domingo, 10 de marzo de 2013

Insalutia (II)

   Al día siguiente, mientras se encontraba produciendo un nuevo lote de individuos “U” no podía dejar de pensar en el tema y aquella misma mañana, se puso en contacto con Thomas Hodgkin, cuyos flirteos con los marginales eran por todos conocidos.
   ¾¿Sr. Hodgkin?, me llamo Carlos Chagas y me pongo en contacto con usted para… no sé como expresarlo, se trata de algo muy personal.
   ¾Bueno, soy todo oídos. No es muy frecuente que un sanador de la Corporación, aunque sea de bajo rango, se ponga en contacto conmigo. Usted dirá.
   ¾Perdone, no me mal interprete Sr. Hodgkin ¾dijo Carlos sintiendo que una oleada de rubor congestionaba su rostro—. Me pongo en contacto con usted a título personal por un tema que nada tiene que ver con la organización que usted dirige. No es que su función pública promoviendo el derecho a una muerte digna no me parezca algo absolutamente loable, sin embargo, se trata de otra cosa. Yo quiero hablarle, más bien, del derecho a la vida, a una vida digna.
   Mi mujer y yo hace tiempo que queremos formar parte del carrusel de la vida, creando nueva vida, y alcanzar esa plenitud que veo en aquellas personas que han sido padres. Sin embargo, hay un problema, no podemos aceptar que esa vida nazca ya dañada, esclava de un sistema que usa la enfermedad como yugo de dominación. Créame, es una situación muy angustiosa.
   Hodgkin captó enseguida el cariz de la conversación, y aunque condescendiente, se afanó por rebajar las ansias subversivas de su atribulado interlocutor.
   ¾Sepa que le entiendo, yo también he sido padre y sé lo duro que puede ser aceptar la lacra de la subyugación genética, pero a pesar de ello, no le aconsejo que siga por ese camino, no sabe usted bien lo proceloso que puede llegar a ser. ¡Hágame caso y no ponga en riesgo su vida, la de su mujer y la de su ansiada descendencia!
   ¾Me temo Sr. Hodgkin que ya he cruzado la línea de no retorno respecto a ese tema ¾dijo Carlos—. Tanto mi mujer como yo sólo somos capaces de imaginar un futuro, el futuro de ver crecer a nuestros hijos en libertad. Ninguna otra opción tiene sentido para nosotros.
   ¾Y bien, ¿qué es entonces lo que quiere de mi? ¾dijo Thomas Hodgkin con tono contrariado.
   ¾Me explicaré sin más rodeos, Sr. Hodgkin. Sus contactos con los marginales son de sobra conocidos y…, yo le suplico que me pertita acceder a ellos. ¡Qué al menos me permita explorar una nueva vía para tratar de romper esta cadena que nos somete!
   ¾Extrañas palabras viniendo de un empleado de la Corporación ¾dijo Hodgkin regodeándose en su mofa—. Pero veo que sus palabras son de sincera desesperación. Seguro que algo cambiaría si hubiera muchos como usted, pero bien, veré que puedo hacer.
   Si ellos acceden recibirá instrucciones precisas. Confío en que usted pondrá de su parte la discreción que un asunto de este cariz requiere.
   ¾Sí, no se preocupe Sr. Hodgkin ¾dijo Carlos con un sentido agradecimiento—. Le prometo estar a la altura del paso que me dispongo a dar.
   Tan sólo fueron necesarios 3 días para que un individuo desconocido se acercara a Carlos y, con un gesto más que discreto,  le entregara un pequeño papel con muchas dobleces que contenía unas coordenadas de posición.
   Una vez en casa, Carlos pudo comprobar que se trataba de un suburbio alejado y muy deteriorado. Le costaría un cierto tiempo alcanzar la posición pero no era imposible y además, muy comprensible. La hora del contacto también era lógica, así que, sin involucrar todavía a su amada esposa, salió de camino hacia lo imposible cuando el sol empezaba a descender por el horizonte.
   A medida que se alejaba del centro de la ciudad, el paisaje iba adquiriendo tonos gris ceniza cada vez más oscuros. El color de la tez de los residentes también cambiaba en consonancia con el entorno y sus rostros cerúleos mostraban cada vez con más descaro las venas que canalizaban un líquido que alguna vez fue sangre pero ahora era más parecido al anticongelante. Tuvo que pasar el punto de control a partir del cual no se garantizaba la salubridad del aire, el agua o la tierra del subsuelo mientras Carlos se dedicaba a tapar con trapos húmedos todas las entradas de aire que poseía el modesto vehículo de combustión metabólica que podía permitirse. Su proverbial hipocondría sufrió un agudo ataque que casi da al traste con su determinación. Sin embargo, Carlos pudo reponerse para alcanzar lo que parecía un descampado semiboscoso. Abandonó el vehículo y comenzó a andar por aquel terreno baldío. El medio metro de maleza que cubría los cascotes de los antiguos edificios de apartamentos proletarios hacia muy difícil el avance  pero aquel era el punto de contacto. Finalmente, se fijó en que a su lado derecho, a unos 20 metros de distancia, se erigía una herrumbrosa puerta metálica delimitada por dos altos pilares de mampostería que parecían pretender poner puertas al campo.
