sábado, 29 de marzo de 2014

Un viaje de 8330 km


Ella había nacido en un barrio castizo de la capital de España. Se había criado en la dureza del clima mesetario, despertando a la vida justo con los albores de la primavera.
Su cálido hogar la envolvía en una atmósfera densa, y a ella, le encantaba el perfume que emanaba la chacina enganchada a las paredes. Esa amalgama de aromas provenientes del jamón curado del país, el olor dulzón de los cortados con ese toque de leche agria, el humo del tabaco, y el aceite de aromas marineros de la fritanga ligándolo todo conformaban un perfecto coupage sobre aquellas paredes de azulejo que configuraban su hogar nacarado.
Tardes de tertulia impregnaban también las paredes, palabras enganchadas que la fritanga sabía reconciliar con ecuménica maestría, poniendo de acuerdo a la izquierda y a la derecha, a colchoneros y a merengues, a curritos, freelance y parados.
Por nada del mundo hubiera cambiado las ricas juntas del alicatado de aquel bar de Malasaña, pero aquel día, el aroma de un nuevo mundo la cautivó.
La silueta de aquel hombre rompió la estética del lugar. Él era un mocetón de carrillos colorados y andares desgarbados que nunca había visto antes. El bigote de estilo manillar, bien poblado, el cuello de la camisa remachado con puntas metálicas y ceñido por un pasador con forma de cabeza de res, las botas y el sombrero de cuero del bueno, de ese que desprende el fuerte aroma al curtido, todo pespunteado con bordados de estilo charro.
No pudo resistirlo, cayó en sus redes. Aquel olor a nuevo mundo le echo el lazo de manera irremisible bajo la promesa de nuevas y excitantes experiencias. Ella voló rápidamente a su lado como impulsada por el viento de un tornado y quedó embriagada por los efluvios que desprendía su sombrero al calor de la sudorosa testa. Se dejó llevar sin tomar precauciones, arrastrada por sus instintos animales y casi sin darse cuenta se encontró en medio de la calle, fuera del que había sido su hogar natal y sometida a la tiranía de la intemperie.
Sintió miedo, y por eso se agarró fuertemente a aquel ser humano causante de su perdición. El corazón le latía con fuerza mientras hacía grandes esfuerzos para refugiarse bajo el ala de aquel sombrero extraño a sus ojos.
Mientras maldecía su suerte, comprobó aterrada como el responsable de aquel paso en falso se metía en un taxi y se encaminaba hacia el aeropuerto.
El ambiente de la T4 era frío y aséptico. Nada que ver con el cálido, dulce y acogedor cubículo en el que había vivido toda la vida. Un sentimiento agorafóbico recorrió su pequeño cuerpo grabando en su mente la indeleble huella del vacío infinito.
A las 12:20 h de la mañana, embarcaba en un avión de American Airlines con destino a Dallas, Texas.
Había demasiada luz, el sol quemaba y era incapaz de reconocer un solo olor familiar. Olía a plástico, a desinfectante y a aire purificado. Colores vivos, brillantes, comida que parecía artificial, gente nerviosa o apalancada, conversaciones poco edificantes.
Inmediatamente, agradeció que la cabina del avión acotara un poco el espacio, ya se sentía mejor. Además había mucha gente y ella siempre había gustado de rodearse de buena compañía.
Allá en la fila 33, divisó un chico que le inspiró confianza, le era más familiar que el resto del pasaje. Así que, a 10.000 m de altura sobre el océano Atlántico, se acercó a él y le acarició dulcemente la mano agarrándose a las últimas reminiscencias ibéricas que quizá vería en su vida.
El nuevo mundo le esperaba. La tierra de las oportunidades, donde abandonaría la raza porcina para abrazar a los bóvidos.
¡Jamás alguien de su especie había llegado tan lejos!




