jueves, 27 de septiembre de 2012

Cruzar la línea del fracaso


Como padre de dos niñas de 3 y 7 años, he podido comprobar, especialmente en la mayor, la extrema intolerancia a la frustración provocada por la equivocación o el fracaso. Esta actitud me ha hecho recordar que yo también era así de niño y que, en mayor o menor medida, sigo acarreando un cierto porcentaje de esa intolerancia al fracaso.
No he estudiado psicología, así que hablaré desde el punto de vista más experiencial, lo sufrido y vivido en mis carnes y las de mis allegados, es decir, desde un punto de vista subjetivo pero no por ello menos general.
El cerebro de un recién llegado a la vida consciente-racional se cree superman, no quiere aceptar ni por asomo el largísimo camino que le queda por recorrer hasta llegar al nivel donde moran el común de los mortales ligeramente ilustrados y no digamos, si ponemos la meta un poco más allá por encima de la media. La dimensión del esfuerzo es tan titánica que yo sinceramente creo que la necesidad de hacerlo todo bien a la primera (cero frustración) debe ser un mecanismo de defensa del propio cerebro.
Sin embargo, como contrapartida, esta resistencia al fracaso no hace más que retrasar nuestra maduración mental, además de impedirnos un aprendizaje fluido, sin trabas y con un dialogo sereno con las fuentes de información.
Se da, por tanto, la maliciosa circunstancia de que a veces el niño va aprobando cursos, no porque le gusten las asignaturas ni lo que va aprendiendo, sino simplemente porque hace el esfuerzo que sea necesario para no tener que enfrentarse con ese señor tan feo que se llama fracaso y que nos recuerda que no somos perfectos, y que por tanto, somos vulnerables.
Así que nos aferramos a esa fantasía de la invulnerabilidad con uñas y dientes, siempre temerosos de cruzar la línea del error, del descalabro, del fallo por miedo a la decepción, la frustración, la desmotivación, la autocrítica.
Nadie quiere asomarse a la ventana del ensayo-error para ver que hay más allá, para imaginar otras realidades, porque ello supone cruzar por la fina cuerda del funámbulo sobre el valle de la crisis.
El riesgo de desequilibrio se dispara en aquel trance y esto nos vela una verdad, una verdad importante que está al otro lado sólo asequible a los valientes. Porque en mi opinión, uno no nace realmente a este mundo hasta que no se equivoca y se vuelve a levantar. Es necesario errar para aprender y para volver a nacer en la vulnerabilidad, en la humildad y en la valentía. La equivocación nos desnuda y nos permite caminar libres por el mundo sin máscaras de cemento armado, mostrándonos tal como somos, contando la verdad y dando autenticidad a todos nuestros actos y vivencias.
Decía Joseph Rudyard Kipling que “al éxito y al fracaso, esos dos impostores, trátalos siempre con la misma indiferencia”, pero yo les haría un poco de caso si vienen de un plano íntimo, interno, porque seguro que nos pueden enseñar algo de provecho.

