viernes, 2 de noviembre de 2012

viernes, 12 de octubre de 2012

-60 segundos


Hace tiempo que quiero salir. Antes pensaba que aquí se estaba muy bien, ingrávido en el espacio y con todo un mundo por explorar. Pero ahora, este mundo se me ha quedado corto y hay algo que me impulsa a atravesar la puerta. Se percibe cierta excitación afuera, y llevo toda la mañana sintiendo apretujones que me impelen hacia la luz. No sé, no lo tengo claro todavía, presiento que mis sentidos van a verse agredidos por una llamarada de intensidad. Y además, que haré yo solo ahí fuera como una gota de agua que se separa de la gran nube, ¿lograré reencontrar el camino del agua? Quien me lo iba a decir, yo en la gran ceremonia de la individuación. ¡Por favor, necesito más tiempo, no estoy preparado todavía! ¡Algo se ha roto!, el líquido que me rodeaba ha desaparecido, qué significa esto. Creo que no hay vuelta atrás, la fuerza desahuciante se hace más intensa, noto mucha presión sobre mi cabeza y la luz es muy penetrante. Algo tira de mí, quiere arrebatarme,  secuestrarme para llevarme a un mundo desconocido y peligroso. Tengo la impresión de que no va a ser agradable, ¿por qué no me piden permiso? Me siento ninguneado. Mi mundo me está protegiendo y me coge con fuerza, quizá demasiada. Siento la tensión de la batalla sobre mi cuerpo que se estira sometido a dos fuerzas antagónicas. Me he convertido en el objeto de deseo de dos realidades que pugnan por mí. Siento que ya me arrancan de la nube, la fuerza separadora gana la batalla. Me quema la luz, siento frío y no puedo respirar. Con un bofetón de realidad, la abrasadora fuerza de la vida alimenta mis entrañas. Grito y lloro pero ya está hecho, estoy aquí.

Tierra


viernes, 5 de octubre de 2012

+60 segundos


Estoy cansado pero siento una extraña paz. Percibo que ya viene, por fin, ya estoy muy cansado. Esto no ha estado mal, hemos luchado mucho. Y mis hijas, ¿saldrán adelante? Son mayores ya, esto no será un problema. Pero quiero estar con ellas y con mi mujer, ella también está cansada ya. Por fin acaba, ya está todo el pescado vendido, ya todo está bien. Pero no lloréis, si estoy feliz y satisfecho. Mirad lo que he creado, miraos a vosotras mismas, estoy feliz. A vosotras todavía os queda un largo camino, ¡vivid! Pero yo ya he andado bastante, he hecho muchas cosas, he derramado mi cuerpo y mi alma sobre este mundo, y ha llegado el momento, y estoy feliz por ello. Ahora voy a desvelar el secreto, es emocionante, y además ya no me duele nada, mi cuerpo parece desaparecido en combate. Siento una serenidad que me acerca a la plenitud de este instante. Los peros han desaparecido ya, ya no hay trabas para ser, se cayó el intrincado castillo de la superficialidad. ¡Qué auténtico es esto! Aprovechad la oportunidad par ver algo auténtico, ya veréis como os da perspectiva y fuerzas para vivir. Esto es natural, forma parte de nuestra esencia. Creo que viene ya, ¡vamos! Quien me lo iba a decir, yo en la gran ceremonia de la igualación. Con vuestro permiso me marcho ya, adiós, estoy feliz.

domingo, 30 de septiembre de 2012

Poesía otoñal

La serenidad del olmo

El viento fue el responsable

de elegir tu sitio en el mundo.

Allá has construido tu casa,

allá has tomado lo que es tuyo,

y lo has entregado todo.

Te integraste en la partitura de la vida

que resuena en tu interior con un eco infinito.

Tu instante contiene la conciencia Universal,

alfa y omega, principio y fin.

Olvidas el pasado,

no te importa el futuro,

saboreas el presente

dando sombra a los que a buen árbol se arriman.

Bajo tus ramas pasaron reyes y plebeyos,

señoritos y labriegos,

y todos contemplaron tu belleza,

y tu altanera calma.

Dejas pasar el tiempo

cruzando el puente entre el nacimiento y la muerte,

y escuchando la sinfonía de tu madurez

esperas tranquilo al rayo

que un día te hendirá

en aquella colina que lame el Duero.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Cruzar la línea del fracaso


