domingo, 14 de agosto de 2011

La vie en cirque. (Una actuación circense)


Quién me iba a decir a mi, una simple piedra de descampado, que yo iba a formar parte de un mundo de ilusión, de magia y de color, antes de que el implacable desarrollismo me enterrara para siempre debajo de los cimientos del bloque de viviendas que a buen seguro se construirá en la parcela que habito.

Desde que tengo uso de razón, yo siempre he sido una piedra de descampado. Ya sé que muy al principio, yo pertenecía a la muy noble y altanera madre Naturaleza, y que no hace muchos años, en términos geológicos, mi solar aún presentaba cierta nobleza en base a su fertilidad, ya que esta misma tierra que me rodea daba de comer al hombre. Sin embargo, desde el advenimiento de la revolución industrial (turística por estas tierras), mi hogar se ha convertido en un secarral blanquecino y polvoriento, batido por miles de suelas de zapatos y cubiertas de neumático a lo largo de los años. En él, sólo se acumula algún que otro desperdicio, chatarra y botellas, y en fin, en mi descampado todos esperamos ya el día en que el hombre nos tapará la boca para siempre y construirá una gran mole de pisos encima.

Sin embargo, un día de agosto, cuando el calor estaba a punto de fundir mi maltrecha estructura caliza, aparecieron por aquí un sinfín de camiones pintados con colores vivos. De esta flota invasora bajaron multitud de personas y empezaron a trabajar como siguiendo un guión perfectamente establecido. Ante esta gran agitación, todos pensamos que ya nos había llegado la hora pero nuestra gran sorpresa se producto al ver aparecer una gran carpa blanquiazul, rallada, y trufada de multitud de estrellas pegadas por la cara interior.

No sé si fue fruto de la casualidad pero conforme se iba levantando aquella estructura, vine a quedar en el mismísimo centro de la pista. El circo había renacido cual ave Fénix, y era tal como lo describían los más antiguos del solar que ya habían dado alojamiento hace muchos años a otro circo parecido, el espectáculo más antiguo del mundo.

Yo, acostumbrada al sol inmisericorde, el sucio polvo grisáceo y el tizne negro de las ruedas de los coches, me vi lavada y engalanada para actuar ante el gran público. La carpa había conseguido transformar una porción de terreno baldío y sin abolengo en un microcosmos abonado para la imaginación. El telón de tiras plateadas y brillantes, y las luces de colores me acariciaban la regada tez cada noche mientras yo me dejaba llevar por el histrionismo.

Qué más podía esperar una simple piedra del semidesértico sureste español, que tener la oportunidad de ser pisada por leones del Senegal y tigres de Bengala. Viajé desde el Atlas hasta las estepas de Asia pasando por la sabana africana, y me enredé entre las patas de camellos y bisontes, ponis enanos y domadores amigos de sus animales y del látigo eléctrico. Conmigo tropezó el payaso y juntos hicimos reír al público. Vi volar cuchillos por encima de mi cabeza, pelotitas de colores y malabares en forma de huso, y casi derribo al malabarista por un exceso de celo.

Cómo aplaudían los niños mientras los avispados empleados del circo conducían su cándido entendimiento por los vericuetos de la magia y la ilusión que hasta yo parecía hecha de guirlache. Una cosa está clara, el circo nunca morirá mientras existan niños.

Los números se iban sucediendo mientras el presentador, con esa prosodia tan característica de arrastre de la última sílaba de cada palabra iba dando entrada a los artistas del hambre.

Mientras los niños y yo mirábamos encandilados a la antipodista hacer girar el rulo a gran velocidad con sus pies, escuche algunas frases hilvanadas por mentes adultas que ahuyentaban ferozmente la magia, “¿no es esa la que me ha vendido el perrito caliente?"

Luego salió el tenor equilibrista que cantaba el “O Sole Mio” haciendo el pino y mostraba el músculo de su portentosa yugular inflada hasta el extremo por mor de la Gravedad de su do de pecho.

Por último apareció ella, la que turbó mi existencia para siempre mientras me acariciaba dulcemente con sus largas y sedosas telas rojas. Su grácil y delicado cuerpo parecía flotar entre los vaporosos movimientos de aquellas gasas que se comportaban como las manos fuertes y lascivas de un King Kong imaginario. La trapecista de las telas rojas representó para mi la auténtica Bajada del Ángel, tan típica de estas fechas, y me vistió de largo y me sacó a bailar. Fue para las calizas de mi ralea el comienzo de una nueva era, primero éramos montañas, luego producíamos patatas y ahora lucimos palmito glamurosamente.

