Podemos
encontrar en el cajón de las vergüenzas de la izquierda española, socialistas,
comunistas y anarquistas, una curiosa afición al arte contemporáneo. El hecho
es que los carceleros con esta deriva mental se dedicaron a convertir su
instrumento represivo, las celdas de las checas, en verdaderas obras de arte
que han quedado para la posteridad.
Estos
amantes del arte reconocían las profundas capacidades para transformar la mente
que son propias de las buenas obras de arte e incluso de aquellos estilos más
arriesgados y vanguardistas. Por eso, no dudaron ni un segundo en poner el buen
arte al servicio de su causa creando laberínticas celdas que arrastraban a los
allí presos hacia la iluminación místico-leninista.
Solo
a través del martirio artístico, podían ser reconducidos curas y otros
desviados hacia la derecha, despojándolos de sus pervertidos afectos.
Y,
más aún, aquellas celdas de las checas alcanzaban su máximo esplendor con el
reo dentro, mostrando como el ser humano puede llegar a interiorizar el arte de
tal manera que termina fundiéndose con la propia creación artística.
Ciertamente,
tengo que reconocer un alto grado de ilustración en aquellos carceleros que,
encontrándose al caso de las vanguardias artísticas, quisieron ponerlas en
valor ante tanto fresco e imaginería religiosa.
Reconocido
ya su grado de cultura artística, lo único que me hace dudar un poco sobre sus
excelsas intenciones es el uso torturador que al parecer pretendían. Si, como
me temo, aquellas gentes de izquierda que en los años 30 del siglo pasado
usaban sus conocimientos artísticos para procurar la redención de los más
conservadores torturándoles un poquito, ahora yo me pregunto: ¿cómo diseñaríamos
actualmente las celdas para los que han de reconsiderar sus ideas (entiéndase
delincuenciales)?
Ante
un reto artístico de tamaña envergadura, veo que dependerá de la sensibilidad
del artista carcelero el elegir para su obra uno u otro de los muchos estilos
artísticos que ha desarrollado la humanidad en nuestros días, teniendo en
cuenta también al que será el reo habitante de su obra.
Pondré
algunos ejemplos por si algún artista represor falto de inspiración quiere
llevarlos a cabo.
Me
imagino una celda que, mediante una sutil descarga eléctrica, haga levantarse
al reo a las horas en punto para bailar la canción de la Macarena mientras se
proyectan imágenes de Donald Trump con su típico bailecito de codos. Pero
claro, como he dicho, quizá esta celda careciera de la más mínima capacidad de
reinserción para prisioneros provenientes de la América profunda.
Otro
ejemplo. Me imagino una celda en la que solo se pudiera reptar, por ser de
techo muy bajo, al son del ritmo sincopado del reggaetón durante todo el día.
En este tipo de celdas, habría que tener cuidado con las dosis de letras
latinas administradas al reo para no provocar su muerte por astenia. Pero de
nuevo, esta construcción penitenciaria sería inefectiva para, por ejemplo, los
presos pertenecientes a las maras de El Salvador.
Con
estos dos ejemplos, creo llegar a una conclusión. El uso del arte como método
de tortura depende mucho de las sensibilidades artísticas del reo. Así que, los
artistas carceleros quizá deban recurrir a los métodos clásicos como la gota
malaya que, aunque menos elegantes, son al fin y al cabo más efectivos.
