jueves, 6 de enero de 2011

Escapando de la Nochevieja.


Como ya viene siendo costumbre en mi, el sarpullido navideño acaba en forma de paroxismo febril que alcanza su máximo apogeo durante la Nochevieja, en la que me da por imaginar el mundo como un tiovivo, que da vueltas y vueltas en esta especie de feria astronómica, hasta que se nos acaben las fichas, claro.

Unas horas antes de la medianoche del 31, es cuando empiezo a delirar y a elucubrar con distancias, rotaciones, traslaciones y velocidades. Este año me dio por intentar escapar a cualquier precio de la salva de uvas. Empecé a pensar en medios de locomoción, helicópteros, aviones supersónicos y cohetes espaciales, que viajaran hacia el vagón de cola, en sentido antirotatorio, aferrado al 2010.

Pongamos como regla de juego primordial que no olvido que todos esos medios de transporte se encuentran dentro del sistema referencial terrestre y que tengo claro que no corren más cuando se desplazan en contra de la rotación de la tierra o van más lentos en el otro sentido. Sin embargo, tengo la teoría de que nos podemos resistir bastante al cambio de año. Ahí va la hipótesis: salimos de Oslo a las 23:59 h, es decir, NO HAY UVAS TODAVÍA, con un Airbus comercial que mantenga una velocidad de crucero de aproximadamente 840 km/h. Esta velocidad nos permitirá alcanzar el siguiente meridiano alrededor de las 23:59 h ya que a la latitud de 60ºN, en la que se encuentra Oslo, la separación entre meridianos es de 838 km. Así, mientras tengamos combustible, podremos escapar de la mala uva durante unas 12 horas aproximadamente. Será cuando crucemos el meridiano 180º, que básicamente es el meridiano de Greenwich visto por detrás, cuando la Línea Internacional de Cambio de Fecha actuará como juez implacable sentenciándonos a la entrada forzosa en el 2011, previo pago de una multa consistente en 12 uvas.

lunes, 20 de diciembre de 2010

La miel es más dulce que la sangre.


¿Puede haber un deseo más carnal que la transmutación del aire en dulce miel? No se me ocurre mejor definición del placer que la cosificación de nuestro sustento vital, el aire.

Darle un tacto, un olor, un sabor al sustrato físico que habitamos representa el triunfo absoluto del cuerpo, de la carne, la corrupción por exceso del acto de vivir. Sin embargo, esta atmósfera ralentiza nuestros sentidos, atrapa viscosamente nuestro espíritu, tizna de un suave dorado nuestra percepción de la realidad, perturba nuestra interacción con el medio, trastocando el intercambio de fluidos para acabar confundiendo lo fresco con lo podrido bajo un tenue magma dorado.

Y así quedamos retratados, suspendidos en el tiempo, ahogados en nuestros propios desechos y debilidades. Nos convertimos, como esta hormiga, en el símbolo de la muerte como destino seguro de nuestra sociedad de consumo, que se define como la incauta hormiga por el acto de consumir.

Hacendosa hormiga, ¿cuándo abandonaste tu recto camino, alejado de los fútiles placeres de la cigarra para caer en el más grande de los placeres?

Ya hace tiempo que venimos cegados por los objetos, la posesión, el exceso. La sociedad del “bienestar” impera desde hace más de 40 años y maestros, como Marco Ferreri, ya denunciaron el exceso en 1973, en aquella polémica película en la que sus protagonistas deciden inmolarse en honor a Pantagruel comiendo hasta reventar: La grande bouffe (La gran comilona).

Al menos, este símbolo viajará en el tiempo como un mensaje en una botella de ámbar, para que las generaciones futuras tomen lecciones antes de empezar a caminar.

lunes, 6 de diciembre de 2010

Plexos


Dice la RAE que la palabra plexo viene del latín plexus, y significa etimológicamente tejido o entrelazado. Llevado al lenguaje coloquial, sería poco más o menos como decir manojo, fajo, ramillete o gavilla e incluso se dice pliego de papeles. Sin embargo, esta palabra se emplea principalmente en anatomía para designar la red formada por varios filamentos nerviosos y vasculares entrelazados.

