domingo, 31 de octubre de 2010

ESTÉTICA NACIONAL


El folklore catalán atribuye un origen enormemente romántico a la Senyera o bandera catalana, inspirado en el más puro estilo caballeresco medieval. Es un símbolo parido a fuego, el de una batalla, representado por un escudo de oro, y sangre, la del conde Guifré el Pilós, herido de muerte en una batalla franco-normanda. El conde de Barcelona luchaba junto al rey franco, origen de su linaje, y fue el mismo rey (Carlos II el Calvo o Luís I el Piadoso, que en esto hay cierta controversia) quien creo el heraldo con sus dedos empapados en la sangre de su abnegado conde.

Alrededor de la Diada de Catalunya, que es el 11 de Septiembre, descubrí en Rubí el mayor ejemplo de asimilación folklórica nacional de entre todas las muestras de ensalzamiento nacional que se dieron ese día.

Se me antojó que el sentimiento catalán ha sido ya tan interiorizado, tan asimilado que la bandera de las 4 barras forma parte ya del paisaje, del mobiliario, del aire que respiramos, del arco iris, de las carpas de los circos, de las pajitas de plástico, de las velas de cumpleaños, de las zebras del zoo, de la pasta de dientes, de la estética dominante…

Aquella muestra de popularización institucional me pareció digna del mismísimo Andy Warhol, una obra maestra del “Pop Art” con la capacidad de extender un símbolo hasta el infinito mediante su repetición funcional.

Delante de aquellos edificios, me sentí como si viviéramos protegidos por el escudo del mismísimo Guifré, a salvo de las ingerentes flechas extranjeras procedentes de las fuerzas de la globalización que acechan el castillo con el propósito de aniquilar la diferencia.

Enzarzado en estas reflexiones, me encaminé hacia la estación de los FF.CC. y pedí a Dios que a los fabricantes de toldos no se les ocurra combinar el amarillo y el rojo, so pena de excesiva vanalización del más alto símbolo catalán.

Foto tomada en el barrio de Les Torres cerca de la estación de los Ferrocarriles de la Generalitat de Rubí.

viernes, 29 de octubre de 2010

Emociones underground: Viaje emocional hacia Barcelona.


Hoy no trabajo. Es el día de la Mercè, día exótico que serpentea por la orilla de la rutina entre el mar de la libertad y la tierra de la responsabilidad. Es fiesta local en Barcelona, “la fiesta mayor del pueblo”, pero el pueblo es tan grande que es más fácil definir lo que no es pueblo, ese pueblo. Por ejemplo, Rubí, el otro pueblo, en el que yo vivo y para él que la Mercè es una chica más del barrio y además muy trabajadora.

Ante una composición así, no pude resistirme a cruzar la orilla haciendo un nudo marinero a mi desorientado quehacer de aquel 24 de Septiembre. De esta manera, me sumergí en las entrañas de la tierra, en el vientre de la madre Collserola, dejando que una suerte de sensaciones y emociones fetales ampararan mi espíritu para nacer de nuevo cara al mar, con el sol velando mi retina y la curiosidad del recién nacido que lo tiene todo por descubrir.

Mi propósito oficial, cambiar un billete de tren en la estación de Sants; así que cogí los ferrocarriles de la Generalitat que me llevarían entre claroscuros hasta el nudo gordiano ferroviario que es Sants. Los ferrocarriles que conectan el Vallés con la Plaza de Catalunya son un maravilloso instrumento para hacer un sondeo radial del cinturón metropolitano de Barcelona.

Subí al tren con el alma recién lavada y los canales sensoriales abiertos; fuera los escudos defensivos hechos de diario gratuito, fuera la ipodialización auricular, fuera las gafas de sol. Se trataba de ver, oír, oler, tocar … y hasta saborear.

Nada más pisar la estación de Rubí, me encuentro con una muestra del folklore hispano más castizo, el piropo, que un sudamericano le brindaba a una compatriota que respondía arrugando el labio como si el piropeador fuera un viejo conocido intentando expiar sus pecados.

