martes, 3 de diciembre de 2013

Marrameu

El día de todos los Santos cristaliza en Catalunya en multitud de manifestaciones culturales que hacen de esa fecha todo un conglomerado de tradiciones absolutamente imbricadas con la climatología propia del otoño. Naturaleza madura, primeros fríos, hojas secas que tintan los bosques y las alamedas de colores cálidos que explotan como si de una supernova se tratara, marrones, rojos, naranjas.
Da comienzo la época del recogimiento, de la hibernación psicológica, de la vida intramuros, de ordenar nuestro armario interior desinfectándolo con la tristeza de los días grises.
Los alimentos típicos de estas fechas en Catalunya también son el tributo de la Naturaleza rendida al avance del tiempo. Los piñones que dan las piñas abiertas del verano, con los que se elaboran los deliciosos panellets y el vino de licor, pero sobre todo, las castañas y todo lo que rodea a la castanyada. Dentro de la constelación de manifestaciones culturales que se dan en estos días, una de ellas ha cautivado mi atención por su componente onomatopéyico. Habla de un gato  muy atrevido que juega con las castañas saltarinas a la vera del fuego y cuyo nombre es Marrameu.

Yo me he puesto a jugar con el gato y con sus pegajosos maullidos, reescribiendo sin permiso la historia de este gato que, como todos los gatos, es muy curioso y no sabe que la curiosidad... mató al gato.


Marrameu,
què fas torrant castanyes,
Marrameu,
cap remeulo més,
Marrameu,
deixa de miolar,
Marrameu,
que ja comencen a petar,
Marrameu,
treu el musell de la llar.
Ja n’hi peta una,
miol,
ja n’hi peta una altra,
mèu,
ja li peta una als morros,
Marrameu mort!


Letra de la canción original

Marrameu torra castanyes
A la voreta del foc
Ja n’hi peta una als morros
Ja tenim Marrameu mort.
Pica ben fort, pica ben fort
Que piques fusta, pica ben fort.
Marrameu i Marrameua
S’emboliquen en un llençol
Feien veure que era un home
I era una fulla de col.
Pica ben fort, pica ben fort
Que piques fusta, pica ben fort.
Marrameu ja no s’enfila
Per terrats ni per balcons
Que té una gateta a casa
Que li cus tots els mitjons
Pica ben fort, pica ben fort
Que piques fusta, pica ben fort.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Rita

Sobre el nombre de Rita, dice la Wikipedia que viene de la palabra latina “Margarita” que significa “perla”. Es sin duda un nombre bonito, a la vez que potente, pero lo que me ha hecho traerlo al ágora es ese talante artístico que destila con tan solo cuatro letras.
Para mi es el nombre femenino de la artista de casta, que transmite fuerza e integridad personal, al mismo tiempo que te envuelve con su seductora delicadeza.
Rita es un nombre que me transporta al escenario, a las tablas donde los grandes artistas lidian con el genio del arte que se resiste a presentarse dócil frente a la expectante audiencia.
Rita corta el aire con su gesto grácil pero firme, contundente, dibujando una sinuosa red en la que es muy difícil no caer.
Es curioso observar que cuando lo usan los anglosajones, les confiere esa chispa latina que resulta en una mezcla muy sugerente y ahora no me puedo quitar de la cabeza a Gilda, o mejor dicho, a Rita Hayworth. Ya lo decían los Beatles en su canción “Lovely Rita”, doncella del parquímetro, tan seductora y adorable pero con un aire algo marcial, anotando una multa en su pequeño cuaderno blanco.
En España la contundencia del nombre, a mi entender, le come cierto terreno a la cara delicada y femenina, y puede llegar a entrar en solares ligeramente burdos, ejemplarizados por la frase que hizo famosa Rita Giménez García, y que todos recordamos “Eso lo va a hacer Rita la cantaora” y sus variantes.
Asimismo, el santoral nos devuelve una de esas frases clásicas imbricadas en la malla popular. Sin embargo, para mi gusto enfatiza excesivamente el carácter desprendido de la santa y parece prevenirla para que no cese en su generosidad. “Santa Rita, Rita... lo que se da, ya no se quita”
Rita, musa de los artistas, tantas canciones consagradas a tu memoria, siempre jugando con la dicotomía de tus cuatro letras y tejiendo con tus dos hilos el paño de la vitalidad dulce y enérgica.
Adorable Rita, doncella del parquímetro...