   Carlos se dirigió titubeante hacía la única estructura que todavía se mantenía en pie y al llegar a la puerta deslizó su cuerpo por el escaso hueco que dejaban las 2 puertas eternamente entreabiertas. La sensación de ridículo se esfumó rápidamente al oír el chisporroteo del cable electrificado que nacía a ambos extremos de la puerta y se perdía en la espesura del bosque. Caminó unos diez pasos hacia el interior de la masa boscosa cuando el chasquido de una rama rota le advirtió que no estaba solo. Antes de que la preocupación pudiera contaminar su ánimo, aparecieron ante él dos individuos, uno más alto que el otro, pero con un aspecto físico que destilaba salud por todos sus poros, no parecían pertenecer a la raza de la humanidad imperante. Se acercaron a Carlos e hicieron presa de sus antebrazos justo por debajo de las axilas para acompañarle con sutil firmeza hacia el 4 x 4 solar que esperaba al cabo de lo que parecía una pista forestal.
   En la parte posterior del 4x4 no se veía nada y Carlos estuvo dando botes en su interior durante al menos media hora. La pista  se encontraba en bastante mal estado y estos antiguos vehículos, con su dura suspensión, no hacían el viaje nada confortable. Notó que, más o menos a mitad de camino, bajaron una fuerte pendiente pero la penumbra lo envolvía todo cada vez con mayor persistencia, lo cual dio al traste con cualquier posibilidad de saber donde estaba.
   Se oyó una algarabía infantil y el vehículo se detuvo. La apertura del portón posterior dio paso a una visión extraña. Se trataba de la boca de una mina por la que transitaba libremente un grupo de infantes que parecían celebrar la visita del desconocido. Carlos fue acompañado a la entrada y después de recorrer unos 100 m de túnel, se vio abocado a la contemplación de una visión de fábula. Tenía ante sí lo que parecía una ciudad underground conformada por una especie de plaza natural alrededor de la cual partían de forma radial una serie de túneles a modo de calles. Un individuo, de unos 60 años, les salió al encuentro identificándose como la persona encargada de las relaciones con los medicalizados.
   Carlos no daba crédito a sus ojos al ver como la vida en esta ciudad se desarrollaba de forma armónica y serena como si de una colmena se tratara, donde cada uno tiene su misión perfectamente interiorizada.
   George, que así se llamaba el sexagenario anfitrión, empezó a hablar poco a poco y poniendo las bases necesarias para hacer posible la comprensión entre dos mundos tan distintos.
   Lo primero que sorprendió a Carlos fue ver tanta luz en una mina, luz que parecía natural. George le confirmó que en efecto se trataba de luz natural y le explicó el sistema a través del cual la luz penetraba en el subsuelo. Esta maravilla de la ingeniería estaba formada por grandes cables de fibra óptica que recogían la luz en la superficie mediante unos cristales circulares de gran diámetro encargados de focalizar, a modo de una gran lupa, toda la luz hacia el cable de fibra. Luego estos cables se iban ramificando por los diferentes túneles, perfundiendo todo el espacio con luz, que finalmente era difundida mediante pequeñas lupas divergentes.
   Ante tal avance tecnológico, Carlos comprendió enseguida que no se encontraba delante una sociedad atrasada o retrograda, y el mito de los marginales comenzó a deshacerse lentamente en su interior. Aún así, Carlos tenía muchas dudas acerca de aquella gente, cómo estaban organizados, cómo era su día a día, cómo combatían la enfermedad. Mientras accedían a lo que parecía un centro público encastado en la roca, George le transmitió serenidad con una mirada condescendiente que parecía decir “todo a su tiempo, Carlos”.
   Una vez en el interior del edificio, accedieron a una estancia fronteriza con la roca viva y se sentaron cómodamente alrededor de una mesa circular. Su anfitrión le ofreció un vaso de zumo de zanahoria y continuaron su animada y asombrosa charla.
   ¾Hace años que vivimos al amparo de esta mina pero además no somos la única comunidad de sangre limpia que existe en la Tierra. Existen otros grupos como nosotros, con los que mantenemos una comunicación casi diaria. Durante todos estos años el mundo de la superficie y nosotros hemos adoptado formas divergentes de organización. Ellos han optado por la dominación tiránica y abominable mientras que nosotros nos hemos entregado a un sistema que llamamos democracia de las ideas y que consideramos como la forma de organización socio-política más evolucionada del ser humano.
   Ante la atónita pose de Carlos, el ya cansado George Huntington prosiguió con sus explicaciones.
   ¾La característica angular que define este sistema es la concentración de la autoridad en las ideas, no en las personas. Es decir, se trata de un sistema de consenso social permanente en el que el destino de la comunidad es decidido entre todos, de manera que la autoridad jamás se concentra en una persona o grupo de personas. Aquí no hay presidentes, ni gobiernos, ni individuos que detenten el poder. Aquí el poder sólo lo tienen las ideas, las mejores ideas.
   Parece complicado pero la tecnología actual nos lo ha puesto muy sencillo. Todos disponemos de nuestros “demófonos” donde los asuntos que requieren decisiones se plantean telemáticamente y el pueblo vota las mejores soluciones. Esto se hace para cada asunto y de esta manera es como si el pueblo hablara y expresara su voluntad constantemente.