Subo al tren que viene de Terrassa y voy a dar con el vagón que hace de carruaje núbil de una pareja de recién casados en pleno viaje de novios hacia la consumación (y la consumición). Tal y conforme están los tiempos, puedo entender que un billete de 2 zonas de TMB resulte casi tan atractivo como un pasaje al Caribe. Al principio pensé que se trataba de una despedida de solteros pero la efusividad parlanchina de la novia rápido me puso al corriente de la sentencia judicial con la que habían formalizado el matrimonio. Ella con un gran moño, llevaba una falda corta de tul beige con medias blancas y un corpiño negro como si fuera una bailarina de ballet, lo que acentuaba más su escandalosa juventud. Todavía portaba el ramo, escueto, con alguna que otra orquídea blanca. Él con traje, camisa lila y bambas a juego. No conozco bien el protocolo de las bodas civiles pero el anillo más aparente de los que llevaba el novio era el que pendía de la parte inferior de su tabique nasal que bien merecía el cambio de género gramatical por anilla. No quiero ser pájaro de mal agüero, y menos en un día tan especial como este, pero me da la impresión de que el juez los volverá a ver pronto.

Cuesta retirar el foco de mi atención de este viaje de novios metropolitano pero haciendo un gran esfuerzo hago un barrido general de vagón, es decir, muevo la caña a ver si pica alguna otra historia humana.

Cardumen de asiáticos, tecleo nervioso del móvil, alguien lee una guía turística de Turquía, de esas que se llaman Trotamundos. Qué bonito, su mente debe estar cruzando la península de Anatolia, recorriendo la ruta de la seda hacia la Capadocia, o quizá se encuentra ahora mismo regateando en el Gran Bazar de Estambul. No sé si habrá prestado la atención que se merece a la parte de la guía que indica la conveniencia de llevar unas pastillas para la diarrea, efecto colateral de la gran hospitalidad turca alrededor de una taza de te.

Retuerzo un poco el pescuezo y descubro que una de las mujeres asiáticas se entretiene con un artilugio de 7 pulgadas viendo películas de Kung fu. Ha subido en Mirasol, creo que forma parte del servicio de una de las estupendas casas que salpican el interior del parque de Collserola. Busco a Jackie Chan en la pequeña pantalla y no lo encuentro. La mujer se aísla acústicamente del entorno con unos auriculares ciertamente aparatosos, en el sentido sumatorio de aparato+generoso.

Sigo dedicado al paisaje interior. Ahora mi vista tropieza con una colegiala de falda a cuadros y polo blanco, con calcetines azules altos que había subido en Sant Cugat. Tiene la boca ancha y lleva gafas blancas de Vogue que la hacen más mayor.

Dos filas más atrás hay sentado un ciego con la vista perdida en la oscuridad del túnel. Quizá sea él, quien tenga una mejor percepción de la realidad mientras atravesamos la montaña del Tibidabo.

En Valdoreix sube de nuevo el servicio. Un par de filipinas (clasificación no autorizada) con el labio superior levantado.

Un vaso de papel rueda en círculos sobre el suelo del vagón. Miradas furtivas a través de los vidrios. Bombas de chicle que explotan en la boca de la chica del fondo.

Morfeo azota el vagón provocando bostezos y luxaciones cervicales. Los ronquidos del ciego de 2 filas más atrás alcanzan mis oídos. Supongo que debe ser muy aburrida la oscuridad perpetua. Parece que el armazón interno que lo sostiene se viene abajo por momentos y su forma corpórea se va achatando, como si se fundiera hundiéndose en el asiento. La persona que se sienta a su lado empieza a ver invadido su espacio vital. Aquí hay que luchar hasta por unos centímetros.

Me bajo en Provença y trasbordo al Metro. A pesar de que es un día tranquilo, el ambiente se densifica y sube la temperatura.

Aumenta la riqueza paisajística antropomórfica. Me fijo en una mujer negra con el pelo rizado como virutas metálicas y a la vez, veo una mujer blanca, que se me antoja menopáusica, con grandes bolsas bajo los ojos y galopante alopecia.

