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La vida es una larga lección de humildad. James Matthew Barrie (creador de Peter Pan). OMNI TIBI DABO. NON PLUS ULTRA.
viernes, 2 de noviembre de 2012
viernes, 12 de octubre de 2012
-60 segundos
Hace tiempo que quiero salir. Antes pensaba que
aquí se estaba muy bien, ingrávido en el espacio y con todo un mundo por
explorar. Pero ahora, este mundo se me ha quedado corto y hay algo que me
impulsa a atravesar la puerta. Se percibe cierta excitación afuera, y llevo
toda la mañana sintiendo apretujones que me impelen hacia la luz. No sé, no lo
tengo claro todavía, presiento que mis sentidos van a verse agredidos por una
llamarada de intensidad. Y además, que haré yo solo ahí fuera como una gota de
agua que se separa de la gran nube, ¿lograré reencontrar el camino del agua?
Quien me lo iba a decir, yo en la gran ceremonia de la individuación. ¡Por
favor, necesito más tiempo, no estoy preparado todavía! ¡Algo se ha roto!, el
líquido que me rodeaba ha desaparecido, qué significa esto. Creo que no hay
vuelta atrás, la fuerza desahuciante se hace más intensa, noto mucha presión
sobre mi cabeza y la luz es muy penetrante. Algo tira de mí, quiere
arrebatarme, secuestrarme para llevarme
a un mundo desconocido y peligroso. Tengo la impresión de que no va a ser
agradable, ¿por qué no me piden permiso? Me siento ninguneado. Mi mundo me está
protegiendo y me coge con fuerza, quizá demasiada. Siento la tensión de la
batalla sobre mi cuerpo que se estira sometido a dos fuerzas antagónicas. Me he
convertido en el objeto de deseo de dos realidades que pugnan por mí. Siento
que ya me arrancan de la nube, la fuerza separadora gana la batalla. Me quema
la luz, siento frío y no puedo respirar. Con un bofetón de realidad, la
abrasadora fuerza de la vida alimenta mis entrañas. Grito y lloro pero ya está
hecho, estoy aquí.
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viernes, 5 de octubre de 2012
+60 segundos
Estoy cansado pero siento una extraña paz. Percibo
que ya viene, por fin, ya estoy muy cansado. Esto no ha estado mal, hemos
luchado mucho. Y mis hijas, ¿saldrán adelante? Son mayores ya, esto no será un
problema. Pero quiero estar con ellas y con mi mujer, ella también está cansada
ya. Por fin acaba, ya está todo el pescado vendido, ya todo está bien. Pero no
lloréis, si estoy feliz y satisfecho. Mirad lo que he creado, miraos a vosotras
mismas, estoy feliz. A vosotras todavía os queda un largo camino, ¡vivid! Pero
yo ya he andado bastante, he hecho muchas cosas, he derramado mi cuerpo y mi
alma sobre este mundo, y ha llegado el momento, y estoy feliz por ello. Ahora
voy a desvelar el secreto, es emocionante, y además ya no me duele nada, mi cuerpo
parece desaparecido en combate. Siento una serenidad que me acerca a la
plenitud de este instante. Los peros
han desaparecido ya, ya no hay trabas para ser,
se cayó el intrincado castillo de la superficialidad. ¡Qué auténtico es esto!
Aprovechad la oportunidad par ver algo auténtico, ya veréis como os da
perspectiva y fuerzas para vivir. Esto es natural, forma parte de nuestra
esencia. Creo que viene ya, ¡vamos! Quien me lo iba a decir, yo en la gran
ceremonia de la igualación. Con vuestro permiso me marcho ya, adiós, estoy
feliz.
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domingo, 30 de septiembre de 2012
Poesía otoñal
La serenidad del olmo
El viento fue el responsable
de elegir tu sitio en el mundo.
Allá has construido tu casa,
allá has tomado lo que es tuyo,
y lo has entregado todo.
Te integraste en la partitura de la vida
que resuena en tu interior con un eco infinito.
Tu instante contiene la conciencia Universal,
alfa y omega, principio y fin.
Olvidas el pasado,
no te importa el futuro,
saboreas el presente
dando sombra a los que a buen árbol se arriman.
Bajo tus ramas pasaron reyes y plebeyos,
señoritos y labriegos,
y todos contemplaron tu belleza,
y tu altanera calma.
Dejas pasar el tiempo
cruzando el puente entre el nacimiento y la muerte,
y escuchando la sinfonía de tu madurez
esperas tranquilo al rayo
que un día te hendirá
en aquella colina que lame el Duero.
jueves, 27 de septiembre de 2012
Cruzar la línea del fracaso
Como padre de dos niñas de 3 y 7 años, he podido
comprobar, especialmente en la mayor, la extrema intolerancia a la frustración
provocada por la equivocación o el fracaso. Esta actitud me ha hecho recordar
que yo también era así de niño y que, en mayor o menor medida, sigo acarreando
un cierto porcentaje de esa intolerancia al fracaso.
No he estudiado psicología, así que hablaré desde
el punto de vista más experiencial, lo sufrido y vivido en mis carnes y las de
mis allegados, es decir, desde un punto de vista subjetivo pero no por ello
menos general.