Pero como todo en la vida, la función acabó y el Circo se tuvo que marchar. Poco a poco se arriaron las banderas y las carpas, luego desaparecieron los mástiles y las picas, y los rugidos felinos se fueron apagando lentamente al mismo tiempo que el sol de justicia la impartía sin piedad abrasando hasta la última brizna de magia.

De nuevo, he vuelto a ser una piedra de descampado, pero ahora, en las noches estrelladas sueño con la trapecista de las telas rojas y con sus caricias que me hacen sentirme el centro del planeta Tierra.

viernes, 5 de agosto de 2011

El Extraño Caso de Ulises Couto (SUCESOS ESTIVALES)


Había sido un año de mucho trabajo en la oficina. Apenas había tenido tiempo para estar con su mujer y sus hijas y empezaba a notar el efecto del estrés que lo convertía en un ser impaciente e irascible.

Últimamente, Ulises se cuestionaba con relativa frecuencia el estilo de vida 0ccidental consumista. ¿Por qué no podemos adoptar los fines de semana de 3 días?, ¿por qué no enfriamos un poco la economía mundial?, ¿para qué necesitamos tanto dinero y tantos bienes materiales?

Necesitaba un respiro y por eso Ulises había decidido tomarse en serio las vacaciones. Soñaba con largos momentos de relax, reflexión interna y libertad a raudales junto al mar. Como muchas veces sucede, su mente había distorsionado la realidad atribuyendo grandes expectativas a los días de asueto que casi parecían destinados a convertirse en un periodo iniciático.

Por fin llegó el 31 de julio y Ulises empezó a cargar el coche con las ilusiones a flor de piel. Al día siguiente saldrán de viaje para empezar una nueva vida, aunque sólo sea por unos días. El viaje fue muy tranquilo y hasta placentero. Nada que ver con las tradicionales operaciones salida convertidas en una especie de vía crucis hasta el paraíso soñado a causa de los infernales atascos. La atenazante crisis económica en la que se encontraba sumido el país hacía ya bastantes meses que había dejado las carreteras medio vacías. Después de conducir durante unas cuantas horas, llegaron a su destino, un pueblo playero en algún punto no muy lejos del cabo La Nao.

Como todavía quedaban unas cuantas horas de sol, entre todos decidieron que la mejor manera de quitarse el cansancio del viaje era darse un primer chapuzón en la playa sin entretenerse demasiado para poder estar a la hora de cenar en el hotel. Cogieron lo imprescindible y se dispusieron a bajar a la playa con cierta sensación de inseguridad, producto sin duda, de la falta de costumbre, ¡todavía tenían que aclimatarse!

Nada más pisar la arena de la playa, sobrecalentada por un sol de justicia que todavía lucía bastantes grados por encima del horizonte, Ulises sintió una fuerte sensación de irrealidad en la que el griterío de la gente pareció apagarse. La insolación era tan fuerte que hacía fácil suponer que no eran necesarios muchos minutos sin protección alguna para alcanzar un estado alterado de conciencia. Sin embargo, en aquella ocasión sintió ese típico sentimiento que siempre aparece en los instantes previos o inmediatamente posteriores al suceso de un hecho luctuoso. No le dio demasiada importancia y Ulises supuso que el estado de alerta, que solía ser su estado habitual, no había desaparecido todavía.

Caminaron entre sombrillas, las niñas extasiadas por la visión del mar, hasta que encontraron algunos centímetros cuadrados sin conquistar de los que tomaron posesión. La mujer de Ulises, le miraba de reojo porque lo notaba un poco raro.

Una vez montado el campamento, Ulises fue el primero en romper esa sutil barrera que divide el cuerpo entre la introversión invernal y la desnudez estival. Es como una delgada películas que nos hace reticentes al primer baño y que una vez rota, nos permite entregarnos a la Naturaleza y sentir que le pertenecemos.

- ¡Niñas, esperadme aquí afuera que voy a probar el agua, a ver si está buena!

Ulises Couto comenzó a adentrarse en el Mediterráneo un 1 de Agosto de 2011, mientras encaraba las olas de costado ofreciéndoles el hígado para evitar que le golpearan la barriga que se encontraba ocupada en la digestión. En un momento determinado giró la cabeza hacia la orilla donde vio expectantes a sus dos hijas. Con el ánimo renovado encaró de nuevo el rompeolas y lo superó, pasando a una zona más tranquila donde las olas pasaban sin cabellera. Por fin se zambulló completamente mientras un pensamiento extremadamente placentero recorría su columna vertebral. - ¡Oh, cuánto lo necesitaba!

