En resumen, que todo es relativo y particular al individuo y que debemos huir de las etiquetas que intentan encasillar hasta nuestras emociones más básicas, alegría, tristeza; por favor déjeme a mi decidir cuando quiero sentirlas y este año que viene, si me apetece, celebraré el “happy Monday” el 21 de Enero junto a la tarta de cumpleaños de mi hija.