   Carlos sintió incluso cierto vértigo ante tal despliegue de libertad individual y quedó maravillado y a la vez convencido de que este era el entorno en el que quería ver crecer a sus hijos. George prosiguió su descriptiva charla.
   ¾Además, otro de los pilares fundamentales en los que se apoya nuestra sociedad es la plena integración con la Naturaleza y el modo de vida sostenible. Vivimos en armonía con nuestro entorno, al ritmo que nos impone la Naturaleza en comunicación constante con el medio natural. La luz natural nos permite cultivar nuestros alimentos en el interior de la mina y nuestra ropa así como lo que hay en el interior de nuestras casas procede de productos naturales ligeramente procesados. No nos permitimos el lujo de crear materiales sintéticos que luego no encuentran su lugar en el ciclo de la vida. Además, cada día hacemos una carga masiva de energía solar en nuestros acumuladores y esto nos permite cubrir nuestras necesidades energéticas también por las noches.
   ¾Pero, ¿qué pasa si os ponéis enfermos? ¾dijo Carlos mostrando cierta ansiedad.
   ¾Aquí abajo, la enfermedad no existe como concepto ¾prosiguió George. Ya ves cuan alejados estamos de vosotros. Aquí, cuando una persona enferma, su estado se considera algo natural y se trata naturalmente buscando siempre que el cuerpo no pierda la comunión con el entorno. Acumulamos un enorme saber y experiencia entorno a la “farmacología” natural y la muerte es considerada como una forma natural de volver a la Naturaleza de donde nunca nos alejamos demasiado.
   A estas alturas de la conversación, Carlos se encontraba plenamente convencido del paso que acababa de iniciar y quiso saber sobre el proyecto de ocupar otro mundo para empezar desde cero con un modelo de sociedad que podríamos llamar saludable. Carlos no pudo esperar más y preguntó a quemarropa.
   ¾Quiero saber sobre el proyecto Europa. Sé que estáis planeando una misión en ese satélite, que queréis huir de la Tierra.
   ¾Bueno Carlos, no vayas tan deprisa. Si bien es cierto que desde que se descubrió el océano interior de Europa como fuente casi inagotable de oxígeno y se montaron las primeras bases estables, hemos soñado con refundar una nueva civilización humana en Europa, sin embargo, el proyecto está todavía muy verde. Aún así, estamos seleccionando personas excepcionales para enviar una primera avanzadilla con el fin de preparar el gran éxodo.
   ¾Y la cuestión es saber si mi esposa y yo somos personas excepcionales, supongo ¾se adelantó nerviosamente Carlos, interrumpiendo al sexagenario.
   ¾Debes serenarte Carlos. Comprenderás nuestras reticencias respecto a una persona que viene del otro lado. ¡Por Dios, eres un medicalizado!
   ¾Sí, pero mi intención de crear vida me ha hecho ver las cosas claras. ¿No tiene esta decisión más valor precisamente por venir de donde vengo?
   ¾Tu decisión te honra y créeme que la tendremos muy en cuenta pero debes reflexionar un poco más. Todavía hay tiempo, tenemos un viaje previsto para dentro de pocos meses. Te recomiendo que lo hables con tu mujer y si os consideráis preparados para una vivencia de esta responsabilidad, nos hagas llegar tu voluntad a través del señor Hodgkin. Todavía hay demasiadas cosas que no entiendes de nuestro mundo y nosotros debemos estudiar tu pasado y el de tu esposa para saber si reunís los requerimientos mínimos para una misión de esta importancia.
   —Ten por seguro que no os defraudaremos, señor Huntington. Mi esposa y yo hemos vivido adormilados durante muchos años pero el deseo de ser padres nos ha devuelto la lucidez perdida.
   —Qué así sea, señor Chagas —sentenció Huntington—. Creo que tu visita ha terminado, te acompañaré a la salida.
   En el viaje de vuelta hacia la puerta, Carlos se fue fijando con fruición en todo aquello que formaba parte de aquel entorno subterráneo hasta que un pequeño cuerpo de niña se entrometió en su campo de visión.
   ¾¿Qué le sucede a aquella niña? ¾preguntó ágil.
   ¾Está enferma ¾dijo George contrariado.
   ¾¿Qué tiene? ¾preguntó de nuevo con la intención de ayudar.
   ¾Gastroenteritis, pero no conseguimos detener la diarrea con nuestros remedios.
   ¾Actualmente, la gastroenteritis es muy fácil de tratar con los fármacos adecuados. Creo que tengo alguno en el coche ¾dijo Carlos solícito.
   ¾¡No!, la niña debe morir… antes de que esa peste farmacológica vuestra corrompa irremisiblemente la pureza de nuestra raza. Sólo dejando actuar plenamente a la sabia Naturaleza podemos evolucionar. Lo que hacéis vosotros ahí fuera va contra natura. Sostenéis a los débiles, les permitís tener hijos y la especie humana se debilita cada vez más. El refinamiento genético es absolutamente imprescindible si queremos sobrevivir como especie.
   Carlos no tuvo más remedio que proseguir su camino, fuertemente contrariado con aquella imagen agridulce que le producía un cierto vértigo. El vértigo de la libertad para enfermar, el vértigo de caminar por la vida sin ningún tipo de protección, una forma de vida definitivamente más auténtica pero también mucho más peligrosa.