Otra mujer oriental se entretiene haciendo una sopa de letras “jumbo” y va agrupando palabras como “filetear”, “gamba”, “domadora”. Repaso con avidez todo el cuadro de letras porque francamente esperaba encontrar un mensaje iluminador emergiendo de la sopa alfabética, algo así como una verdad revelada pero las palabras eran bastante cortas y más bien parecían relacionadas con el menú de un restaurante chino.

Desisto en el empeño sopero y ahora me fijo en un turista-mochilero anglosajón que porta una camiseta con la siguiente leyenda en la espalda: “My mum always says…”, qué pena, la mochila que lleva a la espalda no me deja ver la última palabra pero a juzgar por su exceso de peso, la frase podría terminar con un “eat everything”. Lleva botas sin calcetines emergentes, una vieja gorra azul y una barba desaliñada.

De repente, uno de eso guiños divinos que tanto me encantan. La chica que tengo bajo el sobaco (voy de pie) va leyendo un libro titulado “Antropología de la Convivencia”. De inmediato me asaltan algunas dudas, ¿es un manual de supervivencia urbana?, ¿lo han leído ya todos los demás viajeros?, ¿debería leerlo yo también antes de embarcarme en aventuras tan temerarias como bajar hasta Sants? Bueno, es un poco exagerado pero es que no se me ocurre cosa que ejemplifique mejor la pura necesidad de la convivencia en una gran ciudad que el manual que la desconocida lleva entre manos.

Empiezo a cansarme de tanta humanidad y doy un vistazo indolente a lo largo y ancho del vagón de Metro. Veo muchas partes del cuerpo anilladas, algunos con gafas de sol, ¿pero de qué sol se protegen a varias decenas de metros bajo tierra?

Ya estamos llegando a Sants pero en el último tramo todavía tengo tiempo de entretenerme con una mujer de unos 45 años y look alaskeño y una chica que lleva una carta estelar tatuada en la espalda.

LLEGAMOS A SANTS.

viernes, 24 de septiembre de 2010

Puzzle de vidas


Decía Ortega y Gasset que la ciudad es aquello que no es campo, o sea, que se define por sus límites. Por tanto, el concepto de ciudad siempre ha ido íntimamente ligado a la limitación física del espacio.

Desde las ciudades-estado hasta nuestros días, esta definición ha ido evolucionando sin perder su esencia, es decir, la limitación del espacio. Así, las murallas construidas por el hombre a modo de membrana celular de ese organismo viviente llamado ciudad constituían la manifestación más simplista del concepto de ciudad. Con el tiempo, la delimitación de las grandes aglomeraciones humanas se ha ido difuminando y ahora los límites los ponen los accidentes naturales, como montañas o ríos, o sea el campo, que de alguna manera tenía que defenderse de esa peculiar costumbre que tienen los humanos de arremolinarse entorno a unos pocos kilómetros cuadrados que quedan tan devastados que pierden hasta la dignidad de llamarse Tierra.

Es evidente, que la vida urbana nos impone la cesión de algunos de nuestros intereses en pro de la colectividad, como por ejemplo no tirar la basura por la ventana del 4º piso o tener que esperar la cola del autobús, o frenar cuando un semáforo está en rojo.

Sin embargo, esto no es nada comparado con lo que es la vida en comunidad. Era evidente que tenía que pasar, si el campo no nos quiere dar más espacio, quitémoselo al cielo.

Según la RAE, una comunidad es, entre otras cosas, un conjunto de personas vinculadas por características o intereses comunes, y más en concreto, yo diría que en el caso que nos ocupa, la vinculación es más por características que por intereses. Eso ya lo sabían los rusos cuando después de escabechar a los zares abrazaron la colectivización de la vida familiar y proyectaron sus tremendamente depresivos edificios de apartamentos para alojar a la clase obrera.