Qué tendrá esta palabra que a mi personalmente me atrae, y parece encerrar un cierto misticismo como el captado por Alaska en su canción “Ectoplasmatic” cuando decía aquello de “Estoy en medio de un viaje astral, veo las respuestas con claridad, puede ser un elemental,* lo que me sale del plexo solar”.

Cautivado por la magia de esta palabra, me puse a desentrañar cuantos plexos existen en el cuerpo humano y he podido llegar a contabilizar hasta unos 75 plexos con nombres deliciosamente variopintos y evocadores. Puedo constatar que es aquí donde la anatomía se convierte en lo que podríamos bautizar como medicina romántica, con nombres que parecen más propios de los siete enanitos que de haces de fibras nerviosas.

A continuación, os presento los de mayor inspiración:

Plexo accesorio, cuyo nombre contrasta directamente con el plexo fundamental (más abajo) pero de gran importancia en los tiempos que corren. Ya sabemos que no se puede salir a la calle sin haber pasado por la sección de accesorios y complementos del Corte Inglés. Bolsos, pulseras, collares y pendientes para ellas y gadgets electrónicos de última generación para ellos. Un plexo muy importante en la actualidad: porción de red nerviosa intracorneal situada inmediatamente debajo de la membrana limitante anterior de la córnea.

Plexo anular, que entronca con el ritual nupcial en el que el novio ofrece a la esposa el anillo que simboliza la vagina y ella le tiende la mano para que se complete el ritual. A través del ritual del intercambio de anillos, el hombre muestra su deseo y aceptación de la vagina –algo que preocupa seriamente a la mujer- al igual que ella pone de manifiesto su propio deseo de tener un pene. Al introducir el anillo en el dedo, la novia sabe que, de ahora en adelante, en cierto modo el marido poseerá su vagina al igual que ella será dueña de su pene; gracias a ello, los conjugues ya no se sentirán privados del órgano complementario al suyo, hecho que simboliza el final de la angustia de castración. La mejor representación del contenido psicológico de este ritual se da, para mi gusto, en el cuento de Cenicienta, en el que ella introduce delicadamente su pie en la zapatilla de cristal que le ofrece el príncipe: plexo nervioso alreredor de la córnea.

Plexo cavernoso, que nos dirige inmediatamente al platónico mito de la caverna el cual nos habla de la evolución de la conciencia humana, de nuestra percepción de la realidad desde el mundo de las sombras al fondo de la caverna al mundo inteligible a la entrada de la caverna representado por la luz del sol: plexo nervioso simpático en el interior del seno cavernoso, formado por las terminaciones del ramo anterior del nervio superior eferente del ganglio cervical superior.

Plexo cavernoso del pene, que se me antoja más húmedo y calido que la caverna de Platón. Aquí hay menos metafísica y más condición animal pero, al fin y al cabo, ¿es qué no somos animales?: plexo nervioso, derivado del plexo hipogástrico, que inerva los cuerpos cavernosos del pene.

Plexo coronario, que señala claramente quien es el rey. Si el rey es el que lleva la corona, la anatomía lo tiene claro, el corazón es el rey de todos los órganos, alineándose con la creencia antigua (por ejemplo del Antiguo Egipto o de Aristóteles) de que el alma reside en el corazón, ya que este es el motor de la vida: nombre de dos plexos, anterior y posterior, en la base del corazón.

Plexo fundamental, cuyo pomposo nombre nos deja claro que no se puede vivir sin él. Sin embargo, en comparación con el plexo accesorio, ha perdido en la actualidad mucha de su importancia ya que la mayoría de las veces se ha perdido el fundamento, el origen del porque hacemos las cosas de una determinada manera. El mundo actual acarrea un enorme acerbo cultural en todas las facetas del ser humano pero por auténtica desgracia se ha producido un vaciado sistemático de contenidos y sólo quedan los enunciados de lo que algún día, en el pasado, fue. Por esta razón, nos encontramos con que todo es fácilmente manipulable, es decir, ante un mismo enunciado histórico, pongamos por ejemplo un conflicto entre países, cada persona puede dar una interpretación diferente de acuerdo con su sesgo personal. Nada que ver con la realidad de lo que verdaderamente pasó. Creo que la profesión médica decidirá extirpar pronto este plexo, como si de unas amígdalas se tratara, para evitar fiebres improductivas: plexo de fibras nerviosas en la sustancia propia de la córnea.