sábado, 25 de agosto de 2012

La Vuelta a Casa


Iván siempre se había preguntado el porqué de esa trampilla cuadrada de unos 50 cm de lado que al fondo de su cuarto de baño rompía la estética de la pared de la ducha. No molestaba demasiado pero había quedado en el saco de las cosas a aclarar esperando que un día llegase la respuesta a su enigmática función. Después de la revitalizante ducha matinal, desayunó y se marchó al trabajo donde le esperaba un día ciertamente pesado.
Concluida la monótona jornada laboral, por fin llegó el ansiado momento de volver a casa. Aquel día lluvioso, Iván percibió un aire distinto al salir de la oficina. Quizá era esa mezcla de aromas que se desprende del suelo mojado cuando la lluvia actúa a modo de elixir vaporizando las sustancias que de otra forma hubieran sido demasiado pesadas para llegar a nuestras narices. Lo cierto es que hasta la luz tenía una tonalidad especial, ya que al gris plomizo de la borrasca se le añadían destellos anaranjados que parecían provenir de una luz crepuscular más propia de la primavera.
Quizá fue una decisión inconsciente, ir caminando a casa con la que estaba cayendo, pero necesitaba respirar un poco de aire exterior lixiviado por todo un día de lluvia. Se ajustó el cuello del anorak y la capucha, y comenzó a caminar intentando sortear los charcos diseminados por doquier. La indumentaria y la condición climatológica le hicieron adoptar una actitud cabizbaja, como de sumisión, sin dejar de mirar al suelo para evitar caer en un aguazal, cuando de pronto, sintió una sensación extraña que le hizo levantar la cabeza. Se había metido en una especie de callejón que no reconocía a pesar de que frecuentemente volvía a casa caminando desde la oficina. Era bastante angosto y estaba lleno de ajados cajones de madera que evocaban un uso industrial de la calle. Asimismo, el olor era bastante nauseabundo, entre quemado y descompuesto, lo cual provocó que la sensación de aturdimiento creciera por momentos.
Mientras su mente se revolvía entre las cenagosas aguas de la confusión, hubo algo que le devolvió rápidamente a la realidad en estado de alerta máxima. Los ladridos roncos y profundos de dos perros que se dirigían a gran velocidad hacia él, le provocaron una descarga tal de adrenalina que su cerebro estuvo a punto de la parálisis por colapso. En la rápida mirada que echó hacia atrás le pareció que sus perseguidores pertenecían a la raza Rottweiler, nombre que siempre le había evocado algo así como asesino despiadado en alguna lengua bárbara.
No tuvo otra opción, ¡correr!, hasta toparse con el elevado muro de ladrillo que remataba el culo del callejón, ¡estaba perdido!
En esas décimas de segundo que en momentos de seria amenaza parecen horas, pudo detectar por el rabillo del ojo derecho un estrecho ventanal a ras de suelo en uno de los viejos edificios que delimitaban el callejón. Carecía de las vidrieras correspondientes, así que, cuerpo a tierra pudo deslizarse rondando dentro de aquel húmedo sótano antes de que los canes hicieran presa, y luego taponar aquella entrada. Ciertamente, a Iván le resultó extraña la aparente torpeza o lentitud de los dos perros en el último momento, como si hubieran desistido motu propio de entrar en aquel edificio.
Superada la acuciante amenaza, Iván echó una mirada de reconocimiento de 360 grados para comprobar con cierta preocupación donde se había metido. Y lo más curioso y exasperante al mismo tiempo es que no recordaba que existieran unas instalaciones industriales abandonadas de tal magnitud en su barrio de reciente creación. ¡Dónde narices estaba!
La luz era tenue pero suficiente como para no tropezar con los innumerables objetos metálicos oxidados que se encontraban esparcidos sin orden por la estancia y que, sin saber muy bien porque, le recordaban a la estética de la vieja Unión Soviética.
Comenzó a caminar buscando una escalera para salir de aquel infierno húmedo y pestilente. Tropezó un par de veces con viejos dinamos oxidados mientras se fijaba en las extrañas manchas de hollín, óxido y humedad que engalanaban las paredes. Al fin llegó a alcanzar el carcomido pasamanos de lo que parecía una escalera de ladrillos cuyos escalones habían sido limados por el paso del tiempo adquiriendo más bien el aspecto de una rampa. Iván ascendió por ella para alcanzar el piso superior donde había mayor claridad a pesar de que el escenario no mejoraba sustancialmente.
El emparrillado que constituía las vidrieras se encontraba ennegrecido y lucía muchos huecos por los que pasaba libremente el aire. Los marcos de madera presentaban unos escasos jirones de pintura azul que mostraban antiguos esplendores. Al fondo, unas mesas de trabajo que por alguna extraña pirueta del destino habían acabado siendo el lugar del eterno reposo para una bota de trabajo desacordonada. Extrañas cubas metálicas fuera de sus soportes de giro, cables quemados por el suelo y un sistema de tuberías que recorría el techo en forma de ele con algunas llaves de paso por las que rezumaba todavía algún líquido de naturaleza desconocida. Todo ello cubierto por la pátina de polvo y mugre del olvido. El sonido de sus pasos, crepitante al caminar sobre el lecho de vidrios rotos y piedrecitas que cubría toda la planta, se mezclaba con el goteo intermitente y los apagados gruñidos de los perros provenientes del sótano.
Una gran plancha metálica apoyada sobre la pared del fondo parecía la puerta al nivel de la calle por lo que Iván corrió hacia ella para poder escapar de aquella atmósfera asfixiante y absurda en la que se encontraba inmerso. Aquello era efectivamente la puerta pero no pretendía moverse ni un centímetro como pago por el poco cuidado que se le había dispensado.
¡Desesperación!, cómo podía estar pasando esto.
La tonalidad de la luz se hacía cada vez más mortecina por lo que Iván se vio compelido a seguir subiendo para tratar de encontrar algún tipo de solución a su situación.
En el piso superior, el panorama era más o menos el mismo. En este piso los pájaros habían anidado entre el entramado de tuberías que discurría por el techo. Tabiques interiores derruidos y un fluorescente de extremos ennegrecidos colgando del techo por uno de ellos. En una de las esquinas había un butacón parcialmente calcinado que acrecentaba la sensación de turbación al estar tan fuera de conteIván se asomó a uno de los grandes ventanales que se encontraba más esquilmado para tratar de recomponer su situación desde las alturas pero justo en ese momento, oyó el ronco ladrido de los perros que ascendían a gran velocidad desde el sótano. Un sudor frío le heló la sangre mientras recogía del suelo una barra maciza de hierro. Con el contundente objeto en la mano corrió hacia el fondo de la planta donde parecía haber un horno encastado en la pared con una portezuela de 50 cm x 50 cm.

