viernes, 27 de febrero de 2026

El efecto conductor o la hipocresía de contacto

 


Los seres humanos somos seres sociales y eso significa, entre muchas cosas, que debemos cuidarnos como grupo, como sociedad, donde vamos a tener muchas más oportunidades de medrar que de forma individual.

La consecuencia inmediata de este afecto de afiliación o, dicho de otro modo, el tributo que debemos pagar por ser miembros de este selecto club social es la cesión de parte de nuestros entendimientos, deseos y opiniones individuales en pro de la convivencia social.

Y es justo entonces cuando aparece la hipocresía como la ligereza de la mentira que se erige como uno de nuestros más efectivos mecanismos de supervivencia. «Mejor vamos a llevarnos bien» ¿Qué ganamos con sembrar la discordia dentro del grupo? Nuestro ego cobarde lo tiene claro, no vale la pena llegar a las manos, es decir, amenazar incluso nuestra integridad física solo por satisfacer el sentimiento de dominación sobre el otro. Mejor haremos cediendo un poco, maquillando nuestros verdaderos pensamientos, siendo blanditos e inofensivos para no delatar la bestia que llevamos dentro.

Pero, ¿qué pasaría si tuviéramos un escudo protector que nos resguardara de las iras del interlocutor levantadas ante nuestros efusivos argumentos?

Cuando el acto comunicativo se realiza poniendo un obstáculo físico entre mi interlocutor y yo, ya no tenemos tanto miedo de sufrir las ásperas respuestas que nuestras palabras puedan provocar en el que nos escucha. Gracias a esa protección, somos más libres para expresar nuestros verdaderos pensamientos, incluso para dar rienda suelta al salvaje interior, que ya no cuida las formas, que grita más que nadie y que intenta imponer su criterio mediante la fuerza verbal.

Este último párrafo describe perfectamente lo que he venido a llamar «el efecto conductor». Ahí, dentro de la caja metálica de la carrocería de nuestro coche, nos atrevemos a todo, desatamos la bestia reprimida y enfadada que llevamos dentro y nos aliviamos en un ejercicio de violencia verbal, que incluye insultos, miradas asesinas, imposición de leyes, juicios sumarísimos por no conducir bien, y hasta arremetidas y frenazos de nuestro vehículo como si fuera un toro bravo que bufa y escarba en la tierra antes de envestir.

¡Qué a gusto nos quedamos! Ni dos horas de gimnasio consiguen el estado de relajación alcanzado después de vomitar nuestro yo sin freno ni cortapisas.

Con las redes sociales sucede algo parecido. Existe una separación espacio-temporal entre el emisor y el receptor del mensaje por lo que no debemos preocuparnos de que nos caiga una hostia con la mano abierta.

En el campo virtual no tenemos conductores, tenemos haters que, aunque digamos una cosa o su contraria, siempre nos van a afear nuestra opinión con miles de insultos, desprecios y descalificaciones gratuitas que se hacen precisamente por eso, porque son gratuitas, es decir, no van acompañadas, al menos de forma inmediata, de condiciones físicas dolientes.

No son estos los únicos escenarios en los que existe una comunicación en diferido, entendida como la falta de presencia simultánea de los interlocutores en un lugar y en un momento concretos. Creo que todos estaremos de acuerdo en reconocer una de las situaciones más auténticas del castizo carácter español que es el chismorreo sobre el “no presente” en la peluquería, en el bar o en el trabajo, que evidentemente no puede replicar por razones obvias. En todas ellas se da el mismo efecto.

¡Venga!, voy a empatizar con ese reptil que llevamos dentro con un cerebro del tamaño de la amígdala, y voy a proponer que los gimnasios tengan a bien incluir en sus instalaciones una sección para el ejercicio de desahogo de la sin hueso. Allí, los músculos linguales se fortalecerían a base de series de repeticiones de insultos hasta alcanzar la suficiente sulfuración del estado de ánimo como para dormir como angelitos esa noche.

De esta manera, el «efecto conductor-hater» bien llevado hasta puede ser terapéutico, sería como sacar a pasear un ratito al animal interior que está que se sube por las paredes con tantas normas sociales, wokismos y demás artificios civilizatorios.

martes, 20 de enero de 2026

VIVIR ES MORIR

 


Como nos decía Camilo Sesto hace ya muchos años, «vivir así es morir de amor». ¡Y tenía toda la razón! Porque un segundo después de nacer, empezamos a desaparecer, de manera que la vida es un largo proceso de desaparición, de muerte.