Pero la cosa no acaba ahí, como nos han demostrado los japoneses. De esta manera, el tamaño de los apartamentos es inversamente proporcional a la presión demográfica que se ejerce sobre un determinado punto del planeta hasta alcanzar el tamaño de nicho, que se supone que es la última medida permitida, al menos, para seres humanos vivos. En el caso de los muertos, su condición biológica, su estatus legal y la pérdida definitiva de su dignidad, nos permite reducirlos a cenizas que ocupan el espacio de una pequeña urna, que a su vez se guarda en un columbario (de 1 metro cuadrado) junto con otras urnas, para no perder la costumbre de la comunidad. En fin, igual que se vive, se muere.

Así que cuando veo las enormes moles de pisos o pisitos o cuchitriles a las que nos tienen acostumbrados nuestras ciudades, se me representan como un organismo viviente integrado por entidades celulares que serian cada uno de los pisos. Este bicho come y defeca por la bajante, eructa las sardinas mal digeridas por los extractores y exhala sus efluvios por sus poros que serían los aires acondicionados. También se ilusiona con los tímidos acordes de violín del estudiante del 6º dcha. y mantiene su homeostasis a base de coladas que airea en sus vías aéreas o patio de luces. Dentro de sus células se producen procesos mitóticos entre jadeos, golpes de cabezal en la pared y demás algarabía sexual mientras los grafiteros lo someten a sesiones intensivas de tatuaje. La bricomanía noctámbula del vecino de 5º es la causa de su dolor de cabeza y padece las enfermedades propias de la vejez, como la arteriosclerosis de sus cañerías o la aluminosis galopante. Empero, lo importante es que todas esas piezas encajan como un puzzle, y uno, ante la visión de la atareada vida de sus habitantes, tiene la impresión de estar viendo una foto de familia.

Si no, fijaos en la foto de este edificio de los suburbios de una gran ciudad europea. Se trata de Lisboa aunque bien podría ser cualquier otra, puesto que la composición es omnipresente en el mundo desarrollado. Como veis, seguro que los vecinos del 4º que miran a la cámara han hecho muchas barbacoas en el balcón del 2º, eso sí, recogiendo la alfombra de su propio balcón para que no huela. También vemos al del 4º dcha. exhibiendo públicamente sus trapos “límpios”, así como los del 4º izq. evitando que se les peguen las sábanas. Asimismo, las plantas tratan de medrar en el microclima del 1º dcha.

El edificio presenta ya tal estado de descomposición que si la cosa sigue igual, la próxima foto tomada por un turista distraído y un poco excéntrico, será ya objeto de estudio al estilo de las caras de Velmez y a lo mejor hasta se convierte en centro de peregrinación ecuménica.

Gracias a este puzzle humano, he entendido el significado de aquel juego de apilar piezas que se llama “Tetris”, es el acrónimo de tétrico.

Foto: Tomada el 18 de Agosto de 2010 en los suburbios de Lisboa.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Supersticiones


¿Por qué hay personas que son más supersticiosas que otras con independencia de su nivel cultural?

He intentado contestar esta pregunta simplemente porque yo soy una persona supersticiosa, por mucho que me cueste reconocerlo. Y con los años me he dado cuenta de que el modus operandi de la superchería es similar al funcionamiento del sistema inmune. La mente se va cargando con los anticuerpos generados con cada nueva inoculación supersticiosa. Una vez subyugada la mente del huésped, las supersticiones se propagan rápidamente de forma similar a las actuales historias virales entre diferentes personas, que las aceptan como si fueran retazos de la sabiduría milenaria acumulada por el hombre en su relación con el entorno.