Dedicat a Cristina, un altre esser ibèric (del nord-est) que va compartir amb mi aquesta aventura americana.

jueves, 20 de febrero de 2014

El País de la Ética

Desde el comienzo de la crisis integral que azota a la humanidad, hace ya más de un lustro, una de las cosas que, a mi entender, se encuentra en el ojo del huracán es el concepto de frontera. Hemos entendido por fin en qué consistía eso de la “globalización” asistiendo al estremecimiento del todo el planeta, hemos contemplado grandes movimientos migratorios de personas y de capitales, y hemos entendido por fuerza conceptos empresariales como la deslocalización.
En definitiva, las fronteras han sido pulverizadas, la confrontación de bloques se ha micronizado y los grandes recipientes contenedores de una forma de ser y de pensar han saltado hechos añicos en virtud de la fría lógica de los mercados financieros. De esta forma, inversores anónimos situados en cualquier punto del planeta han tenido en sus manos el destino de miles de personas radicadas en las antípodas de este, nuestro planeta, que ya parece que empieza a quedarse pequeño.
Las grandes civilizaciones de la historia, que tradicionalmente habían atesorado el testigo del saber y del progreso hasta que agotadas lo entregaban a la siguiente civilización emergente, han quedado ya como cosa del pasado, y ahora, es el planeta entero el que se rinde y desearía entregar el testigo para que alguien con pujanza renovada lo llevara a buen fin. Pero ese alguien no aparece y probablemente habremos de enfrentarnos a nosotros mismos, para morir y ser capaces de nacer de nuevo a otro tipo de vida.
Ahora más que nunca, siento que somos ciudadanos del mundo, de un mundo global por el que deambulamos con tan sólo una maletita donde guardamos nuestras señas de identidad, nuestro hecho diferencial con respecto a los otros seres humanos.
La necesidad, la búsqueda desesperada de trabajo, la prima de riego, los mercados financieros y los jinetes del apocalipsis sanitario, entre otros condicionantes, aplanan nuestra forma de ser para dejarnos homogéneos, más desnudos que nunca, todos iguales ante el implacable destino. Ya no hay cabida para florituras superficiales armadas con miles de euros o dólares, el juego de la moda se ha reducido a un hecho que siempre está de moda y que no es otra cosa que el tener algo que llevarse a la boca.
Pero a pesar de todo ello, es curioso comprobar como algunas personas todavía se afanan en preservar su hecho diferencial, y ponerlo como el estandarte que les conducirá hacia la salida de la crisis. Por esta razón, se esfuerzan por volver a repintar las fronteras, por remarcar la diferencia, por gritar que no todos somos iguales y que aquí las cosas se hacen de otra manera. Repiten este salmo de manera compulsiva esperando una salida al final de ese fervor patrio.
Yo no estoy en contra de la corriente identitaria antiglobalización, por supuesto que es mejor que la deshumanización global a la que nos somete el yugo de la crisis. Es muy posible que necesitemos saber quienes somos para poder salir de esta crisis aunque he de reconocer que me faltan partes del guión, es decir, no veo el final del camino. Tampoco lo ven los políticos que proponen la diferencia pero supongo que sienten la fuerza de su propia convicción y esto les alienta eficazmente.
Por otro lado, yo abogo por recuperar otra patria perdida, la de la ética, la de los valores HUMANOS. Una parcela que hay que buscar ciertamente en nuestro interior, en lugar de hacer crecer la altura de muros y vallas. Me gustaría considerarme, a mi mismo y a mis conciudadanos, como habitantes del País de la Ética. La ÉTICA, que también es universal, como decía Kant, pero que cristaliza en millones de formas diferentes cuando la aplicamos a nuestro día a día. No nos proporciona inmediatamente ese placentero sentimiento de pertenencia al grupo, que sí nos da ser forofos de un equipo de fútbol o votantes de un partido o nacionales de un determinado territorio, pero con el tiempo, sí que acabas desarrollando un sentido de pertenencia a un grupo de personas, las que obran bien, personas que brillan en cuanto te acercas un poco.
Huyamos de esa manía tan nuestra de clasificar, producto exclusivo del miedo y mecanismo de defensa,... este lo pongo en el grupo de los amigos, este en el de los enemigos. Si dejamos el miedo atrás y no nos encerramos en nuestras casas, seremos capaces de confiar y la chispa volverá a saltar construyendo una nueva sociedad, no precisamente con ladrillos, sino basada en el civismo.