Dedicado con cariño a mi buen amigo Carles y su hija Rita


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Vida Narcótica


Tantas veces se ha hablado sobre esto que poco más se puede añadir. El nivel de estimulación habitual es tan elevado en el hombre del siglo XXI que los umbrales de sensibilidad se han embotado de forma considerable. Esto produce una repercusión inmediata en la capacidad de percibir la vida que nos rodea, de manera que pasamos gran parte del día semi-inconscientes y con la sensación de cabalgar sobre un tren que no se detiene en menudencias.

Parafrasearé a Marx cuando decía aquello de “la religión es el opio del pueblo” para decir que eso sigue siendo vigente en la actualidad con la precaución de intercambiar la palabra “religión” por “deporte televisado”. La gran masa comulga cada fin de semana sintiendo la pulsión de algo que le motiva delante de los televisores que retransmiten partidos, especialmente, partidos de fútbol. El resto de la semana la pasamos corriendo de allá para acá, esclavos de nuestra agenda, de nuestros anhelos y de la sociedad de consumo que nos maneja como polichinelas, dosificando convenientemente las recompensas materiales con objeto de conseguir el mayor rendimiento del individuo. Es como jugar al Monopoli con la pirámide de compensación de Maslow. ¿El resultado? una vida hueca, falta de autenticidad, y llena de recompensas enlatadas que nos permiten seguir viviendo narcotizados.