Como padre de dos niñas de 3 y 7 años, he podido comprobar, especialmente en la mayor, la extrema intolerancia a la frustración provocada por la equivocación o el fracaso. Esta actitud me ha hecho recordar que yo también era así de niño y que, en mayor o menor medida, sigo acarreando un cierto porcentaje de esa intolerancia al fracaso.
No he estudiado psicología, así que hablaré desde el punto de vista más experiencial, lo sufrido y vivido en mis carnes y las de mis allegados, es decir, desde un punto de vista subjetivo pero no por ello menos general.
El cerebro de un recién llegado a la vida consciente-racional se cree superman, no quiere aceptar ni por asomo el largísimo camino que le queda por recorrer hasta llegar al nivel donde moran el común de los mortales ligeramente ilustrados y no digamos, si ponemos la meta un poco más allá por encima de la media. La dimensión del esfuerzo es tan titánica que yo sinceramente creo que la necesidad de hacerlo todo bien a la primera (cero frustración) debe ser un mecanismo de defensa del propio cerebro.
Sin embargo, como contrapartida, esta resistencia al fracaso no hace más que retrasar nuestra maduración mental, además de impedirnos un aprendizaje fluido, sin trabas y con un dialogo sereno con las fuentes de información.
Se da, por tanto, la maliciosa circunstancia de que a veces el niño va aprobando cursos, no porque le gusten las asignaturas ni lo que va aprendiendo, sino simplemente porque hace el esfuerzo que sea necesario para no tener que enfrentarse con ese señor tan feo que se llama fracaso y que nos recuerda que no somos perfectos, y que por tanto, somos vulnerables.
Así que nos aferramos a esa fantasía de la invulnerabilidad con uñas y dientes, siempre temerosos de cruzar la línea del error, del descalabro, del fallo por miedo a la decepción, la frustración, la desmotivación, la autocrítica.
Nadie quiere asomarse a la ventana del ensayo-error para ver que hay más allá, para imaginar otras realidades, porque ello supone cruzar por la fina cuerda del funámbulo sobre el valle de la crisis.
El riesgo de desequilibrio se dispara en aquel trance y esto nos vela una verdad, una verdad importante que está al otro lado sólo asequible a los valientes. Porque en mi opinión, uno no nace realmente a este mundo hasta que no se equivoca y se vuelve a levantar. Es necesario errar para aprender y para volver a nacer en la vulnerabilidad, en la humildad y en la valentía. La equivocación nos desnuda y nos permite caminar libres por el mundo sin máscaras de cemento armado, mostrándonos tal como somos, contando la verdad y dando autenticidad a todos nuestros actos y vivencias.
Decía Joseph Rudyard Kipling que “al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”, pero yo les haría un poco de caso si vienen de un plano íntimo, interno, porque seguro que nos pueden enseñar algo de provecho.

