lunes, 10 de julio de 2017

Enemigo mío


Con el paso de los años, mi bolsa de viaje se hace más y más pesada. Tanto, que a veces pienso que llegará algún día que no podré con ella.
Me levanto por las mañanas pensando que nueva trampa, suplicio o castigo tendrá preparado mi cuerpo para mí en este día, ¿podré sobrellevarlo?, ¿o me superará?
Por si no habéis captado a que me refiero todavía os diré que se trata de mi cuerpo, el vehículo portador de mi vida, con el que nací y realizaré todo el viaje hasta la muerte. Quizá es triste sentirlo así, como una carga que hay que acarrear de un lado para otro, siempre ofreciendo resistencia, siempre poniendo trabas. No puedo evitar considerarlo así, soy hijo de la tradición judeo-cristiana y también musulmana que nos presenta una dicotomía cuerpo-espíritu y nos promete que algún día seremos liberados de la pesada carga del cuerpo y podremos campar a nuestras anchas sin someternos a la tiranía de las limitaciones de la biología. Sin embargo, las corrientes de pensamiento orientales tienden a integrar cuerpo y mente en busca de una plenitud completa. El cuerpo no es el enemigo sino todo lo contrario, cuerpo y mente se retroalimentan en un círculo virtuoso. Por desgracia para nuestra sociedad occidental el yo está en la mente y el cuerpo es un añadido, más feo o más atlético o más orondo o incluso de sexo contrario al que realmente sentimos. Así que tenemos que moldearlo, someterlo o dominarlo pero él siempre acaba ganando la batalla diciéndonos con claridad que hay que tratarlo con respeto.
Mi sentir corporal se resume en la conocida frase “Virgencita que me quede como estoy” porque parece que llegada una edad, el cuerpo no puede más que caminar hacia el declive diario, inexorable, implacable.
Son quizás estos achaques los que me hacen sentir vivo pero sin embargo recuerdo los años de la infancia en los que literalmente “no era consciente de mi cuerpo”. Vivía como si no tuviera cuerpo, que se mostraba silencioso, sin quejarse nunca, respondiendo siempre con solvencia a los caprichos de la mente. Todavía recuerdo mi primer dolor de cabeza cuando pregunté a mi madre que era aquello y por qué me dolía. Quizá fue esa época en la que estuve o estaré más cerca de la utopía del espíritu liberado de la física material. Ahora me digo, “si me duele, es que estoy vivo”, no me queda otro premio de consolación.
Así que mi felicidad está tremendamente ligada a mi cuerpo, ¿cuánto crédito tendré esta vez hasta la próxima dolencia? ¿Podré pasar largo tiempo sin grandes achaques físicos?, es lo que se pregunta un hipocondriaco como yo, muy mal paciente, muy sensibilizado con respecto al malestar físico y adicto a los analgésicos mientras veo agrandarse cada vez más la distancia que me separa de mi propio cuerpo. Trazo mentalmente un arco hacia mi vejez y no puedo dejar de ver la divergencia cuerpo-mente. La mente que no parece envejecer, o mejor dicho, que envejece bien y el cuerpo que va hacia la decadencia que será en última instancia la razón de su muerte. El reloj biológico es insobornable y, con más o menos suerte, todos caminamos hacia el declive físico, a veces incluso ante la atónita mirada de nuestra mente.
Sé que debo cambiar e ir al encuentro de mi propio cuerpo que dejé abandonado en alguna cuneta de mí discurrir vital pero esa aceptación holística no es tan fácil de alcanzar. Si alguien tiene la receta, le estaría enormemente agradecido por compartirla conmigo.
De momento, a la espera del siguiente susto, se despide este vuestro doliente hijo de la humanidad.