Insalutia (I)


   Un fluorescente parpadeaba incómodamente a unos diez metros de la pareja de técnicos de la Corporación General de Xenobióticos que avanzaba por el largo y níveo pasillo adyacente a la sala de germinación. Carlos siempre había puesto en duda la viabilidad, y hasta la moralidad, del regio sistema morbodominante que gobernaba la vida de las personas desde hacía más de un siglo. Esta actitud le había dispensado más de un disgusto pero no le había impedido ascender puestos en el escalafón socio-sanitario hasta alcanzar el puesto de sanador regional 010.
   Carlos y el orondo Samuel Pickwick caminaban embutidos en su traje de neopreno aluminizado blanco que les protegía de infecciones oportunistas, sin duda mortales para su débil sistema inmune.
   ¾Hemos logrado erradicar el sufrimiento casi en su totalidad. Ahora tenemos un control total sobre el cuerpo humano, ¿qué hay de malo en eso? ¾dijo Samuel.
   ¾Sí, pero se trata de un bienestar artificial, nada es auténtico. Además, la hipocondría a uniformizado a la sociedad y eliminando la creatividad individual que al fin y al cabo es un acto de valentía. No sé, siento que ahora somos como robots sin alma, vacíos por dentro.
   ¾Sabes que el liberalismo del siglo XXI no nos condujo a nada bueno. Es mejor, ¡no!, imprescindible, que la sociedad funcione como una gran máquina perfectamente engrasada y a salvo de excentricidades individuales.
   ¾No creo que a esto le podamos llamar vida. Tenemos una sociedad de enfermos crónicos que sólo son capaces de sonreír bajo los efectos de los antidepresivos ¾argumentó contrariado Carlos.
   ¾No digas eso, son personas cuyos cuerpos viven y respiran en perfecta armonía con los fármacos que les suministramos desde la Corporación General. El problema no es un problema si tiene solución y ya sabes que nuestro sumo sanador está empeñado en romper el primer axioma de la Ley de Supervivencia Universal, aquel que dice que toda vida inteligente tiende a su autodestrucción. Por cierto, deberías pedirle a tu sanador que te aumente la dosis de IMAO, últimamente tienes pensamientos muy raros.
   La atribulada pareja fue llegando al final del aséptico pasillo mientras lanzaban alguna que otra mirada indolente a través de los vidrios que separaban el corredor de la sección de asmáticos no natos que se extendía a su derecha.
   ¾¡Por fin acaba otra pesada y tediosa jornada laboral! No sé ni cuantos óvulos he fecundado hoy pero no te preocupes por mi, en cuanto llegue a casa me meteré un chute de glucosa refinada, que ya sabes lo bien que me va para levantar el ánimo ¾concluyó Carlos a modo de despedida mientras se introducía en su cabina de esterilización individual.
   Una vez en la calle, Carlos se dirigió hacia la estación de transporte metropolitano de aire estéril. ¡Qué mala suerte!, había olvidado su tarjeta de transporte en el laboratorio, así que, decidió pagarse un tren sucio, que es como llamaban a los transportes convencionales, y usar la máscara de papel que siempre llevaba consigo. Al subir al vagón pudo comprobar que no había tenido demasiada suerte con el acompañamiento. Al fondo del vagón moraba un viejo desaliñado que no paraba de toser y expulsar esputos en un pañuelo que no daba para más. Un poco más cerca de él, había sentado un trabajador de la construcción que no parecía muy preocupado por el aire que respiraba y que, de hecho, emitía un fuerte hedor a sudor.
   Fueron necesarios tan solo dos minutos para que Carlos empezara a preocuparse. Su síndrome de inmunodeficiencia genética no le permitía exponerse de esa manera a posibles agentes infecciosos por lo que no esperó al final del trayecto. Un paseo por las calles a la luz del ocaso seguro que le sentaría mejor, a pesar de que el barrio por el que se encontraba transitando en ese momento no era especialmente saludable.
   Nada más alcanzar el nivel de la calle, se fijó en un grupo de camellos que se encontraba dirimiendo la forma más rentable de distribuir los analgésicos que habían conseguido robar de uno de los almacenes de la Corporación General. Principalmente, paracetamol y ácido acetil salicílico que ahora se tomaban prácticamente a diario por una gran parte de la población en dosis cercanas a su nivel tóxico. Desde que la ley constitucional prohibiera la síntesis de cualquier producto químico fuera de los cauces públicos autorizados, había mucho contrabando de xenobióticos, especialmente en los barrios de alto poder adquisitivo.
   Carlos continuó con ligero desazón su accidentada vuelta a casa por aquellas calles grises, llenas de edificios inteligentes construidos durante la revolución robótica de la segunda mitad del siglo XXI. Las fachadas ennegrecidas y decadentes todavía mostraban los signos de la última gran guerra, que fue el origen del orden social imperante en la actualidad, la morbocrácia. Por otro lado, si había una especie que empezaba a postularse como ganadora en la lucha por la supervivencia en este planeta eran las ratas, ni siquiera huían por la cercanía del ser humano, parecían darnos permiso para pasar por sus territorios. En los barrios habitados por la población menos enferma habían tenido que excavar un muro de contención que se hundía más de 15 metros en el subsuelo para evitar que  estas bestias entraran en contacto con las personas.
   A cuatro manzanas de su casa, se encontró con la cola del suministro semanal de fármacos para los desempleados, inválidos y gente de la tercera edad. Ya casi no recordaba que una de las máximas del gobierno era que ningún enfermo se quedara sin sus medicinas. Lo que le sorprendió un poco es que la cola fuera tan larga, ya que era necesaria receta y eso no era fácil de conseguir para este tipo de gente improductiva que sólo contaba con un sanador por cada 300 pacientes. Escondidos en el anonimato de la cola había algún que otro miembro de la raza “U”, que se escapaban de los laboratorios de la Corporación pero que resultaban fáciles de descubrir para un sanador 010. Esta raza de humanos inferiores solía arrastrar un síndrome de adicción polifarmácologica durante toda su corta vida debido a que era una etnia creada y diseñada para servir como animales de laboratorio en el descubrimiento de nuevos fármacos.
   El paisaje urbano comenzaba a cambiar tímidamente intercalando, cada vez con mayor frecuencia, edificios más modernos y bien conservados. Sin embargo, súbitamente sintió un hedor que le abofeteó los cinco sentidos. Al superar la esquina, Carlos pudo descubrir la fuente emisora de tan terrible olor. Tumbado en el suelo con la cabeza ladeada contra las planchas metálicas que conformaban la fachada del edificio y el cuello llevado a su máximo punto de tensión, se encontró con un anciano de cabellos gris ceniza, más bien escasos y vestido con harapos. Los ojos abiertos como platos mientras de la boca le colgaba un hilito de saliva amarillenta y en la mano semicerrada tenía un frasco vacío de torazina. Al parecer, había ingerido todo el bote de pastillas excepto algunas que cayeron al suelo después de resbalar por las comisuras de su boca. Los casos de sobredosis eran frecuentes en la sociedad actual, producto de la desesperación ocasionada por las respectivas enfermedades. Carlos estaba obligado a informar a la unidad móvil de esterilización urbana para que retiraran el cadáver y limpiaran un poco todo aquello, y así lo hizo.
   Por fin llegó a la entrada principal de su edificio autosostenible que para un empleado 010 de la sanidad pública no estaba nada mal. Introdujo su tarjeta inteligente y pronunció su nombre “Carlos Chagas”. Las puertas del ascensor que le conduciría directamente a su piso se abrieron y Carlos subió sólo, como siempre, este sistema no permitía confraternizar con los vecinos del mismo bloque.
   Al entrar en casa, Carlos percibió un fuerte olor a café mezclado con desinfectante. Su esposa Gerty acababa de hacerse un enema de café con fines purificativos. Esta técnica natural servía para eliminar una gran cantidad de toxinas y por eso ella lo solía hacer una vez por semana.
   Alguna que otra vez, habían hablado de que les gustaría tener un hijo, o más bien solicitar la fecundación artificial y germinación de un hijo portador de sus genes. Sin embargo, el hecho de saber que el código genético que daría lugar a su hijo iba a ser alterado para introducir el gen subyugante por el cual la morbocrácia dominaría completamente al individuo les hacía desistir de la idea a la espera de un insospechado cambioA Carlos le apenaba el tipo de vida que llevaban, cargada de miedos y prevenciones, y estaba empezando a sentir cierta desesperación. Se derrumbó en el sofá mientras encendía el canal de noticias. El preocupado locutor relataba la captura de algunos miembros del grupo marginal de humanos que todavía podían llamarse mamíferos. Estos grupos vivían escondidos en los bosques, donde encontraban casi todo lo necesario para alimentarse y se reproducían mediante el tradicional embarazo y parto natural. A pesar de su condición marginal, Carlos sintió mucha envidia y así se lo comentó a Gerty, que en ese momento también se dejaba caer en el sofá.
   ¾Podríamos contactar con ellos e intentar tener un hijo natural y libre ¾dijo Carlos.
   ¾Sí, sería un sueño pero eso es casi imposible. En algún momento habremos de aceptar el sistema morbodominante.
   Carlos prefirió no seguir con la conversación que se le antojaba improductiva pero la semilla de la subversión había quedado prendida en su interior.