viernes, 18 de octubre de 2013

El Origen de la Vida


La primera impresión que nos causa un título rimbombante como este es cierto hastío y una escasa, por no decir nula, excitación intelectual. Por supuesto, que todo ser humano se ha hecho alguna vez la pregunta encerrada en el título, y ha sentido por unos instantes la ilusión del descubrimiento infantil provocada por el arrogante espejismo de nuestro pensamiento. Dejadme que lo piense un poco, quizá soy yo el afortunado capaz de colar mi raciocino por el estrecho ojo de nuestro entendimiento hacia la luz de la verdad absoluta. Casi podríamos decir, que preguntarse por el origen de la vida o por el final de la misma forma parte de los derechos universales de todo ser humano.
Sin embargo, una y otra vez, lo que nos espera al otro lado del ojo de la aguja es el frontón de nuestras propias limitaciones, el animal pensante que quiere ver a Dios, que quiere por fin entenderlo TODO, que escudriña la naturaleza de Dios como si de un objeto se tratara, que no puede ser y conocer al mismo tiempo. Y de tantos trompazos contra este duro frontón, está ya manida, casi tumefacta esta cuestión, ¿cuál es el origen de la vida?
Pues bien, hoy he decidido ejercer mi sagrado derecho de preguntarme quien me ha puesto aquí y por qué. Me apetece jugar a la lotería de los espejismos intelectuales y... quién sabe, a lo mejor, soy yo el afortunado.
En relación con este esquivo rompecabezas, todos contemplamos casi boquiabiertos, la danza de las moléculas de la vida, asistimos maravillados al ensamblaje de los ladrillos que forman complejas estructuras biológicas, nos deleitamos con el número de magia pero no logramos desenmascarar el truco. Cómo los ácidos nucleicos pueden ser una maquinaria tan perfecta, preservando la información pero al mismo tiempo dando pábulo a la diversidad. ¿Quién en su sano juicio podría aceptar que todo eso es fruto del azar? El comportamiento inteligente que muestran estas macromoléculas biológicas es imposible de obviar, no puede ser fruto de la casualidad, ¿somos simplemente una casualidad?
Para intentar contestar estas preguntas, primero debo encontrar donde se rompe el hilo de mi discurso, o hablando en términos generales, del discurso científico. Sabemos como se engendra la vida, la vemos en acción perpetuándose sobre el planeta. Entendemos sus mecanismos cada vez con mayor detalle, pero sin embargo, parece que por mucho que buceemos entre los distintos niveles de organización de la materia, aunque alcancemos el nivel subatómico, no se ve la luz al final del camino. De hecho, cada día tenemos más claro que no es ese el camino de la comprensión universal y aparece ante nosotros una desmotivante sensación de extrema especialización que nos aleja de la visión holística. Parece que al ser humano se le da bien enfocar y se le da mal desenfocar, que no es divagar en el menudeo.
Por tanto, falta algo, falta una pieza que permita entender y correlacionar todos los puzzles que tenemos a medio montar pero parece que empiezo a intuir donde perdí el hilo de mi discurso, donde está el fallo que me molesta en todo este tinglado. Mi atención apunta ahora hacia la causa inteligente de todo este despliegue espectacular de filigranas biológicas. Estoy buscando al SER que conocía, que conoce y conocerá con independencia de la forma física de organización en la que cristaliza o se manifiesta.
Veo que la materia puede organizarse en pequeños corpúsculos capaces de generar una actividad intelectual, y que estos pequeños corpúsculos de materia tienen la capacidad de generar la sensación del SER. Si consideramos que la Tierra no es una singularidad, no es una excepción sino por el contrario representa la forma natural en que la vida se manifiesta, podemos dar por válida la hipótesis de que la vida se organiza entorno a 4 o 5 elementos principales, léase C, N, O, S y H. Es decir, es muy poco probable que si eventualmente existiera vida en otro planeta, está esté basada en la combinación de átomos de plomo y xenón, por ejemplo.