¡Yo quiero ser ciudadano del país de la ética!

lunes, 6 de enero de 2014

Vida Zombie


Comienzo con este oxímoron que me viene como un guante para remarcar la condición de crisis existencial en la que vivimos estos días. “Crisis”, fracaso, vacío, la nada, el abismo y la necesaria decisión, la reinterpretación, el nuevo comienzo. Pero ese renacer todavía está por venir…
Así que ahora tenemos crisis, y parece que la tendencia social nos arrastra a convertirnos en “zombies”. Los zombies son aquellos seres, generalmente de forma antropomorfa, que se mueven a pesar de ser inanimados. Realmente están más cerca de ser objetos que de otra cosa, objetos articulados, o desarticulados en algunos casos, que andan hacia no se sabe donde y por eso reciben el nombre de caminantes eternos. También comen mucho a pesar de que sus carnes no medran, no les aprovecha la comida, y hablan bastante en su idioma que recuerda a lastimosos gemidos. Por su forma de comportarse, parecen anhelar la vida y cuando huelen una brizna de ella, se alinean todos como si fueran limaduras de hierro en un campo magnético. Curiosamente, su condición “zombie” parece anular las diferencias de raza, credo o estatus social y todos son bastante iguales, iguales a la nada. Su variedad es más fruto de la creatividad de la Parca, que decora sus cuerpos con un número de miembros variable y crea verdaderas obras de arte con los jirones de carne que todavía atesoran los desgraciados.
Pero para mí, la principal característica de los zombies es la vacuidad de su existencia,  no tienen nada en la cabeza, a veces literalmente, así lo mismo les da ir que venir y sólo son capaces de proferir gemidos que ni ellos mismos alcanzan a descifrar.
Y ahora, ¡qué tonto soy!, se me ha erizado el vello al releer el párrafo anterior y ver que es una buena instantánea de la sociedad actual. ¡Somos literalmente zombies!
Los agentes sociales gritan, los políticos gritan, los líderes mundiales gritan y los borrachos del bar del pueblo también gritan pero yo sólo oigo gemidos, igualitos a los que emiten los zombies. Incluso, hay una generación que se debate entre la estética gótica y la monstruosa, que los ojeadores de la moda internacional han sabido colocar en la mente de los adolescentes como consecuencia de una muy acertada lectura de los signos de nuestro tiempo. Estamos viviendo la era de la muerte en vida.
Princesas Zombie, Blancanieves, Cenicienta, Rapunzel, la Bella Durmiente, Sirenita,…todas zombie y por definición una vez zombificadas, todas iguales. La pureza de Blancanieves, la difícil adolescencia de Cenicienta, el feminismo reivindicativo de Bella y el resto de cualidades encarnadas en cada princesa, todo a la olla para hacer un gris puré zombie, a la espera de un nuevo paradigma de la belleza, del valor del esfuerzo,… y en definitiva de la vida humana.
Dicho con palabras más crudas, tenemos toda una generación de niños, adolescentes y jóvenes que han nacido en la muerte, han nacido en el valle que hay entre dos modelos de avance humano. Los padres, que todavía recordamos lo que era la ilusión, intentamos protegerlos, meterlos en una burbuja que pretendemos tener cerrada hasta que la vida vuelva a eclosionar. Pero no sé si lo conseguiremos, todo huele a zombie y los vástagos van creciendo sin tener nada sano, que no huela a podredumbre, que echarse a la boca. ¿Seremos capaces de trazar el puente necesario por encima de este valle? ¿En que piensan los profesores y educadores cuando entran en clase? Se hace imprescindible la capacidad de echar la mirada muy lejos para no caer en el sálvese quien pueda, o ir superando niveles educativos al más puro estilo zombie. Una gran responsabilidad, la de los profesores.
Como persona y como padre, anhelo que mis ojos alcancen a ver el despertar de esta larga hibernación del alma, en contraposición a lo que sugieren mis peores pesadillas, donde sólo me queda camino de muerte por recorrer.
Quizá la opción zombie es la mejor en estos casos y los caminantes no hacen otra cosa que seguir al pie de la letra los versos de Machado cantados por Serrat, “caminante no hay camino, se hace camino al andar”… y ya veremos por donde salimos.