viernes, 1 de marzo de 2013

El Macho Cabrio


Quizá es demasiado ambicioso para un post el deseo de tratar de rastrear el significado del símbolo cáprido desde un punto de vista religioso o antropológico.
Este símbolo que ha llegado hasta nuestros días con un claro significado perverso, taimado y lujurioso dentro del contexto judeo-cristiano, no siempre tuvo unas connotaciones tan negativas.
El origen del símbolo parece encontrarse en Egipto y más en concreto en la antigua ciudad de Mendes, situada en la zona del delta del Nilo, y que fue capital de Egipto durante la 29 dinastía (alrededor del año 400 AC). En este territorio se adoraba al carnero relacionándolo con la divinidad Ammon, que es uno de los principales dioses egipcios. Este dios se representaba en forma de animal con cabeza de carnero y su culto estaba vinculado con la fertilidad y la preservación de la vida. Asimismo, también se celebraban ceremonias de expiación que consistían en abandonar en medio del desierto a un carnero cargado simbólicamente con las culpas del pueblo. Este rito de expiación pasó a la cultura judía dando lugar a la festividad del Yom kippur y a la expresión popular de “chivo expiatorio”.
Por otra parte, este símbolo de la fertilidad fue exportado a la comunidad rural griega de Arcadia, situada en la región periférica del Peloponeso, y con el tiempo llegó a convertirse en el dios Pan. En la mitología griega, Pan era el semidiós de los pastores y rebaños representando la fertilidad y la sexualidad masculina desenfrenada. Pan era cazador, curandero y músico, de hecho gustaba de tocar la siringa, que pasó a llamarse flauta de pan. También le agradaban las fuentes y la sombra de los bosques y tenía por inquebrantable la hora de la siesta, mostrándose especialmente irascible si se le molestaba en los momentos de sueño diurno.
En la mitología romana se identifica a este dios con Fauno. Como deidad, Pan representaba a toda la naturaleza salvaje y de esta forma, se le atribuía la generación del miedo enloquecedor. De aquí derivó la palabra pánico que, en principio, significaba el temor masivo que sufrían manadas y rebaños ante el tronar y la caída de rayos, es decir, ante la fuerza de la naturaleza desatada.
En cuanto a su culto, los ritos de fertilidad originales fueron asumidos a partir del siglo V por las Bacantes y duraron hasta bien entrada la Edad Media. Desde entonces, y hasta nuestros días, la imagen tradicional de Pan se asocia con la imagen del diablo (en forma de macho cabrío) y los aquelarres. De hecho, la palabra aquelarre proviene del euskera akelarre formada por dos partes: "aker" que significa macho cabrío; "larre" que significa campo.
De esta manera, el “macho cabrio” comienza siendo un animal considerado sagrado en el culto a la naturaleza, que encarna la fuerza de la misma y representa la generación de vida, y con la aparición del Cristianismo y la condenación herética de los cultos paganos, como el culto a Baphomet por parte de los Caballeros de la Orden del Temple, el macho cabrío pasa a ser el representante de la fuerza antagónica de la naturaleza y se le considera teosóficamente un símbolo maléfico. A partir de ese momento, su figura es satanizada, vinculándolo con el diablo y relacionándolo con la brujería. La iconografía religiosa cristiana transformó su imagen natural en un ser maligno y esta imagen ha llegado hasta nuestros días formando parte ya del substrato cultural de occidente.
Con el propósito de ejemplificar la fuerza que todavía conserva esta imagen, me he permitido escribir un pequeño relato donde el protagonista se enfrenta a esa parte animal e irracional de la naturaleza que llama a su puerta y le reta. Una vez señalado como presa, ¿creéis que tendrá alguna posibilidad de escapar?

Patas
A Avlas le extrañó ver tantos círculos en el gran ventanal del despacho al que había ido para reparar el termostato del aire acondicionado. Y lo más curioso es que parecían hechos por fuera, así que no acababa de explicárselo.
     ¾Han debido ser los que limpian los vidrios por fuera colgados de un andamio ¾pensó. Estos chicos son un desastre pero teniendo en cuenta lo que les pagan por jugarse el pellejo, ya está bien todo lo que hacen.
     Avlas terminó el trabajito y como esa noche le tocaba quedarse de guardia, bajó a la pequeña habitación que los de mantenimiento usaban como despacho y se dispuso a pasar las horas de la mejor manera posible. Esta habitación aunque era pequeña, tenía salida directa al exterior. Las noches en la soledad de aquel edificio, bueno compartidas con el vigilante de la garita de la entrada, eran interminables y a veces deseaba que se rompiera algo durante la noche para poder tener con que entretenerse.
     Uno de sus recursos habituales para hacer más llevadera la espera era el consumo de prono cibernético, es decir, que Avlas aprovechaba la extrema facilidad con la que se podía acceder a contenido erótico libre de cargo en Internet para amenizar aquellas aburridas noches. Aquella noche la persiana de la puerta estaba bajada unas dos terceras partes, total fuera estaba oscuro y no había nada que ver. Avlas se pegó un verdadero atracón de porno en la red navegando de aquí para allá mientras se le iban abriendo simultáneamente nuevas páginas en el navegador. Hubo un momento en el que se dio cuenta de que tenía hasta diez páginas abiertas al mismo tiempo y la verdad se sentía un poco aturdido. Fue entonces cuando por el rabillo del ojo, le pareció observar cierto movimiento a través de la estrecha franja que dejaba la persiana en la puerta. No hizo demasiado caso, pensó que se trataría de algún reflejo o juego de luces. Unos minutos más tarde volvió a tener la extraña sensación de que algo se movía al otro lado de la puerta pero estaba tan enfrascado mentalmente en el visionado de gente desnuda en posturas imposibles que se sentía como enajenado, con los reflejos lentos, abotargados. Cuando este movimiento se reprodujo por tercera vez, no pudo ignorarlo, qué narices estaba merodeando por ahí fuera. Despegó la mirada de la pantalla del ordenador y giró la cabeza hacia la derecha para poder ver con claridad a través de la parte baja de la puerta acristalada. Fugazmente, vio algo que le provocó una gran lucha interna entre lo que aparentemente dictaba su sentido de la vista y el escaso raciocinio que le quedaba a esas horas de la noche. Se quedó mirando fijamente hacia aquel rectángulo oscuro que delimitaba la persiana bajada y de repente, captó una imagen que le heló la sangre produciéndole un escalofrío que recorrió su cuerpo como un latigazo. Lo que se dibujaba a través del vidrio de la puerta eran dos patas de macho cabrío, dos pezuñas que demostraban socarronas el carácter bípedo de su poseedor. Al levantar la vista y trazar el contorno imaginario del cuerpo poseedor de aquellas patas, casi pudo adivinar el punto por el que la cabeza de aquello le estaba mirando a través de las rendijas de la persiana. Las patas trazaron algunos movimientos sobre si mismas mientras Avlas iba cerrando, una por una, todas las ventanas de su navegador. Durante aquellos instantes, que le parecieron una eternidad, Avlas se preguntó si una simple puerta acristalada sería suficiente para mantener a aquello en el exterior pero de repente entendió que el ser que le miraba burlón a través de las rendijas de la persiana tenía la intención de esperarle en algún punto del camino. Algo había desatado a la bestia irracional y lujuriosa y, antes o después, tendría que abrir la puerta de su vida para dejarle entrar.