Así, si consideramos el Universo como un sistema cerrado, podemos poner los cimientos del gran salto intelectual. Lavosier y Lomonósov fueron los primeros en darse cuenta de que cuando las sustancias reaccionan entre sí para generar nuevas sustancias, el cómputo total de materia siempre se mantiene constante. Esta ley se conoce como principio de conservación de la materia. Asimismo, durante el siglo XX, Einstein amplió el alcance de este principio de conservación al postular la dualidad existente entre la masa y la energía. De manera que la ley de conservación de la energía afirma que la cantidad total de energía en cualquier sistema físico aislado (sin interacción con ningún otro sistema) permanece invariable con el tiempo, aunque dicha energía puede transformarse en otra forma de energía (Primer principio de la Termodinámica).
Si intento supeditar mi discurso a estos dos principios de conservación, y teniendo en cuenta que la cantidad de “ladrillos” de la vida (C, N, O, S, H) es limitada, podríamos extraer otro principio de conservación al que podríamos llamar “principio de conservación de la vida”. Intuitivamente todos percibimos que cuando un ser vivo muere, su cuerpo o la materia que lo constituía vuelven a reintegrarse al medio que genera a su vez otros seres vivos. Es decir, los átomos de la vida se recombinan continuamente fructificando en nuevos individuos que comparten el mismo juego finito de piezas.
Por otro lado, sólo las superestructuras (seres vivos inteligentes) creadas por la combinación de estos elementos son capaces de percibirse a si mismas. Si limitamos la definición de la conciencia estrictamente a la percepción de nuestra subjetividad, la autosensación del ser o el entendimiento de nuestro propio ser, y excluimos otras funciones de la mente que podrían ser confundidas con tener conciencia como por ejemplo la imaginación, el pensamiento racional o la percepción del entorno, ciertamente, parece que la consciencia es una cualidad inherente a la materia, es decir, siempre que la materia es capaz de organizarse puede llegar a producir la autopercepción de si misma, y por tanto, puede generar una consciencia.
Si esto es cierto, empezamos a conectar de algún modo estos dos conceptos que en principio parecían tan alejados, lo físico, y la noosfera. Esta afirmación, tiene una trascendencia mayor de lo que parece a simple vista pues estamos situando la conciencia en el plano de lo físico, es decir, a merced de las leyes de la física. Así que, parece asumible que la cantidad de materia capaz de percibirse a si misma en el Universo es limitada y por tanto, la conciencia generada es asimismo finita. Y además, si la conciencia es el producto de un corpúsculo de materia organizada, también deberíamos ser capaces de afirmar algo parecido a un “principio de conservación de la conciencia”. Por tanto, en un sistema cerrado, que contiene una determinada cantidad de materia capaz de organizarse en estructuras biológicas complejas, la conciencia no se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Llegados a este punto, ¿he contestado a las preguntas que atormentan mi curiosidad? Según mis argumentos, existiría un gran repositorio potencial de la vida y la conciencia y nosotros seriamos pequeños vasos comunicantes conectados con ese ALMAcen de vidas y conciencias. Sin embargo, ahora he de correr de nuevo al campo de la humildad del que tanto me he alejado a lo largo de esta entrada, y he de reconocer que en el mejor de los casos sólo he alejado la eterna pregunta un poco más arriba en el tiempo. Quizá ahora es menos amenazante pero a pesar de todo, un niño de 5 años  me preguntaría “¿qué había antes de lo que has explicado? Y mucho me temo que la respuesta es “no lo sé”.