Plexo nudoso, que indica muy gráficamente como mantener un ramillete unido, lo mejor es hacer un nudo. Antes se arreglaba todo con un nudo, especialmente si había algún marino en la familia pero ahora somos más de pegamento y casi no sabemos ni atarnos los zapatos: ganglio plexiforme del vago.

Plexo obturador, muy desarrollado en caso de dedicarse profesionalmente a la fotografía: pequeño plexo que rodea el nervio obturador.

Plexo pampiniforme, que es el plexo de los pimpollos, esos pámpanos desorientados y desmotivados que tiemblan al pensar en el futuro que les espera. Quedarse sin valores es lo peor que le puede pasar a una mente joven y es el primer estadio de la degeneración: red de venas del cordón espermático que drena los testículos en la vena espermática, en el abdomen inferior.

Plexo pudendocaudal, este es el plexo de los banqueros acaudalados y pudientes, dos palabras que van necesariamente juntas puesto que dinero es poder, y viceversa. En la actualidad el poder que tienen se ha incrementado y manejan a los gobiernos como si fueran títeres de cabeza hueca y al resto de los ciudadanos como si fuéramos tontos. Este plexo se está desarrollando en detrimento del anterior: plexo formado por el pudendo y el nervio coccígeo.

Plexo solar, que es el que nos ilumina como a Alaska. Por tanto, es el plexo de la inteligencia aunque en algunos casos se parece más a un solar yermo que no sirve ni para edificar una chavola que nos permita sobrevivir: densa red de fibras y ganglios nerviosos que rodea las raíces de las arterias celíaca y mesentérica superior a nivel de la primera vértebra lumbar. Es uno de los grandes plexos vegetativos del cuerpo, en el cual se combinan las fibras nerviosas del sistema simpático y el parasimpático.

Plexo sacro, desde la institución del Sacro Imperio Romano Germánico, este plexo ha ido menguando poco a poco hasta casi desaparecer en la actualidad. Ahora no hay nada sagrado, los pimpollos pampiniformes no tienen valores, y menos, los de unos opulentos curas que predican lo mismo que cuando se fundó el Sacro Imperio. Por eso, el ser humano busca lo sagrado en otras fuentes más acordes con la realidad actual: plexo nervioso formado por los ramos anteriores de los nervios lumbares IV y V y de los cuatro primeros sacros, situado profundamente en la pelvis, en la cara anterior del sacro.

Luego hay toda una colección de plexos con nombres de señores por lo que debemos pagar a la SGAE los derechos antes de pronunciarlos. Rozando la ilegalidad me atrevo a mentar unos cuantos, a continuación: Plexo de Auerbach, Plexo de Cruveilhier, Plexo de Exner, Plexo de Heller, Plexo de Hovíus, Plexo de Jacobson, Plexo de Kiesselbach, Plexo de Leber, Plexo de Meissner, Plexo de Panizza, Plexo de Quenu, Plexo de Raschkow, Plexo de Santorini, Plexo de Sappey, Plexo de Stenon.

Como veis, el mundo de los plexos es muy com-plexo, tiene vida propia y en él, la medicina se transforma en culebrón venezolano.