No pongas el pan boca abajo en la mesa, no abras un paraguas dentro de casa, no dejes los zapatos encima de la mesa, no pases por debajo de una escalera, los gatos negros traen mala suerte, el color amarillo, romper un espejo, las tijeras abiertas, derramar la sal, supersticiones numéricas como la triscaidecafobia, hay que llevar algo rojo para comenzar el año, etc…

Sin embargo, por qué hay personas que son aparentemente inmunes a este tipo de condicionantes conductuales. Es evidente que una primera explicación radica en el desarrollo intelectual de la persona y no hay mejor manera de ejemplificar este argumento que pensando en la vida del hombre primitivo para el que muchos de los fenómenos que ahora consideramos totalmente naturales y explicables, tenían un origen mágico y sólo con la mágica se podía tratar con ellos. Pero desde mi punto de vista, hay otro rasgo importante que inclina la mente a la creencia supersticiosa, y sería su componente fantástica en contraposición a la componente realista. Hay personas más dadas a magnificar la parte de la realidad que todavía no entendemos y por tanto, su interpretación de la realidad se acerca en cierto modo a la del hombre primitivo. Esto es posible, no porque esas personas sean muy fantasiosas y no entiendan o acepten la explicación actual de la realidad sino porque amplían su visión del mundo más allá del entorno cercano del hogar, del deporte dominical, o del coche que conduzco cada día para ir a trabajar. Es cuando intentas abarcar la gran realidad, la que supera los confines del Universo, la que fluye a través de caminos y vías todavía ignotos para el hombre, cuando te conviertes en un auténtico cromañón proclive a interpretaciones mágicas de esa gran realidad. Así, todo lo relacionado con el misterio, programas de televisión y radio, revistas y libros, tiene tanto auge en la actualidad, abonando con vehemencia el sustrato fantástico con muchas preguntas sin respuesta.

Pero cómo se origina una superstición, cual es el germen que desencadena una creencia irracional que puede extenderse a lo largo de milenios. Yo siempre había pensado que tenían un origen de lo más anodino y tonto que se pueda llegar a pensar. Por ejemplo, quizá un día alguien abrió un paraguas dentro de casa y luego casualmente, tuvo un mal día, se lo comentó a sus convecinos y zás, ya tenemos una superstición. Sin embargo, esta es una idea muy naive, ya que al igual que en el caso de la comunicación viral, es importante que el número de propagadores del mensaje una vez creado, sea muy elevado para que la cosa se extienda. Así que indagando un poco más en el tema, he podido comprobar que la mayoría tienen su origen en cosas básicas, importantes para mucha gente como la religión, la comida o la muerte.

Por ejemplo, los orígenes del pingüe corpus supersticioso asociado a las escaleras son, desde mi punto de vista, principalmente dos: uno asociado a la religión, ya que la escalera al apoyarse en una pared forma un triángulo que popularmente se identificó con la figura divina, y por tanto, atravesarlo se puede considerar como una profanación. Además, abundando en este sentido, la escalera es algo que nos permite ascender y descender y por tanto, se puede considerar como un símbolo del puente de unión entre el Cielo y la Tierra. Un segundo origen estaría asociado con la muerte, ya que la escalera formaría parte del utillaje presente en el cadalso siendo su finalidad la de permitir descender los cuerpos de los ajusticiados.

Sea como fuere, el encuentro fortuito con una escalera puede requerir de la ayuda de un manual para salir indemne de tan aciago trance. Sirvan de ejemplo algunas líneas extraídas de dicho manual. Si pasamos por debajo de una escalera sin darnos cuenta, podemos hacer lo siguiente:

- Hacer el signo de la figa o,

- Cruzar los dedos hasta ver un perro o,

- Escupir tres veces a través de los escalones o una vez por encima del hombro derecho o,

- Escupir en el zapato y continuar el camino sin volverse hasta que la saliva esté seca.

Debe evitarse siempre alargar o coger un objeto a través de los peldaños, o pararse en un escalón impar.

Ha de preferirse siempre la escalera con un número impar de escalones. Saltarse un escalón al subir anuncia un revés de fortuna y caerse de una escalera, además de la posibilidad de partirte la cabeza, significa pérdida de dinero.

Con respecto a las escaleras que unen dos pisos, se recomienda hacer el signo de la cruz al pisar el primer escalón para evitar un tropezón.

Caerse por una escalera es de buen augurio si ocurre subiendo, pero un mal presagio si es bajando.

Cuando a mitad de las escaleras se acuerda uno de que ha dejado olvidada alguna cosa, se recomienda primero subirlas todas y luego bajar por ella, para evitar la mala suerte.