Emergió mirando hacia la costa y en la lejanía de la orilla vio por última vez a sus dos hijas que no cabían en si mismas por meterse en el agua. Él las saludó con el brazo y se dispuso a salir para hacer partícipe a toda la familia del disfrute marino. Sin embargo, un pensamiento egoísta atravesó fugazmente su mente, - venga, un poquito más hacia dentro y ahora mismo salgo.

Comenzó a caminar mar adentro, y al tiempo que sus pies se desprendían del suelo arenoso empezó a sentir una extraña atracción por la inmensidad del mar como icono sublime de la libertad que tanto ansiaba en su vida cotidiana. Al mismo tiempo, algo empezó a susurrarle a los oídos palabras dulces, algo le alababa cariñosa y suavemente mientras él seguía nadando hacia la inmensidad del seno líquido, que sentía como si fuera el vientre materno.

Las niñas en la orilla presintieron que algo iba mal y corrieron asustadas a alertar a su madre que hacía rato se tostaba al sol vuelta y vuelta. La madre apenas fue capaz de vislumbrar la cabeza de su marido en la lejanía, sólo un instante, antes de que el juego de vaivenes producido por el oleaje le ocultara para siempre la visión de su marido.

En ese preciso instante, Ulises notó que algo tiraba de él suavemente hacia el fondo y que él, en lugar de sentir ahogo, sentía una dulce sensación de fusión con la Naturaleza, como si pudiera respirar bajo el agua y su cuerpo se hiciera agua.

Una lancha de salvamento partió veloz hacia la zona pero no encontraron nada. Era imposible, si se había ahogado, el cuerpo debería estar allí. Los voluntarios de salvamento no se atrevían a volver a la orilla y decir que no lo habían encontrado, era algo sin sentido. Sin embargo, la tardanza de estos y la llegada de una patrulla de la policía puso las cartas sobre la mesa, allí no había ni rastro de Ulises Couto.

Ulises Couto ya no pertenecía al mundo terrestre. Su cuerpo se había deshecho transmutándose en forma de moléculas de agua y su conciencia formaba parte ya de las profundidades marinas. Sin embargo, él no quiso abandonar a su familia y de vuelta a la ciudad donde residían, cuando su mujer y sus hijas contaban lo sucedido, se presentó delante de toda la familia en la lágrima que brotó de los ojos de su hija pequeña.

La Rosa de los Vientos (Onda Cero)

domingo, 10 de julio de 2011

Greguerías de Cocina


Compro vajilla

que refleje el sol por la noche

y la luna por el día.

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Júpiter el plato llano,

Saturno el plato hondo,

Venus es el de postre

y la Tierra eres tú.

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Comer,

beber

y leer;

cagar,

mear

y escribir.

____

Este mar circular

desemboca en mi boca

y se mezcla con la tierra

que viene de la redonda cantera

para formar la argamasa

que aguanta mis costillas.

____

En el fondo de mi vaso de leche,

encuentro la luna llena cada noche.

____

El tenedor es la mano del famélico.

El tenedor es el cactus del jardín de los cubiertos.

La cuchara es el espejo del hambre.

En casa del Palo, cuchillo de herrero.

En casa del carpintero, no usan cuchillo.

POST SCRIPTUM EXPLANATIO: Con el tiempo, vamos olvidando que nuestra vida se sostiene, como un castillo de naipes, sobre un soporte biológico muy concreto, el cuerpo. Y el cuerpo se enfada y, de vez en cuando, nos recuerda su existencia causándonos dolor. Entonces, nos acordamos de que hay que cuidarlo, intentamos reconciliarnos con él y hacerle algún mimito hasta que se le quita el enfado y deja de doler. Y de nuevo volvemos a olvidarnos de él.

Con la crianza de los hijos, volvemos a recordar la importancia del cuerpo ya que nos dedicamos a la construcción, al levantamiento de sus pequeños cuerpos. Ahora, no me come, ahora no duerme, hay que darle más verdura porque va estreñido, es decir, entramos de cabeza a resolver toda la aritmética alimenticia y vemos como para ellos el acto de comer o beber no es un acto rutinario, ni automático. Ellos le dedican el esfuerzo que se merece a acciones como comer, beber o ir al lavabo.