domingo, 18 de junio de 2017

Junio


Hablar sobre un mes del año puede parecer trasnochado y poco original. Sin embargo, me he decidido a explicar las sensaciones que me provoca junio en un contexto emocional y emocionante porque siempre ha sido un mes especial.
No sólo es el mes en el que nací hace 47 años, es el mes de las metas, de los desvelos y de los anhelos. Recuerdo las calurosas noches de junio hincando codos para sacar los múltiples exámenes al calor del flexo. Recuerdo aquella sensación de cosquilleo al ver acercarse la meta pero sabiendo que todavía quedaban obstáculos en el camino antes de alcanzar la felicidad estival. Recuerdo mi esfuerzo sacando fuerzas de flaqueza mientras me asomaba por la ventana de mi habitación con la intención de capturar algo del aire fresco de la noche para seguir empollando las lecciones, ¡ay, los temidos exámenes finales! Había llegado hasta rezar pidiendo a Dios que me ayudara a aprobar alguno de los muchos exámenes que se concentraban en pocas semanas, en aquella época en la que era más creyente que ahora.
Y luego las notas, las intuiciones sobre los posibles resultados de los exámenes que me podían alzar hacia el Olimpo de los aprobados o hacer caer en el abismo de septiembre. Qué curioso, ahora que menciono septiembre, qué diferentes sensaciones y recuerdos me trae en comparación con junio. Septiembre tiene una textura emocional totalmente diferente que quizá comentaré en otra ocasión.
Volviendo a junio, todo en él es cambio, el curso, el clima que nos aboca al cegador e indolente julio, la fiesta de San Juan donde ofrecemos a la hoguera todo aquello que nos ha acompañado durante el largo invierno y quedamos desnudos y limpios para empezar de nuevo. El calor del sol, del fuego, de los petardos, de los flexos. El solsticio y las caricias de las olas del mar que comienzan a rozar nuestros pies, y el anhelado sentimiento de libertad vacacional. ¿No os ha pasado nunca que los días previos a las vacaciones son vividos con más júbilo que los propios días de asueto? A veces, lo que está por venir genera un sentimiento ilusorio más gozoso que el que sentimos cuando por fin vemos satisfechas… o no nuestras expectativas. Y eso es junio, ilusión y cambio. Para mí siempre a representado un renacer, dar un paso más hacia el crecimiento personal. De hecho el nombre de este mes parece provenir de la diosa romana Juno, diosa de la maternidad, que representa lo joven, lo juvenil.
Buscando un símil que me permita explicar que es para mí el mes de junio, no se me ocurre nada mejor que el de un funambulista cruzando de un extremo a otro de la cuerda floja, pisando con cierta inseguridad, sintiéndose protagonista de su propia vida, acariciando con las yemas de los dedos el éxito de la función pero mirando de vez en cuando hacia abajo con recelo. Junio representa la eclosión del verano, de los frutos cultivados durante todo el año, es el tiempo de empezar a recoger la cosecha, que a veces por desgracia es abundante en calabazas.
Os dejo con ese cosquilleo tan especial que se siente en este mes, el mes de la consagración de la primavera.

