En
1969 el químico James Lovelock ideó la hipótesis Gaia. Según esta hipótesis la vida fomenta y mantiene
unas condiciones adecuadas para sí misma, afectando al entorno, de manera que
la atmósfera y la parte superficial del planeta Tierra se comportan como un
todo coherente donde la vida, su componente característico, se encarga de
autorregular sus condiciones esenciales tales como la temperatura, composición
química y salinidad en el caso de los océanos. Es decir, que la biosfera
autorregula las condiciones del planeta para hacer su entorno físico más
hospitalario con las especies que conforman la «vida».
Por
tanto, debemos asumir que a medida que la vida evoluciona sobre la superficie
del planeta también va provocando un cambio dinámico de su entorno de manea que
favorezca la existencia y requerimientos de especies más evolucionadas. En este
sentido tendríamos un sistema en perfecto equilibrio que se extendería a lo
largo del tiempo. Creo, sin embargo, que existe un “bug”, una puerta trasera en
esta teoría que desestabilizaría la armonía planetaria proyectada por la hipótesis
Gaia. Ese colapso del sistema se produciría con la aparición de la conciencia,
y me explico.
En
este sentido, a medida que la vida evoluciona y da lugar a la aparición de
organismos más complejos, aparece la conciencia encarnada en aquellos
organismos más evolucionados capaces de pensar, dotados de la capacidad
cerebral de generar el pensamiento. Desde el momento que eso ocurre, entran en
juego toda una serie de motores que no se encuentran en sintonía directa con la
vida, es decir, los seres pensantes alteran ciertamente su entorno, la Tierra,
pero no lo hacen en base a condicionantes naturales dirigidos a favorecer la
supervivencia sino a intereses muy distintos que hasta podríamos clasificar de
“idiotas”. Entran en juego el orgullo, el amor y el odio, la apreciación de la
belleza, el miedo, la soberbia y toda la infinidad de productos de una mente
pensante, todos ellos con una finalidad muy distinta que la de perpetuar la
vida sobre el planeta.
Quiero
con esto decir, que la especie con más capacidad de alterar el planeta, que es
el ser humano, rompe con los fundamentos de la hipótesis Gaia ya que en general
los motivos por los que modifica su entorno están bastante alejados de la
premisa de perpetuar la vida en la Tierra. Entran en juego intereses
económicos, motivaciones individuales en contraposición al interés colectivo, o
simplemente estupidez que van dirigiendo al planeta hacia unos derroteros que no suponen aumentar la habitabilidad de
la Tierra. Más al contrario parecen encaminados a desolar la faz de la Tierra
de tal forma que no sea posible la vida.
Por
tanto, para mí, la hipótesis Gaia alcanzaría un clímax con la aparición de la
conciencia, es decir, tendría como tope evolutivo la aparición de seres capaces
de pensar y a partir de aquí se produciría una involución, una destrucción de
la vida hacia estadios menos evolucionados como únicos posibles supervivientes.
¡Siempre hemos intuido que si la raza humana destruye la Tierra sólo se
salvarían las cucarachas!
¿Quiero
con esto decir que la conciencia es incompatible con la vida que la sostiene?
Me temo que desde que aparece la capacidad de recrear la realidad en nuestra
mente de forma individual y crear nuestra propia realidad, nos escindimos del
todo, de la madre Naturaleza, y abandonamos nuestra condición de seres vivos
basados en el carbono para creernos seres espirituales inmortales. Así,
mientras nuestro nivel de conciencia no alcance niveles más elevados que rompan
la dualidad individuo-entorno y que nos permitan entrar en comunión de nuevo
con la Naturaleza, la vida sobre el planeta corre peligro de extinción.
Por
eso creo que en los tiempos actuales la hipótesis Gaia chirría y me encantaría
de todo corazón que alguien me demuestre lo contrario.