Como siempre que un ser humano dedica un esfuerzo para conseguir algo, aparece toda una trama mental, a veces, épica. Cuantas veces tenemos que darles miles de explicaciones, argumentos, promesas y recompensas para que se coman un plato de lentejas.

Producto de esa sustancia argumental pueden aparecer creaciones como mis greguerías de cocina (creacioncitas) que cuentan las aventuras de padres y niños en el campo de batalla al calor de fogones.

miércoles, 22 de junio de 2011

El Adelantamiento


Llevaba muchas horas al volante desde que habían salido de Almería con destino a Barcelona, y el cansancio empezaba a hacer mella en su percepción de la realidad. La AP-7 iba extendiendo su monótona alfombra delante del vehículo, un Opel Zafira que ya empezaba a acumular demasiados kilómetros en sus ruedas, y que como siempre, llevaban bastante cargado. Como en otros viajes, habían necesitado la ayuda de un portamaletas supletorio, de esos que se instalan en el techo de los coches, con forma de cofre y que, la verdad, permite bastante desahogo.

Ya habían transitado por la huerta murciana, las estribaciones montañosas de la provincia de Alicante, y llevaban un buen rato entre naranjos. Se encontraban en algún punto entre Valencia y Castellón cuando por el retrovisor le pareció vislumbrar un Opel Zafira rojo, que le llamó la atención inmediatamente pues no se ven muchos de este color, precisamente como el suyo.

Extrañado, no dejó de mirar por el retrovisor mientras comprobaba que aquel Zafira rojo se iba acercando lentamente. A veces desaparecía entre la nube de coches que circulaba en el mismo sentido pero de repente, como surgido de la nada, se ponía de nuevo en el carril de la izquierda como dispuesto a adelantar.

La natural afición masculina por los vehículos de motor hizo que Mateo no pudiera quitarle el ojo de encima a aquel Zafira rojo que se reflejaba en los retrovisores mientras serpenteaba lentamente como si descendiera en slalom, acercándose cada vez más al intrigado observador.

Como le había sucedido en otras ocasiones, Mateo empezó a especular sobre el posible conductor de un coche igual al suyo. Ese simple hecho demostraba a las claras un punto de afinidad, que Mateo gustaba de considerar como la punta del iceberg de un paralelismo vital entre él y el supuesto conductor del otro vehiculo. Una combinación tan especial, de modelo y color, tenía que ser forzosamente producto de una determinada manera de ver la vida, así que la expectación iba creciendo por momentos. Mateo siempre saboreaba intensamente el momento en el que podía fijarse en la cara del otro conductor, y buscar rápidamente las semejanzas físicas o cualquier detalle que corroborase que el paralelismo existía. Ciertamente, este pequeño juego casi nunca le defraudaba, y encontraba casi siempre caracteres que le recordaban a él mismo, excepto cuando conducía una mujer, situación que inhiba inmediatamente el juego de las resemblanzas.

El Zafira estaba ya lo suficientemente cerca para distinguir que dentro habían 3 o 4 ocupantes, contando al conductor, que por cierto, esta vez era un hombre acompañado de una mujer en el asiento del copiloto.

De repente, una cierta sensación de desasosiego cercenó de raíz la catarata de placer que se disponía a liberar en el acto de satisfacer la expectante curiosidad. Su subconsciente había percibido algo familiar y extraño al mismo tiempo qué no podía explicar con palabras.

Y llegó el ansiado momento, el Zafira perseguidor se puso a la altura del coche de Mateo. Por fin, Mateo pudo girar la cabeza hacia la izquierda para poner punto y final a aquella persecución involuntaria que ya empezaba a resultarle molesta. Cual fue su sorpresa cuando comprobó que el rostro de la mujer que miraba hacia delante a escaso metro y medio de él, totalmente desprevenida, era idéntico al de su propia mujer. Con una fuerte sensación de irrealidad y la adrenalina galopando por sus venas, giró bruscamente la cabeza hacia su derecha sin tener demasiado claro si prefería encontrar a su mujer o el asiento vacío, pero encontró a su mujer que le miraba con cara de extrañeza. ¿Qué estaba pasando aquí? Con los ojos fuera de las órbitas giró de nuevo la cabeza hacía el Zafira alienador, que ya había desplazado su posición relativa respecto al de Mateo aproximadamente un metro, y volvió a mirar. Se encontró la mirada burlona de dos crios, uno de ellos con la nariz pegada al vidrio de la ventanilla y ambos con la particularidad de ser idénticos a sus dos hijos que guerreaban en el asiento trasero de su propio coche.