Teniendo en cuenta su origen religioso no es raro que sea de buen presagio soñar que se sube una escalera y de mal agüero, soñar que se baja.

Fuera del mundo de los sueños está considerado de buen augurio y signo de próxima boda caerte por la escalera si en ese momento la vas subiendo, y por el contrario de mal agüero y signo de asistencia a un funeral caerte si las estás bajando (dependiendo de la gravedad de la caída podría ser el propio: mucho cuidado).

Visto lo dificultoso del trato con estos peligrosos bichos llamados escaleras, creo que optaré por los taburetes que requieren menos mantenimiento.

Un supersticioso haciendo terapia.

viernes, 3 de septiembre de 2010

El fin de los hombres


Hace ya algún tiempo que vengo notando cierto desajuste a la hora de cuadrar las cuentas del reparto sexista de nuestra especie. Al principio, incauto de mi, atribuí el desbarajuste a una causalidad por medio de la cual la fémina prendía con mayor facilidad en mi entorno más cercano. Sólo fijándome en la planta del edificio en el que habitualmente trabajo, la generación procreadora (incluyéndome yo) mostraba cualidades claramente superiores para engendrar hembras en detrimento de los varones (yo predico con el ejemplo y por eso tengo dos hijas). Sin embargo con el tiempo, he llegado a convencerme de que la escora hacia el sexo femenino no es arbitraria ni mucho menos casual.

Y es que creo que estamos ante el siguiente escalón evolutivo de la raza humana. O sea, que si nos fijamos en el entorno socio-económico-ambiental en el que se desarrolla la vida humana actual, se pone enseguida de manifiesto que no estamos haciendo lo mejor para la supervivencia de la especie. Cada vez se tienen menos hijos y más tarde y en un entorno más insalubre.

¿Cómo reacciona la Naturaleza en este caso? Pues aumentando el número de hembras procreadoras que son las verdaderas generadoras de vida, es decir, resaltando que son ellas las que llevan el mayor peso reproductor mientras que el macho sólo es portador de un paquete concreto de información.

Resulta también curioso pensar que este mecanismo de defensa de la especie ya estaba encriptado desde su origen atendiendo a la mayor persistencia de los espermatozoides portadores del cromosoma X, o sea, los que darán lugar a una hembra después de la concepción. Los espermatozoides portadores del cromosoma X son más resistentes que los portadores del cromosoma Y, y por eso, sólo era necesario que se dieran las adversas condiciones externas en las que estamos inmersos para que se disparara el mecanismo de defensa decantando el fiel de la balanza hacia el lado femenino.

Otra conclusión que podemos extraer es que ante una amenaza así, la moral queda relegada a un segundo plano y la Naturaleza nos acerca más a la animalidad, de acuerdo con la cual, un solo macho, normalmente el más fuerte, puede fecundar a varias hembras. Es decir, que se impone la poligamia forzosa, la poligamia matemática.

Este hecho, que podría hacer feliz a más de uno, en realidad es tremendamente luctuoso para el género masculino desde el día en que se inventó la fecundación in vitro. ¡Por desgracia, ellas ya no nos necesitan!

lunes, 30 de agosto de 2010

Resaca estival

Apurando una de las últimas gotas de las vacaciones, me he encontrado con un flashback de mi viaje a Lisboa.

Era ya hora de que un levantino de nacimiento y de madurez caminara hacia el poniente para ver la Península desde el otro lado. Así, he podido recibir el día desde la tierra y despedirlo en el mar, al estilo hippie ibicenco aunque restando algún grado al mercurio.

Ni qué decir tiene que la ciudad de las blancas aceras pixeladas, mezcla de calidez mediterránea y brisa atlántica, me ha encantado. Y como ciudad emocional y emotiva que es, los principales estímulos que me ha brindado pertenecen a ese campo de la mente humana, las emociones que nunca se olvidan. Y en esto, que esta chispa emocional saltó en mi mente viajando yo en uno de los antiguos tranvías que sajan su centro histórico. Casi de reojo, mi retina capturó una composición que me resultó familiar. Se trataba de un borracho sentado en el suelo, la espalda contra la pared, la litrona a su izquierda, la cabeza inclinada hacia la derecha.