lunes, 27 de febrero de 2017

Querencia distópica


No sé por qué, últimamente me seducen extraordinariamente los escenarios post-apocalípticos. Me imagino formado parte de un grupo de supervivientes en un planeta Tierra desbastado por alguna plaga y teniendo como única meta llegar al final del día. Es una idea agradable, ilusionante, enriquecedora, atractiva que a veces me llevo a la cama con la idea de fantasear con ella mientras cojo el sueño. Y la verdad, ¿no sé porqué me resulta tan reconfortante esta idea?
Por eso, he intentado reflexionar un poco sobre ella con el fin de descubrir que se esconde tras estos deseos de arrasar la Tierra para poder empezar de nuevo.
Quizá se trata de un ansia de rebelión contra toda la sofisticación y superficialidad que la raza humana ha sido capaz de construir alejándose cada vez más de los principios simples que rigen la Naturaleza. Quizá es un grito de auxilio contra esta ajetreada vida que nos hemos impuesto y que nos aleja de nuestras serenas raíces naturales.
Me imagino que tras haber salvado la vida en el apocalipsis, quedaríamos unos cuantos con ganas de empezar de nuevo, de hacer borrón y cuenta nueva, de eliminar todo lo malo de la sociedad para quedarnos solo con lo bueno. Volveríamos a la madre tierra para obtener nuestro sustento, y gestionaríamos los dañados recursos de una manera ecuánime y responsable para volver a crear un entorno que pudiera acoger de nuevo una vida humana digna. Ya no servirían las reglas, ni las leyes actuales pero se tendrían que establecer unas mínimas normas de convivencia basadas en el vive y deja vivir. Ya no existirían las religiones porque muy pocos creerían en un dios que ha permitido un apocalipsis de tales dimensiones. No existiría el dinero, ni la economía, ni las bolsas, el valor de las cosas se mediría por otra escala. No existirían tampoco las élites dominantes ni las sociedades oprimidas, todos seriamos iguales todos renivelados de nuevo. Sólo quedaría el ansia por vivir, por empezar de nuevo por desprenderse de todo lo supletorio y dedicarse íntegramente a lo importante de la vida que en realidad es tan sencillo como vivir como un ser vivo más de la madre Naturaleza.
Por supuesto, siempre habría individuos e individuos, y quizá rápidamente se establecerían de nuevo roles, unos dominantes, con aspiraciones a liderar y otros más sumisos, con misiones más cercanas a ser obreros, artesanos, creadores de bienestar.
Todas estas imaginaciones me acarician la mente, sintiéndome muy protagonista porque todos los supervivientes seriamos protagonistas de nuestra historia, con cada acto, con cada palabra. La vida directamente en nuestras manos y no gobernadas por los designios de lejanas elites de poder que no llegamos ni a imaginar.
Sin embargo, quizá todo esto sólo responde a mi natural rebeldía iconoclasta y de tintes anarquistas. Por eso, al gobierno sólo le pido una cosa, que me deje tranquilo, que su función se haga invisible y me deje medrar a mis anchas. Por eso tengo un cierto sentimiento de rechazo a los símbolos de la tribu, no me identifico con nadie, me siento apátrida, no me gusta la Unión Europea que siento llena de hipocresía, y no me gustan las Naciones Unidas llena de intereses creados desde la Segunda Guerra Mundial.
Creo estar llegando al núcleo de mi querencia apocalíptica, es duro caminar solo por el mundo pero es más auténtico y me parece que por ahí van mis tiros. So pena de haber caído en los populismos que arrasan actualmente el planeta, mi auto-psicoanálisis me ha llevado a esta conclusión: ¡soy un anti-sistema!

martes, 7 de febrero de 2017

La hipótesis Gaia


En 1969 el químico James Lovelock ideó la hipótesis Gaia. Según  esta hipótesis la vida fomenta y mantiene unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno, de manera que la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición química y salinidad en el caso de los océanos. Es decir, que la biosfera autorregula las condiciones del planeta para hacer su entorno físico más hospitalario con las especies que conforman la «vida».
Por tanto, debemos asumir que a medida que la vida evoluciona sobre la superficie del planeta también va provocando un cambio dinámico de su entorno de manea que favorezca la existencia y requerimientos de especies más evolucionadas. En este sentido tendríamos un sistema en perfecto equilibrio que se extendería a lo largo del tiempo. Creo, sin embargo, que existe un “bug”, una puerta trasera en esta teoría que desestabilizaría la armonía planetaria proyectada por la hipótesis Gaia. Ese colapso del sistema se produciría con la aparición de la conciencia, y me explico.
En este sentido, a medida que la vida evoluciona y da lugar a la aparición de organismos más complejos, aparece la conciencia encarnada en aquellos organismos más evolucionados capaces de pensar, dotados de la capacidad cerebral de generar el pensamiento. Desde el momento que eso ocurre, entran en juego toda una serie de motores que no se encuentran en sintonía directa con la vida, es decir, los seres pensantes alteran ciertamente su entorno, la Tierra, pero no lo hacen en base a condicionantes naturales dirigidos a favorecer la supervivencia sino a intereses muy distintos que hasta podríamos clasificar de “idiotas”. Entran en juego el orgullo, el amor y el odio, la apreciación de la belleza, el miedo, la soberbia y toda la infinidad de productos de una mente pensante, todos ellos con una finalidad muy distinta que la de perpetuar la vida sobre el planeta.
Quiero con esto decir, que la especie con más capacidad de alterar el planeta, que es el ser humano, rompe con los fundamentos de la hipótesis Gaia ya que en general los motivos por los que modifica su entorno están bastante alejados de la premisa de perpetuar la vida en la Tierra. Entran en juego intereses económicos, motivaciones individuales en contraposición al interés colectivo, o simplemente estupidez que van dirigiendo al planeta hacia unos derroteros  que no suponen aumentar la habitabilidad de la Tierra. Más al contrario parecen encaminados a desolar la faz de la Tierra de tal forma que no sea posible la vida.
Por tanto, para mí, la hipótesis Gaia alcanzaría un clímax con la aparición de la conciencia, es decir, tendría como tope evolutivo la aparición de seres capaces de pensar y a partir de aquí se produciría una involución, una destrucción de la vida hacia estadios menos evolucionados como únicos posibles supervivientes. ¡Siempre hemos intuido que si la raza humana destruye la Tierra sólo se salvarían las cucarachas!
¿Quiero con esto decir que la conciencia es incompatible con la vida que la sostiene? Me temo que desde que aparece la capacidad de recrear la realidad en nuestra mente de forma individual y crear nuestra propia realidad, nos escindimos del todo, de la madre Naturaleza, y abandonamos nuestra condición de seres vivos basados en el carbono para creernos seres espirituales inmortales. Así, mientras nuestro nivel de conciencia no alcance niveles más elevados que rompan la dualidad individuo-entorno y que nos permitan entrar en comunión de nuevo con la Naturaleza, la vida sobre el planeta corre peligro de extinción.
Por eso creo que en los tiempos actuales la hipótesis Gaia chirría y me encantaría de todo corazón que alguien me demuestre lo contrario.