Los agresivos canes arrancaban la carrera ya sorteando los objetos de la planta superior e Iván en un último intento a la desesperada trató de abrir la portezuela metálica para parapetarse tras ella. Dentro estaba muy oscuro pero no dudó en penetrar hacia el interior mientras sujetaba la portezuela tras de si. El hueco era como un nicho terminado con una trasera por la que se filtraba una pequeña ranura de luz.
La trampilla trasera saltó de una patada e Iván apareció directamente sobre el plato de la ducha de su cuarto de baño con el corazón latiendo desbocado.
La colocó rápidamente en su sitio mientras se felicitaba aturdido por haber encontrado la razón de ser de esa extraña trampilla metálica colocada sutilmente al fondo de su cuarto de baño.

miércoles, 18 de julio de 2012

Juan Sin Tiempo


Aquella noche, Juan se encontraba como siempre atribulado con mil deseos, mil ilusiones y mil quehaceres, y con la creatividad desbocada campando a sus anchas. Desde hacía ya muchas jornadas, acumulaba un soberano cansancio a base de dormir más bien poco como consecuencia de esta servidumbre que lo encadenaba junto al ordenador.
Acababan de dar las 3 de la mañana en el pequeño reloj digital del ángulo inferior derecho de la pantalla plana y su insaciable déspota interior empezaba a mostrar signos de flaqueza y benevolencia hacia el castigado cuerpo que se bamboleaba frente al teclado.

JUAN: Sólo quiero acabar esta frase y me voy a dormir. Tendré que recuperar un poco de sueño porque no me aguanto en pié.

Sin embargo, los párpados le traicionaron por un momento y se cerraron como si no quisieran ver lo que estaba a punto de acontecer. El metacentro de su cuerpo salió de la posición de equilibrio y Juan dio un respingo para no caer de bruces al suelo. Justo en ese momento sus venas aceptaron la postrera inoculación de adrenalina y el corazón no pudo resistirlo, sufriendo un infarto fulminante que dejó a Juan suspendido en ese limbo que hay entre el sueño y la vigilia.
Juan no fue muy consciente de que su cuerpo había quedado tendido en el camino y siguió con el interés puesto es acabar las tareas adjudicadas a la noche. Sin embargo, y a pesar de todo, sentía una extraña sensación que no se atrevía a desenmascarar, por lo menos, hasta que no tuviera aquel párrafo terminado, que la musa de la imaginación es muy traidora y gusta de dejar párrafos inconclusos.
La sensación de extrañeza fue haciéndose cada vez más patente a medida que se oía con más claridad un lejano sonido de trompetas que acompañaba las voces de un coro angelical.

