sábado, 16 de enero de 2016

La Casa del Viento

Sopla muchos días el viento aquí, es de locos pero el viento sopla y sopla. Y la casa se asoma en lo alto del recodo y contempla la cuenca reseca, arcillosa y gravera, excavada por el rio seco desde siempre.
El abuelo la construyó aquí, junto a la bocana del recodo, abandonada al albur de la garganta profunda que exhala su abundante aliento contra las paredes de la vieja casona, limpias y expurgadas de tanto aventarlas. Los cantos rodados que conforman el ánima de estos muros han eclosionado como los dientes de un niño y serán lo último que se lleve el viento cuando no quede argamasa que los una.
El poniente no cesa, pueden ser días o semanas de cálida exhalación que se lleva el alma de todos los seres vivos que habitan la finca. Se la lleva el viento dejando un rastro, o más bien un rastrojo, reseco y enjuto, un recuerdo de lo que allí intentó medrar. Ya me ha tumbado las matas de habas, ya me ha tirado la flor de los olivos y de los cítricos, ya me ha secado la gota de agua que ayer les puse. Esta tierra está maldita, nada crece en ella mientras este maldito poniente siga soplando con fuerza.
Otros días las palmeras altaneras saludan al levante, que aunque viene amerado, trae malos modales y sacude la verdura con rachas insolentes. ¡Ay qué las tumba! Cómo se balancean las palmeras, qué vaivenes marcan sus coronas y yo me deshago en cálculos para saber si su copo alcanzará la vieja casa en caso de accidente.
La casa del viento es también la casa de los olores, olores que trae el viento, aromas lixiviados de la madre Naturaleza que tan solo el rocío humedece. Olor a sol, a azul cielo y a tortilla de calabacín en las largas tardes de verano. La tierra está tan seca que cruje al pasar y exhala pequeñas nubes de partículas con las que se alimenta el viento que reparte esos efluvios por doquier.

El mar a un lado, al otro el abismo, y al menos algún día, llega una brisa suave y aromática con olor a salitre cuando viene del este u olor de hogares encendidos cuando sopla del oeste. El mar y la tierra se reúnen a orillas de la casa, la casa del viento, que siempre pasa, que va o viene, pero siempre pasa. En ella no crece nada, tan solo una rosa, la rosa de los vientos.

Nota: Texto inspirado en la casa que construyó mi abuelo Eduardo en la riba del río Monnegre o río Seco en el término municipal de El Campello.

jueves, 10 de diciembre de 2015

GÓTICO


Con el ánimo helado recorro la superficie mohosa de las lápidas que contoneándose pueblan la tierra. La niebla es espesa y repta por el suelo creando la impresión de que todo se encuentra en una especie de suspensión espectral. Fantasmagorías creadas por los retorcidos árboles que parecen haber muerto en el intento de alcanzar la huidiza luz que se atreve a penetrar en aquel mundo de sombras. El ambiente brumoso embota los sentidos y cubre con su velo silencioso lo que algún remoto día fue vida, aquellas flores secas que algún día florecieron, aquella hiedra ocre que algún día trepó vigorosa, aquel metal herrumbroso que algún día mostró sus afilados perfiles y aquella gente bajo tierra que algún día mostraron su sonrisa.
Hasta el musgo se secó de tristeza moteando las cruces de piedra que ya han perdido su altivez y se muestran como tocones inclinados, aquí y allá, como arrastrados por el torbellino del eterno girar de la Tierra.
Una verja eternamente entreabierta nos invita a entrar y caminar por la húmeda calzada adoquinada que conduce a la ermita de las ánimas. Allí han buscado cobijo escapando lentamente por las grietas de las tumbas que ya se hacen polvo alisando sus cinceladas inscripciones.
La hojarasca seca y gris lo cubre todo, hojas que no son de este otoño, que no son de estos árboles alimentados apenas por un hilito de savia, hojas que pertenecen a la eternidad, al paso eterno del tiempo que en este lugar quedo congelado en el momento del eterno olvido.
¡Qué nadie se atreva a mirar en el interior de la ermita si el alma quiere conservar! Qué los vivos se cuiden de molestar, que estos son los dominios de la muerte y los gustos que ella tiene.
La Naturaleza muerta codifica toda la vida que fue, todos los matices, todos los caprichos vitales que dejan una huella indeleble por toda la eternidad. Así que, en realidad aquel lugar es rico en matices maduros, en experiencia, en sabiduría que va diluyéndose en el tiempo para volver a la madre tierra con el reino vegetal por anfitrión.
Un cuervo grazna en la lejanía del horizonte brumoso del cementerio como vigilante y valedor del lento envejecer de los panteones cuyas paredes de piedra húmeda hace años que no han sido tocadas por vivo, y en el interior descansa el último ramo de rosas blancas que ahora parecen de papel al pie de la fotografía del desdichado pudiente.
La bruma amarillea sobre las desnudas copas de los retorcidos árboles, algunas hojas prendidas a las ramas desafían las leyes del otoño en el cementerio y permiten vislumbrar al fondo el imponente pórtico neoclásico, una columna a cada lado sosteniendo el frontispicio triangular y la inscripción latina de un año perdido ya en el remoto pasado.