Aquello no podía ser, no tenía ningún sentido, definitivamente se había quedado dormido al volante en un microsueño que se había alargado más de la cuenta. Así, mientras él intentaba convencer a su enfadado raciocinio, su mirada trazó una diagonal entre los felices ocupantes del vehiculo colateral y pudo contemplar con absoluto pavor como el que conducía el maldito Zafira era él mismo. Se frotó los ojos con una mano como pidiendo más evidencias y entonces, aquel conductor, extraño y propio al mismo tiempo, giró la cabeza enviándole una socarrona sonrisa por el canal diagonal que el mismo Mateo había inaugurado hacía tan sólo unos instantes.

Inmerso en este juego de espejos, Mateo no vio que el tráiler que circulaba a escasos metros por delante frenaba bruscamente y un instante después el ruidoso ajetreo mental de Mateo se había apagado.

Fue algo brusco, como un cortocircuito vital en medio de una crisis de identidad absoluta. El conductor del Zafira rojo, que había adelantado a Mateo hacía aproximadamente un minuto vio como a sus espaldas se levantaba una nube de polvo y humo en medio de la carretera. – Creo que ahí atrás ha habido un accidente-, alcanzó a decirle a su esposa mientras, por prudencia, se volvía a colocar en el carril de la derecha y ponía kilómetros de por medio en dirección a Barcelona.

Cuando llegaron a casa, el hombre se extrañó de que el portamaletas superior luciera perfectamente depositado sobre su soporte en la pared del garaje. Hubiera jurado que en este viaje lo habían usado y lo llevaban repleto de objetos, anclado sobre las barras laterales del techo del coche.

- Bueno, lo habré soñado-, dijo extrañado, y continuó vaciando el coche pero ahora con cierta sensación de extrañeza cósmica.

domingo, 5 de junio de 2011

Campos de niñez


Mediodía en Soria, el sol bate los campos de trigo candeal y el viento levanta una marejada de espigas deseosas de entregar su fruto. Sensuales y aterciopeladas, las espigas ladean la cabeza buscando la complejidad de sus compañeras para crear la ilusión de las olas que llegan a la orilla de su falda.

Ella pisa firme la tierra fértil que la vio nacer, acreditada por esa misma cualidad creadora de vida. Desde pequeña había corrido entre los trigales, y ahora, de mayor, ya no teme ni a los tigres, ni a su tristeza. En aquel retazo de la vieja Castilla se sentía fuerte, protegida por un cielo azul vitalidad que gustaba vestirse con jirones de blanco algodón delicadamente dispuestos sobre el plano del horizonte celestial.

Sin embargo, sabía que era la última vez que pisaba aquellos campos. Intentó retener el perfume del verano, ese ensamblaje floral y maduro que inspiraba candidez, el zumbir de la cigarra, la abeja y el tábano, las idílicas visiones de las doradas colinas ondulantes, las mullidas e improvisadas camas de paja recién segada, el sabor de los higos de aquella higuera que su abuelo dejó crecer en la linde.

Con esta oración silenciosa y meditativa, se despidió de sus amadas raíces y echó a volar fuera del nido, a sabiendas de que un día volvería para dejarse atrapar de nuevo por la experiencia sensorial de los campos de Castilla.

jueves, 26 de mayo de 2011

Nudismo conceptual

La libertad del verdugo


Caminando solitaria por los arrabales de la gran ciudad mientras se alejaba lentamente de ella con cierto sentimiento de tristeza, se encontró la silla eléctrica con la horca que venía también cabizbaja y pensativa. Ambas sentían esa tristeza tan particular de los que se saben acabados y olvidados, y empezaron a conversar como dos viejos colegas de oficio que recuerdan sus años de esplendor juvenil.

- Silla, ¿por qué vienes tan pensativa? Tú que eres tan moderna, fruto de la tecnología y que fuiste diseñada casi al alimón con la energía que te alimenta -dijo la horca-. Y añadió, -es cierto que ya tienes algunos años desde que Edison y sus colegas quisieran dar alguna utilidad práctica al recién descubierto fenómeno de la electrocución, pero no te puedes quejar, el país que te vio nacer todavía te utiliza aunque ya no seas la estrella. Es verdad, que a veces, la descarga de tus más 2000 voltios no es suficiente para matar a una persona y esto hace mucho daño a tu reputación pero debes entender que nadie es perfecto.