ÁNGELES: Juan, el Altísimo nos envía a comunicarte que has muerto y debes prepararte para abandonar este mundo. A comenzado tu cuenta atrás y debes dejar aquello que estabas haciendo.
JUAN: Pero, ¿de cuánto tiempo estamos hablando?
ÁNGELES: Algo más de 24 horas, dependiendo del tráfico.
JUAN: Bueno, entones todavía tengo tiempo para finalizar un par de quehaceres que sería una pena dejar inacabados. Prometo terminar a tiempo.
ÁNGELES: Por favor Juan, no te retrases en el día de tu entierro o de lo contrario el Todopoderoso no se hará cargo de tu alma.
JUAN: Bueno, ahora sí que he de darme prisa. Creo que voy a tener que priorizar mi lista de tareas pendientes. Subiré unas cuantas posiciones lo de pensar un epitafio. Acabaré esta entrada y lo del libro “Gestión eficaz del tiempo y control del estrés” tendré que dejarlo para otra vida por razones obvias. Lo único bueno de todo esto es que yo bajo presión rindo mucho mejor y seguro que ahora, que me esperan, se me ocurre como acabar este retorcido post de los demonios, con perdón. ¿Y aquella película de Woody Allen que dicen que está muy bien? Se llama Midnight in Paris o algo así, y me voy a quedar sin verla. Y el footing que tenía programado para mañana por la mañana, lo cancelo, ¿no? ¡Vaya fastidio! Tenía que pasarme esto justamente ahora que tengo la agenda a rebosar.
DIOS: ¡Juan, qué te están amortajando!
JUAN: Sí, y ya le dije a mi mujer que la chaqueta se me había quedado pequeña pero no hay manera de encontrar un ratito para acercarme al centro comercial a comprarme una chaqueta decente. Al final mira, hecho un adefesio.
DIOS: ¡Juan, que te están velando!
JUAN: ¡Tantas noches en vela que he pasado yo, que por una pasen ellos! Lo malo es al día siguiente, ¡qué no van a dar ni pico, ni pala con bola y ya veremos como acabo!
DIOS: ¡Juan, qué ya comienzan las exequias!
JUAN: Ya voy, ¡qué prisa! Como si no tuviera toda la eternidad. ¿Nos vamos a poner tacaños ahora por unos minutos de más?
DIOS: ¡Juan, qué el cura ya va por los Salmos!
JUAN: No, si no me quejo, me ha dejado bastante bien.
DIOS: ¡Juan, que el sacerdote se dirige hacia el ataúd hisopo en mano!
JUAN: Perdona Altísimo, ya he dado con el epitafio, ya voy acabando.
DIOS: ¡Juan, qué ya están dando el pésame!
JUAN: Permíteme saltarme este paso, siempre me ha parecido un poco falso y forzado. Es un acto de tedioso dolor.
DIOS: ¡Juan, qué vas camino del cementerio!
JUAN: Es que me acabo de acordar que dejé cuatro camisas en la lavandería, mi madre me había pedido una foto de cuerpo entero, me he dejado la lista de la compra en el bolsillo del pantalón que he puesto a lavar, no he contestado el correo que me envió mi amigo de la infancia hace más de un mes, he de pagar la cuota mensual del colegio de las niñas, para el fin de semana anuncian un alineamiento de Venus, la Tierra y Júpiter, cosa que no volverá a pasar en 250 años, y mañana tenemos reunión de la comunidad.
DIOS: ¡Juan, que te están dando tierra! Ya no llegas.
JUAN: La verdad es que no esperaba tanta gente. Así no hay quien pueda avanzar un par de pasos. Estos imprevistos son los que siempre me fastidian, pero no nos pongamos nerviosos.