Y por qué esta imagen me resultaba tan familiar si no tengo ningún conocido que empine el codo hasta esos extremos. El déjà vu lo desenmascaré en la propia Lisboa, y es que resulta que dos días antes, en el barrio de la Alfama y desdeñando la cola para entrar en el Castelo do Sao Jorge, compré una postal de la serie “Os fotógrafos portugueses: Orlando Batista”. En ella aparecía un paisano muy similar al capturado por mi retina (que no pudo ser capturado por mi cámara debido al feroz movimiento de estos tranvías), sentado en un barril que supuse contenía algún elixir espirituoso, la espalda contra la pared y la cabeza inclinada hacia su derecha. Coronaba la composición una flecha que indicaba que la dirección de Lisboa era la que había empezado a tomar la cabeza del durmiente.

Detrás de la postal se mencionaba que la foto había sido tomada en 1973, en la villa de Sesimbra, y por tanto, hace casi 40 años.

Esta fortuita asociación me llevó a la inevitable comparación de las dos imágenes concluyendo que en lo esencial hemos cambiado poco, es decir, tanto antes como ahora podemos beber hasta agarrar un pedo que nos despoje de nuestra dignidad humana. Sin embargo, en lo supletorio hay algunas diferencias. El vino ha dejado de ser la droga de los borrachos callejeros y ha elevado su estatus a la categoría de obra de arte. La pesada carga callejera ha sido asumida por la sufrida cerveza que se fracciona en dosis individuales contenidas en envases reciclables de vidrio o aluminio. En esto último tampoco hemos ganado mucho porque qué hay más reciclable que un buen tonel de vino que desempeña eficientemente su función durante años.

Además, el borracho de antaño puede usarlo a modo de asiento mientras que el de 2010 cae aún más abajo por su mala vida.

Quizá en el año 2100, otro turista desprevenido de la ciudad del Tajo capture en algún tipo de soporte electrónico la imagen traslúcida de alguien que se desvanece por abusar de algún líquido embriagador de baja calaña y fácil acceso (permítaseme el símil gráfico que aporto más abajo).

sábado, 19 de junio de 2010

Leyendo a Platero


Nada más agitar sus páginas con el pulgar mediante un rápido descarte que genera una leve corriente de aire, ya me vienen los aromas a mar, a tierra mojada, a lirios del monte y a tornasolados tránsitos circadianos.

Acaricio cada capítulo, y lo toco y lo retoco, y lo huelo y lo imagino. Collar de perlas preciosas, rosario de la aurora y del crepúsculo, conformado por finos miriñaques que estimulan mi espíritu al son del dulce tintineo generado por el choque de las letras dentro de cada palabra.

Es tal el lirismo que destila esta obra, que cada capítulo se erige en monumento, en construcción física, tangible, que deja una huella indeleble sobre la faz de la Tierra. Es poesía convertida en prosa pero más que eso, es un monumento que usa las palabras como sillares que encajan a la perfección en un orden determinado y que erigen una auténtica pirámide de las sensaciones, de los sentimientos. Cada pedazo de información representa una nueva construcción, en la que cada palabra parece haber encontrado su sitio en el Universo, guiadas por el pastor de palabras llamado Juan Ramón.

El resultado es un caleidoscopio de sensaciones, una psicodelia onubense, de monte, de mar, de flores, de sol, de cielo, de marisma, de gente… de amor.

Yo camino entre sus renglones como por entre los surcos que deja el arado en la tierra para airearla, con la ilusión creada por los dones sensoriales que la tierra me regala, pero sabiendo que pertenezco a estos surcos y algún día volveré a ellos.

Sólo quiero dar las gracias al que un día arañó la tierra y me permitió ver y saber algo de sus entrañas antes de que yo me convierta en aroma de almoraduj.