*Elementales es el nombre que recibe una categoría de seres mitológicos descritos por primera vez en las obras alquímicas de Teofrasto Paracelso (1493-1541). Los tipos de elementales descritos eran cuatro, coincidiendo con los elementos de la tradición griega. De esta forma la correspondencia entre los elementos y las criaturas que les representaban sería: Agua: Ondinas; Fuego: Salamandras; Tierra: Gnomos; Aire: Sílfides.

sábado, 4 de diciembre de 2010

Metaalegoría

Caminando por el pasillo de mi casa, me crucé el otro día con mi hija pequeña que circulaba en sentido contrario inmersa en la representación de una de las alegorías más terribles de la mitología clásica, la que hace referencia al inexorable paso del tiempo.

Aquella pose de mi hija, que daba buena cuenta de un malogrado Kent sin cabeza, despertó en mi el patrón de reconocimiento de una de las obras de la serie pinturas negras del magistral sordo aragonés, Francisco de Goya.

En este óleo, el pintor representó al dios Saturno (Cronos en la mitología griega) devorando a uno de sus hijos en clara alusión alegórica al paso del tiempo pues Saturno se comía a los hijos, que representan el futuro, nacidos de su mujer Rea, por temor a ser destronado por uno de ellos. A la carga simbólica de este mito que pone de manifiesto como el tiempo nos devora inexorablemente y de forma cruel, el pintor añade una carga expresiva extraordinariamente desgarradora. Vemos un padre avejentado, fuera de sí, con una expresión facial enteramente entregada al acto de deglutir. Todos los órganos de la cara participan de la orgía avitualladora: los ojos fuera de sus órbitas, es decir, desconectados del cerebro, la aletas nasales dilatadas para permitir el paso del aire ya que la boca está ocupada en otros menesteres, los pómulos estirados y por fin, la boca inmensa como las fauces del inframundo simboliza nodalmente la actitud de Saturno. El centro del cuadro está ocupado por el hijo devorado, con un cuerpo ya adulto estrechado con tal fuerza que los dedos del caníbal parecen hundirse en la espalda del infortunado como si fuera a partirse en dos con el siguiente bocado paterno.

Y yo me pregunto, sabrá todo esto mi hija, es posible que con 21 meses de vida tenga ya presente que su reloj personal ha empezado ya a girar, a restar horas, minutos y segundos, y por eso ella tomó el papel de Cronos y sacrificó en su lugar a un desprevenido Kent. Quizá Kent sólo perdió su cabeza en post de calmar las inflamadas encías de mi hija, propósito altamente loable no obstante, pero también podemos hacer la lectura de que los niños vienen al mundo con un conocimiento ignoto que luego se pierde durante el proceso de domesticación social, y sólo se vuelve a recuperar bebiendo en las fuentes Wikipédicas.

En fin, son historias de pasillo producidas al calor del amor paternal al final de un agotador día laboral.



domingo, 21 de noviembre de 2010

La bella durmiente narcotizada.


Otro de esos pequeños tesoros que encuentran su valor en un recóndito lugar de nuestra mente cayó en mis manos cuando callejeaba este verano por la Lisboa más turística. Se trata de una postal perteneciente a la serie “Publicidade e ilustraçao. Portugal século XX” editadas para reconocer el valor artístico de los anuncios publicitarios del siglo pasado.

Al sostenerla en mis manos, inmediatamente me llamó la atención el nombre del producto que se deseaba vender, un insecticida llamado “Durma-bem!”. Es decir, se trata de un insecticida que no tiene un nombre amenazador por su actividad exterminadora, “Raid: ataque, redada”, “Kill-paff: matar” sino más bien un nombre dulce y agradable porque hace referencia al sujeto pasivo, la chica, que recibe el beneficio indirecto de la razzia insecticida.

Asimismo, la composición gráfica de esta publicidad me hizo rememorar, quizá en mi subconsciente, el mito de la bella durmiente. La dulce y hermosa adolescente durmiendo el sueño de su maduración sexual, en un proceso de prologada e intensa introspección tutelado por el mismísimo cupido.

La presencia de Cupido (Eros) refuerza que estoy en lo cierto pues vamos a parar de cabeza al mito de Eros y Psique, entroncado con el cuento de Perrault y con la más tardía y familiar versión de los hermanos Grimm.