domingo, 27 de enero de 2013

¿Para que sirve el arte?


Hace pocas fechas escuché afirmar a Manuel Martín Loeches, que es profesor de Psicología en la Universidad Complutense de Madrid y Coordinador de la Sección de Neurociencia Cognitiva del Centro UCM-ISCIII de Evolución y Comportamiento Humanos, que desde el punto de vista evolutivo no se explica cual es el poder adaptativo del arte. Vamos, que es una especie de capricho, de floritura de la Naturaleza que ha querido “adornarse” con esta especie de la que formamos parte, el Homo Sapiens Sapiens.
Porque parece ser, que de todos los miembros del género Homo sólo existe constancia de la generación de arte por parte del Homo Sapiens.
Teniendo en cuenta que los humanos somos una de las especies más evolucionadas del planeta, sino la más evolucionada, es extraño considerar que algo a lo que, por cierto, dedicamos bastante tiempo y esfuerzo, sólo tenga una utilidad recreativa, para echar el rato.
Parece que la única y débil explicación que encuentran los científicos a esta excepcional devoción por el arte radica en la supuesta ostentación de una inteligencia o habilidad superiores por parte de los artistas, es decir, que aquellos especimenes capaces de crear arte sería vistos por los demás como superiores. Puedes ser más fuerte, más alto... o artista.
Sin embargo, esta explicación me ha parecido tan pobre, que me he propuesto comenzar una lista de razones para sacar al arte de la parcela de la pura frivolidad, con el deseo de que todos aquellos que paséis por el blog alarguéis más y más la lista. Empecemos.
Para mi el arte constituye una representación de nuestra percepción de la realidad, de manera que los artistas estarían dibujando constantemente un mapa de la realidad y los mapas sí que sirven, ¿verdad? Nos ayudan a entender la realidad que nos envuelve, y no es eso una función adaptativa por excelencia.
Vamos a por un segundo argumento. Todos podemos entender que el arte está basado principalmente en los símbolos, y ¿no fue la aparición del lenguaje simbólico lo que nos permitió dar el salto evolutivo final? El lenguaje simbólico por excelencia es el basado en los significantes acústicos, y precisamente gracias a la capacidad de articular sonidos discretos se fue completando el proceso de cerebración del Homo Sapiens. El lenguaje puede ser considerado como arte, si cantamos es todavía más artístico, pero la capacidad adaptativa del lenguaje está fuera de toda duda.
Vamos a ver otro aspecto del arte, en concreto el intenso placer que produce. El sistema límbico se encarga de que realicemos acciones como comer y reproducirnos, básicas para que la especie sobreviva. Cuando esas conductas se producen, se segregan en el cerebro una serie de neurotransmisores que provocan la sensación de placer, que es apetitiva para el ser humano, por lo que este dirige su conducta para poder conseguirla” Así que, si el arte es fuente de mucho placer, ¿no es plausible pensar que podría ser básico para la supervivencia de la especie? Además creo que el arte crea un triángulo perfecto con estos dos vértices: la comida y la tensión sexual.
Finalmente (por mi parte pero no por la vuestra), se me ocurre pensar en la evolución de la conciencia. En este caso tenemos tanto el fenómeno de la neuroplasticidad como la propia evolución de pensamiento y creo que el arte ejerce una indiscutible acción sobre estos dos aspectos funcionales del cerebro. Yo considero la evolución de la conciencia como un proceso adaptativo por excelencia, así que, de nuevo puedo afirmar que el arte humano tiene otra razón para salir de la frivolidad improductiva.
Ahora, sólo me queda exhortaros a darle más razones a Manuel Martín sobre el poder adaptativo del arte aunque quizá habría que preguntarle primero que considera él cómo arte.

domingo, 9 de diciembre de 2012

El Otoño es Poesía



Hoy es domingo de lavandería,
barricadas blancas,
 trincheras multicolor,
y la colada que ríe, y espanta.
Camisas, faldas y lencería
en el domingo de lavandería.

En este Noviembre otoñal,
me envuelvo todo de poesía
que mi alma palia
como la luz del mediodía.

Naturaleza en otoño,
dorado elixir soñado
de la vida es el secreto,
maduro, sereno y sabio.
Sus gotas perlan mi ánimo
que las absorbe camino abajo.

Mi alma se baja al letargo
mirando hacia el solsticio,
curo heridas y suplicios
con remedios tristes y largos.

La mente vaga entre brumas
que nimban los esqueletos
del camposanto boscoso
en estado ebrio y frondoso.