lunes, 12 de agosto de 2013

El origen del mal


León Tolstoi

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.
En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.
-El mal procede del hambre -declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema-. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.
El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.
-Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Más ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella "¿Habrá comido?", nos preguntamos. "¿Tendrá bastante abrigo?" Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.-No; el mal no viene ni del hambre ni del amor -arguyó la serpiente-. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.
El ciervo no fue de este parecer.
-No; no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.
Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:
-No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo, la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

i

            Cuando Tolstoi se preguntaba acerca del germen del mal en su cuento titulado “El origen del mal”, apuntaba cuatro posibles causas representadas por otros tantos animales. Un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente indicaban cada uno la causa de sus desgracias, léase el hambre, el amor, la ira y el miedo, respectivamente, y señalaban estos desencadenantes como el origen del mal. Es decir, cada animal situaba la fuente de su malicia en aquello que lo subyugaba, aquello que le dificultaba la vida, que lo dominaba. De esta forma, Tolstoi atribuye la generación del mal a una respuesta del ente racional sometido, como si fuera un acto de rebeldía, es decir, el mal se engendra por aquello que nos somete, que doblega nuestra voluntad. Si intentamos expandir un poco más el alcance de esta afirmación, el argumento de Tolstoi sería como decir que los condicionantes  del medio que nos rodea son “el origen del mal”. Y por si hubiera alguna duda en esta interpretación de las palabras del clásico ruso, el cuento termina señalando a la propia Naturaleza como la causa de todas las maldades.
            Bajo la perspectiva que nos dibuja la interpretación tolstoiana, podríamos concluir que la evolución de los organismos vivos y su capacidad de adaptación al medio es la gran maquinaria de generación del mal. Si un determinado comportamiento aumenta las posibilidades de supervivencia de un ser vivo, ese comportamiento tiende a perpetuarse e incluso podríamos decir que se integra en el ADN de esa especie, no es necesario el cambio. Por el contrario, si el comportamiento de un determinado ser vivo no se encuentra en armonía con su entorno, no es óptimo teniendo en cuenta el binomio ser vivo-entorno, entonces se requiere un cambio, se requiere una adaptación. Y es precisamente en ese mecanismo de adaptación donde Tolstoi sitúa el origen del mal.
            Pero quizá, antes de continuar nuestra búsqueda de las causas primeras del mal, tendríamos que definir que es el mal. ¿Alguien se atreve? ¿Qué necesitaron los cuatro animales del cuento de Tolstoi para señalar la causa de la maldad? Creo que la respuesta es evidente, tener conciencia. ¿Alguien sería capaz de pensar que un cuervo, un palomo, un ciervo, una serpiente o cualquier otro animal saben que es el mal? ¿Verdad que no es posible definir el “mal” si no es en contraposición al concepto de “bien”? Empezamos a intuir que la definición de los conceptos bien y mal está más acotada de lo que parecía en un principio.
            No parece un concepto universal, ni tampoco planetario, ni parece que les importe a las plantas, ni a los animales. A mi me parece que sólo les importa a un tipo concreto de seres vivos, aquellos que tienen conciencia, o sea, al ser humano. ¿Significa esto que podemos relajarnos un poco a la hora de dirimir esta difícil dicotomía? Creo sinceramente que la respuesta es sí.
            Si mi intuición no me engaña, es absolutamente imposible definir el bien independientemente del mal y viceversa, y a su vez ambos conceptos únicamente se materializan a partir del substrato moral, es decir, se requiere atesorar una moral para poder definirlos. Y digo “una” moral para resaltar el carácter artificioso de ese constructo de normas o leyes de convivencia que llamamos moral y que tiene fundamentalmente una finalidad práctica en tanto en cuanto reduce la natural tendencia del ser humano a matarse entre sí.
       Volviendo a la pregunta que intentaba contestar Tolstoi con su cuento, ¿cuál es el origen del mal? Yo le contestaría, y perdón por el atrevimiento, que en la Naturaleza no existe el mal, ni por ende el bien. Y por eso creo que en el fondo Tolstoi tiene razón, ya que cuando el ser humano por causa de la necesidad libera al animal que lleva dentro y deja que la biología tome las riendas, entonces cae en lo que la moral llama “el mal”.