Más allá a lo lejos, la luz de un tenue candil, la casa del sepulturero que ya no tiene más trabajo que sostener su propio hilillo de vida que se escabulle por el umbral de la puerta en dirección al cementerio, el único cuasi vivo que ya tiene elegido el lugar de su eterno reposo, allí, al lado del rosal amarillo que nunca muere.

sábado, 24 de octubre de 2015

¡Siria!


Llegan como pedacitos de papel mojados a las orillas de nuestras casas, papeles quemados, trocitos de ilusión triturados por las fauces del monstruo que vive en Siria. Esa inmunda criatura, criminal y ególatra, que mastica sin parar el futuro, los futuros de todos, también el de Europa, es un gran demonio, el demonio humano desatado, suelto y zascandileando por la Tierra ante la mirada bobalicona de los occidentales orondos y desalmados.
¡Muerte, muerte, muerte! Eso llega a nuestras costas en forma de inocencia segada, dulzura, candor, ganas de jugar y la completa incomprensión de lo que está pasando.
Al otro lado queda desgarro inmenso, herida sangrante que nunca cerrará, y deseo de no haber nacido.
Otros, más osados, se atreven a golpear las puertas de nuestras casas pidiendo cobijo pero suelen encontrar un dedo señalando el camino de vuelta.
El demonio está suelto en Siria, los bandazos de su cola matan niños que se derraman por el Mediterráneo como regalos del infierno. El Mediterráneo, un mar anciano que ya no está para estos trotes, y que está harto de entregar muertos que escapaban de la muerte.

¿Quién se atreve a matar al monstruo?