martes, 3 de diciembre de 2013

Marrameu

El día de todos los Santos cristaliza en Catalunya en multitud de manifestaciones culturales que hacen de esa fecha todo un conglomerado de tradiciones absolutamente imbricadas con la climatología propia del otoño. Naturaleza madura, primeros fríos, hojas secas que tintan los bosques y las alamedas de colores cálidos que explotan como si de una supernova se tratara, marrones, rojos, naranjas.
Da comienzo la época del recogimiento, de la hibernación psicológica, de la vida intramuros, de ordenar nuestro armario interior desinfectándolo con la tristeza de los días grises.
Los alimentos típicos de estas fechas en Catalunya también son el tributo de la Naturaleza rendida al avance del tiempo. Los piñones que dan las piñas abiertas del verano, con los que se elaboran los deliciosos panellets y el vino de licor, pero sobre todo, las castañas y todo lo que rodea a la castanyada. Dentro de la constelación de manifestaciones culturales que se dan en estos días, una de ellas ha cautivado mi atención por su componente onomatopéyico. Habla de un gato  muy atrevido que juega con las castañas saltarinas a la vera del fuego y cuyo nombre es Marrameu.

Yo me he puesto a jugar con el gato y con sus pegajosos maullidos, reescribiendo sin permiso la historia de este gato que, como todos los gatos, es muy curioso y no sabe que la curiosidad... mató al gato.


Marrameu,
què fas torrant castanyes,
Marrameu,
cap remeulo més,
Marrameu,
deixa de miolar,
Marrameu,
que ja comencen a petar,
Marrameu,
treu el musell de la llar.
Ja n’hi peta una,
miol,
ja n’hi peta una altra,
mèu,
ja li peta una als morros,
Marrameu mort!


Letra de la canción original

Marrameu torra castanyes
A la voreta del foc
Ja n’hi peta una als morros
Ja tenim Marrameu mort.
Pica ben fort, pica ben fort
Que piques fusta, pica ben fort.
Marrameu i Marrameua
S’emboliquen en un llençol
Feien veure que era un home
I era una fulla de col.
Pica ben fort, pica ben fort
Que piques fusta, pica ben fort.
Marrameu ja no s’enfila
Per terrats ni per balcons
Que té una gateta a casa
Que li cus tots els mitjons
Pica ben fort, pica ben fort
Que piques fusta, pica ben fort.

sábado, 23 de noviembre de 2013

Rita

Sobre el nombre de Rita, dice la Wikipedia que viene de la palabra latina “Margarita” que significa “perla”. Es sin duda un nombre bonito, a la vez que potente, pero lo que me ha hecho traerlo al ágora es ese talante artístico que destila con tan solo cuatro letras.
Para mi es el nombre femenino de la artista de casta, que transmite fuerza e integridad personal, al mismo tiempo que te envuelve con su seductora delicadeza.
Rita es un nombre que me transporta al escenario, a las tablas donde los grandes artistas lidian con el genio del arte que se resiste a presentarse dócil frente a la expectante audiencia.
Rita corta el aire con su gesto grácil pero firme, contundente, dibujando una sinuosa red en la que es muy difícil no caer.
Es curioso observar que cuando lo usan los anglosajones, les confiere esa chispa latina que resulta en una mezcla muy sugerente y ahora no me puedo quitar de la cabeza a Gilda, o mejor dicho, a Rita Hayworth. Ya lo decían los Beatles en su canción “Lovely Rita”, doncella del parquímetro, tan seductora y adorable pero con un aire algo marcial, anotando una multa en su pequeño cuaderno blanco.
En España la contundencia del nombre, a mi entender, le come cierto terreno a la cara delicada y femenina, y puede llegar a entrar en solares ligeramente burdos, ejemplarizados por la frase que hizo famosa Rita Giménez García, y que todos recordamos “Eso lo va a hacer Rita la cantaora” y sus variantes.
Asimismo, el santoral nos devuelve una de esas frases clásicas imbricadas en la malla popular. Sin embargo, para mi gusto enfatiza excesivamente el carácter desprendido de la santa y parece prevenirla para que no cese en su generosidad. “Santa Rita, Rita... lo que se da, ya no se quita”
Rita, musa de los artistas, tantas canciones consagradas a tu memoria, siempre jugando con la dicotomía de tus cuatro letras y tejiendo con tus dos hilos el paño de la vitalidad dulce y enérgica.
Adorable Rita, doncella del parquímetro...





Dedicado con cariño a mi buen amigo Carles y su hija Rita


miércoles, 13 de noviembre de 2013

Vida Narcótica


Tantas veces se ha hablado sobre esto que poco más se puede añadir. El nivel de estimulación habitual es tan elevado en el hombre del siglo XXI que los umbrales de sensibilidad se han embotado de forma considerable. Esto produce una repercusión inmediata en la capacidad de percibir la vida que nos rodea, de manera que pasamos gran parte del día semi-inconscientes y con la sensación de cabalgar sobre un tren que no se detiene en menudencias.