domingo, 11 de agosto de 2013

Caníbal


            Yo siempre fui una persona muy dócil e inocente. No sé por qué el destino me ha llevado hasta este punto de locura, pero sea como fuere necesito descargar mi tormento, o al menos en parte, sobre el sufrido papel blanco capaz de absorber la sangre que he derramado. Ciertamente,  me crié en el seno de una familia temerosa de Dios y respetuosa para con el prójimo. Nunca he sido capaz de albergar ni una brizna de maldad, ni de dar pábulo a la natural perversidad que emana del ser humano. Era tan sencillo e inocente que en la escuela pronto fui señalado como víctima propiciatoria para el abuso y la vejación por parte de los pequeños tiranos incipientes. Me llamaban panoli y otras cosas peores, pero sin embargo, yo nunca cesé en mi forma de ser. En el patio del colegio sacaba provecho del simple gesto de ayudar a los demás y si alguna vez adivinaba una pizca de maldad en mis actos, el remordimiento me destrozaba ferozmente las entrañas y no salía de mi desamparo hasta que se presentaba la ocasión de resarcir mi pecado. Con el tiempo, todo el que se me acercaba sentía una mezcla de compasión y rabia al ver la insolente candidez con la que me paseaba por este mundo.
            No era tonto o retrasado, más al contrario era trabajador y esforzado por lo que fui enriqueciendo mi expediente académico hasta llegar a la universidad. En ese momento pensé que la mejor manera de canalizar aquel torrente desmesurado de bondad hacia el prójimo sería dedicándome a la medicina, y sin embargo, la decisión me costó un poco a causa de un extraño pálpito que intuía cada vez que me imaginaba rodeado de material quirúrgico.
            De esta manera, fue al poco de entrar en la universidad, y estando en clase de anatomía, que crucé la mirada con la de una angustiada chica no muy dada al estudio de las vísceras. Ella llevaba unas grandes gafas de pasta negra y no veía el momento en el que aquella clase, por fin, acabaría. En esa vaporosa atmósfera de formol, nuestras almas entraron inmediatamente en sintonía rodeados de cadáveres al servicio de la ciencia, y pronto empecé a estar interesado en otra perspectiva de la anatomía humana.
            Recién licenciados, formalizamos nuestra unión y fundamos una familia. Ella se especializó en pediatría mientras yo dirigía mis estudios hacia la cirugía mayor. El natural interés de la que fue mi mujer por los niños, pronto la llevó a desear progenie y apenas un año después de nuestro matrimonio empezamos a buscar descendencia.
            Yo, por aquel entonces, me encontraba haciendo la residencia en cirugía y estaba ampliamente expuesto a todo tipo de operaciones en las que mi destreza quirúrgica aumentaba día a día. El caso es que a medida que aumentaba mi habilidad para diseccionar tejidos, venas y arterias fui experimentando una transformación cuyos primeros síntomas tangibles se manifestaron en la experiencia carnal que representa el sexo. El acto sexual me catapultaba a una especie de estado alterado de conciencia que me hacía desear más. Aspiraba a la fusión de nuestros cuerpos, a amalgamar carne con carne, a comerme literalmente a mi pareja.
            Todo aquello me produjo un miedo atroz que me subyugaba cada vez que pensaba en el contacto carnal con mi esposa, y por supuesto, nuestra relación se enrareció. Cuando estaba cerca de ella, no podía dejar de pensar en la delicada textura de su carne deshaciéndose entre mis dientes. El color sonrosado de sus glúteos me atraía sobremanera y al mismo tiempo me horripilaba el hecho de pensar en mi mujer como si de ganado se tratase, imaginando cual sería su despiece más sabroso.
            La atracción carnal me llevó hasta el paroxismo. No podía ni besarla sin imaginarme el punto al dente de sus mejillas o el exquisito sabor de su carne cocinada conforme alguna receta digna de tan preciado manjar. Me imaginaba aquella carne sonrosada lentamente desgarrada entre mis dientes por efecto de la presión de mi mandíbula, liberando un universo de sabores en armonía, el sabor del alma. Qué maravilla poder capturar la esencia de mi amada e incorporarla a mi ser para siempre.
            La situación era insostenible, la sensación de desgarro interior que sentía por culpa de esta malvada inclinación estaba a punto de enviarme al frenopático para siempre. Pensé en ponerme en manos de un facultativo pero el solo hecho de imaginarme en su consulta, recostado sobre el diván, relatando mis perversas ensoñaciones me ruborizaba terriblemente hasta el punto de sentir la pulsión de mi corazón en las sienes. También pensé en el suicidio pero me veía incapaz de alcanzar el grado de valentía que un acto así exige.
            Mi mujer percibía mi sufrimiento, aunque no imaginaba la causa, y cuanto más cariñosa y comprensiva se ponía, mayor era mi furia antropofágica. El torbellino emocional que me sacudía, en el que se mezclaban el asco, la aversión y el pavor junto con el instinto carnívoro criminal, me dejaba completamente exhausto. Qué horror tan inmenso sentía cuando me descubría a mi mismo pensando en como aplicar las técnicas quirúrgicas aprendidas ese mismo día sobre el cuerpo de mi amada.
            Me fui haciendo cada vez más huraño y retraído. No era capaz de mantener un mínimo contacto social por miedo a que mi cara denotase mi deleznable inclinación hacia la carne humana. Dónde había quedado aquel chico dócil e inocente del antaño reciente. Cómo una criatura sin maldad alguna podía haberse convertido en un demonio esclavo de la carne como yo me consideraba. ¿Es posible que el ser humano pueda alcanzar tan alto nivel de depredación para con sus semejantes? Desconsolado tuve que aceptar que todos llevamos un lobo dentro, o quizá una hiena ávida por el olor a sangre, que representa el instinto animal siempre en lucha con milenios de evolución de la conciencia. Por alguna razón que desconozco, yo solté a ese animal que me atormenta mientras sucumbo al deseo literal de la carne.
            Poco a poco fui notando como el instinto depredador iba creciendo en mi al mismo ritmo que desaparecía el remordimiento. En cierto modo fue un alivio pues el tormento causado por lo “inasumible” fue bajando en intensidad. Los días fueron pasando a medida que mi ser recuperaba su luz y el color volvía de nuevo a mi cara. Mi esposa celebraba mi aparente recuperación mientras yo iba retomando poco a poco mis actividades diarias con un renovado interés por la anatomía humana y la ciencia quirúrgica.  Volví a relacionarme con mis amigos que aliviados celebraron mi franca recuperación de aquel trastorno psicológico que había ensombrecido mis últimos meses. Volvía a ser un avezado cirujano con un futuro muy prometedor.