lunes, 21 de septiembre de 2015

La leyenda de Requena


José Requena Carmona, cabrero de aquella serranía, vivía en una humilde casona toda pintada de blanco en lo más profundo del monte.
Aquella mañana, había tenido un extraño presentimiento cuando se levantó al alba para ir a pasturar al rebaño, un presentimiento funesto que él achacó a la copiosa cena de la noche anterior. El día despuntaba gris y frio y no invitaba a echarse al monte pero la dura vida de pastor no permite quedarse en cama cuando el día sale feo, así que, abrió la puerta del corral y dejó salir al rebaño que enseguida estuvo agrupado con la ayuda de su fiel perro Sultán.
Comenzaron a caminar hacia el pantano del Tranco porque en sus orillas siempre había pastos verdes que hacían las delicias de las cabras. La zona desprendía cierto aire melancólico propiciado por aquellos pueblos fantasma que habían sido engullidos por el pantano. De tanto en tanto, cuando la sequía apretaba, todavía se levantaban por sus fueros las antiguas y sencillas casas de las pedanías sumergidas que parecían querer salir del agua para ir a pedir cuentas al artífice de aquel atropello. En algún punto de camino al pantano todavía se podía leer la señal que indicaba la proximidad de Vega de los Hornos, una de las aldeas borradas del mapa por la aguas del pantano. Todo ello hacía que aquella zona de la sierra de Cazorla, en la provincia de Jaén, pareciera como olvidada de la mano de Dios, una serranía maldita sin un alma en muchos kilómetros a la redonda tan solo transitada por cabreros y valientes cazadores. Por supuesto, una tierra así había dado pie a muchas leyendas, contadas por los pastores a la luz de la lumbre en las noches frías. En fin, una tierra dura que parecía haber abandonado ese toque sagrado con el que la Naturaleza bendice sus creaciones.
José no pudo deshacerse de aquella sensación, con la que se había levantado, en todo el día. Sentía un cierto pesar que acompañaba el paso lento de las horas de aquella mañana plomiza, ya bien entrado el otoño. Para almorzar se sentó al pie de un algarrobo seco pues no buscaba sombra sino más bien un cierto cobijo que le protegiera las espaldas. Sacó su zurrón y comenzó a comer mientras contemplaba inapetente el rebaño, que curiosamente se mantenía más agrupado que de costumbre. Sultán se aburría ante la escasez de trabajo y había decidido echarse al lado del pastor con actitud recelosa, atento al vuelo de una mosca.
A eso de las 4 de la tarde, el color gris del cielo se intensificó y José vio con claridad cómo se fraguaba la tormenta. Sin saber muy bien porque el corazón le dio un vuelco cuando ordenó a su fiel perro recoger al rebaño para tomar el camino de vuelta. Su estado fisiológico le enfadó un poco, un pastor tan experimentado como él no debía asustarse por cuatro truenos. No tuvo demasiado tiempo para la autocrítica ya que rápidamente comenzó a llover copiosamente y las labores de conducción del rebaño absorbieron toda su atención.
Al cabo de unos minutos de caminar a paso ligero por entre los collados que delimitaban la zona del pantano, le pareció oír los balidos de una de las cabritas de pocos días que llevaba en el rebaño. Encomendó a su perro Sultán la responsabilidad de continuar conduciendo el rebaño hacia casa mientras él retrocedía sobre sus pasos unas decenas de metros en busca de aquellos balidos lastimosos. A la vera del camino, cerca de unos zarzales, vio a una cabrita que parecía tener la pata lastimada o atrapada en el entramado de ramas. Corrió veloz a liberarla y la introdujo en un saco que llevaba atado a la cintura. Una vez rescatado el animalito se la echó a la espalda y apretó el paso en busca de su rebaño y su perro que se encontraban más o menos a un kilómetro.
Requena alcanzó al rebaño y juntos fueron bajando hacia el viejo cortijo bajo una lluvia cada vez más espesa. A pesar de que no era tarde, la luz era cada vez más escasa, como filtrada por el manto acuoso, y un sentimiento de irrealidad se iba apoderando poco a poco de los sentidos del apremiado pastor. José cogía el saco con las dos manos sobre su espalda pero le daba la impresión de tener que emplear cada vez más fuerza a medida que avanzaba por el sinuoso camino. En un primer momento, no quiso darle mayor importancia, cegado por la idea de llegar a casa cuanto antes. Pensaba que era normal que al empaparse el saco, pesase cada vez más y además el cansancio iba haciendo mella en su ánimo y en su fuerza. Sin embargo, al pasar entre los dos fresnos que configuraban una especie de puerta natural hacia la pradera desde la que ya se veía la casona, la campana de irrealidad se hizo tan patente que el extenuado José no tuvo más remedio que parar y depositar el saco en el suelo con la intención de revisar su contenido.
Un tenue resplandor rojizo iluminaba el interior del saco y José dio dos pasos hacia atrás. La cabeza de un macho cabrío buscó la boca del saco que continuó deslizándose para dar paso al cuerpo enhiesto del chivo. Un leve humillo azufrado salía por sus fosas nasales y sus ojos eran pequeños tizones incandescentes. Cuando acabó de erguirse delante del petrificado pastor, rampante y con la mirada maliciosa, le preguntó,
¾¿peso, Requena?