martes, 24 de enero de 2017

Compañeros de cama


Como de costumbre, me fui a la cama bastante tarde arropado por ese sentimiento de soledad mágica que envuelve la oscuridad de la noche y que tanto me gusta. La noche todo lo perdona y sólo he de rendir cuentas a la almohada, que en mi caso es bastante condescendiente. Luego el sueño lo limpia todo y con el alba nace un nuevo día y una nueva vida. Por eso me agrada mucho más la noche que el día, por eso soy un trasnochador empedernido.
Volviendo al caso que quiero describir hoy, eran cerca de las 3 de la madrugada cuando busqué el reconfortante calor de las sábanas de mi cama de matrimonio para darles reposo a mis molidos huesos. Mi esposa dormía plácidamente en su lado de la cama emitiendo unas leves sibilancias al respirar.
Me introduje en la cama de un salto, acosado ligeramente por los monstruos, engendros y entidades misteriosas a las que había dedicado mis horas de asueto nocturno. Traté de dormir, de desprenderme de toda aquella carga psíquica. Nada más cerrar los ojos advertí un leve cambio en el ritmo respiratorio de mi mujer que se hizo más denso y pesado. No le di mayor importancia y seguí con el decidido deseo de conciliar el sueño. Sin embargo, más inesperados cambios me acechaban a las puertas del reino de Morfeo. El lado de la cama sobre el que descansaba mi mujer se fue hundiendo lentamente como si un gran peso reposara sobre él a medida que los leves sonidos respiratorios se transformaban en sonoros ronquidos. En ese momento tuve claro que algo no iba bien, que alguna de mis fantasías nocturnas me había acompañado hasta la cama y parecía cosificarse a mi lado. El pulso se me desbocó y un escalofrío recorrió todo mi cuerpo mientras un sudor frio se apoderaba de mis sienes. No me atreví a girar la cabeza para vislumbrar si era sueño o realidad lo que allí estaba aconteciendo.
De repente, algo me rozó las piernas. Tenía un tacto áspero y al mismo tiempo pegajoso y húmedo. Yo seguía paralizado incapaz de mover un músculo para zafarme de aquella pesadilla que me arrastraba con fuerza. Comencé a rezar como un niño asustado mientras el otro lado de la cama se agitaba cada vez con más violencia.
Un olor pútrido anegó mis sentidos como proveniente de una fuerte respiración que generaba una corriente de aire por encima de mi cara. ¡¿Qué estaba pasando?!
Volví a sentir aquel tacto espantoso que se asemejaba a piel de pescado rodeándome las pantorrillas mientras ascendía piernas arriba. Yo me preguntaba cómo era posible permanecer inmóvil en una situación así, tal era el miedo atroz que me atenazaba. Entonces algo similar a un tentáculo se deslizó por debajo de mi nuca y rodeó mi cuello con ese tacto frio, húmedo y pegajoso que parecía estar apoderándose de mi cuerpo sin que yo pusiera remedio. La sensación de repugnancia me provocó una arcada que quedó medio ahogada por el terror que devastaba mi alma.
Aquel tentáculo se deslizaba alrededor de mi cuello con una intención clara que pronto se puso de manifiesto. Su fuerza constrictora se hizo mayor, lo que me obligó a tensar la musculatura del cuello para poder permitir el paso del aire. Pero su fuerza era mucho más poderosa que mi escasa resistencia y pronto caí presa de un ahogo nauseabundo que sacudió todo mi cuerpo. ¡Me ahogo, no puedo respirar! ¿Quién es el ser criminal que me ataca de esta manera?
De repente, en uno de mis postreros estertores, desperté de un salto completamente bañado en sudor. La noche me había jugado una mala pasada, acababa de tener un mal viaje. Sentí una profunda sensación de traición y abandono mientras mis sentidos volvían a la realidad. De nuevo volví a oír el respirar lento y regular de mi mujer a mi lado. Me resultó muy difícil controlar el estado azorado que agitaba mi alma pero al final, con una falsa sonrisa en la cara, volví a recostarme en la cama sintiendo una desagradable sensación agridulce. Tenía miedo de volver a dormirme por si caía de nuevo en la misma horripilante pesadilla. El miedo me impedía pegar ojo.
De repente, un ronquido profundo y gutural se apoderó de la oscuridad de la habitación, el corazón me dio un vuelco y quedé paralizado de nuevo. ¡No me atreví a girar la cabeza!...

