Como
nos decía Camilo Sesto hace ya muchos años, «vivir así es morir de amor». ¡Y
tenía toda la razón! Porque un segundo después de nacer, empezamos a
desaparecer, de manera que la vida es un largo proceso de desaparición, de
muerte.
En
ese acto dramático de apropiación individual de esencia que es el nacimiento,
se produce una actualización de lo que tan solo era potencia de ser para
sustanciarnos, para darnos la carne y el hueso que nos permitirá encarnarnos en
un cuerpo físico.
Y
desde ese mismo instante, contraemos una deuda, la deuda de lo que ha sido
prestado y que vamos a ir devolviendo en cómodos plazos (a veces no tan
cómodos), poco a poco, a lo largo de nuestra vida. O sea, la carga va a
acompañarnos toda nuestra vida, tendremos que pagar las letras de la hipoteca
mes a mes. Al principio, solo devolvemos los intereses y la verdad es que es
mucho más llevadero. Nuestras enfermedades son bastante ligeras y comunes en la
mayoría de los casos, un poco de fiebre por aquí, una torcedura por allá, pero
nada realmente importante. Sin embargo, conforme vamos entrando en años,
empezamos a devolver capital. Es decir, a devolver parte de la esencia y la
vitalidad que nos fue prestada al nacer. Y la verdad es que entonces las cuotas
de la hipoteca se hacen más cuesta arriba. Estás cuotas son ahora, rodillas
machacadas, artrosis, enfermedades crónicas de toda índole, insomnio, molestias
digestivas, presbicia, intolerancias alimentarias que antes no teníamos, y un
largo etcétera de todo el catálogo de los horrores con el que el banco del
cosmos quiere recuperar lo que un día nos dio.
Y,
francamente, se nota ya sin ningún lugar a duda que nos están quitando la
vitalidad, la esencia, la VIDA.
Cuando
uno pide un préstamo es porque tiene un proyecto en mente para el cual no tiene
suficientes recursos. Necesita una ayuda inicial en forma de confianza, alguien
que crea en su proyecto y esté dispuesto a donarle el capital necesario en la
confianza de que le será devuelto cuando el proyecto esté a pleno rendimiento.
Los
prestatarios son nuestros queridos padres, que antes de concebirnos ya tienen
en mente las ganas de crear un nuevo proyecto de vida. Ellos son los que van al
banco del cosmos y solicitan con el mayor de los fundamentos, que no es otro
que el amor, que les sea concedida la dicha, la gran fortuna de poder crear,
sustanciar, una nueva vida.
Al
nacer y durante la infancia se va produciendo una paulatina subrogación al
préstamo que pidieron nuestros padres y somos los hijos los que tomamos el
control de nuestras vidas, de nuestro proyecto de vida y, por supuesto, nos
hacemos cargo de pagar la hipoteca vitalicia.
En
el momento de la entrada en la edad adulta, toda la responsabilidad recae sobre
nosotros. La carga hipotecaria no va a desaparecer, pero lo que sí está en
nuestras manos es lo que hagamos con el inmenso capital que se nos ha dado, la
VIDA.
Podemos
crear, podemos construir cosas que se distingan por su bondad, es decir, que
sean buenas para nosotros y para todos, podemos aliviar las cargas de los
demás, podemos traer amor y positividad al mundo, o simplemente, saborear cada
estimulo del glorioso mundo natural en el que estamos inscritos, sin ejecutar
ambiciosos proyectos de vida más allá del existir en este planeta que ya de por
si es bastante ambicioso. Pero, también podemos despreciar el tesoro que nos
fue dado, considerar que no tiene demasiado valor y, por tanto, empezar a
despilfarrarlo, a malgastarlo. Lo que en términos de vida sería destrozarnos
deliberadamente la vida, no cuidar de nosotros ni de nuestro entorno,
multiplicar por mucho las cuotas hipotecarias que hemos de devolver y que el
asustado prestamista cosmológico empieza a reclamarnos cuando ve que debe
recuperar pronto el valor que se nos fue dado al nacer.
En
este triste segundo caso, la velocidad de desaparición se incrementa por
momentos. Estamos diciendo que ya no queremos vivir y por eso devolvemos, en
abultadas porciones, la vida que se nos entregó al nacer. Algunos se dan cuenta
a tiempo, y cambian, y todavía retienen un porcentaje sustancial de vida para
seguir alimentando un proyecto. Para otros ya es demasiado tarde, y pronto
pagan la última letra de la hipoteca para desaparecer rápida y definitivamente.
Ya
que inevitablemente hemos de pagar nuestro canon de vitalidad diario, ¿no
piensas que vale la pena invertirlo a conciencia? Decide hacer lo que te dé la
gana, pero ¡decide vivir!