            Todo iba tan bien que decidí celebrarlo en compañía de mi mujer con una cena íntima. —Yo cocino—, le dije por la mañana mientras una sonrisa me cruzaba la cara de oreja a oreja. Durante la mañana, en el hospital, todo el mundo percibió mi recuperada vitalidad y hasta confesé el secreto de mi alegría, —es que esta noche tengo una cena romántica… para uno.


jueves, 16 de mayo de 2013

El Yayo (reflexiones sobre la tercera edad)



           El yayo no siempre fue mayor. Hubo una época en la que correteaba como vosotras por la casa, y pasaba la mayor parte del tiempo en la playa, entre redes, boyas, aparejos de pesca y barcas varadas en la orilla. Su madre remendaba las ajadas redes mientras los maridos bregaban con ellas mar adentro, y él saboreaba sin prisa una vida en potencia, un futuro todo porvenir. En aquellos tiempos de posguerra, ataban en corto la libertad que naturalmente emana de la inocencia infantil y pronto tuvo que contribuir a la economía familiar, él y su hermano mayor que en paz descanse. Por esta razón, tuvo una infancia corta, la necesidad apremiaba y pronto anduvo en busca de algún pescado que echarse a la boca. A pesar de la depresión de posguerra, los chicos se divertían sanamente en pandilla, y hasta completaban su exigua dieta con alguna fruta recién cogida, de esa que se escondía tras las tapias. Qué dulce sabía la fruta, sobre todo si era robada. En definitiva, las circunstancias le obligaban a crecer rápido y quizá por eso, ahora ya no recuerda que es ser niño. El niño que un día fue quedó varado al lado de una barca, con la espalda apoyada en la cuarteada quilla y las manos llenas de los cortes y aguijonazos con los que la mar defiende a sus criaturas. Aquel niño de salitre seguro que le espera en algún lugar del camino para regalarle de nuevo su inocencia en el viaje hacia las estrellas. Pero ahora el niño se ha perdido y el yayo ya no se acuerda de él, ni siquiera vosotras sois capaces de hacerle memoria, ni siquiera vosotras podéis oír la cándida voz de aquel niño que quiere jugar de nuevo. Así que, el yayo ahora os mira y se pregunta asombrado como sacaremos de ahí a dos mujeres hechas y derechas. El acertijo se le escapa y resuelve que la educación de hoy en día ya no es como la de antes y que él ya no entiende nada. Los padres, que son sus hijos, han tomado un camino que no aparece en sus mapas, un camino lleno de estímulos e incentivos que están más allá del tener algo que llevarse a la boca y que a él le parece que falla en lo primordial, los valores humanos.
            Así que, el yayo se hizo mayor pronto. A corta edad entregó ya su primer sueldo a la madre, ganado con el sudor inexperto y tambaleante de un niño a bordo de un llaüt faenando en cabotaje a pocos kilómetros de la costa. Todas las piezas encajaban, el puzzle era sencillo, un hombre, dos manos y la firme voluntad de arrimar el hombro para no alejarse de lo moralmente aceptable y económicamente necesario.
            Así, fue ahorrando en dinero y en amores hasta que estuvo preparado para formar una familia. Eran años de ilusión, de recuperación económica, de crecimiento, en los que la nariz quedó saturada de ese olor marinero que resulta de la amalgama de la gasolina con el salitre húmedo que emana del mar y de los restos del pescado, e impregna la ropa, los cabos y las lonas. El paso se hizo firme sobre la cubierta de las barcas y los brazos se rompieron de descargar tantas cajas de pescado sobre el muelle.
            De ese esfuerzo y de ese amor, nació una niña cuyo padre pertenecía al mar. Y con los años, la humedad, el salitre y el rumor de las olas fueron doblegando su voluntad y su cuerpo hasta relegarlo a la sala de máquinas, no más pescado, sólo motores. La sala de máquinas con el continuo ronroneo de los motores se convirtió en el purgatorio del pecado del hombre. La última estación antes de la dorada jubilación.