Aunque en el mito de Psique y Eros, Afrodita, celosa de la belleza de Psique, envió a su hijo Eros (Cupido) para que le lanzara una flecha de oro oxidado que la haría enamorarse del hombre más horrible y ruin que encontrase, en esta estampa Cupido cambia sus artes y decide gasear a la heroína para sumirla en un sueño del que sólo despertará cuando esté preparada para la unión con su amante. Esta madurez sexual que equivale a la llegada de la menstruación también estaría representada en las gotas de sangre que manan del corazón.

Por otra parte, al igual que en el cuento de la Bella Durmiente, la heroína también sostiene una rosa en sus manos que simbolizaría el inexpugnable entramado espinoso que protege su candidez de caer en las garras del amor hasta la conclusión del proceso de maduración.

Fijándonos bien en la ilustración, también descubrimos aliviados que existe un formato del producto más cómodo y fácil de usar que el fumigador estilo lanzallamas que usa Cupido, lo cual se entiende por el hecho de que los posibles usuarios sólo deberán gasear insectos y no dulces damiselas. Asimismo, este bote de spray se encuentra al lado de un pequeño librito que me ha mantenido intrigado durante bastante tiempo. Ni con lupa he podido leer los caracteres que aparecen impresos en él, así que no sé si es un libro de entomología que indica las especies de insectos aniquiladas por el producto, el manual del perfecto amante, el catecismo o el diario de la yaciente que recoge las vivencias de su viaje iniciático por los dominios de Morfeo.

Parece, por otro lado, que este producto es especialmente eficaz para insectos voladores y la nube tóxica que se representa sobre el cuerpo de la durmiente parece contener todo un catálogo ilustrado de las especies insectas que caerán irremisiblemente sobre el lecho núbil. Espero que el príncipe enamorado sea amante de la entomología forense pues deberá recoger los cadáveres de mosquitos, tábanos, jejenes, zancudos…. antes de acceder a la mejilla de su enamorada.

En definitiva, si queremos dormir bien, que se quite el Valium que yo me quedo con Durma-bem!

domingo, 31 de octubre de 2010

ESTÉTICA NACIONAL


El folklore catalán atribuye un origen enormemente romántico a la Senyera o bandera catalana, inspirado en el más puro estilo caballeresco medieval. Es un símbolo parido a fuego, el de una batalla, representado por un escudo de oro, y sangre, la del conde Guifré el Pilós, herido de muerte en una batalla franco-normanda. El conde de Barcelona luchaba junto al rey franco, origen de su linaje, y fue el mismo rey (Carlos II el Calvo o Luís I el Piadoso, que en esto hay cierta controversia) quien creo el heraldo con sus dedos empapados en la sangre de su abnegado conde.

Alrededor de la Diada de Catalunya, que es el 11 de Septiembre, descubrí en Rubí el mayor ejemplo de asimilación folklórica nacional de entre todas las muestras de ensalzamiento nacional que se dieron ese día.

Se me antojó que el sentimiento catalán ha sido ya tan interiorizado, tan asimilado que la bandera de las 4 barras forma parte ya del paisaje, del mobiliario, del aire que respiramos, del arco iris, de las carpas de los circos, de las pajitas de plástico, de las velas de cumpleaños, de las zebras del zoo, de la pasta de dientes, de la estética dominante…

Aquella muestra de popularización institucional me pareció digna del mismísimo Andy Warhol, una obra maestra del “Pop Art” con la capacidad de extender un símbolo hasta el infinito mediante su repetición funcional.

Delante de aquellos edificios, me sentí como si viviéramos protegidos por el escudo del mismísimo Guifré, a salvo de las ingerentes flechas extranjeras procedentes de las fuerzas de la globalización que acechan el castillo con el propósito de aniquilar la diferencia.

Enzarzado en estas reflexiones, me encaminé hacia la estación de los FF.CC. y pedí a Dios que a los fabricantes de toldos no se les ocurra combinar el amarillo y el rojo, so pena de excesiva vanalización del más alto símbolo catalán.