El cerebro de un recién llegado a la vida
consciente-racional se cree superman, no quiere aceptar ni por asomo el
largísimo camino que le queda por recorrer hasta llegar al nivel donde moran el
común de los mortales ligeramente ilustrados y no digamos, si ponemos la meta
un poco más allá por encima de la media. La dimensión del esfuerzo es tan
titánica que yo sinceramente creo que la necesidad de hacerlo todo bien a la
primera (cero frustración) debe ser un mecanismo de defensa del propio cerebro.
Sin embargo, como contrapartida, esta resistencia
al fracaso no hace más que retrasar nuestra maduración mental, además de
impedirnos un aprendizaje fluido, sin trabas y con un dialogo sereno con las
fuentes de información.
Se da, por tanto, la maliciosa circunstancia de que
a veces el niño va aprobando cursos, no porque le gusten las asignaturas ni lo
que va aprendiendo, sino simplemente porque hace el esfuerzo que sea necesario
para no tener que enfrentarse con ese señor tan feo que se llama fracaso y que
nos recuerda que no somos perfectos, y que por tanto, somos vulnerables.
Así que nos aferramos a esa fantasía de la
invulnerabilidad con uñas y dientes, siempre temerosos de cruzar la línea del
error, del descalabro, del fallo por miedo a la decepción, la frustración, la
desmotivación, la autocrítica.
Nadie quiere asomarse a la ventana del ensayo-error
para ver que hay más allá, para imaginar otras realidades, porque ello supone
cruzar por la fina cuerda del funámbulo sobre el valle de la crisis.
El riesgo de desequilibrio se dispara en aquel
trance y esto nos vela una verdad, una verdad importante que está al otro lado
sólo asequible a los valientes. Porque en mi opinión, uno no nace realmente a
este mundo hasta que no se equivoca y se vuelve a levantar. Es necesario errar
para aprender y para volver a nacer en la vulnerabilidad, en la humildad y en
la valentía. La equivocación nos desnuda y nos permite caminar libres por el
mundo sin máscaras de cemento armado, mostrándonos tal como somos, contando la
verdad y dando autenticidad a todos nuestros actos y vivencias.
Decía Joseph Rudyard Kipling que “al éxito y al
fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”, pero
yo les haría un poco de caso si vienen de un plano íntimo, interno, porque seguro
que nos pueden enseñar algo de provecho.
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sábado, 25 de agosto de 2012
La Vuelta a Casa
Iván
siempre se había preguntado el porqué de esa trampilla cuadrada de unos 50 cm
de lado que al fondo de su cuarto de baño rompía la estética de la pared de la
ducha. No molestaba demasiado pero había quedado en el saco de las cosas a aclarar
esperando que un día llegase la respuesta a su enigmática función. Después de
la revitalizante ducha matinal, desayunó y se marchó al trabajo donde le
esperaba un día ciertamente pesado.
Concluida la monótona jornada
laboral, por fin llegó el ansiado momento de volver a casa. Aquel día lluvioso,
Iván percibió un aire distinto al salir de la oficina. Quizá era esa mezcla de
aromas que se desprende del suelo mojado cuando la lluvia actúa a modo de
elixir vaporizando las sustancias que de otra forma hubieran sido demasiado
pesadas para llegar a nuestras narices. Lo cierto es que hasta la luz tenía una
tonalidad especial, ya que al gris plomizo de la borrasca se le añadían
destellos anaranjados que parecían provenir de una luz crepuscular más propia
de la primavera.
Quizá fue una decisión inconsciente,
ir caminando a casa con la que estaba cayendo, pero necesitaba respirar un poco
de aire exterior lixiviado por todo un día de lluvia. Se ajustó el cuello del
anorak y la capucha, y comenzó a caminar intentando sortear los charcos
diseminados por doquier. La indumentaria y la condición climatológica le
hicieron adoptar una actitud cabizbaja, como de sumisión, sin dejar de mirar al
suelo para evitar caer en un aguazal, cuando de pronto, sintió una sensación extraña
que le hizo levantar la cabeza. Se había metido en una especie de callejón que
no reconocía a pesar de que frecuentemente volvía a casa caminando desde la
oficina. Era bastante angosto y estaba lleno de ajados cajones de madera que
evocaban un uso industrial de la calle. Asimismo, el olor era bastante
nauseabundo, entre quemado y descompuesto, lo cual provocó que la sensación de
aturdimiento creciera por momentos.
Mientras su mente se revolvía entre
las cenagosas aguas de la confusión, hubo algo que le devolvió rápidamente a la
realidad en estado de alerta máxima. Los ladridos roncos y profundos de dos
perros que se dirigían a gran velocidad hacia él, le provocaron una descarga
tal de adrenalina que su cerebro estuvo a punto de la parálisis por colapso. En
la rápida mirada que echó hacia atrás le pareció que sus perseguidores pertenecían
a la raza Rottweiler, nombre que siempre le había evocado algo así como asesino
despiadado en alguna lengua bárbara.