Relato basado en la Leyenda del Cortijo de las Ánimas o Leyenda de Requena, que se cuenta en tierras jienenses por los montes de la Sierra de Cazorla en las inmediaciones del pantano del Tranco.

viernes, 7 de agosto de 2015

Emoji




Con el advenimiento de las nuevas tecnologías, están produciéndose toda una serie de alteraciones del lenguaje verbal, especialmente del escrito, que amenazan con perpetuarse. El desencadenante original de estos cambios es generalmente la dificultad a la hora de manejar el interfaz máquina-humano unido a un estilo de vida esculpido a golpes de teléfono móvil y otras chuches tecnológicas, y me explico.
A mi modo de ver, hay dos hechos que están directamente relacionados con la alteración de los códigos escritos asociados al lenguaje. El primer lugar, la sociedad actual se comunica cada vez más a través de soportes electrónicos que nos permiten llegar a un número casi infinito de interlocutores pero al mismo tiempo evitan el contacto bis a bis. Al querer comunicarnos con un número ingente de personas, vulgarmente conocido como red social, el tiempo empieza a jugar un papel importante, necesito rapidez, inmediatez, escaso o nulo refinamiento a la hora de escoger los códigos o significantes que le envío al otro interlocutor. En segundo lugar, al evitar la comunicación oral, utilizamos mucho el leguaje escrito y el acto de escribir nos cuesta. Me refiero físicamente, nos cuesta dominar nuestros dedos para que se aclaren tocando compulsivamente las estrechas pantallitas táctiles de los móviles. Todavía recuerdo cuando aprendíamos mecanografía para poder escribir rápido sobre un teclado QWERTY, ahora seguimos usando los mismos teclados pero ni Dios sabe mecanografía, así que lo normal es acabar con un tembleque considerable si uno se extiende demasiado en sus mensajes.
Esta dificultad a la hora de escribir nos ha llevado a destrozar el lenguaje escrito, como forma de rebeldía o de supervivencia pragmática ante el nuevo paradigma de la comunicación. Así, el número de faltas de ortografía se ha disparado exponencialmente y está socialmente aceptado cometer atrocidades ortográficas cuando escribimos en el móvil, como por ejemplo la completa erradicación de los acentos dada la intranscendencia y la inmediatez de los mensajes y la gran dificultad para poner una tilde con el móvil. También hemos destrozado las palabras aplicando el rodillo de la abreviación que ha generado toda una serie de engendros y nuevos palabros cuya única gracia es ser más cortos que la palabra original, verbigracia “finde”.
De cara a explicar el origen del lenguaje de signos faciales “Emoji”, yo añadiría todavía un factor adicional a lo dicho anteriormente que es la incapacidad cada vez mayor para expresar las emociones. No sabemos como poner en palabras lo que sentimos, como matizar lingüísticamente nuestros sentimientos y sensaciones, y por eso cada vez más recurrimos a los sufridos gráficos infantiles de las caritas. No sabría decir si esta falta de capacidad lingüística es algo actual o que ha sucedido siempre entre la masa social no erudita (entre la que me incluyo), pero me da la impresión de que es un efecto más de la idiocia general en la que nos han sumido los medios digitales. Asimismo, los emoticonos guardan escondida una pequeña arma secreta que radica en su ambigüedad. De esta manera, el emisor lanza una señal que es interpretada por el interlocutor, más o menos fielmente, pero siempre adaptándola a su propio código emocional y así nos aseguramos unos resquicios suficientemente amplios para no herir sensibilidades y transmitir mensajes de manga ancha.
Por tanto, creo que a raíz de la erosión lingüística producida por los medios digitales de una u otra manera, se ha producido una involución del lenguaje que deja caer las palabras, de lenguajes alfabéticos y fonéticos, para abrazar los dibujos. Estamos volviendo a una escritura formada por ideogramas “emocionales” o emoticonos, que desde mi punto de vista tienen la misma funcionalidad que los legendarios ideogramas de las lenguas asiáticas o incluso los jeroglíficos egipcios o mayas. Si se me permite ir un poco más allá, en realidad creo que los ideogramas chinos o los jeroglíficos mayas son en realidad más complejos que los emoticonos, de manera que yo situaría el lenguaje de las caritas más bien cerca de Altamira y de la categoría representativa del lenguaje rupestre.
Lo que aquí he expuesto me parece una versión simplista del fundamentado análisis que podréis encontrar en el blog Transcliché Metacorner, donde mi amigo Carles ha capturado una imagen más competente de las graciosas caritas y que os animo a leer.
P.S.: ¿Capturan los emoticonos los matices faciales-emocionales que Rembrandt o Goya plasmaron en sus cuadros? Creo que sé la respuesta .

