viernes, 27 de marzo de 2026

La izquierda y el arte contemporáneo

 


Podemos encontrar en el cajón de las vergüenzas de la izquierda española, socialistas, comunistas y anarquistas, una curiosa afición al arte contemporáneo. El hecho es que los carceleros con esta deriva mental se dedicaron a convertir su instrumento represivo, las celdas de las checas, en verdaderas obras de arte que han quedado para la posteridad.

Estos amantes del arte reconocían las profundas capacidades para transformar la mente que son propias de las buenas obras de arte e incluso de aquellos estilos más arriesgados y vanguardistas. Por eso, no dudaron ni un segundo en poner el buen arte al servicio de su causa creando laberínticas celdas que arrastraban a los allí presos hacia la iluminación místico-leninista.

Solo a través del martirio artístico, podían ser reconducidos curas y otros desviados hacia la derecha, despojándolos de sus pervertidos afectos.

Y, más aún, aquellas celdas de las checas alcanzaban su máximo esplendor con el reo dentro, mostrando como el ser humano puede llegar a interiorizar el arte de tal manera que termina fundiéndose con la propia creación artística.

Ciertamente, tengo que reconocer un alto grado de ilustración en aquellos carceleros que, encontrándose al caso de las vanguardias artísticas, quisieron ponerlas en valor ante tanto fresco e imaginería religiosa.

Reconocido ya su grado de cultura artística, lo único que me hace dudar un poco sobre sus excelsas intenciones es el uso torturador que al parecer pretendían. Si, como me temo, aquellas gentes de izquierda que en los años 30 del siglo pasado usaban sus conocimientos artísticos para procurar la redención de los más conservadores torturándoles un poquito, ahora yo me pregunto: ¿cómo diseñaríamos actualmente las celdas para los que han de reconsiderar sus ideas (entiéndase delincuenciales)?

Ante un reto artístico de tamaña envergadura, veo que dependerá de la sensibilidad del artista carcelero el elegir para su obra uno u otro de los muchos estilos artísticos que ha desarrollado la humanidad en nuestros días, teniendo en cuenta también al que será el reo habitante de su obra.

Pondré algunos ejemplos por si algún artista represor falto de inspiración quiere llevarlos a cabo.

Me imagino una celda que, mediante una sutil descarga eléctrica, haga levantarse al reo a las horas en punto para bailar la canción de la Macarena mientras se proyectan imágenes de Donald Trump con su típico bailecito de codos. Pero claro, como he dicho, quizá esta celda careciera de la más mínima capacidad de reinserción para prisioneros provenientes de la América profunda.

Otro ejemplo. Me imagino una celda en la que solo se pudiera reptar, por ser de techo muy bajo, al son del ritmo sincopado del reggaetón durante todo el día. En este tipo de celdas, habría que tener cuidado con las dosis de letras latinas administradas al reo para no provocar su muerte por astenia. Pero de nuevo, esta construcción penitenciaria sería inefectiva para, por ejemplo, los presos pertenecientes a las maras de El Salvador.

Con estos dos ejemplos, creo llegar a una conclusión. El uso del arte como método de tortura depende mucho de las sensibilidades artísticas del reo. Así que, los artistas carceleros quizá deban recurrir a los métodos clásicos como la gota malaya que, aunque menos elegantes, son al fin y al cabo más efectivos.