Parafrasearé a Marx cuando decía aquello de “la religión es el opio del pueblo” para decir que eso sigue siendo vigente en la actualidad con la precaución de intercambiar la palabra “religión” por “deporte televisado”. La gran masa comulga cada fin de semana sintiendo la pulsión de algo que le motiva delante de los televisores que retransmiten partidos, especialmente, partidos de fútbol. El resto de la semana la pasamos corriendo de allá para acá, esclavos de nuestra agenda, de nuestros anhelos y de la sociedad de consumo que nos maneja como polichinelas, dosificando convenientemente las recompensas materiales con objeto de conseguir el mayor rendimiento del individuo. Es como jugar al Monopoli con la pirámide de compensación de Maslow. ¿El resultado? una vida hueca, falta de autenticidad, y llena de recompensas enlatadas que nos permiten seguir viviendo narcotizados.

viernes, 18 de octubre de 2013

El Origen de la Vida


La primera impresión que nos causa un título rimbombante como este es cierto hastío y una escasa, por no decir nula, excitación intelectual. Por supuesto, que todo ser humano se ha hecho alguna vez la pregunta encerrada en el título, y ha sentido por unos instantes la ilusión del descubrimiento infantil provocada por el arrogante espejismo de nuestro pensamiento. Dejadme que lo piense un poco, quizá soy yo el afortunado capaz de colar mi raciocino por el estrecho ojo de nuestro entendimiento hacia la luz de la verdad absoluta. Casi podríamos decir, que preguntarse por el origen de la vida o por el final de la misma forma parte de los derechos universales de todo ser humano.
Sin embargo, una y otra vez, lo que nos espera al otro lado del ojo de la aguja es el frontón de nuestras propias limitaciones, el animal pensante que quiere ver a Dios, que quiere por fin entenderlo TODO, que escudriña la naturaleza de Dios como si de un objeto se tratara, que no puede ser y conocer al mismo tiempo. Y de tantos trompazos contra este duro frontón, está ya manida, casi tumefacta esta cuestión, ¿cuál es el origen de la vida?
Pues bien, hoy he decidido ejercer mi sagrado derecho de preguntarme quien me ha puesto aquí y por qué. Me apetece jugar a la lotería de los espejismos intelectuales y... quién sabe, a lo mejor, soy yo el afortunado.
En relación con este esquivo rompecabezas, todos contemplamos casi boquiabiertos, la danza de las moléculas de la vida, asistimos maravillados al ensamblaje de los ladrillos que forman complejas estructuras biológicas, nos deleitamos con el número de magia pero no logramos desenmascarar el truco. Cómo los ácidos nucleicos pueden ser una maquinaria tan perfecta, preservando la información pero al mismo tiempo dando pábulo a la diversidad. ¿Quién en su sano juicio podría aceptar que todo eso es fruto del azar? El comportamiento inteligente que muestran estas macromoléculas biológicas es imposible de obviar, no puede ser fruto de la casualidad, ¿somos simplemente una casualidad?
Para intentar contestar estas preguntas, primero debo encontrar donde se rompe el hilo de mi discurso, o hablando en términos generales, del discurso científico. Sabemos como se engendra la vida, la vemos en acción perpetuándose sobre el planeta. Entendemos sus mecanismos cada vez con mayor detalle, pero sin embargo, parece que por mucho que buceemos entre los distintos niveles de organización de la materia, aunque alcancemos el nivel subatómico, no se ve la luz al final del camino. De hecho, cada día tenemos más claro que no es ese el camino de la comprensión universal y aparece ante nosotros una desmotivante sensación de extrema especialización que nos aleja de la visión holística. Parece que al ser humano se le da bien enfocar y se le da mal desenfocar, que no es divagar en el menudeo.
Por tanto, falta algo, falta una pieza que permita entender y correlacionar todos los puzzles que tenemos a medio montar pero parece que empiezo a intuir donde perdí el hilo de mi discurso, donde está el fallo que me molesta en todo este tinglado. Mi atención apunta ahora hacia la causa inteligente de todo este despliegue espectacular de filigranas biológicas. Estoy buscando al SER que conocía, que conoce y conocerá con independencia de la forma física de organización en la que cristaliza o se manifiesta.