Foto tomada en el barrio de Les Torres cerca de la estación de los Ferrocarriles de la Generalitat de Rubí.

viernes, 29 de octubre de 2010

Emociones underground: Viaje emocional hacia Barcelona.


Hoy no trabajo. Es el día de la Mercè, día exótico que serpentea por la orilla de la rutina entre el mar de la libertad y la tierra de la responsabilidad. Es fiesta local en Barcelona, “la fiesta mayor del pueblo”, pero el pueblo es tan grande que es más fácil definir lo que no es pueblo, ese pueblo. Por ejemplo, Rubí, el otro pueblo, en el que yo vivo y para él que la Mercè es una chica más del barrio y además muy trabajadora.

Ante una composición así, no pude resistirme a cruzar la orilla haciendo un nudo marinero a mi desorientado quehacer de aquel 24 de Septiembre. De esta manera, me sumergí en las entrañas de la tierra, en el vientre de la madre Collserola, dejando que una suerte de sensaciones y emociones fetales ampararan mi espíritu para nacer de nuevo cara al mar, con el sol velando mi retina y la curiosidad del recién nacido que lo tiene todo por descubrir.

Mi propósito oficial, cambiar un billete de tren en la estación de Sants; así que cogí los ferrocarriles de la Generalitat que me llevarían entre claroscuros hasta el nudo gordiano ferroviario que es Sants. Los ferrocarriles que conectan el Vallés con la Plaza de Catalunya son un maravilloso instrumento para hacer un sondeo radial del cinturón metropolitano de Barcelona.

Subí al tren con el alma recién lavada y los canales sensoriales abiertos; fuera los escudos defensivos hechos de diario gratuito, fuera la ipodialización auricular, fuera las gafas de sol. Se trataba de ver, oír, oler, tocar … y hasta saborear.

Nada más pisar la estación de Rubí, me encuentro con una muestra del folklore hispano más castizo, el piropo, que un sudamericano le brindaba a una compatriota que respondía arrugando el labio como si el piropeador fuera un viejo conocido intentando expiar sus pecados.

Subo al tren que viene de Terrassa y voy a dar con el vagón que hace de carruaje núbil de una pareja de recién casados en pleno viaje de novios hacia la consumación (y la consumición). Tal y conforme están los tiempos, puedo entender que un billete de 2 zonas de TMB resulte casi tan atractivo como un pasaje al Caribe. Al principio pensé que se trataba de una despedida de solteros pero la efusividad parlanchina de la novia rápido me puso al corriente de la sentencia judicial con la que habían formalizado el matrimonio. Ella con un gran moño, llevaba una falda corta de tul beige con medias blancas y un corpiño negro como si fuera una bailarina de ballet, lo que acentuaba más su escandalosa juventud. Todavía portaba el ramo, escueto, con alguna que otra orquídea blanca. Él con traje, camisa lila y bambas a juego. No conozco bien el protocolo de las bodas civiles pero el anillo más aparente de los que llevaba el novio era el que pendía de la parte inferior de su tabique nasal que bien merecía el cambio de género gramatical por anilla. No quiero ser pájaro de mal agüero, y menos en un día tan especial como este, pero me da la impresión de que el juez los volverá a ver pronto.

Cuesta retirar el foco de mi atención de este viaje de novios metropolitano pero haciendo un gran esfuerzo hago un barrido general de vagón, es decir, muevo la caña a ver si pica alguna otra historia humana.

Cardumen de asiáticos, tecleo nervioso del móvil, alguien lee una guía turística de Turquía, de esas que se llaman Trotamundos. Qué bonito, su mente debe estar cruzando la península de Anatolia, recorriendo la ruta de la seda hacia la Capadocia, o quizá se encuentra ahora mismo regateando en el Gran Bazar de Estambul. No sé si habrá prestado la atención que se merece a la parte de la guía que indica la conveniencia de llevar unas pastillas para la diarrea, efecto colateral de la gran hospitalidad turca alrededor de una taza de te.