No tuvo otra opción, ¡correr!, hasta
toparse con el elevado muro de ladrillo que remataba el culo del callejón,
¡estaba perdido!
En esas décimas de segundo que en
momentos de seria amenaza parecen horas, pudo detectar por el rabillo del ojo
derecho un estrecho ventanal a ras de suelo en uno de los viejos edificios que
delimitaban el callejón. Carecía de las vidrieras correspondientes, así que,
cuerpo a tierra pudo deslizarse rondando dentro de aquel húmedo sótano antes de
que los canes hicieran presa, y luego taponar aquella entrada. Ciertamente, a
Iván le resultó extraña la aparente torpeza o lentitud de los dos perros en el
último momento, como si hubieran desistido motu propio de entrar en aquel
edificio.
Superada la acuciante amenaza, Iván
echó una mirada de reconocimiento de 360 grados para comprobar con cierta
preocupación donde se había metido. Y lo más curioso y exasperante al mismo
tiempo es que no recordaba que existieran unas instalaciones industriales
abandonadas de tal magnitud en su barrio de reciente creación. ¡Dónde narices
estaba!
La luz era tenue pero suficiente como
para no tropezar con los innumerables objetos metálicos oxidados que se
encontraban esparcidos sin orden por la estancia y que, sin saber muy bien
porque, le recordaban a la estética de la vieja Unión Soviética.
Comenzó a caminar buscando una
escalera para salir de aquel infierno húmedo y pestilente. Tropezó un par de
veces con viejos dinamos oxidados mientras se fijaba en las extrañas manchas de
hollín, óxido y humedad que engalanaban las paredes. Al fin llegó a alcanzar el
carcomido pasamanos de lo que parecía una escalera de ladrillos cuyos escalones
habían sido limados por el paso del tiempo adquiriendo más bien el aspecto de
una rampa. Iván ascendió por ella para alcanzar el piso superior donde había
mayor claridad a pesar de que el escenario no mejoraba sustancialmente.
El emparrillado que constituía las
vidrieras se encontraba ennegrecido y lucía muchos huecos por los que pasaba
libremente el aire. Los marcos de madera presentaban unos escasos jirones de
pintura azul que mostraban antiguos esplendores. Al fondo, unas mesas de
trabajo que por alguna extraña pirueta del destino habían acabado siendo el
lugar del eterno reposo para una bota de trabajo desacordonada. Extrañas cubas
metálicas fuera de sus soportes de giro, cables quemados por el suelo y un
sistema de tuberías que recorría el techo en forma de ele con algunas llaves de
paso por las que rezumaba todavía algún líquido de naturaleza desconocida. Todo
ello cubierto por la pátina de polvo y mugre del olvido. El sonido de sus
pasos, crepitante al caminar sobre el lecho de vidrios rotos y piedrecitas que
cubría toda la planta, se mezclaba con el goteo intermitente y los apagados
gruñidos de los perros provenientes del sótano.
Una gran plancha metálica apoyada
sobre la pared del fondo parecía la puerta al nivel de la calle por lo que Iván
corrió hacia ella para poder escapar de aquella atmósfera asfixiante y absurda
en la que se encontraba inmerso. Aquello era efectivamente la puerta pero no
pretendía moverse ni un centímetro como pago por el poco cuidado que se le
había dispensado.
¡Desesperación!, cómo podía estar
pasando esto.
La tonalidad de la luz se hacía cada
vez más mortecina por lo que Iván se vio compelido a seguir subiendo para
tratar de encontrar algún tipo de solución a su situación.
En el piso superior, el panorama era
más o menos el mismo. En este piso los pájaros habían anidado entre el
entramado de tuberías que discurría por el techo. Tabiques interiores derruidos
y un fluorescente de extremos ennegrecidos colgando del techo por uno de ellos.
En una de las esquinas había un butacón parcialmente calcinado que acrecentaba
la sensación de turbación al estar tan fuera de conteIván se asomó a uno de los grandes ventanales que
se encontraba más esquilmado para tratar de recomponer su situación desde las
alturas pero justo en ese momento, oyó el ronco ladrido de los perros que
ascendían a gran velocidad desde el sótano. Un sudor frío le heló la sangre
mientras recogía del suelo una barra maciza de hierro. Con el contundente
objeto en la mano corrió hacia el fondo de la planta donde parecía haber un
horno encastado en la pared con una portezuela de 50 cm x 50 cm.
Los agresivos canes arrancaban la
carrera ya sorteando los objetos de la planta superior e Iván en un último
intento a la desesperada trató de abrir la portezuela metálica para parapetarse
tras ella. Dentro estaba muy oscuro pero no dudó en penetrar hacia el interior
mientras sujetaba la portezuela tras de si. El hueco era como un nicho
terminado con una trasera por la que se filtraba una pequeña ranura de luz.
La trampilla trasera saltó de una
patada e Iván apareció directamente sobre el plato de la ducha de su cuarto de
baño con el corazón latiendo desbocado.
La colocó
rápidamente en su sitio mientras se felicitaba aturdido por haber encontrado la
razón de ser de esa extraña trampilla metálica colocada sutilmente al fondo de
su cuarto de baño.
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