- Tienes mucha razón en todo lo que dices, sabia horca, y quiero decirte que siempre me he sentido un poco culpable por haberte arrebatado tu reinado, pero aun así, me tendrás que reconocer que tampoco tienes motivos para estar triste -dijo la silla-. Tu mecanismo es tan rudimentario como efectivo, cualquier paisito tercermundista o dictadura bananera puede hacer uso de tus servicios con un porcentaje de éxito muy elevado, sólo es necesaria una buena cuerda.

En estos consuelos andaban absortas la silla y la horca, cuando de repente se encontraron con la cámara de gas, que también hacía el camino de retirada no demasiado contenta.

- Hola amiga cámara, nunca te habíamos visto tan abatida. Tú que inventaste el exterminio masivo, casi industrial. Es cierto que nunca has sido demasiado fina pero tu cota de productividad no la ha superado nadie. Si quieres puedes unirte a nosotras -dijeron al unísono la silla y la horca-, y las tres continuaron el camino dejando la gran ciudad a su espalda cada vez más lejos.

En un momento dado de su viaje camino del exilio, vieron a lo lejos el resplandor de una hoguera. Cuando llegaron a su altura, allí estaba la hoguera languideciendo, y entablaron conversación con ella.

- Hoguera no estés triste. Tú siempre has sido para nosotras mentor indiscutible. Te sucede como a la horca, tu efectividad reside en tu sencillez -dijo el trío con una sola voz consonante-. Has desempeñado tu trabajo desde hace miles de años, ni que decir tiene que eres la decana del exterminio institucional premeditado. ¡Aviva esas brasas!, levanta el ánimo y camina con nosotras. Así nos darás calorcito cuando caiga la noche.

El grupo iba creciendo en su viaje al exilio. Con cierto reparo y prevención, se encontraron a la cruz que evitaba acercarse demasiado a la hoguera.

- No esperábamos encontrarnos un personaje tan ilustre como tú -dijo el coro sorprendido-. Es cierto que ya has caído en desuso, por eso estabas tan lejos de la ciudad, pero diste pie a toda una religión y tu estilizada silueta es un símbolo al que se aferran los cristianos con amor.

- ¿Cómo lo has conseguido? A nosotras nos odian sin excepción. No me puedo ni imaginar que ellos me tuvieran todo el día entre sus manos, miles de sillitas penduleando colgadas de sus cuellos -dijo la silla eléctrica.

- Soy un artilugio antiguo y un poco rudo. Hay sistemas de matar mucho más refinados como el garrote vil que camina unos metros más adelante –se excusó la cruz.

Como la cruz nunca miente, enseguida se encontraron al pobre garrote que no era ni la sombra de lo que había sido no tantos años ha.

- Nos apena muchísimo verte así, si bien es cierto que tu mecanismo requería de la actuación de un verdugo experto y de estado físico poderoso para producir la muerte instantánea por dislocación cervical, y que la mayoría de las veces sólo eras capaz de provocar una muerte lenta por estrangulamiento.

- Siempre me he considerado un poco vulgar, por eso me llamaban “vil”. Sin embargo, hay otros artilugios mucho más nobles, dignos de reyes como la guillotina que camina unos metros más adelante -dijo el garrote.

La guillotina agradeció estas palabras al garrote.

- La verdad es que perfeccioné el trabajo de la espada o el hacha que a veces era un poco chapucero en función del actuante, pero aun así, siento la misma aflicción que vosotros.

La marcha de la melancolía iba así creciendo en adeptos y más parecía una procesión de plañideras. De repente, los gritos de alguien que corría por detrás les sobresaltaron. Se trataba de la inyección letal que también quería unirse al grupo.

- ¡Esperadme compañeros!, no os olvidéis de mi, que yo también traigo un gran disgusto.

- ¿Cómo puede ser?, tú que eres el más limpio y refinado de todos los del ramo. Tú que entras tan sigilosamente por las venas del reo, sin aspavientos ni escenitas para los espectadores y produces casi una muerte dulce. ¿Qué te sucede a ti que eres el más evolucionado de nuestra especie? -preguntaron todos con el corazón en un puño.

- Tengo que deciros que ya sé que es lo que tanto nos aflige, y no tenemos nada que hacer contra eso. Ha llegado a mis oídos que la libertad arrasa las ciudades. Compañeros, por fin son libres… y no existe mayor asesino que la libertad sin principios ni valores.


In memóriam, dedicado a Topsy, una de las primeras víctimas de la silla eléctrica.