            Se jubiló joven, los marineros se lo merecen, tenía 55 años. Toda una vida confinado a no más de 20 metros de suelo que pisar, a no dormir más de 4 horas seguidas, expuesto a la acción corrosiva y al mismo tiempo saludable del mar y, en definitiva, a no distinguir entre la vida y el trabajo. Tenía todavía mucha vida por delante, no más viajes al reino de Neptuno, no más batallas contra el mar, no más razias en el hogar de los seres del lomo de plata. Había llegado el momento de congraciarse con el mar, lar de vida y de sufrimiento, había llegado el momento de comenzar una nueva vida. ¿Podemos considerar ese momento como el comienzo de la tercera edad?, ¿qué es la tercera edad?
            Podríamos definirla como la etapa del abandono de la lucha en la que sólo quedan fuerzas para dejarse caer por el tobogán que nos llevará irremisiblemente a la antesala de la muerte. Pero en qué consiste morirse. Atendiendo al proceso natural, me doy cuenta de que la respuesta se la inventa cada persona. Hay personas que no quieren dejar de vivir y con esta actitud de apego a la vida, apuran hasta el último segundo de su existencia. Sin embargo, otras desean la muerte, o al menos la aceptan como la mejor salida al proceso de decrepitud que experimentan cada día. Así es el yayo. Nunca se le ha hecho tarde para nada y la muerte no iba a ser una excepción, Dios no tendrá que esperarle, y de hecho, tiene ya las maletas preparadas a la puerta de casa. Sólo ha de esperar un poco más, aguantar con dignidad el desgaste de la vida como lo ha hecho siempre y más pronto que tarde, recibirá la llamada que ansía.
            Desde hace un tiempo parece que el yayo va desdibujándose con el paso de los meses, parece que todo su ser vaya perdiendo entidad, presencia. Cuando estás con él a solas en una habitación, notas que casi estás solo, que esa persona ya ha empezado su viaje y solo ha dejado aquí unas cuantas pertenencias que pasará a recoger otro día. Es curioso comprobar como el proceso de la muerte empieza mucho antes del día del deceso, siempre refiriéndome al proceso natural. El ánima parece encoger, como si ya no rellenara todo el cuerpo, como si el cuerpo le viniera grande y entonces, aparecen las arrugas, como le sucede a un traje que es dos tallas más grande que la nuestra.
            Qué diferencia con la imagen de hace unos años, cuando su mera presencia llenaba toda la habitación. Porque es cierto, que allá donde se encuentran, las personas despiden un halo de vitalidad, de energía, de procesos biológicos en funcionamiento que literalmente llena el espacio circundante. La textura del entorno se estremece cuando pasa una persona y se impregna de su alegría o de su tristeza. En estos casos de juvenil vitalidad sucede lo contrario a lo que ahora experimenta el yayo, el ánima es tan grande que escapa del cuerpo, no cabe y se esparce en unos cuantos metros a la redonda.
            El yayo siempre tiene frío, la caldera que alimenta la vida languidece, ya sólo queda un ascua que titila sosteniendo la senectud insolente. Su mirada transmite la tremenda soledad con la que se acerca al paso, ese paso que el individuo debe dar solo, rompiendo todo atisbo de ligadura con este mundo y reivindicando su singularidad por última vez antes de fusionarse con el todo universal.
            Decidle buenas noches al yayo, porque un día, la noche se hará eterna y él alcanzará por fin el merecido descanso junto al niño de salitre.

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Dedicado con cariño a Pedro