El sepulturero dio la última palada y la apisonó cuidadosamente haciéndole un delicado lecho a la rosa que la viuda depositó como símbolo de su amor.
La apesadumbrada comitiva abandonó el lugar poco a poco, y justo cuando la viuda echaba la última mirada a modo de despedida, se presentó Juan, abrumado por la constatación de haber llegado tarde a su entierro. Quedó sentado junto a su lápida cuyo epitafio rezaba así: “Si no llego, no me esperéis”. Ahora, tenía toda la eternidad para reflexionar sobre como autodefinirse sin usar la palabra tiempo.

miércoles, 11 de julio de 2012

El escritor malogrado


Ciertamente, hacía bastante tiempo que le venía dando vueltas. Era como un runrún, como un malicioso gusano que iba royéndole el espíritu mientras él se dedicaba a buscar su daimón, su verdadera vocación.

Veía pasar la vida demasiado deprisa, y sentía como aquellos pequeños detalles, sólo perceptibles por un buen observador y que tanto le llenaban, se le escapaban entre los dedos de las manos a causa de su ajetreado modo de vida.
Qué feliz era observando las tribulaciones de los niños pequeños que se encontraban como en segundo plano. Él era un gran observador del segundo plano y con el tiempo había desarrollado una extraordinaria habilidad para observar la rica realidad que se encuentra más allá de la imagen principal que tenemos delante. Parapetado, precisamente, por esa imagen principal, podía observar tranquilamente sin denotar su indiscreción.
Tenía muy claro que el discurrir de la vida se componía de pequeñas acciones, a veces microscópicas, que ocurrían secuenciálmente y daban cuenta de los grandes hechos que todo el mundo percibe: aquel escarabajo que cruza la calle sin alterarse al ver pasar la rueda del autobús a 10 cm, una señora mayor que con una mirada le pide a un transeúnte anónimo que le ayude a salvar un obstáculo, el gorrión que se posa desprevenido en el alfeizar de la ventana mientras parece abandonarse a sus más íntimos diálogos, la sonrisa, inadvertida por la madre, del bebé que en sus brazos explora su primeras relaciones sociales, la gota de agua que se desprende de la cornisa para caer justo sobre la testa de algún afortunado,
Sí, lo tenía decidido. Quería dedicarse a escribir sobre todo aquello, quería plasmar sobre el blanco lienzo toda aquella tramoya sutil que sostenía la vida para hacerla visible al resto de los seres humanos. Abandonaría aquel estilo de vida insano para intentar sintonizar el ritmo de la Naturaleza. Y además, ya tenía pensado el lugar para su retiro vital. Las mismas tierras que habían cautivado a Machado y a Bécquer, que habían despertado el genio de estos dos grandes escritores servirían para dar rienda suelta a su pluma, se iría a Soria.
Después de un corto periodo de incertidumbre, en el que claramente percibía una sensación de no retorno, resolvió no pensarlo más, y dio el gran paso, no sin cierto vértigo existencial, hacia tierras castellanas. En realidad, era muy raro pues no tenía ascendentes en aquellas tierras pero el Duero, las alamedas, y el paisaje de leyenda que había creado en su mente rendida a la buena literatura le resultaban tan familiares que casi podía sentir la tibieza de la serena creatividad que allí le aguardaba.
Dudó entre Soria capital o algún otro pueblecillo bañado por las tranquilas aguas del Duero, pero eso sí, el Duero debía estar cerca, pues se había convertido en una suerte de arteria portadora de rico oxigeno para un cerebro hambriento como el suyo. Finalmente, escogió un barrio cerca del Parque del Castillo, en las afueras de la capital, que no perdía el contacto visual con el río, y consumó su acto migratorio.
Una vez convenientemente instalado, llegó el momento de sacar el oficio de escritor y para ello, escogió un bucólico paisaje de aguas de lento discurrir, y altas y frescas sombras arbóreas.  Se sentó sobre una gran piedra que hacía las veces de palco sobre el río y desembaló los trastos de escribir.
En aquella tarde otoñal, soplaba una leve brisa que movía las hojas de los altos chopos convirtiéndolos en una suerte de maracas cuyo sonido se entremezclaba con el incesante piar de las oropéndolas, el buitrón y otros pájaros de ribera. También se oía, como en un eco lejano, el sonido de alguna campana que punteaba las horas muertas de cautivadora observación. Allá a lo lejos paró a abrevar un rebaño de ovejas que venía ya de retirada mientras la luz crepuscular se hacía cada vez más tenue.
Aquella tarde, sintió varias veces el impulso de escribir para capturar ese sencillo transcurrir de la vida, pero el sentimiento de paz interior que empezaba a descubrir le hizo posponer sus deberes de escritor para otra tarde más ejecutiva.
A la siguiente tarde, acudió al mismo lugar y volvió a ser abducido por el espectáculo de la naturaleza fluente. Y lo mismo sucedió las tardes que siguieron a estas y las mañanas de invierno que vinieron luego. El papel quedó en blanco, la pluma se secó al no ser reclamada la tinta, y él cambió el oficio de escritor por el de sencillo observador en total sintonía con el ritmo natural.
Su espíritu quedó anegado de paz y serenidad, y con los años, tan solo una palabra apareció garabateada en su cuaderno de campo… “gracias”.