En ese acto dramático de apropiación individual de esencia que es el nacimiento, se produce una actualización de lo que tan solo era potencia de ser para sustanciarnos, para darnos la carne y el hueso que nos permitirá encarnarnos en un cuerpo físico.

Y desde ese mismo instante, contraemos una deuda, la deuda de lo que ha sido prestado y que vamos a ir devolviendo en cómodos plazos (a veces no tan cómodos), poco a poco, a lo largo de nuestra vida. O sea, la carga va a acompañarnos toda nuestra vida, tendremos que pagar las letras de la hipoteca mes a mes. Al principio, solo devolvemos los intereses y la verdad es que es mucho más llevadero. Nuestras enfermedades son bastante ligeras y comunes en la mayoría de los casos, un poco de fiebre por aquí, una torcedura por allá, pero nada realmente importante. Sin embargo, conforme vamos entrando en años, empezamos a devolver capital. Es decir, a devolver parte de la esencia y la vitalidad que nos fue prestada al nacer. Y la verdad es que entonces las cuotas de la hipoteca se hacen más cuesta arriba. Estás cuotas son ahora, rodillas machacadas, artrosis, enfermedades crónicas de toda índole, insomnio, molestias digestivas, presbicia, intolerancias alimentarias que antes no teníamos, y un largo etcétera de todo el catálogo de los horrores con el que el banco del cosmos quiere recuperar lo que un día nos dio.

Y, francamente, se nota ya sin ningún lugar a duda que nos están quitando la vitalidad, la esencia, la VIDA.

Cuando uno pide un préstamo es porque tiene un proyecto en mente para el cual no tiene suficientes recursos. Necesita una ayuda inicial en forma de confianza, alguien que crea en su proyecto y esté dispuesto a donarle el capital necesario en la confianza de que le será devuelto cuando el proyecto esté a pleno rendimiento.

Los prestatarios son nuestros queridos padres, que antes de concebirnos ya tienen en mente las ganas de crear un nuevo proyecto de vida. Ellos son los que van al banco del cosmos y solicitan con el mayor de los fundamentos, que no es otro que el amor, que les sea concedida la dicha, la gran fortuna de poder crear, sustanciar, una nueva vida.

Al nacer y durante la infancia se va produciendo una paulatina subrogación al préstamo que pidieron nuestros padres y somos los hijos los que tomamos el control de nuestras vidas, de nuestro proyecto de vida y, por supuesto, nos hacemos cargo de pagar la hipoteca vitalicia.

En el momento de la entrada en la edad adulta, toda la responsabilidad recae sobre nosotros. La carga hipotecaria no va a desaparecer, pero lo que sí está en nuestras manos es lo que hagamos con el inmenso capital que se nos ha dado, la VIDA.

Podemos crear, podemos construir cosas que se distingan por su bondad, es decir, que sean buenas para nosotros y para todos, podemos aliviar las cargas de los demás, podemos traer amor y positividad al mundo, o simplemente, saborear cada estimulo del glorioso mundo natural en el que estamos inscritos, sin ejecutar ambiciosos proyectos de vida más allá del existir en este planeta que ya de por si es bastante ambicioso. Pero, también podemos despreciar el tesoro que nos fue dado, considerar que no tiene demasiado valor y, por tanto, empezar a despilfarrarlo, a malgastarlo. Lo que en términos de vida sería destrozarnos deliberadamente la vida, no cuidar de nosotros ni de nuestro entorno, multiplicar por mucho las cuotas hipotecarias que hemos de devolver y que el asustado prestamista cosmológico empieza a reclamarnos cuando ve que debe recuperar pronto el valor que se nos fue dado al nacer.

En este triste segundo caso, la velocidad de desaparición se incrementa por momentos. Estamos diciendo que ya no queremos vivir y por eso devolvemos, en abultadas porciones, la vida que se nos entregó al nacer. Algunos se dan cuenta a tiempo, y cambian, y todavía retienen un porcentaje sustancial de vida para seguir alimentando un proyecto. Para otros ya es demasiado tarde, y pronto pagan la última letra de la hipoteca para desaparecer rápida y definitivamente.

Ya que inevitablemente hemos de pagar nuestro canon de vitalidad diario, ¿no piensas que vale la pena invertirlo a conciencia? Decide hacer lo que te dé la gana, pero ¡decide vivir!