lunes, 21 de noviembre de 2016

La hacienda embrujada


No hay una razón más allá de la pura desesperación que justifique el acto de poner negro sobre blanco el motivo de mis desvelos.
Desde que compré la antigua casona, no han dejado de asediarme cada noche estos malditos sueños que perturban mi descanso.
¡Maldito sea el día en que al pasar por el camino del acantilado me fijé en ella, enhiesta en el mismo borde! Pensé que sería un buen lugar para establecerme como médico del pueblo e incluso montar un laboratorio de análisis clínicos. Es cierto que las altas paredes de tablones necesitaban una mano de pintura y fueron necesarias muchas reformas para acondicionarla pero nunca perdió su aire añejo, grisáceo, gótico y al mismo tiempo altanero y victoriano. Las pequeñas ventanas del piso alto le conferían un aspecto de mole de madera parda con demasiados sitios por donde crujir.
Ahora que es mía, me doy cuenta de que es demasiado grande, con varias plantas y muchas habitaciones y además, la mitad de ella vuela sobre el acantilado apuntalada por decenas de maderos carcomidos por el salitre. Desde el sótano, se puede ver como las olas rompen muy por debajo de la casa en un constante repiqueteo que a veces se vuelve ciertamente cargante.
Cuando estuvo acondicionada alojé en ella a mi familia, mi esposa y mis dos hijas que inmediatamente percibieron la atmósfera densa y brumosa que se respira en la casa. Ellas nunca entendieron porqué me decanté por aquella casa y si soy sincero, yo tampoco he llegado nunca a entender que extraña fuerza tiró de mi para intentar convertir aquella vieja casona en nuestro hogar familiar.
Lo cierto y verdad es que no puedo dormir por las noches. Siempre el mismo sueño recurrente, denso y cargado de extrañas fuerzas sobrenaturales que tiran de mí e intentan arrastrarme hacia los mismísimos infiernos. Me veo vagando por la casa con pasos inciertos y temerosos contraponiéndome siempre a una fuerza maligna que no me deja avanzar y resulta pegajosa como la mismísima brea. Parece, en mi sueño, que la casa está llena de entes perversos y corrompidos que disfrutan de mi sufrimiento al verme atrapado entre estas malditas paredes. Y hay momentos en los que creo zozobrar con el mar rompiendo debajo de mí y toda la casa parece adquirir una actitud hostil hacia mí y mi familia.
¿Y los vecinos? Cada vez tengo menos visitas, la gente parece huir como alma que lleva el diablo cuando vienen a visitarse por alguna dolencia.
Fue el barbero él que me dio algunas claves que me hicieron entender en parte la cargada atmósfera que se respira en la casa y ciertamente sé lo agradezco. Un aciago día me dijo que en tiempos de la guerra de secesión había sido un penal y de ahí el número tan elevado de habitaciones de reducido tamaño, eran las antiguas celdas del penal de Baltimore. Más tarde fue reconvertido en vivienda por unos parientes lejanos del afamado escritor Edgar A. Poe. Quién me iba a decir a mí que me había metido en un pozo de inmundicia como aquel, que incauto he sido al meter a mi familia en una ratonera como aquella en la que ahora nos encontramos todos atrapados sin posibilidades económicas para escapar.