En el día,
yo me pierdo a la ida
y me encuentro a la vuelta.
Busco la calidez del ocaso
y siempre encuentro refugio en el poniente
que imponente me muestra el ocaso.
¿No es acaso el otoño
el ocaso del año?

Ya cesan los vientos
y la escarcha enharina
las crestas del verde manto.
Ya caen las brumas
que rezuman desde lo alto
de las azules cimas.

Ya se cierne el frío invierno,
y al espíritu inánime
solo le resta esperar,
y soñar con las verduras
que arrancará el equinoccio.



Otros caminaron con más maestría que yo por los senderos del otoño, y huyendo de la comparación, aquí os dejo una colección de sus sentidos cantos de recogimiento.

EL OTOÑO
(Juan Ramón Jiménez)

            Ya el sol, Platero, empieza a sentir pereza de salir de sus sábanas, y los labradores madrugan más que él. Es verdad que está desnudo y que hace fresco.
            ¡Cómo sopla el norte! Mira, por el suelo, las ramitas caídas: es el viento tan agudo, tan derecho, que están todas paralelas, apuntadas al sur.
            El arado va, como una tosca arma de guerra, a la labor alegre de la paz, Platero; y en el ancha senda húmeda, los árboles amarillos, seguros de verdecer, alumbran a un lado y a otro, vivamente, como suaves hogueras de oro claro, nuestro rápido caminar.

El señor Otoño
(María Elena Walsh)

En una oxidada cafetera
ha llegado un señor,
un señor de galera
en una cafetera Ford.

Con peluca de fideo fino,
guantes patito, traje de papel,
va dejando por todo el camino
una luz parecida a la miel.

Dicen que el señor es peluquero
y también es pintor
y que tira el dinero
porque es muy despilfarrador.

El señor se para en una esquina
y del bolsillo de su pantalón
saca banderitas de neblina
y un incendio color de limón.

Con sus tijeritas amarillas
pasa por el jardín:
le cortó las patillas
y los bigotes al jazmín.

A los arbolitos de la plaza
un sobretodo de oro les compró,
y pintó la tarde con mostaza
aunque el sol le decía que no.

Dicen que el señor tiene en el cielo
un enorme taller
donde hará caramelos
de azúcar del atardecer.

Canta dulcemente con sordina
y se pasea como un inspector.
Prueba la primera mandarina
y se lleva la última flor.

El otoño de la vida
(Rosalía de Castro)

Una tarde de paz en el estío
en que al sopor del caluroso ambiente
se mezclaba lo fresco del rocío.

Hora en que el sol su brillantez perdía,
cubierto allá por las doradas nubes
donde hermosas sus luces escondía.

Sembrada de azucenas y verdura
selva en verdad de dilatado espacio,
convidaba al reposo y la tristura;

y en la pálida sombra que extendían
las ramas de sus árboles frondosos,
misteriosas dulzuras se escondían.

Ningún eco cercano se escuchaba,
ni el insecto de espléndidos colores
jugando por los aires revolaba.

Parece que en redor todo dormía,
que ni aun el aura entre las blandas flores
con su manso murmullo se sentía.

De cuando en vez algún ligero viento
que al mismo tiempo de nacer moría,
cual de un niño que expira el breve aliento.

Un eco inusitado produciendo
pasaba entre el verdor de aquel follaje,
y en el espacio al fin se iba extinguiendo.

Y al cabo en el silencio adormecidas
las olorosas plantas reposaban
en la sombra fresquísima escondidas...

...«Al que en la vida una vez
mira la fe ya perdida
que acarició su niñez
y la terrible vejez
siente venir escondida;
quien contempla la ilusión
de su esperanza soñada
muriendo en el corazón
al grito de la razón
¿qué es lo que queda?... ¡nada!...»

AMANECER DE OTOÑO
(Antonio Machado)
A Julio Romero de Torres

Una larga carretera
entre grises peñascales,
y alguna humilde pradera
donde pacen negros toros. Zarzas, malezas, jarales.

Está la tierra mojada
por las gotas del rocío,
y la alameda dorada,
hacia la curva del río.

Tras los montes de violeta
quebrado el primer albor;
a la espalda la escopeta,
entre sus galgos agudos, caminando un cazador.

Sensación de otoño
(Vicente Gaos)

Amo el otoño y amo su tristeza,
su cielo gris, sus árboles borrosos
entre la niebla, vagamente hermosos...
¿No amáis también vosotros la belleza
desnuda del otoño? El alma empieza a hacerse
buena y honda. ¡Y qué piadosos
se hacen los viejos sueños ardorosos!
¡Qué humana ahora la naturaleza!
Oh cielo bajo, luz tan tamizada,
luz tan vencida, compasivo empeño
de dar al hombre asilo y sombra amada.
No sé si el mundo es ya triste o risueño.
Dios se ha dormido. El alma está callada.
Se me ha llenado el corazón de sueño.

Otoño
(José Hierro)

Otoño de manos de oro.
Ceniza de oro tus manos dejaron caer al camino.
Ya vuelves a andar por los viejos paisajes desiertos.
Ceñido tu cuerpo por todos los vientos de todos los siglos.

Otoño, de manos de oro:
con el canto del mar retumbando en tu pecho infinito,
sin espigas ni espinas que puedan herir la mañana,
con el alba que moja su cielo en las flores del vino,
para dar alegría al que sabe que vive
de nuevo has venido.
Con el humo y el viento y el canto y la ola temblando,
en tu gran corazón encendido.

VIENTO DE OTOÑO
(José Hierro)

Hemos visto, ¡alegría!, dar el viento
gloria final a las hojas doradas.
Arder, fundirse el monte en llamaradas
crepusculares, trágico y sangriento.

Gira, asciende, enloquece, pensamiento.
Hoy da el otoño suelta a sus manadas.
¿No sientes a lo lejos sus pisadas?
Pasan, dejando el campo amarillento.

Por esto, por sentirnos todavía
música y viento y hojas, ¡alegría!
Por el dolor que nos tiene cautivos,
por la sangre que mana de la herida
¡alegría en el nombre de la vida!
Somos alegres porque estamos vivos.