domingo, 3 de junio de 2012

WIRED SKY


Hay personas que piensan que se pueden poner puertas al campo, y al cielo, y al mar. Hay personas que piensan que todo debe ser administrado, parcelado, dividido, dosificado, racionado, hasta incluso, lo inabarcable, lo inconmensurable, el infinito, el cielo. Sí, hay muchos que creen que pueden cercar la fantasía, la ilusión, la aspiración, y hasta, la inspiración. Ya lo han intentado varias veces, incluso ahora mismo, lo están intentando. En realidad, lo que sucede es que estas personas expresan su cuadriculada visión del mundo, necesitan clasificar las cosas dentro de su visión maniquea y naíf de la realidad para sentirse seguros. Los que están dentro y los que están fuera, los que son como yo y los que no lo son, a estos mejor tenerlos en un campo de concentración, bien cercado, bien concentrados, bien identificados. La privación de Libertad parece la única salida posible, la libertad es peligrosa, es como un abismo que no tiene límites, hay que poner límites para paliar el vértigo.
Y además, hay personas que piensan que la libertad es tan inalcanzable como el cielo, que a fuerza de contención han olvidado el Universo, el infinito, el Ser indefinible que lo abarca todo, han olvidado a Dios. Piensan que quizá sea lo mejor, que quizá la libertad es un elemento peligroso, tóxico, que hace divagar a la mente por terrenos pantanosos, en un viaje astral que nunca tiene final feliz. Es mejor no pensar tanto, es más seguro poner cercados de espinos para que la mente no se vaya por derroteros baldíos e improductivos.
Sin embargo, el Ser no se puede confinar, lo abarca todo, sólo hay que dejarlo despertar para ser conscientes de ello. Hasta en los alambres más espinosos, las personas pueden ver besos, barb wired kisses. La imaginación, la ilusión, la visión, la libertad son indefinibles, infinitas, inclasificables, el Todo. No existen palabras, ni alambradas de espinos, ni barrotes, ni muros, ni creencias, ni dogmas que las puedan definir, pero no me preocupa. Yo soy todo eso, yo soy infinito, yo soy el sujeto y el objeto.
Por eso, no se puede definir el cielo, ni siquiera con un alambre de espino.