Y así, taciturno y sin poder pegar ojo fueron pasando los días mientras mi carácter se agriaba cada vez más en busca de una solución desesperada. No sé si fue el sueño o la vigilia lo que me arrastró hacia una de las estancias más profundas y oscuras del sótano donde encontré aquel libro taimado y embrujado. No pude ver el contenido del libro cuando lo sometí a la luz de mi candil, las páginas eras negras como la pez, algo sin sentido pero cuya perversión era fácil de intuir. A la luz del día, el libro mostraba una oscuridad profunda, insondable, imposible de descifrar. Sin embargo, no tuve que esperar demasiado para vislumbrar el perverso contenido del libro. Fue una de las siguientes noches cuando el sueño me condujo a desentrañar el peligroso contenido del libro mediante un extraño ensalmo por el cual cuanto más negra era la oscuridad mejor se mostraba el contenido de sus páginas. Se trataba de un catálogo de monstruos, de engendros a cada cual más retorcido que impregnaban todo mi ser de pegajosa perversidad. Así fue desfilando aquella parada de entes, de fuerzas sobrenaturales del averno mientras yo me preguntaba aterrorizado cuál podía ser el origen de aquel marasmo de maldad. Y entonces lo vi, como si fuera un pastor de almas descarriadas emergiendo de las entrañas de aquel maldito libro nigromante. La mente capaz de parir todo aquel elenco de perversidades responsables de mis crueles desvelos no podía ser otra que la del maestro de Baltimore, Poe. El escritor atormentado por sus propias creaciones cuya alma vaga todavía perdida por aquellos lares que fueron su hogar en vida. El libro me mostraba a mis adversarios pero al mismo tiempo ejercía sobre mí un influjo dominante, esclavizador, que me sometía y me hacía librar mil batallas contra mí mismo y esos monstruos. ¡Maldito libro del demonio!
A la par que mis desvelos crecían sin límite, el pueblo también lo hacía y la casona del acantilado estaba cada vez menos aislada. Los barrios iban creciendo a medida que se llenaban de inmigrantes de todas las nacionalidades. Se dio la circunstancia que la vieja casona quedó cercada por un barrio habitado principalmente por chinos que no parecían tener reparos con el aciago pasado de la casa. La visitas a mi casa se incrementaron al mismo tiempo que el olor a comida china frita inundaba los alrededores de la gran casona. Sin embargo, yo seguí sufriendo aquellos aterradores sueños a pesar de que la casa parecía haber perdido en parte su aire amenazador por la sola proximidad de una mayor humanidad en las cercanías.
Mis suegros y mi hermano se instalaron también en el pueblo, en un barrio residencial no muy lejos de la casona de madera. Sus viviendas no tenían nada que ver con el aspecto de lo que siempre había sido la casa del acantilado. Tenían piscina y un aspecto moderno lleno de comodidades. Todo parecía dulcificar el tono amenazante de mi casa aunque yo seguía con mi tormento nocturno. De hecho, una de las pesadillas más aterradoras me acechaba a la vuelta de la esquina. Mis pesadillas evolucionaban al mismo tiempo que mi entorno y por eso aquel terrible sueño incorporó los nuevos elementos que conformaban mi vida emocional en aquel momento. Soñé  que la gran piscina comunitaria en lo alto de la colina se deshacía y su agua se derramaba enteramente sobre la casona buscando el acantilado y el mar. Soñé que aquellas aguas fangosas arrastraban a mis seres queridos como atrapados por el magnetismo maléfico de la casona y que al pasar por debajo de ella, eran despojados de sus almas que se incorporaban de esta manera a la legión de entes errantes que habitaban las lúgubres estancias de la casona. De nuevo luché con todo mi empeño contra las fuerzas paranormales que poseían aquel lugar pero fue imposible, mis familiares fueron despojados de su esencia y sus cuerpos echados al mar oscuro que rompía sobre las escarpadas paredes del acantilado.
Cuando desperté bañado en sudor, no quise moverme, no quise saber si mi sueño era cierto o sólo una nueva vuelta de tuerca del mecanismo que regía mi entendimiento. Quedé paralizado en mi cama, exhausto y sin fuerzas para seguir revelándome contra aquella dimensión fantasma que envolvía la casa.
¡Qué sea lo que Dios quiera!