Otoño
(Manuel Machado)

En el parque, yo solo...
Han cerrado
y, olvidado
en el parque viejo, solo
me han dejado.

La hoja seca,
vagamente,
indolente,
roza el suelo...
Nada sé,
nada quiero,
nada espero.
Nada...

Solo
en el parque me han dejado
olvidado,
y han cerrado.

Otoño
(Salvador Espriu i Castelló)

El viento, los bosques
mueren besando la lenta
luz de la tarde.
Ejércitos de noche llegan
por los caminos solitarios.

DE OTOÑO
(Rubén Dario)

Yo sé que hay quienes dicen: ¿Por qué no canta ahora

con aquella locura armoniosa de antaño?

Esos no ven la obra profunda de la hora,

la labor del minuto y el prodigio del año.



Yo, pobre árbol, produje, al amor de la brisa,

cuando empecé a crecer, un vago y dulce son.

Pasó ya el tiempo de la juvenil sonrisa:

¡dejad al huracán mover mi corazón!


PENSAMIENTOS DE OTOÑO
(Rubén Dario)

(De Armand Silvestre)

Huye el año a su término
como arroyo que pasa,
llevando del Poniente
luz fugitiva y pálida.
Y así como el del pájaro
que triste tiende el ala,
el vuelo del recuerdo
que al espacio se lanza
languidece en lo inmenso
del azul por do vaga.
Huye el año a su término
como arroyo que pasa.

Un algo de alma aún yerra
por lo cálices muertos
de las tardes volúbiles
y los rosales trémulos.
Y de luces lejanas
al hondo firmamento,
en las alas del perfume
aun se remonta un sueño.
Un algo de alma aún yerra
por los cálices muertos.

Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.
Si te place, amor mío,
volvamos a la ruta
que allá en la primavera
ambos, las manos juntas,
seguimos; embriagados
de amor y de ternura,
por los gratos senderos
de sus ramas columpian
olientes avenidas
que las flores perfuman.
Canción de despedida
fingen las fuentes turbias.

Un cántico de amores
brota mi pecho ardiente
que eterno abril fecundo
de juventud florece.
¡Que mueran, en buen hora
los bellos días! Llegue
otra vez el invierno;
renazca áspero y fuerte.
Del viento entre el quejido
cual mágico himno alegre
un cántico de amores
brota mi pecho ardiente.

Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío,
primavera inmortal!
Hermana del ígneo astro
que por la inmensidad
en toda estación vierte
fecundo sin cesar,
de su luz esplendente
el dorado raudal.
Un cántico de amores
a tu sacra beldad,
¡mujer, eterno estío!,
primavera inmortal!

viernes, 7 de diciembre de 2012

Creatividad Racional



            ¿En qué consiste el acto creativo?, ¿se trata del resultado de aplicar la razón?, o por el contrario, ¿implica la ruptura de las reglas racionales previamente establecidas?
Cuando intentamos definir la creatividad, esta cualidad parece estar necesariamente disociada de todo atisbo de intención racional, ya que la aplicación de la razón lógica nos llevaría a la creación de algo obvio. Es decir, parece que en el campo de la creación humana hay una fina línea que separa lo obvio de lo original e innovador.
            Si alguien resuelve una operación matemática y nos da el resultado como una nueva creación, todos diríamos que aquí no ha habido acto creativo (2+2=4). Sin embargo, si se equivoca al resolver la operación matemática, ¿tenemos entonces una creación? (2+2=3)
            Si un pintor retrata fielmente a una persona o capta un paisaje en un cuadro, ¿admitimos entones que ha habido creación? Posiblemente, todos diríamos que la Gioconda es una obra maestra de la creatividad humana.
            Es decir, la actividad intelectual humana aplicada a la creación de nuevas entidades siempre se apoya en elementos de la realidad o de la imaginación que ya existían previamente y los combina con una determinada intención racional para crear algo nuevo. Siempre hay intención racional en el acto creativo y por tanto, podríamos pensar que toda creación humana resulta al fin y al cabo en algo obvio.
            Ante tan decepcionante conclusión, se me ha despertado el espíritu de la rebeldía que gritando me dice “esto no puede ser así”. Me resisto a creer que toda la historia del arte sea producto del mero procesado lógico-racional de la realidad y la razón imperante en cada determinado momento de la historia. Desde que el hombre de Altamira plasmó en las paredes de una cueva su visión de la realidad, el hecho creativo se ha manifestado como algo mágico, como algo cuyo producto (la creación) tiene una entidad propia diferente a todo lo existente, hasta me atrevería a decir que tiene alma propia. Ni siquiera la más fiel obra del realismo se escapa de tener un porcentaje variable de lo que yo llamo la fractura creativa. Se trata de ese pequeño salto mortal intencionado que reta a la comprensión de la realidad, que matiza la naturaleza misma de la luz en un cuadro o la textura emocional en un texto o una pieza musical. Por supuesto, que en el cóctel también hay un porcentaje de razón-lógica pero asimismo lo hay de intuición, de error, de serendipia y hasta de locura.
            De acuerdo con la definición de razón que nos da el diccionario, se trata del acto de discurrir el entendimiento, pero es por eso, porque hay muchas cosas que no entendemos por lo que el desentendimiento reclama su porción en todos los actos de la naturaleza humana, incluidos los creativos. Y es gracias a esa enorme parcela de lo que no entendemos, que toda creación humana queda a salvo de la obviedad.
            A pesar de todo lo expuesto, ¿cabría la posibilidad de llegar a una comprensión tan profunda de la esencia del ser que nos permitiera fotocopiar almas? En ese caso, también sería posible hacer otras operaciones lógicas con almas: adiciones, sustracciones, multiplicaciones... ¿Se reduciría entonces la creación humana al ámbito de lo obvio? No sé la respuesta pero si sé que no es posible porque la pregunta esconde un contrasentido, la condición humana es incompatible con la perfección, esa cualidad pertenece al ámbito de las máquinas, así que, el acto creativo podrá preservar su independencia.


DEDICATORIA: Dedico esta entrada a mi querido amigo Carles, cuyos comentarios, intencionados o no, han propiciado la chispa que me ha hecho reflexionar.

viernes, 2 de noviembre de 2012