P.S.: he usado la aportación de 5 personas como fuente de inspiración pero lo que he reflejado aquí es exclusivamente fruto de mi pensamiento. Agradezco a Sandra, Paquita, Pere, Isabel y Juan Ignacio sus desinteresados comentarios que han hecho posible esta entrada.
La foto fue tomada al mediodía del 11 de marzo de 2012 en el Parc del Hostal del Fum (Palau-solità i Plegamans)

viernes, 4 de mayo de 2012

El muerto reticente


Juan se encontró a su viejo amigo Pedro y hablaron largo y tendido sobre el más allá, sentados en un banco que miraba hacia el río. Pedro intentó convencerle de que no existe la vida después de la muerte, de que eso del cielo y del infierno no son más que paparruchas. Juan sintió que su amigo estaba en lo cierto por la vehemencia con la que hablaba y finalmente le dio la razón. Se despidieron con un hasta luego, y al llegar a casa, Juan leyó en el diario la esquela de su amigo muerto el día anterior.

Dedicatoria: dedico este relato de 99 palabras a mi amigo y compañero Lluís Pagés, que puso en mi conocimiento este microgénero en el que he picado irresistiblemente.

miércoles, 11 de abril de 2012

El Tarot


Siempre he sido bastante supersticioso, así que, ¡maldigo el día en que se me ocurrió coquetear con estos temas! Es cierto que el misterio, lo inexplicable, siempre ha ejercido sobre mi una singular atracción, atracción que mezclada con la superstición me produce un extraño sentimiento de desazón del que no logro escapar.

Cuando ayer pasé por delante de aquella maldita tienda de quiromancia y técnicas adivinatorias sentí el irresistible tirón de la curiosidad. Allí estaba aquella maldita baraja del Tarot de Marsella, tan bonita, con aquellas cartas que parecían ilustradas a mano.

Casi de forma inconsciente, como dominado por un extraño mandamiento, entré en la tienda y sin apenas darme cuenta, sin motivo ni razón algunos más allá de mi equivocada imprudencia, me encontré con aquella baraja entre las manos. Casi podía sentir el relieve dejado por los trazos de la tinta sobre aquellas cartas y un extraño olor que delataba que la baraja no era nueva. El dependiente me confirmó que ya había sido usada, que sus cartas ya habían marcado el destino de algún desdichado, pero que su dueño, por alguna razón no desvelada había decidido deshacerse de ella.

Todos los esfuerzos que he hecho para recordar por qué tuve que entrar y comprar aquella execrable baraja me han llevado al mismo punto, ¡el odioso sentimiento de subyugación de la conciencia que sentí como arrastrada por una cabalgata de Valkirias!

Sea como fuere, adquirí aquella baraja del Tarot de Marsella, o mejor dicho, ella me eligió a mi y desde entonces he vivido bajo el peso de su dictado pavoroso, que como una condena sin remisión me persigue allá donde voy.

En estas horas bajas en las que me encuentro, he querido dejar constancia escrita de un hecho que será pasto para los amantes del misterio, y a buen seguro aleccionará a más de un incauto, que como yo, se deje seducir por lo que no ha de ser revelado a los hombres. Espero que mis trémulas palabras sirvan para algo.

Como decía, fue ayer que compré estos réprobos naipes y parece que estaban ansiosos por convertirse en mi juez, pues nada más salir de la tienda, mientras caminaba por la calle con la conciencia todavía adormecida, un viandante me indicó que se me había caído algo. Volví sobre mis pasos, y allí estaba aquella maldita carta boca abajo. Extrañado, revisé rápidamente el paquete con el que había salido de la tienda, negándome a darle la razón al atento peatón. Sí, parecía que había una ranura entre los pliegues del papel con él que el dependiente había envuelto mi auto-regalo y aquellas cartas debían de estar muy trabajadas pues parecía que tenían vida propia de lo escurridizas que eran. Me agaché a recoger la carta con un gesto que inevitablemente me enseño su anverso, y allí estaba, no podía ser otra, la número 13, el Arcano sin nombre, “La Muerte”.

Mi conciencia despertó de golpe, como si me hubieran dado una bofetada. Inmediatamente, los resortes del mecanismo de la superstición se pusieron en marcha dentro de mi cabeza y tuve la extraña sensación de contemplarme a mi mismo, tembloroso, con aquello entre las manos. ¿Qué hacía yo en medio de la calle trajinando las cartas del Tarot delante de la atónita mirada de los casuales transeúntes?