NOTA: Adaptación enteramente basada en un sueño que rondó mi descanso una de las pasadas noches del mes de Noviembre.

jueves, 6 de octubre de 2016

Negros


Enric cruzó azorado el amplio jardín del palacete que constituía el hogar de los Sagnier desde hacía ya varias generaciones. El palacete estaba situado en la calle de Eduard Fontseré en la parte alta de Barcelona con vistas al Observatori Fabra. Los dos hijos de la familia salieron a recibir a su padre con gran algarabía pues esperaban el manojo de churros que su padre les solía traer los domingos por la mañana cuando salía a comprar la prensa.
- ¡Dolors! No te vas a creer la atracción espectáculo que han traído al Parque del Tibidabo. Esta misma tarde vamos todos juntos a dar una vuelta, que los niños hace días que me lo piden.
-¡Cualquier excusa es buena para visitar tu querido parque! Seguro que no es para tanto- dijo la esposa quitándole importancia al tema.
-No creo que esté exagerando Dolors, me han dicho que es algo inaudito, lo nunca visto en el mundo civilizado. Directamente traídos de Guinea Ecuatorial. Nada comparable con gorilas o chimpancés, esto hemos de verlo.
Los niños asentían con gran alborozo y ya trazaban ilusionados planes para la magnífica tarde que les aguardaba.
Después de comer, la familia se dispuso a subir al Tibidabo dando un paseo pues no vivían muy lejos del parque. La expectación iba in crescendo a medida que se acercaban al templo del Sagrado Corazón en cuya construcción se encontraba enfrascado el marqués por aquella época.
Cuando alcanzaron la entrada del parque recompusieron la compostura y se dirigieron de inmediato al cercado que abarrotaba una multitud de curiosos.
Allí, detrás de aquel cercado deambulaban los cuerpos semidesnudos de los miembros de la tribu fulah. Se trataba de unos cuerpos estupendos, como esculpidos por un tornero. De color bronce,  las venas marcadas sobre las turgentes extremidades y una completa inexistencia de adiposidades redundantes. No cabe decir que una de las cosas que más atraía al popular gentío, especialmente al masculino, era la costumbre que los fulah tenían de ir con el torso desnudo. Algunas mujeres se sonrojaban al ver semejante espectáculo, no acostumbradas a las enormes porciones del cuerpo que los taparrabos dejaban ante la vista de los asombrados mirones.
En aquel año de 1925, Barcelona no quería quedar a la zaga de las grandes ciudades occidentales que ya habían experimentado con experiencias similares. Lo más salvaje de la selva africana traído para ilustrar la anonadada mirada del burgués acostumbrado a las muchas comodidades del mundo moderno. Los zoos humanos eran el culmen de la ciencia antropológica poniendo a los ejemplares traídos de África en su justo lugar evolutivo en comparación con el urbanita que los observaba.
-¿Qué os parecen?¿No son espléndidos?- dijo el marqués con entonación triunfal.
-Ay Enric, no sé si esto es lo más adecuado para los niños- dijo su esposa con un tono avergonzado
-Mujer, los chicos han de ver mundo para que se les despierte la mente.
-Me dan un poco de pena Enric. Podríamos haberles traído algo de comer- dijo la mujer intentando expiar el sentimiento de culpa que la embargaba.
-¡Pero es que no has leído el cartel, Dolors!
Casi cubierto por la avalancha de curiosos, había un cartel que informaba de la prohibición: “NO ALIMENTAR A LOS NEGROS, QUE YA LES DAMOS DE COMER NOSOTROS”

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NOTA: Los grupos de negros africanos fueron expuestos en Barcelona, así como en Madrid y otras grandes ciudades. Hay que buscar los orígenes de estos espectáculos etno-zoologicos en los freaks-shows de América y Europa. En concreto, un grupo de 150 negros de la tribu Aschanti fueron expuestos en la calle Ronda Universitat, 35 durante el año 1897. Posteriormente, otro numeroso grupo de 100 negros traídos del Senegal fueron expuestos en el Tibidabo, en el lugar que hoy ocupa la atracción del avión giratorio. El último zoológico humano del que se tiene constancia en Barcelona es el de la tribu fulah, de Guinea Ecuatorial, que se instaló en 1925, también en el Tibidabo.