sábado, 25 de agosto de 2012

La Vuelta a Casa


Iván siempre se había preguntado el porqué de esa trampilla cuadrada de unos 50 cm de lado que al fondo de su cuarto de baño rompía la estética de la pared de la ducha. No molestaba demasiado pero había quedado en el saco de las cosas a aclarar esperando que un día llegase la respuesta a su enigmática función. Después de la revitalizante ducha matinal, desayunó y se marchó al trabajo donde le esperaba un día ciertamente pesado.
Concluida la monótona jornada laboral, por fin llegó el ansiado momento de volver a casa. Aquel día lluvioso, Iván percibió un aire distinto al salir de la oficina. Quizá era esa mezcla de aromas que se desprende del suelo mojado cuando la lluvia actúa a modo de elixir vaporizando las sustancias que de otra forma hubieran sido demasiado pesadas para llegar a nuestras narices. Lo cierto es que hasta la luz tenía una tonalidad especial, ya que al gris plomizo de la borrasca se le añadían destellos anaranjados que parecían provenir de una luz crepuscular más propia de la primavera.
Quizá fue una decisión inconsciente, ir caminando a casa con la que estaba cayendo, pero necesitaba respirar un poco de aire exterior lixiviado por todo un día de lluvia. Se ajustó el cuello del anorak y la capucha, y comenzó a caminar intentando sortear los charcos diseminados por doquier. La indumentaria y la condición climatológica le hicieron adoptar una actitud cabizbaja, como de sumisión, sin dejar de mirar al suelo para evitar caer en un aguazal, cuando de pronto, sintió una sensación extraña que le hizo levantar la cabeza. Se había metido en una especie de callejón que no reconocía a pesar de que frecuentemente volvía a casa caminando desde la oficina. Era bastante angosto y estaba lleno de ajados cajones de madera que evocaban un uso industrial de la calle. Asimismo, el olor era bastante nauseabundo, entre quemado y descompuesto, lo cual provocó que la sensación de aturdimiento creciera por momentos.
Mientras su mente se revolvía entre las cenagosas aguas de la confusión, hubo algo que le devolvió rápidamente a la realidad en estado de alerta máxima. Los ladridos roncos y profundos de dos perros que se dirigían a gran velocidad hacia él, le provocaron una descarga tal de adrenalina que su cerebro estuvo a punto de la parálisis por colapso. En la rápida mirada que echó hacia atrás le pareció que sus perseguidores pertenecían a la raza Rottweiler, nombre que siempre le había evocado algo así como asesino despiadado en alguna lengua bárbara.
No tuvo otra opción, ¡correr!, hasta toparse con el elevado muro de ladrillo que remataba el culo del callejón, ¡estaba perdido!
En esas décimas de segundo que en momentos de seria amenaza parecen horas, pudo detectar por el rabillo del ojo derecho un estrecho ventanal a ras de suelo en uno de los viejos edificios que delimitaban el callejón. Carecía de las vidrieras correspondientes, así que, cuerpo a tierra pudo deslizarse rondando dentro de aquel húmedo sótano antes de que los canes hicieran presa, y luego taponar aquella entrada. Ciertamente, a Iván le resultó extraña la aparente torpeza o lentitud de los dos perros en el último momento, como si hubieran desistido motu propio de entrar en aquel edificio.
Superada la acuciante amenaza, Iván echó una mirada de reconocimiento de 360 grados para comprobar con cierta preocupación donde se había metido. Y lo más curioso y exasperante al mismo tiempo es que no recordaba que existieran unas instalaciones industriales abandonadas de tal magnitud en su barrio de reciente creación. ¡Dónde narices estaba!
La luz era tenue pero suficiente como para no tropezar con los innumerables objetos metálicos oxidados que se encontraban esparcidos sin orden por la estancia y que, sin saber muy bien porque, le recordaban a la estética de la vieja Unión Soviética.
Comenzó a caminar buscando una escalera para salir de aquel infierno húmedo y pestilente. Tropezó un par de veces con viejos dinamos oxidados mientras se fijaba en las extrañas manchas de hollín, óxido y humedad que engalanaban las paredes. Al fin llegó a alcanzar el carcomido pasamanos de lo que parecía una escalera de ladrillos cuyos escalones habían sido limados por el paso del tiempo adquiriendo más bien el aspecto de una rampa. Iván ascendió por ella para alcanzar el piso superior donde había mayor claridad a pesar de que el escenario no mejoraba sustancialmente.
El emparrillado que constituía las vidrieras se encontraba ennegrecido y lucía muchos huecos por los que pasaba libremente el aire. Los marcos de madera presentaban unos escasos jirones de pintura azul que mostraban antiguos esplendores. Al fondo, unas mesas de trabajo que por alguna extraña pirueta del destino habían acabado siendo el lugar del eterno reposo para una bota de trabajo desacordonada. Extrañas cubas metálicas fuera de sus soportes de giro, cables quemados por el suelo y un sistema de tuberías que recorría el techo en forma de ele con algunas llaves de paso por las que rezumaba todavía algún líquido de naturaleza desconocida. Todo ello cubierto por la pátina de polvo y mugre del olvido. El sonido de sus pasos, crepitante al caminar sobre el lecho de vidrios rotos y piedrecitas que cubría toda la planta, se mezclaba con el goteo intermitente y los apagados gruñidos de los perros provenientes del sótano.
Una gran plancha metálica apoyada sobre la pared del fondo parecía la puerta al nivel de la calle por lo que Iván corrió hacia ella para poder escapar de aquella atmósfera asfixiante y absurda en la que se encontraba inmerso. Aquello era efectivamente la puerta pero no pretendía moverse ni un centímetro como pago por el poco cuidado que se le había dispensado.
¡Desesperación!, cómo podía estar pasando esto.
La tonalidad de la luz se hacía cada vez más mortecina por lo que Iván se vio compelido a seguir subiendo para tratar de encontrar algún tipo de solución a su situación.
En el piso superior, el panorama era más o menos el mismo. En este piso los pájaros habían anidado entre el entramado de tuberías que discurría por el techo. Tabiques interiores derruidos y un fluorescente de extremos ennegrecidos colgando del techo por uno de ellos. En una de las esquinas había un butacón parcialmente calcinado que acrecentaba la sensación de turbación al estar tan fuera de conteIván se asomó a uno de los grandes ventanales que se encontraba más esquilmado para tratar de recomponer su situación desde las alturas pero justo en ese momento, oyó el ronco ladrido de los perros que ascendían a gran velocidad desde el sótano. Un sudor frío le heló la sangre mientras recogía del suelo una barra maciza de hierro. Con el contundente objeto en la mano corrió hacia el fondo de la planta donde parecía haber un horno encastado en la pared con una portezuela de 50 cm x 50 cm.

Los agresivos canes arrancaban la carrera ya sorteando los objetos de la planta superior e Iván en un último intento a la desesperada trató de abrir la portezuela metálica para parapetarse tras ella. Dentro estaba muy oscuro pero no dudó en penetrar hacia el interior mientras sujetaba la portezuela tras de si. El hueco era como un nicho terminado con una trasera por la que se filtraba una pequeña ranura de luz.
La trampilla trasera saltó de una patada e Iván apareció directamente sobre el plato de la ducha de su cuarto de baño con el corazón latiendo desbocado.
La colocó rápidamente en su sitio mientras se felicitaba aturdido por haber encontrado la razón de ser de esa extraña trampilla metálica colocada sutilmente al fondo de su cuarto de baño.