Llegué a casa azorado y dejé la baraja de naipes en el repleto cajón de mi escritorio mientras decidía que hacer con ella. La verdad es que me quemaba tenerla dentro de casa y estuve a punto de deshacerme de ella por los métodos más rudimentarios y primitivos. Al final, deseché la idea de tirarla por la ventana o por el váter e intenté recobrar un atisbo de razón.

Al despertar al día siguiente, casi no recordaba mis aventuras como cartomante y me fui a desayunar despreocupado. Sin embargo, poco tardaron las cartas en recordarme su señorío.

Abrí lentamente el cajón del escritorio con el secreto deseo de no encontrarlas allí pero, por desgracia, la carta que remataba el mazo por arriba fue arrastrada hacia atrás por el borde superior del hueco rectangular del cajón y cayó por la parte posterior de la mesa al suelo. Allí estaba de nuevo, la carta del destino, la número 13.

Mi nivel de desasosiego repuntó inmediatamente pero se hacía tarde y no había tiempo para intentar serenar mi maltrecho aparato emocional. Por eso, me fui a la oficina con la mirada huidiza, lleno de remordimiento, con el insoportable peso de la losa del destino sobre mis espaldas y los sentidos enervados.

El día tuvo cierto efecto balsámico por el simple hecho de mantenerme alejado de aquel perverso mazo de cartas aunque el hilo de mi superstición me tensaba la nuez de vez en cuando.

Al llegar a casa, el Arcano sin nombre me estaba esperando. Sobre la mesa de la cocina, la mujer de la limpieza había dejado una nota con los productos que necesitaba; concluía la lista de la compra con un intranscendente comentario, ¾me he encontrado una carta debajo del sofá, la he dejado junto a esta lista¾. Y, por supuesto, allí estaba de nuevo la número 13.

Inmediatamente, interpreté aquello como una señal inequívoca. Ahora, ya era irremisible, se había producido el advenimiento del reino de la superstición, arrojando la razón a las aguas del rio Lete. Ante tantas y tan claras señales, no me ha quedado más remedio que sentarme aquí para dejar constancia escrita de este mecanismo arcano que me oprime. Si las cartas tienen razón, no me queda mucho tiempo.

Mientras se agranda el nudo de mi garganta, siento un terrible sentimiento de impotencia y rabia, un sudor frío perla las palmas de mis manos y tengo una rara sensación de hiperrealidad. Mis sentidos se encuentran alterados, me zumban los oídos y tengo un extraño sabor metálico en la boca. La atmósfera es oprimente, el aire parece enrarecido casi irrespirable. En un último arrobo de valor, me levanto para abrir las ventanas y descomprimir la opresión que me domina. El aire entra ajeno a mi calvario, regalándome un soplo de vitalidad gratuita, casi me pongo a gritar por la ventana.

¡Hay que ver por que extraños vericuetos se enrosca la mente humana atormentada! Ves, todo sigue igual, no pasa nada, ¡olvídate de ese juego de cartas!

Y justo en el momento en que mi mente tejía este hilo balsámico, una ráfaga un poco más fuerte de aire ha entrado por la ventana como un torbellino y todas las cartas del Tarot han caído al suelo. Parece que el viento está a mi favor. Recojo las cartas con cierto aire de triunfo, ya las tengo todas, ordeno la baraja. ¡Falta una! ¿Dónde está la maldita carta número 13?

No sé si sentirme aliviado o preocupado, parece que la Parca ha tenido que salir, alguien la reclamaba con más fuerza que yo. Esta historia del Tarot me está volviendo un poco neurótico, creo que necesito descansar…

Al día siguiente, los despreocupados transeúntes de aquella calle se sobresaltaron con un accidente mortal de circulación: un camión ha atropellado a un hombre que se había agachado en medio de la calzada a recoger lo que parecía una estampa muy colorida.

Lo que son las cosas, uno nunca sabe donde puede encontrar la Muerte.