Retuerzo un poco el pescuezo y descubro que una de las mujeres asiáticas se entretiene con un artilugio de 7 pulgadas viendo películas de Kung fu. Ha subido en Mirasol, creo que forma parte del servicio de una de las estupendas casas que salpican el interior del parque de Collserola. Busco a Jackie Chan en la pequeña pantalla y no lo encuentro. La mujer se aísla acústicamente del entorno con unos auriculares ciertamente aparatosos, en el sentido sumatorio de aparato+generoso.

Sigo dedicado al paisaje interior. Ahora mi vista tropieza con una colegiala de falda a cuadros y polo blanco, con calcetines azules altos que había subido en Sant Cugat. Tiene la boca ancha y lleva gafas blancas de Vogue que la hacen más mayor.

Dos filas más atrás hay sentado un ciego con la vista perdida en la oscuridad del túnel. Quizá sea él, quien tenga una mejor percepción de la realidad mientras atravesamos la montaña del Tibidabo.

En Valdoreix sube de nuevo el servicio. Un par de filipinas (clasificación no autorizada) con el labio superior levantado.

Un vaso de papel rueda en círculos sobre el suelo del vagón. Miradas furtivas a través de los vidrios. Bombas de chicle que explotan en la boca de la chica del fondo.

Morfeo azota el vagón provocando bostezos y luxaciones cervicales. Los ronquidos del ciego de 2 filas más atrás alcanzan mis oídos. Supongo que debe ser muy aburrida la oscuridad perpetua. Parece que el armazón interno que lo sostiene se viene abajo por momentos y su forma corpórea se va achatando, como si se fundiera hundiéndose en el asiento. La persona que se sienta a su lado empieza a ver invadido su espacio vital. Aquí hay que luchar hasta por unos centímetros.

Me bajo en Provença y trasbordo al Metro. A pesar de que es un día tranquilo, el ambiente se densifica y sube la temperatura.

Aumenta la riqueza paisajística antropomórfica. Me fijo en una mujer negra con el pelo rizado como virutas metálicas y a la vez, veo una mujer blanca, que se me antoja menopáusica, con grandes bolsas bajo los ojos y galopante alopecia.

Otra mujer oriental se entretiene haciendo una sopa de letras “jumbo” y va agrupando palabras como “filetear”, “gamba”, “domadora”. Repaso con avidez todo el cuadro de letras porque francamente esperaba encontrar un mensaje iluminador emergiendo de la sopa alfabética, algo así como una verdad revelada pero las palabras eran bastante cortas y más bien parecían relacionadas con el menú de un restaurante chino.

Desisto en el empeño sopero y ahora me fijo en un turista-mochilero anglosajón que porta una camiseta con la siguiente leyenda en la espalda: “My mum always says…”, qué pena, la mochila que lleva a la espalda no me deja ver la última palabra pero a juzgar por su exceso de peso, la frase podría terminar con un “eat everything”. Lleva botas sin calcetines emergentes, una vieja gorra azul y una barba desaliñada.

De repente, uno de eso guiños divinos que tanto me encantan. La chica que tengo bajo el sobaco (voy de pie) va leyendo un libro titulado “Antropología de la Convivencia”. De inmediato me asaltan algunas dudas, ¿es un manual de supervivencia urbana?, ¿lo han leído ya todos los demás viajeros?, ¿debería leerlo yo también antes de embarcarme en aventuras tan temerarias como bajar hasta Sants? Bueno, es un poco exagerado pero es que no se me ocurre cosa que ejemplifique mejor la pura necesidad de la convivencia en una gran ciudad que el manual que la desconocida lleva entre manos.

Empiezo a cansarme de tanta humanidad y doy un vistazo indolente a lo largo y ancho del vagón de Metro. Veo muchas partes del cuerpo anilladas, algunos con gafas de sol, ¿pero de qué sol se protegen a varias decenas de metros bajo tierra?

Ya estamos llegando a Sants pero en el último tramo todavía tengo tiempo de entretenerme con una mujer de unos 45 años y look alaskeño y una chica que lleva una carta estelar tatuada en la espalda.

LLEGAMOS A SANTS.