sábado, 4 de julio de 2015

85% Puro


Con el temple firme enfilé el pasillo,
decisión tomada, paladar fino.
Crepitó el tembloroso fluorescente
y me partió el rostro alicantino
machacando bruscamente
mis luces y mis sombras.
Mirando la nevera con urgencia,
me asaltó la duda, flojeó mi ánimo,
85% de pura esencia.
Mi alma nunca fue tan pura,
mi lengua se arruga,
mi garganta se seca
y me turba su aroma
antes de llevármelo a la boca.
Duro de roer crujió entre mis dientes
lanzando su puñetazo astringente.
Mi lengua intentó enjuagarlo,
la masa se hizo un bolo,
y perdí la esperanza de dominarlo
antes de que colara triunfante
por el bajante alimentario.
El segundo envite fue aún peor,
seguía crujiendo entre rechinar de dientes
pero al final se mostró clemente
y le hizo caso al domador.
Poco a poco fue cediendo terreno
mientras mi boca no paraba de amasar.
Un chupetón marcó el final
de aquella onza, 85% de puro cacao,
un potro duro de domar
sobre el que cabalgó mi lengua anoche.

martes, 23 de junio de 2015

Una tarde de San Juan



Mi alma se asoma tímida al profundo precipicio del cielo entelado. Un velo gris y azulado esconde el rostro del verano, la novia que al atardecer, todavía tímida, no se atreve a mostrar su cálida tez.
Siento el vértigo invertido, que más bien sería “invértigo” al mirar la cúpula celeste que Miguel Ángel ha pintado para mí, con infinitas tonalidades de azul que van virando a gris por obra y gracia de la pequeña noche.
En esta noche de San Juan, encenderemos las calderas del verano, que nos abrasarán en los próximos meses.
Pronto mi vértigo será cegado por la luz sin matices, arrasadora, que sólo podré contemplar en los ondulantes reflejos de las fuentes. Pero siempre me quedarán las tardes, de mágica luz tamizada y olores de paja madura y néctar derretido.
Por lo pronto, sigo con mi vértigo que me arroja al infinito, y me hace caer como un naufrago entre la olas de nubes tiznadas por la noche, con la única esperanza de agarrarme al Boing que cruza mi vertical pinchando los algodonados meteoros.
Haremos fuegos, muchas hogueras, quemaremos lo bueno y lo malo, incendiaremos el cielo con antorchas silbadoras y por fin el incendio se desatará, y todo lo quemará, incluida mi piel si no soy precavido en la playa.

¡El verano ya está aquí!