Veo que la materia puede organizarse en pequeños corpúsculos capaces de generar una actividad intelectual, y que estos pequeños corpúsculos de materia tienen la capacidad de generar la sensación del SER. Si consideramos que la Tierra no es una singularidad, no es una excepción sino por el contrario representa la forma natural en que la vida se manifiesta, podemos dar por válida la hipótesis de que la vida se organiza entorno a 4 o 5 elementos principales, léase C, N, O, S y H. Es decir, es muy poco probable que si eventualmente existiera vida en otro planeta, está esté basada en la combinación de átomos de plomo y xenón, por ejemplo.
Así, si consideramos el Universo como un sistema cerrado, podemos poner los cimientos del gran salto intelectual. Lavosier y Lomonósov fueron los primeros en darse cuenta de que cuando las sustancias reaccionan entre sí para generar nuevas sustancias, el cómputo total de materia siempre se mantiene constante. Esta ley se conoce como principio de conservación de la materia. Asimismo, durante el siglo XX, Einstein amplió el alcance de este principio de conservación al postular la dualidad existente entre la masa y la energía. De manera que la ley de conservación de la energía afirma que la cantidad total de energía en cualquier sistema físico aislado (sin interacción con ningún otro sistema) permanece invariable con el tiempo, aunque dicha energía puede transformarse en otra forma de energía (Primer principio de la Termodinámica).
Si intento supeditar mi discurso a estos dos principios de conservación, y teniendo en cuenta que la cantidad de “ladrillos” de la vida (C, N, O, S, H) es limitada, podríamos extraer otro principio de conservación al que podríamos llamar “principio de conservación de la vida”. Intuitivamente todos percibimos que cuando un ser vivo muere, su cuerpo o la materia que lo constituía vuelven a reintegrarse al medio que genera a su vez otros seres vivos. Es decir, los átomos de la vida se recombinan continuamente fructificando en nuevos individuos que comparten el mismo juego finito de piezas.
Por otro lado, sólo las superestructuras (seres vivos inteligentes) creadas por la combinación de estos elementos son capaces de percibirse a si mismas. Si limitamos la definición de la conciencia estrictamente a la percepción de nuestra subjetividad, la autosensación del ser o el entendimiento de nuestro propio ser, y excluimos otras funciones de la mente que podrían ser confundidas con tener conciencia como por ejemplo la imaginación, el pensamiento racional o la percepción del entorno, ciertamente, parece que la consciencia es una cualidad inherente a la materia, es decir, siempre que la materia es capaz de organizarse puede llegar a producir la autopercepción de si misma, y por tanto, puede generar una consciencia.
Si esto es cierto, empezamos a conectar de algún modo estos dos conceptos que en principio parecían tan alejados, lo físico, y la noosfera. Esta afirmación, tiene una trascendencia mayor de lo que parece a simple vista pues estamos situando la conciencia en el plano de lo físico, es decir, a merced de las leyes de la física. Así que, parece asumible que la cantidad de materia capaz de percibirse a si misma en el Universo es limitada y por tanto, la conciencia generada es asimismo finita. Y además, si la conciencia es el producto de un corpúsculo de materia organizada, también deberíamos ser capaces de afirmar algo parecido a un “principio de conservación de la conciencia”. Por tanto, en un sistema cerrado, que contiene una determinada cantidad de materia capaz de organizarse en estructuras biológicas complejas, la conciencia no se crea ni se destruye, sólo se transforma.
Llegados a este punto, ¿he contestado a las preguntas que atormentan mi curiosidad? Según mis argumentos, existiría un gran repositorio potencial de la vida y la conciencia y nosotros seriamos pequeños vasos comunicantes conectados con ese ALMAcen de vidas y conciencias. Sin embargo, ahora he de correr de nuevo al campo de la humildad del que tanto me he alejado a lo largo de esta entrada, y he de reconocer que en el mejor de los casos sólo he alejado la eterna pregunta un poco más arriba en el tiempo. Quizá ahora es menos amenazante pero a pesar de todo, un niño de 5 años  me preguntaría “¿qué había antes de lo que has explicado? Y mucho me temo que la respuesta es “no lo sé”.